Por: Manuela Hernández
En un mundo permeado por los vicios del capital, hablar de lo que El Che llamó el Hombre Nuevo parece ser un imposible. Pero, de eso mismo se trata, de un Hombre que en medio de las dificultades sepa sacar lo mejor que ha heredado de la historia de la Humanidad.
En esta etapa del Capitalismo, la formación personal de los hombres y las mujeres está atravesada por un mundo de vicios consumistas, en donde el mayor valor es la competencia carente de valores humanos; donde los motores de desarrollo de la sociedad son el egoísmo y el individualismo. Conseguir dinero en abundancia se muestra como la mayor meta del ser humano, sin importar que tenga que pasar por encima de cualquier otra persona para conseguirlo.
Es este el contexto en el cual las nuevas generaciones están creciendo, olvidando el ejemplo de quienes con esfuerzo han tratado de construir una sociedad donde las relaciones entre las personas se guíen por los más altos valores y se re-construya así mismo al nuevo hombre y a la nueva mujer.
El Hombre Nuevo del que nos hablara el Che, ese paradigma para cualquier revolucionario, no puede ser esa inalcanzable utopía en la que el capitalismo ha querido convertir los pensamientos y los sentimientos de los más grandes revolucionarios de nuestra época.
Pensar y hacer la revolución es dejar de lado el interés personal para alzar por encima de cualquier cosa el interés colectivo. Este es el primer gran paso para comenzar nuestra propia construcción del Hombre Nuevo; fortalecido con la fuerza de la convicción que tenemos por esta sincera tarea que comenzamos hace 44 años.
Construir este hombre no es fácil porque la costra de vicios y costumbres amañadas que nos ha dejado el capitalismo es tan dura que eliminarla cuesta demasiado, sólo los hombres y las mujeres podremos construirlos con enormes sacrificios y combatiendo de manera ofensiva y permanente toda la influencia de medios que nos llevan a la pérdida de esenciales valores.
La lucha es contra sí mismo, demostrándole al capitalismo que otro mundo si es posible sea cual sea el medio que nos rodee y que no podrá forjar lo material por encima de los valores humanos. En nuestra organización hemos dado los primeros pasos para empezar a construir este significativo e inaplazable hombre. Pero también debemos preguntarnos constantemente ¿Cuantos años llevamos reconstruyéndolo y qué tan bien lo asumimos los dirigentes en quienes recae la mayor responsabilidad de llevar el timón de la sociedad que anhelamos construir?
Hoy a los 11 años de la muerte de nuestro comandante en jefe, vale la pena recordar que su aporte a la construcción del hombre nuevo fue fundamental. Este hombre con sus esfuerzos y sacrificio nos dejó plasmada la intachable trasparencia y compromiso para asumir la lucha revolucionaria en Colombia, concibiéndola como nación, como familia. No fue sólo la fortaleza para confrontar cosas desconocidas, su mayor fortaleza fue su preocupación por que cada uno de nosotros tomara de las mejores fuentes los valores para construir el más digno hombre y mujer. De humanismo, tolerancia, transparencia, desinterés, sencillez, austeridad, amor por los demás, y de entrega a nuestro pueblo está plagado un legado que debemos cultivar.
En estos valores recaía su mayor persistencia, y en que cada uno de nosotros blindara nuestros corazones de sentimiento y convicción por la lucha revolucionaria, para prepararnos y enfrentar momentos difíciles, tiempos venideros que pueden siempre podrán ser mejores.
De esto se trata el nuevo ser revolucionario, de cambiar lo que haya que cambiar para ser cada día mejores, sin considerar las oportunidades que tengamos para derrochar los patrimonios colectivos o para traicionar al pueblo, nunca lo concebiremos y tampoco olvidaremos el sagrado compromiso al que nos debemos, porque somos hijos de la gente humilde y trabajadora de este país nunca seguiremos el burocratismo y el acomodamiento propios del capitalismos. Lo combatiremos activamente para construir esa otra sociedad que queremos.