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LA CRISIS DE LOS CAPITALISTAS
La crisis y el “síndrome de Estocolmo”
Luis Zarapuz. Economista. Diciembre 2008.
Definición: El Síndrome de Estocolmo es un estado psicológico en el que la víctima de secuestro,
o persona detenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con su
secuestrador. En ocasiones, los prisioneros pueden acabar ayudando a los captores a alcanzar sus
fines. Se produce una identificación con el agresor, un vínculo en el sentido de que el secuestrado
empieza a tener sentimientos de identificación, de simpatía, de agrado por su secuestrador.
Crisis es una de las palabras más mencionadas en los últimos tiempos. En España
se considera que una situación de crisis o recesión económica se produce cuando la
producción (PIB) encadena dos trimestres de decrecimiento o disminución. ¿Pero eso es
realmente la crisis? Dicha acepción entiende por crisis cuando la clase capitalista es la
que ve mínimamente afectada su riqueza por una disminución de sus ingresos. La
definición de crisis no incorpora factores permanentes que sufre la población como paro,
precariedad, sobreexplotación, siniestralidad laboral, exclusión social, contaminación,
hambre, comida basura, consumismo, contaminación, cambio climático, agotamiento de
los recursos del planeta,… De hecho, muchos de estos factores son considerados como
factores necesarios por el capitalismo para un adecuado crecimiento macroeconómico.
AUGE Y CAÍDA DE LA INSERCIÓN ESPAÑOLA EN EL CAPITALISMO GLOBAL
Estos últimos 25 años se han caracterizado por la integración económica de
España en la economía capitalista global, donde destaca la incorporación en la CEE (hoy
Unión Europea, UE). En este periodo España ha pasado de ser una de las economías
capitalistas occidentales más autárquicas a convertirse en una de las economías más
abiertas (y dependientes) al comercio internacional, donde las importaciones y
exportaciones de bienes y servicios suponen un mayor porcentaje en relación a la
producción (PIB).
El sistema productivo español no era suficientemente competitivo y eficiente
respecto al resto de países occidentales con los que comercia, y durante los años
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ochenta hubo realizar un duro ajuste para insertarse en la economía capitalista
crecientemente globalizada y recuperar los márgenes de ganancia empresarial. Así, al
duro periodo de reconversión industrial y aumento del paro le siguieron una sucesión de
reformas laborales buscando flexibilizar y abaratar el uso de la fuerza de trabajo y varias
devaluaciones de la moneda (peseta) para mejorar la competitividad interna y externa de
la producción nacional.
La debilidad industrial de España explica que durante todo este periodo se hayan
registrado recurrentes y crecientes déficit comerciales con el exterior, compensados en
parte por el superávit en servicios (turismo). Sin embargo, durante el último ciclo de
crecimiento económico el déficit comercial ha alcanzado la cifra más alta de todos los
países desarrollados (11% del PIB) superior incluso al de Estados Unidos. El fuerte tirón
de la demanda nacional (consumo e inversión) impulsada por la burbuja inmobiliaria no
ha podido ser satisfecha por la producción interna, recurriendo cada vez en mayor
medida a las importaciones, que deben ser financiadas recurriendo a la venta de activos
(acciones, empresas, viviendas) y al aumento del endeudamiento exterior.
Algunas de las razones de la debilidad competitiva de la economía española son:
o La menor productividad y eficiencia productiva respecto a otras economías más
desarrolladas, principalmente por el atraso tecnológico y educativo;
o El perfil productivo de la economía española (gama media-baja) basada en la
competencia en precios bajos y reducción de costes laborales;
o La mayor inflación respecto a Europa derivada de la capacidad de algunos
sectores económicos privados de fijar precios (y obtener márgenes) superiores a
los de competencia;
o El menor tamaño medio de la escala productiva, con una abundancia de PYMES;
o La ausencia de grandes empresas industriales nacionales y con el centro de
decisión en España que ejerzan de locomotoras en sectores claves como
transporte, bienes de equipo, tecnologías de la información y la comunicación,
química,… y que condiciona sobremanera la especialización productiva, los
precios de transferencia intraempresa e intraindustria, el pago de patentes, etc.
Es decir, dentro de la producción capitalista internacional, España juega un papel
subordinado y los únicos grupos empresariales potentes de capital nacional son,
principalmente, aquellos surgidos de la privatización de las antiguas empresas públicas
(petróleo, gas, agua, electricidad, telecomunicaciones) y sectores oligopólicos regulados
como la energía. No obstante, también estos sectores están siendo progresivamente
adquiridos por grandes grupos de capital extranjero.
A pesar de esa desfavorable situación de inserción competitiva comercial, España
ha registrado un importante crecimiento macroeconómico en los últimos 15 años,
acompañado de un aumento considerable de las desigualdades sociales, especialmente
durante los últimos años. Este periodo ha coincidido con una apuesta de gobierno,
empresarios y sindicatos mayoritarios por el diálogo y la concertación social,
intercambiando moderación salarial a cambio de creación de empleo. Los principales
resultados han sido un fuerte aumento del empleo (7 millones de ocupados más) de
diversa calidad y estabilidad y un estancamiento de los salarios (leve ganancia de poder
adquisitivo en la negociación colectiva pero ligero descenso real del salario medio).
Algunos factores –coyunturales y no sostenibles en el tiempo- han influido
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favorablemente a generar el llamado “milagro económico español”. No obstante, estos
factores presentan una baja probabilidad de repetición y ponen en cuestión, incluso
desde un punto de vista capitalista, la idoneidad de la apuesta realizada y la
imposibilidad de que el futuro económico vuelva a pasar por ellos:
o Desde 1986 se ha producido una importante entrada de fondos de la UE que han
dinamizado la economía española y han ido destinados principalmente a la
construcción de infraestructuras. Tras la entrada en la UE de los países del este de
Europa y la aproximación de la renta española a la europea, este flujo neto de
fondos europeos se está reduciendo sensiblemente, convirtiendo a España en
donante presupuestario neto a la Unión Europea.
o El proceso de convergencia con Europa, estabilidad macroeconómica y entrada en
la moneda única (euro) posibilitó un periodo de tipos de interés históricamente
bajos, lo que permitió un acceso masivo y asequible a la financiación al sector
público (abaratamiento del coste de la deuda pública) y al sector privado (donde el
exceso de liquidez ha terminado generando un apalancamiento financiero excesivo
y un sobreendeudamiento generalizado). La financiación asequible ha tirado de la
demanda y del consumo interno muy por encima de la capacidad de respuesta
productiva y competitiva del sistema productivo nacional.
o La conjunción de financiación barata y abundante, la emancipación de las últimas
generaciones del baby boom y la apuesta política por el ladrillo como motor de la
economía, están detrás del tirón de la vivienda y la construcción como salida de la
anterior crisis de principios de los años noventa. Ya que la economía española no
era competitiva en aquellos bienes abiertos a la competencia internacional, se
especializó en la producción de un bien no importable –la vivienda- generador de
enormes plusvalías parasitarias, a costa de una necesidad social básica y del resto
de sectores de actividad. El matrimonio entidades financieras-promotores
inmobiliarios está detrás del auge y caída del milagro económico español y su
“capitalismo popular del ladrillo”. Millones de españoles y extranjeros iban a
adquirir durante estos años varios millones de viviendas, la mayoría financiadas
mediante préstamos hipotecarios. Una demanda creciente y un control de la oferta
inmobiliaria por parte del oligopolio del ladrillo explican la formación de la burbuja
inmobiliaria (cuanto más se encarecían las viviendas más se vendían y construían)
durante una década, con la inestimable colaboración cómplice y lucrativa de los
tres niveles de la Administración Pública.
o La burbuja inmobiliaria no solo se ha producido en el apartado residencial sino que
se ha extendido al resto de sectores y actividades usuarias de suelo (agrario,
industrial, terciario) condicionando y encareciendo los usos del suelo dado su
atractivo inmobiliario, aumentando así los costes (compra, alquiler,…) que debe
soportar cualquier actividad social o productiva en este país.
o El fuerte impulso de la promoción y construcción de viviendas, infraestructuras,
oficinas, centros comerciales,… arrastra (entonces en el auge y ahora en la caída)
al resto de sectores económicos (primero la industria auxiliar y los servicios más
relacionados y en cascada el resto de actividades económicas), eleva la demanda
interna de consumo e inversión y el crecimiento agregado de la economía.
o La precariedad laboral (se visualiza sobre todo en la temporalidad pero va mucho
más allá) es el sello distintivo de la inserción capitalista de España y determina los
bajos salarios y malas condiciones laborales de gran parte de los trabajadores. A
finales de la década de los noventa y ante la presión demográfica y salarial que
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suponía la reducción de la mano de obra autóctona (agotamiento del efecto del
baby boom y de la inserción laboral femenina) el capitalismo español, para
contener el crecimiento de los salarios (el ejercito de reserva) y mantener su
apuesta competitiva por la sobreexplotación laboral, adopta masivamente la
importación de trabajadores inmigrantes que se insertan inicialmente en los
huecos más precarios y peor pagados de un sistema productivo ya muy
precarizado (construcción, agricultura, servicio doméstico, comercio, hostelería,
turismo). Estos son precisamente los sectores que han impulsado el crecimiento
económico durante la última década.
o El brutal encarecimiento de los activos inmobiliarios durante estos años, no es
reflejo de ninguna mejora de la capacidad productiva real o del poder adquisitivo
de la población, sino fruto de la especulación que han padecido, posibilitada
inicialmente por el abaratamiento de la financiación y continuada mediante el
alargamiento y aumento del endeudamiento hasta unos niveles insoportables, que
han roto toda proporción entre las deudas y los ingresos que las soportan (salarios
congelados en términos reales). El gran sobreendeudamiento originado por la
inversión masiva en un bien que no representa capital productivo y sobrevalorado,
supone una hipoteca mayúscula a la economía [capitalista] real: lastrará su
crecimiento futuro y va a generar graves problemas empresariales y familiares, a
corto plazo derivados de la morosidad e impago de deudas y a medio y largo plazo
por la restricción de los ingresos destinados a pagar la deuda hipotecaria
contraída.
o Durante estos años se han realizado intensas políticas procíclicas –bajadas de
impuestos, aumento de la inversión pública en infraestructuras-, caracterizadas
además por su carácter regresivo. Así y sin apenas oposición pública y social se
han sucedido las rebajas fiscales en el impuesto de sociedades y la eliminación del
impuesto sobre el patrimonio. Rebajas también en los impuestos directos sobre la
renta y subidas en los indirectos (ligados al consumo), reduciendo la progresividad
fiscal del conjunto y devolviendo más dinero en el bolsillo de los contribuyentes,
especialmente los de más renta. El resultado es que se ha impulsado el
crecimiento (y la transferencia de renta a los más ricos) en la fase alcista del ciclo,
limitando el margen de actuación para la fase recesiva en la que nos encontramos.
o A la delicada situación interior, de sobreendeudamiento y déficit exterior, se le
suma la crisis financiera internacional originada por la especulación con derivados
financieros respaldados por activos de dudosa calidad (hipotecas de alto riesgo o
subprime) con elementos claros de timo piramidal y estafa masiva. Dada la fuerte
demanda inmobiliaria española y el insuficiente ahorro interno, las entidades
financieras habían recurrido a la financiación exterior para poder sostener su
volumen de concesión de préstamos hipotecarios. El cierre de los mercados
financieros internacionales limita la capacidad de financiación bancaria de una
economía –la española- sustentada masivamente en el crédito, estrangulando
tanto la especulación financiera e inmobiliaria, como la producción capitalista de
bienes y servicios para el mercado.
Este modelo entra en crisis porque supone un crecimiento ficticio, basado en
adelantar consumo futuro y soportado por la expansión constante del endeudamiento
que sostiene una demanda que cabalga a lomos de la especulación inmobiliaria. Cuando
se superan todos los límites racionales e irracionales, la burbuja inmobiliaria se pincha
debido a razones internas (sobreendeudamiento masivo), europeas (subida de los tipos
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de interés) y en última instancia internacionales (crisis financiera y económica). En el
caso de España la crisis económica va a ser más profunda y duradera porque al
hundimiento de la demanda interna se le une la debilidad de un sector exterior, con un
déficit generalizado a la mayoría de mercancías intercambiadas y ya no se dispone del
mecanismo de la devaluación monetaria para superar la pérdida de competitividad
exterior. Se ha agotado la vía española de inserción en la globalización capitalista. Las
discusiones sobre la forma de salir de la crisis, dentro del marco capitalista, pasan por un
nuevo recorte de las condiciones laborales y los derechos sociales (abaratar la fuerza de
trabajo en términos absolutos) o una mejora de la competitividad y productividad del
modelo mediante la inversión productiva (abaratar la fuerza de trabajo en términos
relativos). ¿Hay otras salidas?
¿POR QUÉ LOS TRABAJADORES NO ESTAMOS REACCIONANDO FRENTE A LA
CRISIS DEL CAPITALISMO?
¿Los trabajadores queremos acabar con la crisis -del capitalismo- o queremos
acabar con el capitalismo y la explotación a la que somete a la mayoría de la población?
La respuesta a esta pregunta depende necesariamente de plantearnos otras nuevas:
¿Quienes son los capitalistas? ¿Existe la clase trabajadora? ¿Sigue vigente el conflicto
trabajo-capital? ¿Qué ideología han asumido gran parte de los trabajadores? ¿Por qué si
el capitalismo explota a los trabajadores las respuestas de “la izquierda” persiguen
minimizar el daño (mejorar el capitalismo) en lugar de acabar con la causa que lo
genera?
En España los trabajadores venimos de un ciclo de derrotas de la clase obrera
durante las últimas décadas, donde han concurrido tanto factores internos (transición
tutelada sin ruptura e inserción democrática en el capitalismo) como externos (caída de
los regímenes socialistas), de pérdida de valores y referentes colectivos y su sustitución
por el individualismo y la competitividad extrema del libre mercado: el fin de la historia o
eso decían. Dos factores explican la ausencia o debilidad de una respuesta organizada
de los trabajadores ante la crisis: dominio de la ideología capitalista y carencia por parte
de los trabajadores de instrumentos propios de intervención política y comunicativa.
El conflicto de clase (trabajo-capital) sigue vigente y no ha desaparecido, aunque
se haya modificado y difuminado su presentación. El trabajo humano mediante la
actividad social y económica es la fuente de generación de valor, y sin embargo los
trabajadores que lo realizan están sometidos por el chantaje vital de aquellos que
controlan los medios de producción. En el primer mundo capitalista, allí donde el conflicto
social se encuentra más institucionalizado y regulado, capitalistas y trabajadores habían
alcanzado un armisticio temporal de ganancias compartidas: mejoras en el bienestar real
de los trabajadores a cambio de no cuestionar la esencia del sistema capitalista y sus
beneficios. En el resto del mundo este juego nunca ha aportado resultados positivos a
los trabajadores y si incorporamos al análisis el coste del destrozo del medio ambiente y
el planeta, el saldo es claramente negativo, perjudicial e insostenible, incluido para los
trabajadores del primer mundo.
La clase trabajadora no ha sabido ni ha podido sobreponerse a la avalancha
mediática, cultural, ideológica que hemos sufrido en estas décadas, agudizada en los
últimos veinte años al desaparecer el referente alternativo. El hueco de los objetivos
colectivos e igualitarios se ha sustituido por el individualismo, la competitividad
generalizada y la integración social a través del consumo de masas. El sistema nos ha
vendido los valores capitalistas y la población, voluntaria o involuntariamente, los ha
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comprado pensando que hacía un gran negocio. Una parte relevante de los trabajadores
de los países capitalistas ha asumido los valores de la clase dominante, impuestos
socialmente por los medios de comunicación y la cultura de masas, así como por la
explotación de las propias contradicciones de los trabajadores, derivadas de un salario
que supera los niveles básicos de subsistencia y permite una participación e inserción en
la economía capitalista como consumidores y como ahorradores/inversores (capitalismo
popular bursátil e inmobiliario).
En España un gran número de los cerca 20 millones de trabajadores (ocupados y
parados) tiene también intereses capitalistas (primeras y segundas viviendas, acciones,
depósitos bancarios) que anestesian su capacidad de crítica al sistema, cuando no su
apoyo incondicional a medidas claramente regresivas como las rebajas fiscales y su
pérdida de progresividad o la privatización de empresas y servicios públicos. Un gran
número de trabajadores reniegan del trabajo asalariado, pero no para acabar con esa
institución que le oprime ni el sistema que la genera, sino para ocupar el lugar del
capitalista (al grito de ¡proletario el último!).
La asunción por parte de los trabajadores de la ideología y los intereses de la clase
dominante (el dinero a través del mercado es el juez supremo y cualquier acción y deseo
que se pueda convertir en mercancía y precio es legítimo y moralmente correcto, con el
consumo sin freno como mecanismo de integración social) explica las dificultades de
levantar públicamente una alternativa ahora que se derrumba el mundo feliz que nos
habían vendido. Han asumido –con la fe del converso- el modo de vida capitalista, de ahí
la dificultad, dada la precariedad de instrumentos de los que disponemos, de impulsar un
mensaje radicalmente alternativo que cuestiona la sostenibilidad humana y planetaria de
ese consumismo de masas (y la explotación que lo sustenta) al que ahora no quiere
renunciar gran parte de la población. Los supuestos avances y mejoras sociales y
económicas deben ser generalizables al conjunto de la población (internacionalismo) y
sostenibles por el planeta. En caso contrario dejan de ser un derecho y se convierten en
un privilegio a costa de los otros, los excluidos.
Este proceso reaccionario se ha asentado en el desprestigio, abandono y actual
carencia de instrumentos colectivos propios a los intereses de la clase trabajadora. Los
medios de comunicación de masas, como buena empresa que son, responden a los
intereses de sus propietarios. Las instituciones públicas -el Estado- cumplen con el papel
que justifica su fundación histórica, amortiguando a lo sumo el conflicto social sin
modificar las causas que lo generan. Finalmente los mecanismos de actuación de la
clase obrera concienciada y organizada (partidos y sindicatos de clase, movimiento
vecinal y en general los movimientos sociales) en sus siglas más relevantes han
asumido un papel de gestores “por la izquierda” de un modelo socioeconómico contrario
a los trabajadores.
Y a pesar de todo, y precisamente por ello, o ponemos fin al capitalismo o
posiblemente el capitalismo pondrá fin a la especie humana y al planeta, dentro de la
peligrosa aproximación al punto de no retorno al que nos están conduciendo-. ¿Por
donde empezar? Por lo más cercano, por organizarnos los trabajadores, por reactivarnos
y formarnos, por analizar el problema, por hablar con nuestros vecinos partiendo de las
problemáticas concretas e intentar hacerlas frente con el apoyo mutuo y utilizando todos
los medios a nuestro alcance. Sin divinizar las nuevas tecnologías de la comunicación,
pueden ser un instrumento útil para defender nuestra visión de la sociedad y romper el
cerco mediático que imponen los grandes medios de des-información de masas.
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SALGAMOS DE LA CRISIS, SALGAMOS DEL CAPITALISMO
Para salir de la crisis (transformando el capitalismo) debemos modificar el
concepto o paradigma social impuesto de bienestar: el bienestar social no puede pasar
por el consumismo indefinido y creciente de bienes y servicios que el mercado nos
vende, que constantemente nos dejan insatisfechos para seguir buscando la felicidad en
el siguiente bien o servicio consumido. Este consumismo es un privilegio, no es un
derecho de la clase trabajadora, no es generalizable al conjunto de la población ni es
sostenible por el planeta.
Hay que volver a poner los pies en la tierra y sin hacer apología de volver a las
cavernas, ser conscientes de los derechos y necesidades básicas y prioritarias de la
humanidad: trabajo, democracia, paz, alojamiento, alimentación, educación, cultura,
sanidad,… Y a partir de ahí, la prioridad es garantizar estas necesidades para el conjunto
de la población antes de seguir hablando de apartamentos en la playa, todoterrenos,
móviles de última generación, televisores de plasma de 50 pulgadas,...
El mensaje de austeridad, de conciencia y consciencia de los límites, de la
autolimitación de los deseos irracionales de consumo, no es un mensaje que la gente
con mentalidad consumista quiera aceptar de buen grado. Así que hay que aprovechar el
actual pinchazo de la burbuja del capitalismo, con la que se han derrumbado buena parte
de los mitos que nos habían impuesto (el mercado se autorregula y maximiza el
bienestar social, la intervención y planificación colectiva es contraproducente, la vivienda
nunca baja,…) para dar la batalla y hacer avanzar nuestra visión alternativa de la
sociedad.
Las diversas manifestaciones del tremendo alcance de la crisis a la que nos
enfrentamos están aflorando a pesar del cerco mediático y está surgiendo en la sociedad
la evidencia de los excesos cometidos y la necesidad de variar el rumbo y el
funcionamiento de la sociedad. La cuestión es la dirección e intensidad de ese cambio,
ya que los capitalistas más conscientes también están realizando el mismo análisis para
perfeccionar el modelo sin modificar su esencia y que sea “sostenible”. Algunas de las
profundas manifestaciones de la crisis a la que nos ha abocado el capitalismo son:
o Crisis ecológica: cambio climático, contaminación, agotamiento de los recursos,...
o Crisis energética: agotamiento (y encarecimiento) de los hidrocarburos (petróleo,
gas) sobre los que se ha construido toda la sociedad capitalista: transporte,
industria, agricultura, globalización comercial,…
o Crisis alimentaria: la reducción de los alimentos a una mera mercancía más,
sometida al modo de producción y consumo capitalista implica hambre en el tercer
mundo y comida basura, obesidad y otras enfermedades en el primer mundo.
o Crisis financiera: la especulación parasitaria (inmobiliaria, bursátil, productos
derivados financieros) cada vez asumiendo más riesgos y más apalancamiento
sobre una economía real, ha terminado dañando seriamente a ésta última.
o Crisis económica: sobreproducción y sobreexplotación de los trabajadores. La
constante expansión de la capacidad productiva incentivaba constantemente el
consumo, hasta que el sobreendeudamiento no ha podido seguir aumentando más
la demanda y ha provocado el hundimiento actual.
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Medidas necesarias para poder salir de la crisis saliendo del capitalismo
Hay que superar la crisis, la crisis que soportan la mayoría de los trabajadores de
este planeta en su día a día, pero no fortaleciendo el sistema explotador que los somete,
sino contribuyendo a su abolición. No basta acabar con las crisis del capitalismo, hay que
desmontar el sistema que las genera. Algunas medidas concretas son:
1. Lo primero es oponerse a que el ajuste lo paguen los trabajadores a través de una
nueva vuelta de tuerca en el abaratamiento y desregulación de las condiciones
laborales y derechos sociales, y en la defensa del empleo, que no es lo mismo que
defender los intereses de los accionistas y propietarios de las empresas.
2. Si queremos aspirar a que exista clase trabajadora organizada y consciente de sus
intereses hay que liberar a los trabajadores del control de la ideología de la clase
dominante. ¿Si no somos capitalistas porque nos comportamos como si lo
fuéramos? Para ello debe darse una doble batalla:
o En el campo ideológico explicar la insostenibilidad del modo capitalista de
producción y consumo y su contradicción y perjuicio para con los trabajadores
(por ejemplo, con el encarecimiento de la vivienda, la hipoteca te ata a la
precariedad) y plantear los valores propios y las necesidades sociales básicas,
educando con el ejemplo propio.
o En el campo material eliminar los incentivos, subsidios, desgravaciones,
subvenciones,… del capital y las rentas del capital frente al trabajo social y
productivo (por ejemplo acabar con todas las ventajas que hacen de la vivienda
el elemento principal de inversión y especulación).
3. Intervención pública sí, pero no para sostener el sistema de explotación capitalista
ni sus intereses (trabajo asalariado, consumismo) sino al servicio de los intereses
de la clase trabajadora.
4. Decidir colectivamente las prioridades y necesidades humanas fundamentales que
deben ser satisfechas y garantizadas, no perdiendo nunca de vista la visión
internacionalista (derechos, no privilegios) a nivel humano y medioambiental. De
ello surge necesariamente la planificación democrática de la economía para
satisfacerlas (algo que nunca podrá lograr el mercado, que únicamente se encarga
de generar mercancías rentables para los capitalistas, no de derechos de los seres
humanos).
5. Acabar con la propiedad privada de los grandes medios de producción y su
nacionalización bajo control de los propios trabajadores para lograr la planificación
democrática de la economía que garantice la satisfacción de las necesidades
básicas de la sociedad: nacionalización bajo control de los trabajadores. En este
sentido hay dos sectores clave sobre los que se debe actuar de forma prioritaria y
contundente:
o Nacionalización del sistema financiero español y fuerte regulación de todas las
actividades financieras internacionales. El sistema financiero público debe estar
al servicio de una economía destinada a garantizar los derechos y satisfacer las
necesidades de la población, no para ser parasitario de un modo de producción
[el capitalista] ya de por si, injusto y explotador.
o Acabar con la vivienda como bien de inversión y que retome su función social
como alojamiento. Debe garantizarse el derecho a la vivienda digna a un coste
asequible, lo que necesariamente solo ocurrirá sacando la vivienda del
mercado mediante una decida política pública de alquiler.