Por: Manuela Hernández
Más que el día de las madres deberíamos decir día de las ventas. Esta celebración como la de otras tantas fechas se ha convertido en un día comercial utilizado por el capitalismo no sólo para ofertar productos, sino para mostrar una aparente sensibilidad por el gran trabajo de las madres colombianas. A pesar de que los medios revolotean para mostrar que se valora el papel de las mujeres colombianas, realmente aquí no hay nada que celebrar. A las mujeres jamás se les ha tenido en cuenta o reconocido sus capacidades y esto por el sólo hecho de ser mujeres. Ser madres no les garantiza mejores condiciones y menos los buenos tratos que el capitalismo les ofrece en “su día”; el embarazo resulta la peor condena en sus vidas laborales, pues en estas condiciones no son tan productivas para someterse a las reglas de explotación de los grandes gamonales. Al modelo capitalista sólo le interesa el dinero, la promoción de privilegios o estímulos para asumir con responsabilidad la maternidad y la crianza de los hijos jamás sería una de su interés, aunque formulen leyes que ni cumplen y menos resuelven los problemas sociales fundamentales que originan las pésimas condiciones en que viven las mujeres y niños en el país. Verdaderas muestras de la desgracia de ser madre se plasman a diario en nuestra nación, no queda otra cosa que decir cuando aún muchas mujeres están obligadas a tener sus hijos en caminos, veredas, baños, calles y sin la menor atención médica o cuando tienen que dejarlos encerrados en sus tugurios, hogares infantiles improvisados o acompañados por algún vecino, mientras ellas ganan el pan para los suyos limpiando los inmensos bienes de los adinerados. Si acaso es así como a ellas se les celebra su día, entonces lo que les celebramos es el dolor de ser madres en un país en donde falsos positivos desaparecen sus hijos; en donde grandes terratenientes nacionales y extranjeros las desplazan de sus tierras; en donde fuerzas militares y paramilitares asesinan sus esposos; en donde la desigualdad social las deja tiradas en la calle; en donde la sociedad machista les arrebata sus derechos de igualdad de condiciones; en donde la miseria las obliga a ver morir a sus hijos en sus brazos; en donde el olvido arrebata su derecho a recrearse, compartir y educar a sus hijos. Esta es la triste y cruel realidad de nuestras madres, a las que sólo se les tiene en cuenta en una fecha que en el mundo del capital usa para exhibir su comercio, para acelerar sus ventas, para aprovechándose de lo que para todos significa mamá.
Estas y muchas más son las razones para decir que realmente no tenemos nada que celebrar. Tenemos, más bien, el deber de solidarizarnos por las miles de injusticias a que a diario son sometidas nuestras madres, reconociendo que a pesar de vivir en un mundo donde la libertad de exigir los derechos es prohibida, muchas de ellas no declinan ante su lucha de mujeres y madres. Nosotras mujeres, compañeras y madres guerrilleras no somos ajenas al flagelo, pues aunque la guerra nos obliga a estar físicamente alejadas de nuestros hijos, hemos elegido un digno camino que como revolucionarias nos permitirá orgullosamente cambiar la realidad de las esclavizadas madres colombianas.