Por: Manuela Hernández
Néstor Tulio Duran, nombre con que lo bautizaron sus padres. Su seudónimo era Fernando, pero con gran cariño le decíamos Fercho.
Este hombre alegre y carismático tenía tan buen humor que hasta con sus ingenuidades nos hacía reír, por difícil que fuera la situación. Aunque no sabía leer y además sufriera de miopía, su esmero por aportar a la lucha revolucionaria era constante, y nada era impedimento para ocupar cualquier espacio de trabajo. Mucho recordamos nuestra llegada a las regiones donde él como combatiente destacado atraía a la población con su alegre y bella imagen, esa imagen que daba al eln. Su humildad y sencillez lo convertían en el hombre popular de la zona, no necesitaba manejar un extenso discurso político, pues sus actitudes y comportamientos hablaban por sí solos.
El amor e interés en el trabajo por las masas se le notaba más que cualquier cosa, es de esto de donde recordamos sus mejores imágenes y anécdotas, esos inolvidables momentos que quienes lo conocimos y compartimos juntos el que hacer revolucionario tendremos siempre con nosotros en transcurrir de nuestras vidas. Mucho recordamos el cariño y preocupación con el que al llegar a una población encontró un niño enfermo y muy sucio y sin pensar en más se dedicó a cuidarlo y limpiarlo. O cuando, en muchas ocasiones llegábamos de marchas y él encontraba un campesino trabajando hay mismo descargaba el equipo y sin más le decía “descanse compañero mientras yo le ayudo”. Donde llegáramos arreglaba las casas e incluso aportaba en la cocina, como su laboriosa manera de ejercer un verdadero papel como trasformador social. Fercho, de una manera sencilla dejaba su nombre tatuado en el corazón del pueblo, tratando de representar la imagen de su organización guerrillera a la que amó y entregó más que a él mismo.
Pero no es que nosotros solos nos creyéramos este cuento, hace poco comprobamos que el que sembró ahora recoge. Luego de tener cerca de 5 años de muerto, de nuevo cruzamos por donde él era muy conocido, nosotros veníamos de lejos y ya sin nada de comer, al ver que allí un campesino cimarrón tenia de cuanto animal de corral le dijimos que aunque no traemos nada sí cargamos una cadena de oro y que se la cambiábamos por un cerdo. El cerdo podría costar en ese entonces unos 40 mil pesos, la cadena 400, pero no hubo negocio. El compañero campesino lo único que tenia además de muchos niños era algo de comida, pero sin importarle más nos respondió que él nos recordaba cómo la gente del finado Fercho y que podíamos comernos el marrano si queríamos, pero que él no quería ninguna cadena, sólo sal si teníamos. Agradecidos y sabiendo que de verdad necesitaba más que sal, volvimos para darle la ayuda que él nos había dado, gracias al buen recuerdo que tenía de Fercho.
El espíritu de superación del compañero que siempre recordamos era un ejemplo para todos, mucho buscó la forma de aprender a leer que era su mayor sueño, por eso no perdía un momento de su tiempo para lograrlo y no necesitaba que lo programaran a la alfabetización, pues era por su propia iniciativa que buscaba a quien más supiera para que le enseñara. En este afán se sentaba con un orgullo e imaginación, cogía el periódico y como no sabía que decía menos tampoco que lo tuviera al revés, luego le decía a un compañero de la conducción estratégica “uy mano un accidente”. Para todos era un chiste, pero él no paraba porque tenía claro que con esas estrategias alcanzaría un sueño que finalmente alcanzo.
Hombres como Fercho hay muchos en el ELN, esos mismos a quienes tenemos en frente para ponernos nuevos retos y lograr nuestras metas.