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Francisco Fernández Buey
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¿Es tan malo ser antisistema |
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Escrito por Administrador
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Miércoles, 10 de Noviembre de 2010 12:58 |
Público.es
Venimos observando que, en los últimos tiempos, los medios de comunicación de todo tipo han puesto de moda el término antisistema. Lo usan por lo general en una acepción negativa, peyorativa, y casi siempre con intención despectiva o insultante. Y aplican o endosan el término, también por lo general, para calificar a personas, preferentemente jóvenes, que critican de forma radical el modo de producir, consumir y vivir que impera en nuestras sociedades, sean estos okupas, altermundialistas, independentistas, desobedientes, objetores al Proceso de Bolonia o gentes que alzan su voz y se manifiestan contra las reuniones de los que mandan en el mundo.
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Última actualización el Lunes, 27 de Agosto de 2012 10:58 |
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Rossana Rossanda para el libro blanco del comunismo en el siglo XX |
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Escrito por Administrador
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Viernes, 09 de Julio de 2010 11:32 |
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Pasajes
| Reseña de las Memorias de Rossana Rossanda que escribió Francisco Ferández Buey para la revista valenciana Pasajes |
Fuera de Italia el nombre de Rossana Rossanda empezó a ser a conocido en 1969 a raíz de la expulsión del partido comunista italiano del grupo Il Manifesto. Desde entonces, y a lo largo de cuarenta años, su nombre ha quedado asociado a esta publicación, sin duda la más singular de las aventuras político-culturales del comunismo crítico en la segunda mitad del siglo XX. Singular porque, sin llegar a constituir propiamente un partido político comunista, Rossanda y sus compañeros de Il Manifesto han estado constantemente presentes, con sus análisis e intervenciones, en todos los acontecimientos políticos, socio-económicos y político-culturales de importancia para la izquierda revolucionaria en el mundo.
Para valorar en sus justos términos lo que ha sido esta aventura hay que tener en cuenta que hacia 1968 los comunistas se dividían por así decirlo en dos: los que pensaban que fuera del partido no había "salvación" (en términos cuasi religiosos) y los que estaban convencidos de que fuera del partido no había acción posible, al menos eficaz, para cambiar el mundo en un sentido socialista de acuerdo con los intereses de aquellos que se suponía que habían de ser sujeto de la revolución, los proletarios, los obreros de la industria. Hoy esto suena raro, pero sólo prestando atención a aquellas convicciones se puede entender bien el impacto que entonces tuvieron las palabras con las que Aldo Natoli, en nombre del grupo de Il Manifesto, se despidió del partido comunista: "Para ser comunista no hace falta carnet". De hecho, si se mira la cosa con una perspectiva histórica más amplia, aquella declaración que Rossanda compartía entonces y sigue compartiendo hoy, no debería haber resultado tan traumática como lo fue en el momento en que se hizo. Pues el fundador del comunismo moderno, Karl Marx, en el que decían inspirarse unos y otros, había sido un comunista sin partido (y sin carnet) la mayor parte de su vida. Solo que en las controversias políticas del momento esas cosas, relevantes para los historiadores, no solían tenerse en cuenta.
También esta historia ha conocido su paradoja: veintitantos años después de aquellos hechos Rossana Rossanda y los compañeros de Il Manifiesto expulsados del PCI seguían haciendo una publicación que se declaraba comunista mientras la dirección del partido que los había expulsado decidía dejar caer el viejo nombre y con él la cosa misma, o sea, el concepto de comunismo, obviamente deshonrado en varios lugares del mundo en los que se impuso el denominado "socialismo real", pero no precisamente en Italia. Así, en los últimos veinte años Il Manifesto de Rossana Rossanda pasó a ser uno de los pocos referentes explícitamente comunistas con eco internacional. Eso explica, entre otras cosas no menores (como la capacidad de análisis político y el haber sido una especie de periodista de guardia de los valores renovados de la tradición comunista durante años y años) que Rossana Rossanda haya acabado siendo un mito para muchas personas que, en Italia y fuera de Italia, conservaron sus ideales comunistas o los encontraron cuando sus mayores los abandonaban.
Y mito es justamente la primera palabra con la que Rossanda ha querido enfrentarse al escribir sus recuerdos en La ragazza del secolo scorso, cuya primera edición apareció en Italia hace tres años y que ahora acaba de ser traducida al castellano1. A Rossanda, que ha defendido siempre un comunismo laico y que lleva décadas combatiendo toda versión religiosa, doctrinaria o dogmática del marxismo, esa palabra no le gusta ni siquiera cuando se pronuncia amablemente y con empatía. Los mitos, dice, son una proyección ajena con la que ella no tiene nada que ver; algo que desazona porque trae a la memoria las lápidas y que no puede aceptar una mujer que, como ella, se considera metida en el mundo, comprometida con su mundo y con su tiempo, a pesar de no tener partido, ni cargos, ni ser siquiera propietaria del periódico que ayudó a fundar.
Ya eso da una pista sobre la orientación de las memorias de Rossanda. No hay en La muchacha del siglo pasado nada que se pueda considerar contribución personal al enaltecimiento del mito. Si, a pesar de la declaración inicial de su autora, aún hubiera que conservar la palabra que emplean personas que le admiran se podría decir que la sustancia de este ensayo autobiográfico es la narración reflexiva de la vida de una mujer, protagonista de la historia del comunismo, antes de que su actuación y las circunstancias que han condicionado ésta la convirtieran precisamente en ese mito. Pues Rossanda habla en el libro de su infancia y adolescencia, de sus estudios universitarios, de su maduración política al final de la segunda guerra mundial, de su actividad como responsable de la política cultural del PCI, de la batalla de las ideas en las décadas de los cincuenta y los sesenta, de los encuentros y desencuentros ocurridos durante esos años y de muchas otras cosas interesantes, pero termina su relato en 1969, en el momento de su expulsión del partido comunista, o sea, precisamente en el momento en que empezó a ser conocida y reconocida fuera de Italia. Lo que vino después de la creación de Il Manifesto, los cuarenta años de singular aventura político-cultural que han hecho de ella una leyenda, queda fuera de consideración. Eso es, como ella dice al final del libro (tal vez anunciando su continuación), "otra historia".
Tampoco quiere Rossanda que La muchacha del siglo pasado sea leído como un libro de historia. Y, en efecto, no es un libro en el que la protagonista de la historia pretenda combinar y amalgamar los recuerdos propios de acontecimientos vividos con la reconstrucción historiográfica de los hechos, precisamente documentada, desde la perspectiva que da el tiempo pasado. En esto el libro de Rossanda se diferencia de otras memorias publicadas. Pues no son pocas las memorias de protagonistas de la historia del siglo XX en las que el que escribe o la que escribe se dedica a romper todos los espejos en los que sus contemporáneos se miraron (o dijeron que se miraban) para, al final, dejar intacto un único espejo, el que devuelve el rostro propio idealizado, el espejo del cuento de Blancanieves que dice siempre a la madastra lo hermosa que es cuando se mira en él
Rossanda sabe de los agujeros de la memoria personal y de las trampas de la memoria que se presenta a sí misma como reconstrucción fetén de los hechos históricos colectivos. Ha optado por narrar en primera persona, sin aducir documentos o papeles, a partir de los recuerdos propios y, casi siempre, claro está, reflexionando sobre los hechos que recuerda mejor, o a los que presta mayor atención, para valorar así lo que ella misma hizo (o creyó en su momento estar haciendo) y lo que hacían las personas y personajes con los que se relacionó en aquellos años. El resultado es un libro que combina la calidad literaria (como reconoció en 2005 el jurado del premio Strega), con la honestidad intelectual; un libro que responde, también en primera persona, a la pregunta que muchos pueden hacerse hoy, en la época del libro negro del comunismo: cómo se ha sido comunista y cómo se puede seguir siéndolo, a pesar de todo lo ocurrido y de que la misma persona que escribe es consciente de que está hablando de una historia que acabó mal.
En los primeros capítulos de La muchacha del siglo pasado, Rossanda narra sus recuerdos de la infancia y de la adolescencia en los años de la Italia fascista y de la guerra con una distancia tan calculada como apreciable, sin nostalgia de la edad feliz en años difíciles pero sin resentimiento por los primeros tropiezos, como para que el lector pueda tener desde el principio la idea de que, al menos en su caso, el comunismo no lo encontró en la casa familiar. Y en ese sentido no es casual que los primeros recuerdos que valora desde las alturas de la edad, por lo que anticipan, hayan sido, por una parte, la tendencia a escapar y, por otra, la atracción fatal por los tropiezos, atracción "evocada una y otra vez por los mayores como demostración de una personal inclinación a no estar en el mundo como dios manda".
Al escribir eso no está sugiriendo, sin embargo, la conformación en su caso de un carácter particularmente rebelde desde la más tierna infancia; lo cual ya dice mucho acerca de la madurez de la narradora. Como mucho dice, también, la tranquilidad de espíritu con que reconoce, sin darlo mayor importancia, sus relaciones de entonces con jóvenes fascistas, que era lo habitual, o la declaración de que antes de 1943 su imagen de los comunistas no haya diferido gran cosa de la que estaba difundiendo el régimen mussoliniano, sobre todo en los años de la guerra de España. Comunistas eran para ella entonces, como para tantos otros, "vengadores de los pobres, violentos y temibles".
Una idea, ésta, que iba a cambiar radicalmente aquel mismo año 1943, a partir de la relación que estableció con uno de los grandes intelectuales del momento, el filósofo Antonio Banfi, a través del cual se produjo su aproximación a los núcleos comunistas que animaban la Resistencia antifascista. Incluso al llegar ahí Rossanda evita apuntarse medallas de las que predisponen favorablemente al lector para lo que va a venir después. No cuenta sus actividades juveniles en la Resistencia con tonos heroicos, sino más bien como una consecuencia de circunstancias, entre las cuales la más importante fue la sorpresa, confesada también, que produjo en la estudiante universitaria el descubrimiento del vínculo comunista del filósofo al que apreciaba intelectualmente en aquel momento: "Me vi metida. No tengo glorias de las que alardear, no pedí el diploma de partisana... Hice poco y con dificultad y errores".
De estas páginas, que corresponden a los cuatro primeros capítulos del libro, hay al menos dos cosas que querría subrayar. Una de ellas es el esfuerzo que Rossana ha hecho por captar y representar el ambiente cotidiano de la Italia de aquellos años a partir de la selección de los propios recuerdos de la infancia, adolescencia y juventud. En esas páginas anticipa lo que va a ser el tono general de todo el libro: veracidad y equilibrio en el juicio, incluso cuando se refiere a cosas, actitudes y personas que, evidentemente, no eran de su agrado. Ni siquiera le gustó que la pusieran "Miranda" de nombre guerra, cuando entró, en 1943, en el grupo comunista clandestino. Consideraba ese nombre "imbécil" [nome cretino], pero enseguida quita importancia al asunto.
La segunda de las cosas que llama la atención en esas páginas es la contención con que Rossanda aborda las relaciones familiares y afectivas. Da a conocer en ellas sus aficiones literarias y artísticas, sus lecturas, su llegada a la universidad para estudiar letras y los nombres de los profesores a lo que allí apreció, pero dedica escasísimo espacio a lo que fue la propia educación sentimental y a la expresión de los sentimientos íntimos. De sus sentimientos respecto de los familiares más próximos dice poco y casi siempre de forma alusiva: de los padres, lo más relevante en el momento en que tiene que enfrentarse a su muerte; y de sus amores, de los varones con los que convivió, de los que fueron compañeros sentimentales (Rodolfo Banfi y K.S. Karol), apenas nada. (Tan poco dice que los editores de la obra en castellano, que se han tomado la molestia de añadir un índice de nombres citados, ni siquiera los han incluido en él).
Como sabemos, por otros libros suyos, de la importancia que con el tiempo Rossana Rossanda iría dando a la relación entre actividad política y educación sentimental, entre lo público y lo privado, así como de sus batallas en el ámbito del feminismo italiano, hay que pensar que esta brevedad, esta autocontención de la memoria, en todo lo que tiene que ver con la propia vida sentimental, no es olvido sino más bien consecuencia de una decisión pensada al escribir La ragazza del secolo scorso.
Puede que eso se deba a que este libro es sustancialmente, como ha dicho Mario Tronti en el prólogo a la segunda edición italiana, el relato de un gran amor malogrado, y que ese amor es el amor entre Rossanda y el PCI. O puede también que tal autocontención se derive de su particular forma de entender y de defender el papel de las mujeres en la historia, tan alejada del feminismo italiano de la diferencia, que exaltaba la conservación de los valores tradicionalmente considerados femeninos. Tronti, en el par de líneas que dedica al asunto declara esto "terreno minado" y pasa por ahí como de puntillas, para "no saltar por los aires", dice. Hay en esto, en cualquier caso, un rasgo de carácter que le impulsa a uno a vincular aquel recuerdo suyo del "escapar" y de los repetidos "tropiezos" de la infancia con la declaración ya madura, que Rossana fecha en 1962, de un impulso que conduce, que la conduce, a la huida, a la vacilación, a la retirada: "El descubrimiento de que no escapaba de lo femenino. Desde entonces, cuando se trata de elecciones graves en la esfera pública reconozco el impulso de dar un paso atrás. Y no me parece esto una virtud pacifista, sino el reflejo de quienes durante siglos han estado fuera de la historia... Combatir pero en segundo puesto. No decidir en primera o última instancia... No un fin de los llamados saberes femeninos".
Una de las cosas más sugestivas de este libro es, para mí, precisamente lo que queda implicado en tal declaración, sobre todo si se la compara con lo que ha sido la vida política de su autora desde el momento en que dice que hizo ese descubrimiento hasta ahora. O sea: la tensión interior que sugiere aquella tendencia al paso atrás, a pasar a un segundo plano en el momento de las decisiones graves, en una mujer que, desde entonces y por la propia historia, ha tenido que estar tantas veces en el primerísimo plano de la esfera pública cuando tantos varones, aquellos de las decisiones en primera o en última instancia, vacilaban, se retiraban o negaban los ideales que un día defendieron.
En la parte central del libro, la que está dedicada propiamente al relato del amor malogrado con el PCI, a los años que van desde 1947 (momento en que Rossanda decide dedicarse preferentemente al trabajo político después de haber hecho una tesis académica sobre los tratados de arte entre la Edad Media y el primer Renacimiento) hasta 1968, momento en el que empieza "la otra historia", hay recuerdos y reflexiones que, por su lucidez, pasarán seguramente a ser parte de la otra historia del comunismo del siglo XX; observaciones que por olvido, por oportunismo o por corrección política mal entendida, no han sido subrayadas convenientemente en estudios historiográficos documentados y que aquí son parte sustantiva del relato. Por ejemplo: el mal fario que le produjo el resultado del referendum de 1946, en el que la República, según recuerda Rossanda, fue aprobada "por los pelos" cuando la ridiculez del rey era tan evidente; o la impresión negativa que tuvo ante las primeras elecciones regionales después de la guerra, en la que los comunistas fueron derrotados, a pesar del papel que habían jugado en la Resistencia. O, por poner otro ejemplo, el recuerdo de que, a pesar de su peso social y de lo que se ha dicho y repetido tantas veces después sobre el poder del partido, ningún comunista hubiera podido hablar en Italia ante los micrófonos de la radio y ante las cámaras de televisión hasta 1963.
Desde un punto de vista ya estrictamente político, son interesantísimos los recuerdos y reflexiones de Rossanda sobre su primer viaje a Moscú, todavía en vida de Stalin; sobre lo que representó para el PCI el XX Congreso del PCUS; sobre los acontecimientos de Hungría en 1956 (y la controversia entre el grupo dirigente del PCI y algunos de los intelectuales comunistas italianos entonces); sobre la pobre impresión que sacó del antifranquismo organizado durante su viaje a España a comienzos de 1962, poco antes de la huelga de los mineros de Asturias; sobre lo que vio en Cuba y de la revolución cubana después de la crisis de los misiles, en los meses en que se especulaba en la isla acerca del destino de Guevara; sobre el papel y la personalidad de Palmiro Togliatti; sobre el mayo francés de 1968 y sobre la llamada primavera de Praga, aquel mismo año, sofocada en agosto por los tanques soviéticos.
Al hacer referencia a estos acontecimientos o asuntos, que Rossana vivió en primera persona o que marcaron su vida política a través de los debates y las controversias en el PCI, he escrito aposta, con intención, las palabras recuerdosy reflexiones. Pues uno de los rasgos que dan valor a esas páginas es que Rossanda construye el relato de los hechos a partir del recuerdo de acontecimientos vividos, o apasionadamente discutidos en su momento, pero reflexionando acerca de ellos casi siempre en dos niveles complementarios: narrando lo que pensaba o hizo ella misma en tal momento y añadiendo por lo general lo que ha llegado a pensar sobre tales asuntos al tener en cuenta acontecimientos posteriores o al volver sobre ellos en el momento en que escribe. Obviamente, esta forma de construir la narración presenta un riesgo, muy corriente y pocas veces superado en los libros de memorias: confundir lo que se pensaba en el momento con lo que se pensó después y atribuir a otros ideas, pensamientos, actitudes o posiciones que no se corresponden precisamente con lo que dijeron o hicieron entonces.
Pero lo más notable del libro de Rossanda, en mi opinión, es que en todas esas grandes cuestiones controvertidas en el movimiento comunista de aquellos años ha logrado distinguir bien entre lo que pensaba y lo que piensa al respecto. Y ha logrado, además, comunicar al lector esa distinción por el procedimiento de advertir sobre la marcha, y sin cortar el relato, cuándo y por qué cambió de opinión, o explicando con verosimilitud y claridad los motivos por los que ahora, cuando escribe, en 2005, piensa que también ella, como parte que era del movimiento comunista, erró, se equivocó o fracasó en tal o cual momento. Hay una imagen en el libro, cuando Rossanda está contando los avatares de los años sesenta, que me parece muy ilustrativa y que enlaza además con aquello de los "tropiezos". Es la imagen de la largartija. Dice Rossanda: "Por entonces me pasó, a mí y a otros muchos comunistas, como a la lagartija a la que el gato mordió el rabo: que volvió a crecerle. Lagartija me parece un término apropiado. No he sido un animal de bosque, ni siquiera un gato montés, pero espero que tampoco una gallina".
Tan interesante como lo anterior: Rossanda ha construido el relato de sus recuerdos escribiendo desde la conciencia de la derrota, con el mismo espíritu crítico de su juventud y, sin embargo, con un respeto exquisito por la mayoría de los personajes con los que se discutió o de los que discrepó en el momento de los hechos que cuenta. Esto es de admirar, por raro en las memorias de los protagonistas de la historia del movimiento comunista, en las cuales, como es bien sabido, ha habido mucho cainismo y no poco veneno. Ahí veo yo la prolongación madura de aquel no estar en el mundo como dios manda que le atribuían en la infancia. El ejemplo más patente que se puede aducir a este respecto, aunque no sea el único, es la consideración con que Rossanda ha tratado, en La muchacha del siglo pasado, a Palmiro Togliatti, el personaje más citado a lo largo del libro, como, por lo demás, es natural teniendo en cuenta el papel que éste desempeñó en el PCI y en la vida política italiana. La advertencia sobre el paso del recuerdo a la reflexión es aquí meridiana:
En la década de 1970 le critiqué tanto como hoy le revalorizo, una vez aceptado que su objetivo no fue derribar el estado de cosas existente sino garantizar la legitimidad del conflicto.
Es difícil decir tanto en tan pocas palabras acerca de lo que se pensaba y de lo que se piensa para dar al mismo tiempo en el clavo sobre el auténtico papel político del personaje, aquel mismo personaje que había espetado un día a la disidente: "Pero aquí ¿quién es el secretario del partido, tú o yo?". El juicio, la valoración política y la reflexión sobre el ayer y sobre el hoy se superponen, pues, en la forma que se considera más positiva posible. Positiva, desde luego, para quien quiera seguir pensando en la actualidad de los problemas del comunismo sin echar la tradición por la borda y sin renunciar, por otra parte, al espíritu crítico.
Hay otros muchos pasos de parecido tenor en el libro, pero mencionaré, para terminar, uno solo que creo particularmente ilustrativo a la hora de valorar el respeto por los otros y el equilibrio en que ha desembocado al fin aquel amor desgraciado. Está ya al final del libro y se refiere justamente al momento tal vez más decisivo en la vida política de Rossana Rossanda: la narración de los orígenes de Il Manifiesto, lo que incluye su relación con Enrico Berlinger en aquellos días de 1969 y la expulsión del PCI de su propio grupo. Después de recordar las ya mencionadas palabras de Aldo Natoli en la reunión del comité central en la que se decidió la expulsión del grupo, Rossanda ha optado, también aquí, por no hacer sangre a destiempo: llama "amigos" a algunos de los que entonces levantaron la mano para expulsarles; deja claro que, de todas formas, el grupo de Il Manifesto era "otra cosa", una cosa distinta de aquel PCI; y acaba la narración así: "No he vuelto a contar los votos. No estaba resentida, ni, a decir verdad, conmocionada [...] Ya no éramos de los suyos, de los nuestros".
De los suyos, de los nuestros: ahí está la clave.
He dicho arriba que, por forma y tono, estos recuerdos de Rossana Rossanda nada tienen que ver con la socorrida reconstrucción del espejo que siempre dice lo hermosa que es quien se mira en él. El espejo en el que se mira Rossanda es otro. Mario Tronti ha escrito que hay que fijarse en la foto de la cubierta del libro (que se reproduce, ampliada, en la edición castellana) y ve en ella otra representación de la melancolía. Comparto la observación: ese precioso movimiento del alma sensible, la melancolía, recorre como un hilo rojo las páginas que Rossanda ha dedicado al amor desgraciado y al conflicto interior que produce el desfase entre lo que se pudo hacer y lo que se hizo realmente, entre lo que se quiso y lo que no fue posible. Sólo añadiría a la observación de Tronti que, en este caso, la lucidez del análisis que acompaña la imagen de la melancolía no remite necesariamente al lector a aquella profunda tristeza que la palabra denota. Al contrario: el lector con convicciones, el lector que haya tenido conciencia de la tragedia del comunismo del siglo XX, aún cerrará el libro de la muchacha del siglo pasado, de la comunista sin carnet, esperanzado. Pues, como dice ella, también nosotros habremos aprendido que no todo lo que no ha funcionado históricamente era políticamente erróneo. Tomado de la revista digital Sin permiso:
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2650
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Manuel Sacristán sobre Gramsci |
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Viernes, 09 de Julio de 2010 11:21 |
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Manuel Sacristán sobre Gramsci
gramscimania.blogspot
Nadie ha hecho tanto por el conocimiento de Gramsci en España como el filósofo Manuel Sacristán (Madrid, 1925-Barcelona, 1985). Se ha dicho de éste que fue sin duda la figura más relevante del marxismo en España desde los años sesenta hasta su muerte en 1985. Y con el paso del tiempo esta afirmación resulta aún más verdadera. Sacristán editó, tradujo y presentó las obras más importantes de Marx, de Engels, de Lukács y de Korsch, además de introducir también en nuestro país a algunos de los más conocidos filósofos analíticos anglosajones. Pero de todos los clásicos marxistas de la tercera generación (si se nos permite hablar así) la ocupación de Sacristán con Gramsci fue la más constante y también la más problemática.
La más constante por la sencilla razón de que él siempre consideró que la reflexión político-cultural de Antonio Gramsci, particularmente en los Quaderni del carcere, era (de todas las reconsideraciones comunistas que se produjeron después de la muerte de V.I. Lenin) la más próxima a las preocupaciones, necesidades y aspiraciones de las clases trabajadoras de la Europa occidental en la época de la guerra fría. Y la más problemática también, porque, insertándose en la misma tradición emancipatoria que Gramsci y compartiendo como compartía la dimensión político-moral del pensamiento de éste, la formación intelectual y las aficiones filosófico-científicas de Sacristán eran sensiblemente distintas de las del pensador sardo. En efecto, formación y aficiones intelectuales (por la lógica, por la metodología y la teoría de la ciencia) inclinaban al filósofo español hacia un tipo de marxismo en el que la preocupación moral fue siempre unida al interés por la epistemología, con la particularidad, además, de que Sacristán prefería la filosofía de la ciencia de orientación analítica a las vaguedades especulativas o a las exageraciones cientificistas de los marxismos contemporáneos más divulgados durante aquellos años (althusserianismo y dellavolpismo, sobre todo) [1].
Este aspecto de su formación distanciaba mucho a Sacristán del ambiente intelectual en el que tomó cuerpo el pensamiento de Antonio Gramsci, particularmente del idealismo croceano, tan proclive a ignorar o despreciar ciertos desarrollos importantes de las ciencias del siglo XX. Pero, simultáneamente, Sacristán consideraba el marxismo como una tradición emancipatoria moderna, como una tradición del movimiento obrero, no como un sistema teórico; motivo éste que (junto con la decisión de tomarse rigurosamente en serio la declaración de Marx contra el papanatismo y el dogmatismo de aquellos que ya en su tiempo se denominaban marxistas) le impulsó a situar en el centro de su discurso no el marxismo mismo (como cuerpo doctrinal) sino el comunismo marxista entendido a la vez como tradición, o conjunto de creencias, como movimiento y como ideal de liberación. Una distinción en la que no es difícil ver, si se quiere, la traducción libre (con ligerísima modificación de los términos) de ciertos pasos del Gramsci de los Quaderni.
Esta tensión permanente entre el motivo epistemológico de procedencia analítica (orientado a librar a la tradición comunista tanto de los "megalitos hegelianos" como de los excesos estructuralistas) y la dimensión político-moral de su discurso hizo del marxismo de Sacristán un caso más bien insólito en el panorama europeo de los años sesenta y setenta, lo que le da una dimensión que probablemente acabará siendo reconocida cuando haya terminado de editarse toda su obra, durante algún tiempo un tanto dispersa en publicaciones de difícil localización [2]. En cualquier caso, fue la identificación de fondo con la orientación político-moral del pensar y del hacer de Gramsci lo que explica el carácter recurrente con el que Sacristán se ocupó de su obra.
La tensión entre motivos éticos y epistemológicos está también presente en todo lo que Sacristán escribió y enseñó sobre Gramsci desde finales de la década de los sesenta. Ya en 1967, en un artículo titulado "La interpretación de Marx por Gramsci", dedicado en lo sustancial a la formación de este último, son visibles desde el principio los dos aspectos de la tensión aludida [3]. Y lo son igualmente en la exposición de las razones que allí se daban para la reconsideración de la obra de Gramsci. Tales razones eran, para Sacristán, en aquel momento, dos. En primer lugar, describir un caso realmente difícil de recuperación y reelaboración de la inspiración marxiana en un marco de ideas y creencias sumamente desfavorable a ellas. En segundo lugar, señalar un importante problema pendiente en el pensamiento socialista contemporáneo, el del papel de la ideología, que Sacristán consideraba planteado en la obra de Gramsci pero no resuelto en ella.
Aunque la alusión a un marco de ideas y creencias sumamente desfavorables al marxismo hace pensar, por analogía, en la situación española de entonces, debe advertirse que Sacristán no se estaba refiriendo en este caso a las dificultades creadas por el fascismo mussoliniano (puesto que, como se ha dicho, el centro del ensayo es la formación del marxismo de Gramsci antes de la Marcha sobre Roma), sino al ambiente cultural italiano de los años inmediatamente anteriores y posteriores a la primera guerra mundial, años dominados, como se sabe, por el positivismo y por la reacción idealista. En la influencia de esta última en el joven Gramsci, y más precisamente en su carácter sólo reactivo contra un positivismo trivial, como era el de Achille Loria, vió Sacristán la principal debilidad del primer marxismo de Gramsci; una debilidad que, aun con muchas matizaciones, persistiría en losQuaderni, y que nuestro autor atribuye a un factor ambiental inmediatamente puesto de manifiesto por el hecho de que entonces se hubiera impuesto en Italia la mediocridad positivista de Loria a la agudeza (también positivista, por cierto) de Vailati y de Peano, por ejemplo. Un tema, éste, del que se han ocupado también en Italia, desde perspectivas distintas, el joven Giacomo Marramao y el historiador de la ciencia Paolo Rossi.
La de Sacristán es una reconstrucción histórico-crítica de la obra de Gramsci que no tiene nada de encomiástica ni de hagiográfica. Arranca de la idea de que hay que leer la obra de Gramsci como la de un clásico de la filosofía moral y política, evitando la intencionalidad instrumental, la interpretación estrechamente politicista en uno u otro sentido. De ahí que cuando bastantes años después, en 1977, se hizo moneda corriente en España referirse a Gramsci como antecedente directo (o padre) del "eurocomunismo", el filósofo español, además de mostrarse sorprendido porque Gramsci se estuviera convirtiendo entonces en una moda, protestara enérgicamente contra las manipulaciones sectarias de su obra:Gramsci es un clásico, o sea, un autor que tiene derecho a no estar de moda nunca y a ser leido siempre. Y por todos, escribió en aquella oportunidad [4]. Por cierto, que tanto en aquel ensayo de 1967 como en esta declaración de 1977 hay un elogio de Sacristán a la cultura política comunista italiana que (de Togliatti a Gerratana) hizo posible el que, comparativamente, Gramsci haya llegado a ser un clásico marxista de los mejor leídos, de los menos embalsamados.
Así pues, a través del hilo de una lectura histórico-crítica orientada a subrayar la debilidad idealista desde el punto de vista epistemológico y metodológico, pero al mismo tiempo a poner de manifiesto una evolución política e intelectual en la que se solapan corrientes ideales contrapuestas, se llega finalmente al importante problema pendiente en el pensamiento socialista que, en opinión de Sacristán, Gramsci identificó aunque no resolvió. Se trata de si el pensamiento revolucionario ha de ser o no ideológico. La hipótesis interpretativa de Sacristán es que, en su tratamiento del tema de la ideología (incluyendo en este caso los desarrollos más maduros de los Quaderni), Gramsci se equivocó: en parte - mantiene Sacristán - porque leyó mal a Marx en este punto y en parte por la influencia del ambiente idealista y culturalista en que se formó. Consecuencia de este déficit habría sido la imposibilidad de salir de la antítesis positivismo/ideología al aceptar que esta última, la ideología, es la única instancia mediadora entre la fuerza social y la acción [5].
Según esto, Gramsci habría identificado el problema, habría estado incluso cerca de su resolución al acentuar el principio de la práctica, pero habría recalado finalmente en el “ideologismo” sin llegar a legarnos una praxeología racional, concreta y crítica. Lo que, de acuerdo con la interpretación de Sacristán, nos legó Gramsci es el planteamiento veraz y hondo de un problema, el de la posible eliminación de la especulación ideológica en el pensamiento socialista, con ineludibles implicaciones para la configuración del programa político y cultural. Lo que Sacristán proponía en ese contexto era precisamente arrancar del problema de Gramsci, reanudar la crítica marxiana de lo ideológico también en el pensamiento socialista, sin ignorar por ello los peligros de la ideología que empezaba a hacerse dominante en nuestras sociedades (la ideología del fatalismo tecnológico y del final de las ideologías), a sabiendas, por tanto, de que la tarea tiene la suficiente importancia teórico-práctica como para arrostrar el riesgo de una apresurada identificación con esta última por parte de las corrientes más o menos hegelianizantes del marxismo [6].
La verdad es que esta orientación anti-ideológica, lo que Sacristán llamaba entonces (a mediados de los años sesenta) "el programa de la hora" tuvo escaso eco en el marxismo hispánico [7]. Y ello seguramente por motivos parecidos (aunque modificados, y no para mejor) a los que el propio Sacristán identificara como obstáculos principales en la formación de Gramsci. Pues también la cultura socialista (entendiendo la palabra en un sentido amplio) de la época osciló en España entre las nuevas versiones del positivismo o del cientificismo y el idealismo reactivo, teñido de voluntarismo. Pero, en cualquier caso, aquella interpetación de Gramsci por Sacristán nos situaba ante una lectura problematizadora que ha dado también sus frutos [8].
Sacristán amplió a la totalidad de la obra de Gramsci esta lectura mientras preparaba la selección de textos gramscianos que componen su antología publicada en México en 1970 por la editorial Siglo XXI. Con este volumen de algo más de quinientas páginas, en el que se incluyen artículos del período ordinovista, cartas anteriores al encarcelamiento y material procedente de los Quaderni que no había sido editado antes en España, la censura franquista no tuvo concesiones. Tuvieron que pasar más de cuatro años para que el régimen autorizara su publicación en Madrid en un momento en que eran ya de dominio público los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría con la vida del Dictador.
La Antología tenía que haber aparecido con una introducción del traductor y antólogo, pero no pudo ser. Este se limitó a proporcionar al lector numerosas y valiosísimas notas aclaratorias y contextualizadoras de los textos de Gramsci, que revelan dedicación, paciencia y documentación destacadísima, así como a insertar una breve nota previa en la que declaraba que "por el momento conviene hacer de la necesidad virtud y descubrir que los textos de Gramsci están probablemtente mejor sin compañía". El mismo párrafo introductorio aludía a causas sustanciales que aconsejaban al antólogo aplazar la investigación iniciada [9].
Muchos lectores (pues esta vez los lectores fueron en verdad muchos) de las varias reimpresiones y ediciones de la Antología de Antonio Gramsci en castellano se han preguntado por las causas sustanciales a las que Sacristán aludía tan lacónicamente en aquella breve nota de advertencia. Lo he contado ya en otro lugar, en ocasión de la muerte de Manuel Sacristán, y pienso que no es indiscreto volver a contarlo aquí porque la explicación tiene importancia para entender el sentido de la interpretación de Gramsci por Sacristán [10].
Lo que obligó a Sacristán a aplazar la investigación en curso fue el sufrimiento que le produjo el estudio detallado de la vida y de la obra de Gramsci en unas fechas muy difíciles para el movimiento comunista (eran los meses que siguieron al doble aldabozano del 68: París y Praga), y aún más en un país como el nuestro en el que, al estar el movimiento comunista prohibido por la dictadura franquista, ni siquiera era posible la discusión abierta, entre amigos naturales, de lo que estaba ocurriendo. La comprensión empática de la tragedia del comunista Gramsci en las cárceles del fascismo mussoliniano, el desacuerdo con la actitud del partido comunista francés durante los hechos de mayo, la repulsión provocada por la intervención de los tanques soviéticos en Praga y la contradictoria situación de un comunismo español crítico de la invasión de Checoslovaquia pero casi obligado al silencio por la clandestinidad son, sin duda, factores que justifican suficientemente un proceso depresivo en personas sensibles con convicciones morales. La sensibilidad moral de Sacristán, su identificación profunda con la tragedia personal de aquel hombre, al que también el mundo se le fue haciendo grande y terrible, pudo más que la capacidad de concentración intelectual [11].
El manuscrito inacabado que Sacristán redactó a finales de 1968 tiene dos partes. La primera está dedicada al Gramsci joven (1891-1917) y la segunda al dirigente revolucionario de los años 1917 a 1926. Estas dos partes van precedidas por una breve consideración metodológica dedicada a situar a Gramsci en la historia del comunismo marxista y a explorar la mejor manera de aproximarse a su pensamiento. Sacristán empieza con una diatriba frente a la instrumentalización de Gramsci en los años sesenta y dirige sus dardos polémicos contra “la orientación eclesiástica” del pensamiento comunista de la época de Stalin y contra la “mentalidad formalmente teológica” de los herederos intelectuales de la casta stalinista para subrayar, por contraste, el carácter crítico y autocrítico del pensamiento y de la acción de Gramsci. Mantiene que la mejor manera de evitar las parcialidades y las polémicas instrumentales al aproximarse a la obra de Gramsci no es fijarse en las afirmaciones casuales o en determinados aforismos sueltos (como entonces se hacía habitualmente en las organizaciones políticas) sino tratar de captar el ritmo de su pensamiento en desarrollo.
Al fijarse en la importancia que para el hombre Gramsci han tenido las nociones de “orden” y “tiempo” Sacristán llama la atención acerca de la contradictoriedad existente entre la afirmación del joven revolucionario de veintitantos años, que llega a decir que el pensamiento revolucionario niega el tiempo como factor de progreso, y el revolucionario experimentado que escribe, ya en la cárcel, que el tiempo es un simple pseudónimo de la vida misma. El carácter patético de esta contradicción impulsa a Sacristán a preguntarse si la biografía es el método más adecuado para la comprensión de la obra de Gramsci. Su respuesta a esta pregunta ilustra sobre lo que él mismo se proponía hacer en la introducción inacabada: “La clave de la comprensión de los escritos y el hacer de Gramsci, en su variedad y en sus contradicciones, no es la biografía individual, pero sí la totalización cuasi biográfica de numerosos momentos objetivos y subjetivos en el fragmento de la historia de Italia, historia de Europa e historia del movimiento obrero cuyo ‘anudamiento’ bajo una consciencia esforzada fundaría el ‘centro’ que fue Antonio Gramsci” [12].
De hecho lo que Sacristán llegó a redactar en 1968 es una reflexión sobre la formación de Gramsci y sobre la evolución de su marxismo desde los años en la universidad de Turín hasta su detención durante el invierno de 1926. Esta reflexión combina muy bien aproximación biográfica (basada en la obra de Fiori y en las referencias autobiográficas que hay en el epistolario), diálogo con los principales intérpretes de la obra de Gramsci y de la historia del partido comunista italiano (que por entonces eran Togliatti, Tasca, Spriano y Paggi) y lectura crítica de algunos de los más notables escritos de Gramsci que el mismo Sacristán había seleccionado para la Antología. Esta lectura atiende primordialmente a cuatro cosas: el conocimiento real que Gramsci llegó a tener de la obra de Marx antes de los Quaderni, la influencia del ambiente cultural italiano de la época, el momento de la praxis revolucionaria y la forma en que el propio Gramsci captó, a partir de 1917, el significado de la revolución rusa y la aportación de Lenin en ella.
Los pasos más sugestivos de esta lectura siguen siendo, en mi opinión, su equilibrada valoración del “provincianismo” y del “europeísmo” del joven Gramsci en el marco de la cultura idealista y antipositivista de los años de la primera guerra mundial; el análisis del conflicto o contradictoriedad entre la formación idealista o espiritualista y la tarea política e ideal que se propone Gramsci a partir de 1917; la explicación de las causas que condujeron a la “pasividad” o “inercia” de Gramsci en el momento de la fundación del partido comunista de Italia, en Livorno, en enero de 1921; y la descripción, (en relación con el concepto de tiempo histórico) de lo que eran el “derechismo” y el “izquierdismo” en el pensamiento socialista de los años veinte [13].
El destino quiso que una parte de aquella investigación, reelaborada, quede hoy (en la forma de una "presentación" del undécimo cuaderno de Gramsci en la cárcel) como el último escrito de los publicados por el propio Sacristán [14].
Este escrito de 1985 recupera, efectivamente, las líneas básicas de lo que había sido la investigación anterior y amplía la crítica al “ideologismo” gramsciano refiriéndola ahora al undécimo cuaderno de la cárcel. Pero al mismo tiempo la matiza al afirmar que una lectura no sesgada de los Quaderni ha de prestar atención al buen sentido de Gramsci incluso en las cuestiones más ideológicas. La matización de la crítica anti-ideológica acaba recordando un punto pocas veces tenido en cuenta y que, sin embargo, es doblemente interesante viniendo como viene de un excelente conocedor de la filosofía de la ciencia contemporánea. Hélo aquí:
“La misma orientación histórica y sociológica de la mirada, que a veces hace caer a Gramsci en ilogicismos historicistas y sociologistas, le permite también formular criterios que luego han aparecido en la filosofía de la ciencia académica de la cultura capiutalista (sobre todo desde el libro de T.S. Kuhn sobre La estructura de las revoluciones científicas.”
Junto a esta equilibrada visión del lado débil de la filosofía gramsciana es mérito de este último escrito de Sacristán, en mi opinión, el haber esbozado la particular importancia que en aquel singular centro de anudamiento de relaciones que fue el hombre Gramsci tuvieron los conceptos de "orden" y "tiempo", la aspiración a un orden intelectual y moral colectivo, a un orden nuevo, y la percepción del tiempo desde la tajante negación voluntarista contenida en Il grido del popolo (el pensamiento revolucionario niega el tiempo como factor de progreso) a la trágica afirmación final del mismo como simple pseudónimo de la vida (una referencia, ésta última, que también para Sacristán, quien cuando escribía esto sabía que tenía los días contados, cobraba un significado muy preciso).
Quien haya leído en serio a Gramsci, atendiendo no sólo a los Quaderni sino también a lasLettere, donde tantas claves hay para la comprensión de los primeros, sabe que es dificil llegar hasta el final de su reflexión sin que le invada a uno un sentimiento de melancolía; un sentimiento acentuado acaso por la misma fuerza con que aquel hombre insistía en ser considerado sencillamente como un combatiente que ha sido derrotado pero al que no hay que compadecer porque ha cumplido con lo que consideró su deber y lo ha hecho, además, consciente y voluntariamente (pues la pasión compartida, la simpatía, el compadecerse, en suma, tampoco pueden ser ajenos a la constatación de que el humor de Gramsci se fue haciendo con el tiempo sombrío, melancólico también él). Razón de más, de las del corazón ésta, para apreciar como se merece la serenidad y el equilibrio de un filósofo comunista español que había pasado antes por ese mismo sentimiento y que en el ensayo todavía inédito e inacabado que nos dejó sobre Gramsci insistió en la importancia metodológica de la aproximación "cuasihistórica" (no sólo biográfica en el sentido tradicional) a su pensar, a su quehacer, en la necesidad, esto es, de pasar por encima de las clasificaciones académicas cuando, como en este caso, se aspira a entender un pensamiento revolucionario, a reconstruir la individualidad del hombre que identificó política con pasión y con economía.
Notas
[1] Véase "Entrevista a Manuel Sacristán", en mientras tanto nº 16-17, Barcelona, agosto-noviembre de 1983, págs. 195-211 (reproducida de Dialéctica, revista de filosofía de la Universidad de Puebla, México, febrero de 1983).
[2] Una enumeración casi exhaustiva de los libros, ensayos, artículos varios e intervenciones políticas (publicadas e inéditas) de Manuel Sacristán hay en J.R. Capella, "Aproximación a la bibliografía de Manuel Sacristán", en mientras tanto nº 30-31, págs. 193-223. Y véase también S. López Arnal y P. de la Fuente (eds.), Acerca de Manuel Sacristán, Destino, Barcelona, 1996, libro que proporciona una panorámica muy completa de su obra.
[3] Publicado en la revista Realidad nº 14, Roma, 1967. El ensayo fue incuido luego en F. Fernández Buey (Ed), Actualidad del pensamiento político de Gramsci. Grijalbo, Barcelona,1977. Ahora puede verse en Manuel Sacristán, Panfletos y materiales, I. Sobre Marx y marxismo. Icaria, Barcelona, 1983.
[4] Entrevista concedida a Diario de Barcelona, 10/V/1977.
[5] Manuel Sacristán, Panfletos y materiales, vol. I, edición citada, págs. 75-80.
[6] Ibid., pág. 84.
[7] El propio Sacristán había previsto la dificultad: "Es un programa de difícil realización, porque se encuentra amenazado por dos riesgos complementarios: ignorar el peligro de la moderna ideología ‘neocapitalista’ del tecnicismo y del final de las ideologías [...] y ser confundido con esa ideología por parte de filósofos socialistas nostálgicos de los emocionantes megalitos hegelianos."
[8] Buena parte de los trabajos sobre Gramsci publicados en España desde la década de los setenta arranca de la interpretación de Sacristán para dialogar con ella. Cf. F. Fernández Buey, Ensayos sobre Gramsci. Materiales, Barcelona, 1978; V. Bozal, El intelectual colectivo y el pueblo. Comunicación, Madrid, 1977; J.M. Bermudo,"Antonio Gramsci y el marxismo europeo", en De Gramsci a Althusser. Horsori, Barcelona,1979; C. Mitja Servisé, En los orígenes del pensamiento político de Gramsci (tesis de licenciatura presentada en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Barcelona, Bellaterra, 1979).
[9] En Antonio Gramsci, Antología, edición citada, pág. XIV.
[10] "Ultimo adiós al amigo inolvidable", en mientras tanto nº 24, septiembre de 1985.
[11] El resultado incompleto de aquella investigación incabada, que llevaba por título "El orden y el tiempo. Introducción a la obra de Antonio Gramsci (1891-1937)", tiene 97 folios y se interrumpe en el análisis del ensayo de Gramsci sobre la cuestión meridional. Ha sido publicado en 1998 por la Editorial Trotta, en Madrid, con un estudio introductorio de Albert Domingo Curto.
[12] Manuel Sacristán, El orden y el tiempo. Edición de A. Domingo, Trotta, Madrid, 1998, págs. 85-88.
[13] El orden y el tiempo, cit., págs. 106-107; 112, 116; 151-152; 154-155.
[14] Manuel Sacristán, "Presentación" de A. Gramsci, Introducción al estudio de la filosofía (El undécimo cuaderno de Gramsci en la cárcel), traducción castellana de Miguel Candel: Crítica, Barcelona,1985.
http://gramscimania.blogspot.com/2009/06/manuel-sacristan-sobre-gramsci
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Para estudiar las ideas olvidadas en la transición |
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Escrito por Administrador
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Viernes, 09 de Julio de 2010 11:14 |
www.upf.edu
I
En el momento de la muerte de Franco, en 1975, el predominio de los marxismos en los ambientes intelectuales antifranquistas del país era muy considerable. Desde luego, el marxismo no era la única ideología entonces existente en las universidades ni, como se dice a veces, tampoco la ideología dominante en ellas. Pero su influencia sí tuvo que ver muy directamente con la caracterización de la cultura y con el concepto de compromiso que se tenía mayoritariamente en los ambientes de la oposición en los inicios de la transición.
Esto es algo que se puede constatar estudiando: a ) la actividad universitaria, académica y extra-académica de aquellos años; b ) los catálogos de las editoriales de la época; y c ) la orientación de las principales revistas que tienen su origen en aquellos meses y que se publicaron en diferentes ciudades de España entre 1976 y 1982.
Aunque se han escrito ya varias monografías y memorias que abordan esta situación en referencia a cada uno de los ámbitos mencionados y para el caso de algunas universidades, editoriales y revistas, está todavía por hacer un estudio exhaustivo que tenga en cuenta los tres ámbitos y el conjunto del estado . Lo que me propongo hacer aquí es avanzar un esquema para ese estudio.
Antes de entrar en ese esquema quisiera declarar un par de convicciones que pueden servir para la orientación metodológica.
En primer lugar, que las memorias de los intelectuales protagonistas de aquellos años son, sin duda, un elemento a tener en cuenta en ese estudio, pero no el principal. La memoria de los intelectuales es tan selectiva como la de los demás; con el agravante de que en muchos casos, en las memorias de los intelectuales, como en las de los políticos, se tiende a borrar las huellas indeseadas de lo que se fue o de lo que se pensó. Por lo general, vale también para esto lo que decía no hace mucho El Roto en una de sus bromas serias: tendemos a llamar cultura a las manías de cada cual.
En segundo lugar, leyendo algunas de las memorias y recuerdos que se han escrito sobre los años 1975-1982 he observado que no me reconozco en lo que se dice sobre actividades en las que participé (en la universidad y fuera de ella) o sobre personas a las que conocí, algunas de las cuales no pueden protestar ya ante lo escrito sobre ellas porque están muertas. Pero también he observado varias veces que lo que yo digo o escribo que se dijo o se pensó en aquellos años no coincide con lo que recuerdan amigos que estuvieron en los mismos sitios y actividades.
Estas dos observaciones me han llevado a la conclusión (espero que no demasiado apresurada) de que, aparte del carácter selectivo de la memoria e incluso independientemente del hecho, reconocido, de que la historia la escriben los vencedores en el presente, podría haber ocurrido que ni siquiera en aquel pasado estuviéramos haciendo lo que decíamos hacer. O sea, que además del viejo principio que reza no lo saben pero lo hacen habría que aceptar también este otro: creíamos estar haciéndolo pero no lo hacíamos.
Reconocer que esto puede ser así en el caso de los otros, o sea, de los demás, es fácil; reconocer que vale también para mi (y para los de mi “tribu”) es siempre más difícil. Pero, por difícil que sea, es un esfuerzo que hay que realizar si uno no quiere deslizarse por la pendiente trivial que conduce al viejo ripio: “nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”.
De manera que, al abordar el papel de los intelectuales en la cultura de la transición, habría que poner el acento en la recuperación de documentos y en la comparación o contrastación de las memorias. Algo de eso se está haciendo ya, por lo que yo sé, en algunos departamentos de historia contemporánea de las universidades. Pero, también por lo que yo sé, se está dando prioridad a las historias más o menos locales de esos años, o a la reconstrucción del papel de tal o cual intelectual relevante y, en cambio, se estudian menos las interrelaciones y el panorama global entonces existente.
De las cosas que he leído hasta ahora sobre aquellos años de la transición, aunque no se refieran específicamente al asunto que nos trae aquí, hay dos que me parecen más verdaderas que otras para hacerse una idea de conjunto: Gregorio Morán, El precio de la transición (Planeta, Madrid, 1991) y Joan E. Garcés, Soberanos e intervenidos, (Siglo XXI, Madrid, 1996).
II
En la universidad, los años inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco se caracterizaron por una intensa actividad política y político-cultural tanto en los ambientes estudiantiles como, sobre todo a partir de 1973, entre el profesorado en formación. Los ejes de esta actividad fueron: a ) la protesta contra las últimas medidas del franquismo en materia universitaria; b ) la lucha en favor de la contratación laboral del profesorado intermedio o en formación; c ) el intento de vincular la lucha en favor de una universidad democrática, sin barreras clasistas, autónoma de verdad y de base científica, con una acción política más amplia (huelga general, acción cívica ciudadana, etc.) que acabara con el franquismo.
En este punto habría que hacer una precisión: a pesar de la contemporaneidad de las actividades y movimientos en el Estado hubo diferencias de ritmo importantes entre las que entonces eran las universidades con más peso en el país. Y un asunto, que estaba latente en la mayoría de las reuniones de coordinación, pero sobre el que siempre se pasaba como sobre ascuas: el del carácter plurilingüístico y pluricultural de un estado que seguía siendo centralista. Hay referencias más o menos explícitas en documentos de esa época redactados en las universidades de Cataluña, el País Vasco y Galicia; y casi siempre vagas, o muy vagas, referencias en documentos redactados en el resto de las universidades.
Desde 1975, las reivindicaciones del profesorado y de los estudiantes universitarios estuvieron directamente vinculadas a la idea de ruptura defendida en la sociedad por los partidos y organizaciones políticas de la izquierda (Junta y Platajunta). Al analizar esto es importante tener en cuenta que, más allá de las diferentes posiciones que sobre la ruptura se manifestaron entonces, el objetivo generalmente proclamado durante aquellas protestas y actividades en todo el estado era la aspiración a algún tipo de sociedad democrática avanzada (no siempre bien definida, ciertamente) que acababa fundiéndose con el ideal de la sociedad socialista (tampoco bien definida).
No se puede decir que hubiera entonces un modelo de sociedad ni un modelo cultural compartido entre los intelectuales más activos en la oposición antifranquista. Se aspiraba vagamente a una democracia política socialmente más avanzada que las democracias realmente existentes entonces, pero, por lo general, distanciada también del principal de los socialismos realmente existentes, el de la Unión Soviética. Más allá de eso nunca hubo acuerdo entre los docentes universitarios e intelectuales comprometidos más activos políticamente.
Uno de los papeles principales que se atribuía a los intelectuales vinculados a la Universidad en ese período fue precisamente el de tratar de precisar a qué tipo de sociedad se podía aspirar, con la conciencia, compartida también a pesar de las diferencias, de que no se iba a producir un cambio de nota en la universidad sin una transformación político-social importante en el Estado.
En la delimitación de los objetivos de las movilizaciones rupturistas de aquellos años influyeron mucho profesores universitarios que se habían destacado ya por su oposición al régimen franquista en la década de los sesenta, entre ellos Manuel Sacristán, José Luis Aranguren, Ruiz Jiménez, Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo (todos ellos represaliados por el franquismo entre 1964 y 1966). Esta influencia, que se puede apreciar en varios de los papeles y declaraciones de las asambleas universitarias de entonces, es, por lo demás, representativa de las tres ideologías que más peso habían tenido en la resistencia antifranquista universitaria desde la década de los sesenta: los marxismos, los cristianismos de izquierdas y los libertarismos. Aun sin aspirar a una descripción exhaustiva de las influencias de esos años, habría que tener en cuenta, además, el papel que desempeñaron otros docentes, intelectuales y artistas en el País Vasco (Oteiza, Ibarrrola, J.M. Recalde, A. Sastre), Galicia (Alonso Montero, Méndez Ferrín), Valencia (Joan Fuster), Cataluña (Espriu, Raimon, Benet, J. Fontana, Solé Tura, A.C.Comín), etc.
Pero, por otra parte, es interesante tener en cuenta que en la actividad universitaria de esos años y en la colaboración en la plétora de revistas teórico-políticas publicadas entre 1975 y 1982 se formaron la mayoría de los políticos y profesionales de todas las corrientes influyentes en la transición democrática. Es más: se podría decir que en esos años la mayoría de los intelectuales antes mencionados, y conocidos por su compromiso antifranquista, quedaron en minoría en cada una de las corrientes ideológicas que ellos representaban (Manuel Sacristán en el PCE-PSUC; Tierno Galván en el PSOE; Ruiz Jiménez en la Democracia Cristiana; e incluso García Calvo en el libertarismo de la época de las I Jornadas Libertarias).
Desde el punto de vista político-cultural hay dos equívocos sobre la universidad de aquellos años que conviene estudiar. El primero de esos equívocos se refiere a la hegemonía del marxismo, un fenómeno que luego, en las memorias de la transición y en los estudios que se han escrito sobre ella, ha sido presentado de formas contrapuestas, en función de las ideologías que se impusieron en las décadas siguientes: la neoliberal, el liberal-socialismo y los distintos nacionalismos. A este respecto tiene importancia hacer tres precisiones:
1ª Hablando con propiedad, la hegemonía del marxismo en las universidades del período 1975-1982 se refiere sólo a las vanguardias del movimiento universitario (tanto a las vanguardias antifranquistas anteriores a 1975 como a las vanguardias rupturistas que criticaban la reforma pactada desde 1975); no se puede hablar de hegemonía marxista para la universidad en su conjunto, en la que durante todo ese período siguieron teniendo una presencia mayoritaria (salvo en algunas pocas facultades universitarias) ideologías más bien conservadoras o liberales representadas por la mayoría de los catedráticos y profesores titulares y, desde luego, por las autoridades académicas. Un ejemplo evidente de esto que estoy diciendo: las dificultadas para nombrar catedrático contratado de la Universidad de Barcelona, entre 1977 y 1982, al entonces profesor marxista más conocido en España, Manuel Sacristán.
2ª Para aquellas fechas tiene poco sentido usar ya el término marxismo en singular. En la época se usaba en singular, ciertamente, pero las diferencias entre las personas y las organizaciones que se declaraban marxistas entre 1976 y 1982 eran de tal calibre que lo correcto es usar el plural: marxismos. El hilo común entre los marxismos realmente existentes (o declarados) desde 1969 era ya muy débil y se hizo aún más débil durante la transición, al menos por tres factores que en las vanguardias universitarias influyeron mucho: a) la crisis del marxismo declarada en 1977 por autores marxistas tan leídos entonces aquí como Althusser y Colletti; b) la puesta en cuestión del leninismo por la dirección del PCE; c) la renuncia del PSOE a ser un partido marxista.
3ª El resultado de los procesos electorales desde 1977 puso de manifiesto que no había en absoluto correlación entre los marxismos de orientación social-comunista existentes en las vanguardias universitarias y la realidad social de los mismos, salvo tal vez, en el caso de Cataluña, por lo que hace al PSUC inicialmente.
A esto se unieron otros tres factores que serían determinantes para el declive de los marxismos en la universidad (y fuera de ella). Uno de estos factores fue el análisis sociológico detallado de las actitudes y preferencias socio-políticas y socio-culturales de los trabajadores (en particular el realizado a partir de la amplia encuesta preparada entonces por Víctor Pérez Díaz) que entraba en contradicción con el tipo de conciencia de clase por lo general imputada al conjunto de los trabajadores. Ese análisis acabó con un montón de especulaciones sobre las expectativas rupturistas y puso de manifiesto, por primera vez, y con detalle, que la acomodación a la ideología social-liberal no era un asunto político coyuntural sino de fondo.
El segundo factor fue la quiebra de la estrategia eurocomunista, propiciada por el PCI y defendida por el principal partido de la oposición antifranquista, el PCE. Hubo entonces en las universidades (entre 1976 y 1979) mucha discusión ideológica respecto de aquella estrategia, que en principio había sido pensada para dar cuenta de dos cosas distintas: la derrota de Allende en Chile y la necesidad de separarse del tipo de socialismo llamado “real” que representaba la Unión Soviética. Todos los grupos marxistas de los primeros años de la transición se ocuparon, más o menos críticamente, de esta estrategia. Pero mientras se hacía teoría al respecto (y se escribieron cosas bastante respetables sobre esto desde el punto de vista teórico) aquella estrategia ya se había venido abajo en Italia, o sea, precisamente en el lugar en el que se suponía que tenía más posibilidades de éxito, como consecuencia de la evolución del “caso Moro” y sus implicaciones.
Por último, los resultados de las elecciones en Inglaterra y en los EE.UU., con el triunfo del neoliberalismo de Thatcher y Reagan, confirmaron que el giro en la orientación ideológica, respecto de lo que había significado la época que va desde mediados de los sesenta, era ya internacional. Creo que se puede decir que con esto empieza un cambio de época que fue determinante para el declive de los marxismos en la universidad (y fuera de ella). En los ambientes intelectuales este giro cuajó en una palabra que se hizo emblemática del momento: el desencanto.
Lo esencial del desencanto, que en cierto modo se identificó en muchos ambientes con la película del mismo nombre que acababa de hacer Jaime Chávarri, en 1976, se puede resumir: a) en el sentimiento difuso, pero ya muy extendido después de 1977, de que no habría ruptura (al menos en el sentido revolucionario o reformista fuerte en que se había pensado en la ruptura hasta entonces) y b) en la importancia generalizada que se empezó a conceder a lo privado y a los asuntos estrictamente culturales o socio-culturales, no políticos en sentido estrecho. Por eso lo que quedaba del “espíritu rupturista” se fue desplazando al ámbito de los cambios lentos, el de las costumbres y los hábitos de los ciudadanos; y por eso también la tensión político-moral se fue desplazando hacia la afirmación de otras identidades.
III
Creo que esta inflexión hacia el neoliberalismo, de un lado, y hacia el social-liberalismo, de otro, se puede estudiar críticamente, y en detalle, consultando y analizando la pléyade de revistas que se publicaron en el país entre 1976 y 1982. Es interesante tener en cuenta, al hacer ese estudio, cómo la mayor parte de estas revistas se definen editorialmente por comparación (y discutiendo con) el otro fenómeno publicístico del momento, el diario El País , que en esos años de la transición se consideraba a sí mismo “liberal-azañista”. Se podría decir, como hipótesis, que por un tiempo (entre 1977 y 1982) el liberal-azañismo de El País representó, ideológicamente, el punto de engarce entre un liberalismo que involucionaba hacia el neo-liberalismo y un socialismo de origen marxista que involucionaba hacia el social-liberalismo. Y que el momento decisivo en la decantación de la transición, más allá del desencanto ya, fue el golpe de Tejero el 23 de febrero de 1981.
Probablemente no ha habido otro momento de la historia de este país en que haya florecido un número tan elevado de revistas de contenido político-cultural, socio-político y socio-cultural como en ese período que va de 1976 a 1982. Este fenómeno está siendo estudiado actualmente por Jordi Mir en un proyecto de investigación iniciado en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona. En Triunfo del 9 de octubre de 1976, Manuel Vázquez Montalbán publicaba un artículo con el sintomático título de “Teorizad, teorizad, malditos”, en el que anunciaba algunos de los proyectos en curso. Y a finales de noviembre de l976, la misma revista Triunfo dedicaba un artículo, titulado “Y ahora los mensuales”, a la aparición de nuevas revistas teóricas (entre las que se menciona Taula de canvi , Teoría y práctica , El cárabo , Negaciones y El viejo topo , revistas que se añaden a otras ya existentes, como Sistema y Zona abierta ).
Haré aquí un listado, que tampoco será exhaustivo, pero que permite hacerse una idea de la dimensión que llegó a cobrar el fenómeno:
Triunfo , Cuadernos para el diálogo (Madrid), Cuadernos del Ruedo Ibérico (París), Nous Horitzons (Barcelona), Nuestra bandera (Madrid ), El ciervo ( Barcelona), Noticias obreras , ya venían de antes.
A esas revistas habría que añadir las que estaban a caballo entre el humorismo, la sátira y la crítica social, en las que ha colaborado por entonces lo mejor del periodismo de la época y no pocos de sus pensadores y ensayistas (Vazquez Montalbán, Ops/El Roto, Máximo, Savater, Ramoneda, Martí Gómez, etc.): principalmente Hermano Lobo y Por favor , que alcanzaron gran difusión en ambientes intelectuales.
Por otra parte, nacen entonces (entre 1976 y 1978) las siguientes revistas de intención teório-político: Zona abierta (Madrid, 1975), en cuya etapa inicial colaboraron habitualmente Valeriano Bozal, Alberto Corazón, los hermanos Alberto y Juan Antonio Méndez, Ludolfo Paramio, etc.; Sistema (Madrid, 1975), donde escribían, entre otros muchos, Elias Díaz y Félix Tezanos ; Andalán (Zaragoza), en la que colaboraban intelectuales aragoneses como Fdz Clemente, Javier Delgado, Gastón, etc.; Taula de canvi (1976), que contó con la colaboración de A.C. Comín, J. Ramoneda, I. Molas, Solé Tura, J. Borja, etc.; Ajoblanco (Barcelona, 1975), que publicaba habitualmente artículos de J. Rivas , F. Savater, Semprún Maura, Racionero; etc. Star , que abrió sus páginas a la contracultura, el comic y las actividades underground; Ozono (Madrid), revista combinaba el ecologismo incipiente con la atención a la música popular y a la crítica de la cultura, y en la que colaboraron Leguineche, Álvaro Feito y otros; El viejo topo (Barcelona, 1976-1982), que en ese período abrió sus páginas a la mayoría de las corrientes marxistas y libertarias del momento; Negaciones (Madrid 1976), en la que colaboraron Fioravanti, Fernando Ariel del Val, Fernando Savater, etc.; En teoría (Madrid), mayormente vinculada a la LCR; El cárabo (Madrid, 1976-1980 ), en la que colaboraron intelectuales más o menos vinculados orgánicamente a ORT, OIC y PT, como los economistas J. Estefanía y Gzlez Tablas; Materiales (Barcelona, 1977-1978), revista de crítica de la cultura, vinculada a personas del entorno del PSUC, como Manuel Sacristán, Jacobo Muñoz, Rafael Argullol, Antoni Doménech, etc.; Teoría y práctica (Madrid y Barcelona, 1976), en la que jugó un papel central el sociólogo Fernández de Castro; Saida (Madrid, 1977 ) , en la que escribieron intelectuales entonces vinculados al PT y otros marxistas como Gabriel Albiac; Argumentos (Madrid, 1977), directamente vinculada al PCE y dirigida entonces por Daniel Lacalle; Askatasuna (Donostia, 1977), donde se expresaban sectores libertarios del País Vasco; El Basilisco (Oviedo, 1977), revista de filosofía y política, dirigida por Gustavo Bueno; Transición (Barcelona, 1978), vinculada a El viejo topo y en la que escribieron J. Subirós, M. Barroso y M Gil, entre otros; Revista Mensual/Monthly Review (Barcelona, 1978), vinculada al colectivo norteamericano del mismo nombre y en la que escribieron Salvador Aguilar, Alfons Barceló, Vidal Villa, Albert Recio, etc.; Leviatán (1978), vinculada inicialmente a la izquierda del PSOE y en la que colaboró V. Zapatero; mientras tanto (Barcelona, 1979), fundada por el grupo reunido en torno a Manuel Sacristán y Giulia Adinolfi con una orientaciçon roji-verde-violeta; Arreu , en la que escribieron personas próximas al PSUC como T. Albareda, F. Sánchez, D. Calvet.
A las que habría que añadir todavía otras revistas de distinta periodicidad y temática como Mayo (1981),Cuadernos de Pedagogía (Barcelona), Bicicleta (Barcelona, 1978), El ecologista , Userda (Barcelona), Dones en lluita (Barcelona), Vindicación feminista (1979): Falcón, Nación andaluza: PSA en sus inicios, etc.
IV
Para estudiar las ideas olvidadas de la transición, cuyas huellas se han perdido o se han borrado, habría que analizar los contenidos de todas estas revistas mencionadas y cruzarlo con el análisis de las políticas editoriales y de los catálogos de las principales editoriales rupturistas del mismo período. En ese sentido habría que tener en cuenta lo publicado entre 1975 y 1982 por las editoriales siguientes (algunas de las cuales han editado luego catálogos o números especiales, con motivo de diversos aniversarios o acerca de las cuales que hay ya algunas monografías): Siglo XXI (Madrid y México), en cuya orientación jugaron un papel importante Javier Pradera, Javier Abásolo y otros; Cuadernos para el diálogo (Madrid), en cuya orientación de entonces tuvo un papel importante el profesor Elías Díaz; Ed. 62/Península (Barcelona), de cuya evolución sabemos bastantes cosas por los recuerdos de J.M. Castellet; Ariel (Barcelona), para cuyo estudio durante esos años se cuenta con lo que han dejado escrito, entre otros, Rafael Borrás y Gonzalo Pontón; Grijalbo (Barcelona y México); Martínez Roca (Barcelona y México), en la que colaboró Alberto Méndez; Comunicación (Madrid), fundada por el diseñador Alberto Corazón a cuya evolución primera dedicó un ensayo, hace ya tiempo, Valeriano Bozal; Anagrama (Barcelona), para cuyo estudio se cuenta con los recuerdos Jorge Herralde; Grupo Editorial Crítica (Barcelona), que ha publicado un volumen conmemorativo de los 25 años y a cuya historia se ha referido Gonzalo Pontón en una larga entrevista concedida recientemente a la revista de la Liberaría La Central; Ediciones de Enlace (Barcelona), cuya evolución ha sido abordada en el trabajo de investigación de Jordi Mir; Laia (Barcelona); Zero/Zyx (País Vasco y Madrid); Fontamara (Barcelona);Fundamentos (Madrid); Icaria (Barcelona); Materiales (Barcelona); Avance (Barcelona), etc.
Fuente: Francisco Fernández Buey, “Para estudiar las ideas olvidadas en la transición”, en www.upf.edu/materials/tccc/ce/2006/buey/tema1.doc
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¿Es el decrecimiento una utopía realizable? |
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Escrito por Francisco Fernández Buey
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Miércoles, 29 de Octubre de 2008 12:30 |
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Papeles de relaciones ecosociales y cambio global / Kaos en la Red
Los dos temas que más entusiasmo polémico suscitan entre los estudiantes en estos años, son el papel de los medios de comunicación en las democracias representativas y la idea de decrecimiento. I
En los cursos que vengo impartiendo en la universidad sobre controversias ético-políticas en el mundo contemporáneo he tenido la oportunidad de comprobar que los dos temas que más entusiasmo polémico suscitan entre los estudiantes de humanidades y ciencias sociales, en estos últimos años, son el papel de los medios de comunicación en las democracias representativas y la idea de decrecimiento. Si lo primero es fácilmente explicable al tratarse de un tema que está en la calle, el entusiasmo por la controversia acerca del decrecimiento es en cierto modo una sorpresa, ya que el término decrecimiento es relativamente reciente y la literatura existente en nuestro país al respecto es todavía bastante limitada. Pero, por lo que he podido ver y escuchar, la idea de decrecimiento suscita tanta simpatía como escepticismo la posible aplicación práctica de la misma. La simpatía observada proviene, sin ninguna duda, del aumento de la conciencia m edioambiental entre los jóvenes, siempre por comparación con las generaciones inmediatamente anteriores. Y el escepticismo que provoca la puesta en práctica de la idea de decrecimiento viene, en cambio, de la desconfianza, también en aumento, que existe hoy en día respecto de los agentes políticos y sociales que tendrían que materializarla; en muchos casos este escepticismo se expresa a través de una sospecha más profunda, que se suele manifestar de la manera drástica, a saber: que, siendo una buena idea, esta del decrecimiento, choca con lo que algunos llaman naturaleza humana y otros condición humana históricamente configurada por la civilización europea moderna. De ahí brota una afirmación, que he escuchado muchas veces, según la cual el decrecimiento es una utopía en el sentido peyorativo de la palabra, una ilusión irrealizable. |
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