ENTREVISTA A JOSE BOBE*
JOSÉ BOVÉ. LÍDER DEL
MOVIMIENTO ANTIGLOBALIZACIÓN
'El
sistema mata todos los años a 800 millones de personas'

José
Bové en Millau (Montpellier, Francia), la granja de su localidad de residencia
/ CARLES RIBAS
PEPA
ROMA
Veterano de
Mayo del 68, líder campesino y el rostro más visible del movimiento
antiglobalización, José Bové critica el nuevo orden internacional, regido,
según él, por las compañías multinacionales, y aboga por una reforma de las
instituciones internacionales para regular el comercio y los flujos financieros
José
Bové, el rostro más conocido de la protesta antiglobalización por el
destacado papel que tuvo en la revuelta de Seattle, en diciembre de 1999, sabe
que su popularidad en Francia es también aquello que mayor recelo provoca entre
propios y extraños. Inventor de acciones espectaculares, como el sabotaje
contra McDonald's en Millau, la localidad al sur de Francia donde reside, o la
destrucción de transgénicos en Brasil, José Bové está acostumbrado a llamar
la atención y a menudo a hacerse detener allí donde va. Es una referencia de
un movimiento sin rostros en momentos cruciales, como el de la movilización
contra la cumbre del G-8 que se celebra la próxima semana en Génova,
Pregunta.
¿Cuál será el mensaje que dará el movimiento de protesta contra el G-8 en Génova?
Respuesta.
Vamos a decir que los siete u ocho países más ricos del planeta no tienen ningún
derecho a decidir en nombre de los demás países y ciudadanos. Y mucho menos, a
sacrificar este planeta en beneficio exclusivo de sus multinacionales. La reunión
del G-8 se produce tres meses antes de la próxima cumbre de la Organización
Mundial de Comercio, frente a las costas de Qatar, y pocos meses después de la
llegada de Bush al poder, así que los países más ricos tratarán de ponerse
de acuerdo en Génova sobre la forma de repartirse el mundo y liberalizar aún más
el comercio y la economía. Lo que es una muestra de desprecio absoluto hacia la
pobreza y deterioro del medio ambiente que están generando, sobre todo después
del rechazo de Estados Unidos a los acuerdos mínimos sobre medio ambiente de
Kyoto. Al ser la última cumbre importante que se producirá en tierra firme
antes de Qatar, Génova será la ocasión para que la sociedad civil exprese su
rechazo. Por ello, se espera que sea la mayor concentración desde Seattle, con
más de 100.000 personas.
P. Desde
Seattle, en diciembre de 1999, a Génova, la próxima semana, venimos asistiendo
a un reguero de manifiestaciones contra instituciones económicas
internacionales. ¿Aparte de llamar la atención de la opinión pública, qué
han hecho ustedes en concreto para dar alguna respuesta a los problemas de la
globalización económica?
R. Seattle
fue la emergencia de una toma de conciencia ciudadana y civil. Fue la primera
manifestación multitudinaria organizada a nivel mundial para plantear los
problemas de fondo que hoy afectan a la humanidad, a nivel económico,
ambiental, social, cultural, y decir que los derechos del hombre deben pasar por
delante de la lógica del mercado y del beneficio de las empresas. El segundo
logro de Seattle fue poner en evidencia la falta absoluta de democracia con la
que funcionan las instituciones económicas internacionales, así como la falta
de transparencia con la que toman sus decisiones los cuatro o cinco países más
poderosos, imponiendo su voluntad al resto. Hoy estamos en la fase de elaboración
de un programa, a partir de la extensión y profundización del debate a todas
las regiones y continentes.
P. Okupas
europeos, indígenas del Amazonas, sindicalistas norteamericanos, agricultores
franceses, ¿cómo puede articularse tanto grupo heterogéneo en una fuerza
cohesionada y consistente?
R. Esta
diversidad sólo refleja la complejidad del mundo en el que vivimos. Pensar que
un solo grupo o movimiento puede hoy representar la totalidad es ilusorio. Por
ello el debate se organiza a partir de las preocupaciones concretas y
experiencia que aporta cada colectivo. Tenemos programadas numerosas reuniones
sectoriales y regionales para tratar sobre agricultura, medio ambiente o los
temas específicos que preocupan a África, Asia, América Latina, con objeto de
encontrar la forma de armonizar los derechos de los pueblos del Norte y del Sur
y llegar al segundo encuentro de Porto Alegre, el próximo año, con propuestas
concretas.
P. En el último
foro económico de Davos, en Ginebra, se le invitó junto con otras
organizaciones del movimiento antiglobalización a participar en un encuentro
con los empresarios y Gobiernos allí reunidos. ¿No era una buena ocasión para
exponer sus planteamientos?
R. Era una
trampa que sólo tenía como propósito hacer creer a la opinión pública que
estaban dispuestos a discutir sobre los problemas que planteamos. Así que
dijimos: 'Si nos quieren en Davos, bien, nos tendrán, pero no sólo a uno, sino
a todos'. Y nos recibieron con balas de goma y lacrimógenos, como todo el mundo
sabe.
P. ¿No han
dado los poderes políticos y económicos alguna muestra de que están
dispuestos a ceder en sus planteamientos?
R. Desde
hace dos años, los organismos internacionales, como la OMC y el Banco Mundial,
dicen que quieren mejorar las cosas. Pero cuando miras sus actuaciones te das
cuenta de que no es más que retórica y que no han hecho nada por invertir la
dinámica de la liberalización económica.
P. Las
manifestaciones antiglobalización han estado marcadas por los enfrentamientos
con la policía. Entre los participantes crece el temor a que la represión
creciente de que son objeto, con disparos de bala en Gottemburgo, pueda
ocasionar algún muerto. ¿Existe ese peligro en Génova?
R. Es
verdad que los Estados han endurecido su postura y que las policías de todo el
mundo se reúnen y colaboran para controlar y reprimir la protesta. Pero no hay
que asustar. Eso forma parte de la lógica del amedrentamiento para conseguir
que las gentes se queden en su casa. No creo que un Gobierno que ha sido tan
cuestionado por la presencia de ministros fascistas, como el italiano, y que,
por tanto, está tan necesitado de hacerse una imagen demócrata de cara a
Europa, se atreva a ir tan lejos, y mucho menos en Génova, una ciudad con una
larga tradición contestataria. La prueba es que han terminado por permitir el
acceso de los trenes a la ciudad.
P. La
violencia que los más radicales del movimiento antiglobalización han utilizado
para atraer la atención de los medios de comunicación, ¿no se ha vuelto
contra ustedes?
R. Sí. No
creo que sirva de mucho emprenderla con los coches o con los escaparates. Me
parecen mucho más efectivas las estrategias no violentas a las que se adscribe
la gran masa del movimiento. Lo que no quiere decir pasivas. En Seattle, por
ejemplo, fueron las cadenas humanas las que bloquearon el acceso de los
delegados de la cumbre de la OMC a sus hoteles. Los grupúsculos radicales deben
comprender que la estrategia del enfrentamiento violento es la que sirve a la
policía. Su objetivo es desacreditar a los que cuestionan la liberalización, y
para ello no hay mejor manera que fomentar las acciones de provocación,
entrando así en la dinámica de provocación-represión. Ello les permite que
la atención se focalice en los incidentes en lugar del debate y cuestiones de
fondo que plantea la protesta. Al tiempo que sirve a los Gobiernos y policías
para decir a los ciudadanos: 'No se acerquen ustedes a esas manifestaciones
porque los organizadores no controlan la situación'. Ahora bien, dicho esto, no
hay que perder de vista que la verdadera violencia no es romper cuatro
escaparates, sino la que hoy ejerce un sistema económico y político que mata
todos los años a 800 millones de personas en el mundo.
P. ¿Las
acciones que usted ha protagonizado contra el McDonald's de Millau, o la
destrucción de plantas de transgénicos en Francia y en Brasil, en las que ha
participado junto a los Sin Tierra, no fomentan la violencia?
R. Una cosa
es la violencia, y otra, acciones consideradas ilegales. Estamos metidos en un
combate en el que cada situación determina las armas a utilizar. Tanto el
desmantelamiento del McDonald's como el arrancar los cultivos transgénicos
fueron acciones anunciadas de antemano, hechas a la luz del día y con la cara
descubierta. Al igual que la ocupación de tierras de los campesinos brasileños
o de los que nos establecimos en el Larzac para luchar contra la presencia
militar a finales de los años setenta; el que no sean acciones legales no
quiere decir que no sean legítimas.
P. ¿Se
aprovechó usted del antiamericanismo que ya existía en Francia o fue su acción
contra McDonald's la que puso a la opinión pública francesa contra las
empresas americanas?
R. La OMC
es la que ha permitido que Estados Unidos tase con un 100% los productos agrícolas
europeos, como el roquefort, en represalia porque Europa no acepta la carne
hormonada norteamericana. Lo que es como decir a los consumidores franceses: 'Si
no coméis mierda, os castigamos comercialmente'. Sobre todo cuando está tan
probado el efecto cancerígeno de las hormonas y en medio de una serie de crisis
alimentarias originadas precisamente por la industrialización y concentración
empresarial en el sector agrícola. Es lo que hace que todo el mundo pueda
identificarse con nuestra acción contra MacDonald's. Por ello, ha creado
ejemplo no sólo en Francia, sino en muchos otros países, como la India o el
mismo Estados Unidos. La prueba de que todo el mundo entendió que no íbamos
contra el pueblo norteamericano, sino contra una multinacional abanderada de la
industrialización y la comida basura en todo el mundo, es que el 30% de la
fianza que nos impusieron a los condenados por el desmantelamiento de McDonald's
fue aportada por agrupaciones de pequeños campesinos norteamericanos.
P. ¿Las
empresas y Gobiernos europeos son mejores?
R.
No, todas funcionan con la misma lógica. Además, Europa es hoy la principal
impulsora de la nueva ronda de la OMC en Qatar y partidaria de ampliar la
liberalización a nuevos sectores, como el de los servicios. Tratan de favorecer
así a multinacionales como Vivendi, que trata de introducirse en el control a
nivel mundial de recursos naturales básicos, como el agua. Lo que terminará
por arrastrar a los demás servicios, como hospitales, educación, medio
ambiente, dando al mercado un poder de decisión sobre servicios y recursos que
ahora dependen del control político. Lo que será una catastrofe. Tratan de
tapar la incapacidad para construir una identidad europea con una agenda de
negociaciones económicas en favor de sus empresas más larga que nadie. Y más
que nadie, el representante del Gobierno socialista francés y negociador
europeo ante la OMC, Pascal Lamy.
P.
Ante este panorama político, ¿no ha pensado usted en presentarse a las
elecciones francesas, tal como le piden muchos de sus seguidores, siguiendo el
ejemplo de su colega Ralph Nader en Estados Unidos?
R. Se
ha demostrado que hoy poco puede hacerse desde los Estados para enfrentarse al
mercado. Por ello me parece mejor seguir trabajando en la construcción del
movimiento a nivel internacional. Para mí, lo que hoy pasa en Italia o España
es tan importante como lo que pasa aquí, en Francia.
P.
Sin embargo, la imagen que se tiene de usted está vinculada con el mismo
proteccionismo francés, que lleva a los agricultores franceses a quemar los
camiones españoles.
R.
Todo lo contrario. Confederación Campesina es la única que, como sindicato, se
ha opuesto siempre a este tipo de acciones, que encontramos aberrantes. Llevamos
tiempo trabajando con los pequeños campesinos españoles afectados por la misma
dinámica de concentración industrial. Hoy son los viveros al sur de la Península
los que producen a precios más competitivos que el norte, gracias a producir
fresas y verduras más tempranas y a los salarios más bajos de los inmigrantes.
Pero mañana son las empresas francesas, que ya se están instalando en el campo
marroquí, las que competirán con ellos, de forma que veremos a los españoles
quemando camiones procedentes de Marruecos. Hay que terminar con esta lógica,
que sólo favorece la concentración de capital y no desarrolla para nada la
soberanía alimentaria de los países ni la calidad. La agricultura no puede
estar en manos sólo de los intereses de las grandes empresas y sometida a las
reglas del beneficio. Es un bien políticamente estratégico para los países.
P.
Entre los que dicen que hay que cambiar por completo el actual modelo político
y económico y los que piensan que sólo hay que introducirle correctivos, como
derechos sindicales internacionales o tasaciones del capital especulativo, como
la tasa Tobin, ¿dónde está usted?
R. Yo digo
que hay que andar con las dos piernas. Por otra parte, no hay tanta diferencia
de fondo. Todos estamos de acuerdo en que el sistema no funciona y que, por
tanto, hay que cambiarlo. Yo creo que son necesarias instituciones
internacionales para regular el comercio o los flujos financieros, pero si las
que existen son incapaces de cambiar, hay que sustituirlas por otras. Para mí,
es importante la tasa Tobin, en cuanto tiene de pedagogía y permite visualizar
a ojos de la mayoría la cantidad de dinero que especula con los bienes de las
gentes. Pero creo que es necesario ir más allá y cuestionar el fondo y lógica,
tanto del sistema económico como tecnológico. Por ello es tan importante el
debate sobre la alimentación y los transgénicos.
P. ¿Por qué
es usted tan reacio a los transgénicos? Kofi Annan ha hecho un llamamiento para
que la gente se deje de prejuicios si quiere terminar con el hambre en el mundo.
Hasta su padre, un investigador agrícola, ha dicho que los que queman hoy
transgénicos se parecen a los que en la Edad Media quemaban a las brujas.
R. Es
evidente que las palabras de Kofi Annan sólo reflejan la enorme presión que
están ejerciendo las multinacionales del transgénico para conseguir su
liberalización de cara a la próxima ronda de la OMC, en Qatar. En cuanto a mi
padre, es verdad que en principio no es contrario a los transgénicos, pero habría
que leer su artículo en Le Monde diciendo que él no es un especialista
sobre el tema y explicando cómo sus palabras fueron distorsionadas por Newsweek.
P. ¿El
protagonismo que le dan los medios de comunicación no le pone a usted en
contradicción con un movimiento que precisamente desconfía de todo
protagonismo y liderazgo?
R. Sé que
es así. La originalidad de este movimiento es que no ha sido creado por los
partidos políticos, sino por movimientos sindicales y ciudadanos de base, y que
se estructura de forma horizontal, sin jerarquías, y por tanto de forma
diferente a la lógica de estado y de los partidos. Pero yo no he buscado la
fama. Ni busco hacer carrera. Ha sido la propia trascendencia de los
acontecimientos en los que he participado, como Seattle, los que me han colocado
ahí. Yo lucho desde hace más de veinte años en Confederación Campesina, fui
de los primeros que se manifestaron contra el GATT en Ginebra a finales de los años
ochenta, cuando la gente todavía no sabía lo que era. Y sé que mi
representatividad se limita al papel para el que he sido elegido en el
sindicato, como portavoz para las relaciones internacionales con otros
sindicatos. Por ello digo que hay personas representativas que encarnan el
movimiento, como puede ser mi caso, pero sin liderazgo. Trato de que nada de lo
que digo distorsione ni me aleje de las decisiones y discusiones que tienen
lugar en la base. Además, como ha comprendido Marcos, la batalla de hoy se
libra en el terreno de la opinión pública.
* El País, Madrid-julio 15/01