LEY REVOLUCIONARIA DE MUJERES
Las muertas vivas de chiapas.
Testimonio de una justicia pendiente
SONIA DEL VALLE
DobleJornada, lunes 5 de enero de 1998
Hoy habrán transcurrido mil cien días desde el 1o. de enero de 1994, y en
tanto no se respeten los acuerdos de San Andrés y se restablezca el diálogo
entre el gobierno federal y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional,
habrá una mujer violada cada tercer día; seguirá la división interna en las
comunidades; el aislamiento; las expulsiones; las invasiones, el
desplazamiento de miles de indígenas, y los atentados.
Chiapas es hoy tierra de violencia, injusticia e impunidad; sitio en donde,
como afirma Marta Lamas, ``un muerto será llorado y convertido en mártir o
héroe, y una mujer violada es el testimonio viviente del atentado contra la
identidad étnica, comunitaria o nacional''.
Cientos de mujeres violadas han sido utilizadas como escarmiento y venganza
hacia los otros; algunas denuncias tienen nombre y se han hecho públicas; las
más se quedan en el silencio por el temor a las represalias. En las cárceles de
la entidad no hay un solo consignado por estos crímenes de guerra. Este es el
recuento de los oprobios y el testimonio de una justicia pendiente.
Violación sexual, arma contrainsurgente
A tres meses del levantamiento zapatista se documentó el caso de tres
hermanas tzeltales violadas. Sara Lovera, coordinadora de este suplemento,
constató 30 días después de ocurrido el ataque sexual cómo asomaban en el
rostro y el cuerpo de las indígenas las muestras de la agresión. María Teresa,
la mayor de las tres, relató que los militares violadores les advirtieron: ``si se
quedan una noche, se salvan''. El ``interrogatorio'' lo realizaron ``el sargento''
y otros militares. En el retén había cerca de 30, algunos se quedaron en sus
puestos, otros hicieron bolita; algunos más veían de lejos y un grupo como de
diez se quedó con ellas. Luego de discutir, cerraron la puerta del cuarto y
``se nos echaron encima''. Ellas no supieron cuánto tiempo transcurrió, sólo
que entre seis y siete militares las violaron; el resto ``dejó hacer''. En su
comunidad ``muchos no creyeron. Hubo chismes, tuvimos que salir de donde
vivíamos porque dicen que van a venir a buscarnos'', remató María Teresa.
El 4 de octubre de 1995, en San Cristobalito, a 50 kilómetros de la cabecera
municipal de San Andrés Larráinzar, tres enfermeras de la Secretaría de
Salud fueron atacadas sexualmente por 25 hombres embozados. Ellas
regresaban de una jornada de trabajo junto con cuatro compañeras más y
tres varones, quienes integraban una brigada de vacunación en la entidad.
En el mismo mes, pero 22 días más tarde, Cecilia Rodríguez fue violada por
tres hombres armados en las Lagunas de Montebello. Rodríguez es
coordinadora de la Comisión Nacional por la Democracia en México que
opera en Estados Unidos, y se encarga de difundir las acciones del EZLN en
la prensa norteamericana. Los tres hombres que la violaron, contó
Rodríguez, cubrían su rostro con pasamontañas; ``aunque no voy a decir que
mis agresores eran militares o miembros de guardias blancas, siento que no
fue casual, sabían lo que hacían. Eran profesionales de la violación. Soy
víctima de una guerra de baja intensidad y de un estado de deterioro social;
mi sufrimiento debe servir para reflexionar lo que hoy padece el pueblo
chiapaneco''.
Julieta Flores, integrante de la Unión Campesina Popular Francisco Villa, del
municipio de Angel Albino Corzo, denunció que el 15 de diciembre de 1995,
después de una serie de tomas de tierra y de movilizaciones que demandaban
la instalación de un gobierno municipal plural, policías judiciales
acompañados de la policía pública local, la detuvieron junto con otros
campesinos de la organización. La llevaron a la base militar más cercana,
donde fue torturada y violada en diversas ocasiones. Posteriormente fue
liberada, sin que se presentara ningún cargo en su contra y sin que exista
registro alguno de su detención.
``La violación de Julieta fue un ataque a su padre y a todos los hombres de
su organización. Al igual que los soldados serbios, los judiciales mexicanos se
apropian de las mujeres simultáneamente como objetos de violencia sexual y
como símbolos de una lucha contra sus enemigos hombres'', escribió la
investigadora Rosa Aída Hernández Castillo en este suplemento el 3 de
marzo de 1997.
Hasta el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, diversas organizaciones
de mujeres de la entidad, entre ellas el Grupo de Mujeres de San Cristóbal
de las Casas, denunciaron que tenían conocimiento de más de 300 mujeres
violadas desde que comenzó el conflicto armado.
Guadalupe Hidalgo, Edith López G., Juana Robledo López y Rubicela
Rodríguez Gutiérrez fueron violadas el 8 de febrero de 1996 por Ponciano
Villatoro, Arturo Barrio Rodas y Roberto Ocampo de Masarit, caciques del
municipio de Ciudad Hidalgo. Pese a haberse iniciado la averiguación previa,
no se ha detenido a los culpables.
En la marcha que realizaron las organizaciones de mujeres campesinas y no
gubernamentales, demandando el alto a la guerra y la violencia contra las
mujeres, también dieron cuenta del caso de las niñas Minerva Guadalupe
Pérez Torres y Rebeca Pérez Pérez, de 13 y 15 años respectivamente,
secuestradas por integrantes del grupo de guardias blancas autodenominado
Paz y Justicia, en agosto de 1996. Las niñas fueron retenidas durante diez
días en la comunidad Miguel Alemán, municipio de Tila, donde las torturaron
y abusaron sexualmente de ellas, para finalmente asesinarlas.
Un considerable número de casos de violaciones sexuales no se denuncia
formalmente por temor, aseguraron las integrantes de las organizaciones de
mujeres, como la violación multitudinaria que sufrieron tres indígenas que
estuvieron durante el desalojo del predio Tierra Prometida, en el municipio
de Ocosingo, efectuado el 12 de octubre de 1996.
No sólo la violencia sexual se hace evidente en las comunidades de Chiapas;
también está la que se vive cuando una comunidad es desplazada. La ONU
reconoce que en todo conflicto armado el grupo de desplazados está
constituido mayoritariamente por mujeres, niños y niñas.
Georgina Rangel, integrante de la Misión Civil Nacional e Internacional de
Observación para la Paz en Chiapas, que viajó del 26 de noviembre al 4 de
diciembre, aseguró que la situación de los mil 200 indígenas desplazados está
en ``alerta roja''.
``María Emilia tiene 26 años, duerme sobre hojas de plátano, se cubre de la
lluvia y el frío con más hojas. Come una o dos tortillas diarias; regla por
periodos de 12 días; toma agua de los pequeños pocitos que se forman en la
tierra con el agua de lluvia y... tiene gripe''. Ella es una de las desplazadas,
dijo Rangel, quien recuerda que María Emilia le pidió ayuda a ``tus
hermanas'' para que la guerra no mate a sus hijos.
Rangel reconstruye el viaje al municipio de Chenalhó, ante cuyo panorama
desolador se decía a sí misma ``esto no puede ser México''. Se acercó a las
mujeres de los precarios campamentos, quienes ``experimentan una forma
más cruda de entrar a la guerra, sufren de otra manera. Su vida está
totalmente violentada y aunque en la misión no se nos reportaron casos de
violación, sí los desplazados nos pidieron ayuda para las mujeres que se
quedaron atrapadas en la comunidad de Poquila, dominada por los priístas''.
Y es que, ``cuando escucharon los balazos, hubo algunas familias de
perredistas que no alcanzaron a salir. Muchos de los desplazados nos
aseguraban que las mujeres que se quedaron atrapadas eran obligadas a
`echar tortilla', lavar la ropa y las estaban violando. Fuimos y no pudimos
constatarlo, pero sí nos dimos cuenta que 20 familias vivían atemorizadas.
Pedimos, por tanto, medidas cautelares a la Comisión estatal de Derechos
Humanos, a la Comisión Nacional de Derechos Humanos y al gobierno
chiapaneco''.
Es cierto que han pasado mil cien días. Si hoy empezáramos a compensar las
vejaciones, la miseria y la violencia descrita, ojalá otros mil días nos sean
suficientes para difuminar del rostro de las mujeres las huellas del dolor y
resarcir tantos oprobios.
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