Pensada por Marx como la naciente revolución proletaria de la edad contemporánea, el movimiento y gobierno revolucionario de 1871 conocido como “la Comuna de París” fue quizás un movimiento más patriótico que social, aunque, en efecto, quienes cumplieron un papel decisivo en su desarrollo fueron los artesanos, los tenderos y los asalariados en general. Pese a las expectativas y la fuerte resistencia a la represión ejercida en contra del movimiento obrero, que soportó la llamada semana sangrienta en la que murieron más de 20.000 personas, el 28 de mayo los trabajadores finalmente sucumbieron ante las tropas enviadas a París por la asamblea nacional. No obstante, este panorama no se encarnó en la memoria del pueblo francés, que casi un siglo después en el célebre mayo del 1968 se levantaría nuevamente en contra de un anquilosado sistema de gobierno que lejos estaba de representar y responder a las necesidades del pueblo.
El contexto histórico mundial, marcado por la continuidad de la confrontación que trajo consigo la guerra fría y el aumento de la tensión entre el norte y sur del continente americano, veía diseminar con mayor vigor focos de insurrección mundial que definitivamente involucraron un nuevo “grupo” social. La generación rebelde como se le quiso llamar a “los estudiantes” fue gestora de nuevas protestas en todos los hemisferios. El cuestionamiento a los obsoletos sistemas universitarios, incapaces de dar salida al mundo laboral de los cada vez más numerosos egresados, y el rechazo a un estilo tecnocrático de los gobiernos europeos se sumaban al repudio por los intentos de recolonización del sur de América que, a su vez, propiciaron el despertar del tercer mundo. Aquí y allá los acontecimientos de 1968 elevaron a los estudiantes a la posición de gestores de nuevos rumbos sociales.
La historia nos ofrece dignas muestras de la concreta y productiva participación de los estudiantes en la definición de políticas transformadoras. Un escenario privilegiado de triunfantes jornadas revolucionarias lo forjó la población estudiantil y obrera de la Habana, al promover la huelga política general que derrocó la dictadura machadista. Desde entonces, el estudiantado Cubano lleva sobre él la tradición de lucha por la real democracia y la independencia. Fidel Castro, estudiante de la Universidad de La Habana, encabezó el proceso revolucionario cubano junto a los jóvenes de la Generación del Centenario, integrantes más tarde del heroico contingente que asaltó el Cuartel Moncada. A partir de allí, las labores de los estudiantes siguen siendo definitivas para el proceso revolucionario; las Brigadas de Alfabetización, la proclamación del carácter socialista de la Revolución, la Primera y Segunda Declaración de La Habana, la celebración de los primeros Congresos del Partido Comunista de Cuba, el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes y la celebración de la VI Cumbre de los Países No Alineados, entre otros grandes eventos políticos, culturales y científicos tienen como actores directos a los estudiantes cubanos.
El pueblo Argentino con el manifiesto de Córdoba en 1918 demostró así mismo la evidente y valiosa necesidad de vincular el poder estudiantil al movimiento obrero, esta concepción de unidad de lucha fue la misma que en su época originó en Colombia nuevas gestas en contra del régimen criminal de Abadía Méndez. En 1929 este movimiento contra la Hegemonía conservadora ve caer asesinado a manos del Estado al estudiante GONZALO BRAVO PAEZ. Un cuarto de siglo después de su muerte, el 8 de junio de 1954 esas mismas balas persiguen a los estudiantes y cobran la vida del estudiante URIEL GUTIÉRREZ, generando total repudio entre sus compañeros, 11 de los cuales fueron también asesinados al día siguiente.
Esta breve radiografía de la tendencia revolucionaria que marcó diversas épocas, indudablemente señala la decisiva influencia de los estudiantes en los procesos de trasformación y construcción social. Sin embargo, resulta necesario ver los nuevos rumbos que han guiado a los estudiantes, ahora como actores sociales, a la luz del cambio en la fisionomía del mundo contemporáneo.
La segunda mitad del siglo XX parió un concepto que se acuñó en diversas ideologías, partidos políticos y programas de gobierno de Estados como el colombiano. El “Estado de bienestar” fue un proyecto diseñado para crear un modelo de sociedad en el que la premisa del gobierno de un Estado sería ejecutar determinadas políticas sociales que garantizaran y aseguraran el ‘bienestar’ de los ciudadanos en marcos como el de la salud, la educación y, en general, todo el espectro posible de seguridad social. Estas políticas debían sufragarse a partir de las imposiciones fiscales con que el Estado grava a los propios ciudadanos. En este sentido, parecería que el Estado de bienestar lo que buscaba generar era un proceso de redistribución de la riqueza, pues, en principio, las clases inferiores de una sociedad serían las más beneficiadas por una cobertura social que no podrían alcanzar con sus propios ingresos. Sin embargo, muy lejos estaba y está de serlo. El Estado de bienestar ni siquiera garantiza que los individuos no subsistan por debajo de un mínimo umbral de calidad de vida, contrariamente, asegura que se vean sumidos en mayores obligaciones fiscales y de crédito para poder siquiera sobrevivir.
En su afán de disimular los impactos propios del capitalismo; el subdesarrollo económico, político, cultural y social de grandes regiones mundiales; la violencia política que ha conducido a irreparables guerras; el deterioro ambiental que trae consigo las hambrunas, la devastación de los recursos y la destrucción de los habitad humanos y silvestres, el estado de bienestar condujo a un malestar generalizado que tiene como causa una redistribución de la riqueza más desigual e injusta que la pretendía cambiar. Así, los grandes propietarios y gobernantes disfrazaron a la democracia y a la justicia para obtener la aceptación y gratitud de las mayorías.
Con tristeza asistimos desde hace ya tres décadas a la pérdida de esa potencia con la que asumieron los estudiantes su deber de gestores de nuevas realidades. La posibilidad de construir una sociedad más justa y solidaria se esfumó tras la inadvertida aceptación de la erosionada propuesta del “estado de bienestar”.
Ha resultado común en todos los procesos estudiantiles que la universidad termine siendo un espacio de interacción social transitorio e improductivo políticamente, cuando ofrece todo el potencial para debatir, analizar y plantear nuevas perspectivas para leer el mundo. El carácter universal del espacio universitario lo convierte en el centro de la revolución contra grandes enemigos como el desigual modelo económico capitalista, pero especialmente contra los pequeños enemigos que cada estudiante lleva tras de sí. El deber de revolucionarse a sí mismo encuentra en la universidad valiosas herramientas académicas y humanas, que propician la creación y asimilación de valores y juicios para cumplir la labor de sembrar nuevos caminos.
La cómoda postura de la aceptación ha sido causa de la pérdida de la capacidad imaginativa e innovadora del sector estudiantil. La preocupación por este estado de inermidad no obedece sólo a que el estudiante haya dejado de ser actor social, de ser movimiento, sino a la pérdida de legitimidad social. El poder de los estudiantes ha perdido tanto peso como su opinión en el conjunto de la sociedad civil y el mundo universitario. Es claro que la fisionomía del mundo entró en un profundo proceso de globalización a raíz de la revolución tecnológica, especialmente en los ámbitos de la comunicación y la información, sin embargo, lejos de ser empleado como herramienta que favoreciera su mejor organización y un salto cualitativo en sus exigencias, su efecto directo fue la automatización de los estudiantes. Sus recientes exigencias en contra de un modelo educativo enclavado aún en el ya pasado despertar europeo, en contra de la insuficiente destinación de recursos económicos, en contra de las deterioradas condiciones sociales no carecen de legitimidad, pero sí de la persistencia y compromiso que demandan las grandes reivindicaciones para hacerse realidad. La efervescencia ha desplazado a la perseverancia y el ingenio, la indiferencia ha postergado el compromiso, la conformidad ha frenado el cambio.
Siendo agricultores de mejores conciencias, los estudiantes deben retornar al ser y poder de su rol social. Recobrar la frescura de la rebeldía, el ímpetu de la acción directa y la legitimidad de la consecuencia política permitirá al estudiantado reconquistar la incidencia del activismo estudiantil como un factor de gran relevancia social en tanto aporta valiosos líderes a la cantera de los grupos dirigentes de sus respectivas sociedades, pero, aún más por el naciente interés que les despierta el quehacer social y político colombiano. Como estudiantes debemos atender el vehemente llamado a la participación en el debate, análisis y propuesta de nuevas raíces para liberación de nuestro pueblo, sobre cuyos valores vitales e imperecederos se levantan el presente y el futuro. Como parte activa del devenir social, los estudiantes deben ser arquitectos de su historia, ingenieros de nuevos caminos, filólogos de mejores lenguajes sociales, físicos de sus propios universos, pero, sobre todo, artistas del cambio.
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