LAS PLEGARIAS OÍDAS DE BIN LADEN
Juan Carlos Monedero
Profesor de Ciencia Política
Universidad Complutense de Madrid
1. Guión de western, efectos
especiales, actores de serie B
Hay dos señales claras de los malos tiempos que corren para la inteligencia libre. Una la vemos cada vez que alguien va a matizar las verdades oficiales, incluso las más disparatadas. Parece imposible no empezar y terminar ese discurso no complaciente dejando claro lo mucho que se condena la violencia y el terrorismo. Como si pensar diferente le hiciera a uno cómplice. La otra, no menos triste, está en la necesidad de recurrir a determinados autores para que los argumentos parezcan más creíbles, dejando claro que una forma de pensar, supuestamente la propia, no es a priori de fiar. Se ha forzado tanto la cuerda que sólo en boca de intelectuales nada sospechosos sabemos que se ha roto.
Malos mimbres. Llevamos demasiado tiempo haciendo bueno el memorial de la Universidad de Cervera, proclamando nuestro alejamiento de la funesta manía de pensar. Y no toda la culpa es de la CNN. Cuando un intelectual se retira de ese mundo donde la amistad con la verdad debe pesar más que la amistad con Platón, deja de serlo. Es un regreso a la minoría de edad. Nos hemos instalado en un cine de efectos especiales, que sustituye la trama por la desmesura y ha llevado a las pantallas el quehacer propio de los dibujos animados. Contemplamos lo que ocurre como público infantilizado. Mucho ruido, mucho polvo, mucho fuego. Luego, la venganza. Y todos los actores, de serie B. Menos las muertas y los muertos, que casi siempre son los mismos y ya tienen mucho oficio. Infantilizados, como si un siglo de análisis ya no sirviera para nada. Son los riesgos de creernos que todo es novedoso. Infante (in-fans) es el que no tiene voz. Para ser adultos hay que romper el silencio de ese cine mudo. En Independence Day, los Estados Unidos salvan al mundo de unos bárbaros venidos de lo incomprensible. El Presidente termina, amparado en la bandera con las barras y las estrellas, haciéndole saber al mundo: “desde hoy, el día de la humanidad será el 4 de julio”. Tras el atentado de las torres gemelas, Bush afirmaría, y no era una película, “conduciremos al mundo a la victoria de la libertad”.
Hay un tema que se repite en el cine norteamericano. Ante el espectador ocurre un crimen horrendo. In flagrante delito, se ve al malhechor obrar con total impunidad masacrando a un inocente. Los espectadores, sin necesidad de estudios jurídicos, se convierten en cualificados jueces que nada ignoran. A continuación, una justicia corrupta y una administración no menos corrupta deja en libertad al asesino. Por fortuna, el héroe-policía tiene métodos peculiares (él y sólo él sabe la corrupción del cuerpo de policía, del poder judicial y del mundo político). Sólo él va a entregar a los espectadores, convertidos en nuevos Salomones, lo que anhelan: castigar con el mayor rigor al malvado. Ni que decir cabe que aquí no hay presunción de inocencia, atenuantes o intuición alguna de que el delincuente deba ser rehabilitado en la cárcel. Ni siquiera se le otorgará la consideración de sospechoso (por tanto, sometible a un juicio donde se demuestre su culpabilidad o su inocencia). En esa lógica de cine, el declarado “sospechoso” es de facto culpable y debe ser ahorcado. Por supuesto que esto contraría al Estado de derecho. Pero los western son así. Se ha apelado al vientre del espectador y los intestinos no saben de sutilezas. Quien pida calma será calificado de tibio, quien pida sensatez será insultado por no tomar partido de manera clara, quien reclame que se cumplan los protocolos judiciales será llamado traidor a ese nuevo sentido común que pide ejecuciones sumarias. Ese argumento de cine es el que dirige la política exterior norteamericana desde hace, cuando menos, medio siglo. Es el argumento activado tras el brutal ataque a las torres gemelas y al Pentágono. “Dios nos ayude a vencer al diablo”. “Quien no está con nosotros está contra nosotros”. “Wanted: dead or alive”. Operación Libertad duradera.
Que el atentado terrorista contra el World Trade Center y contra el Ministerio de Defensa es una barbaridad intolerable es tan obvio que no merece matiz alguno. El respeto a la vida es la base del orden social nacional e internacional, y cuando la vida se pone en almoneda, en cualquier modo, volvemos a situarnos en estado de naturaleza. Entonces, la sociedad se torna en jungla y donde había animales racionales solo queda, desvanecida la racionalidad, el puro animal. Por eso, tan obvia es la obligatoria condena del execrable atentado que ha causado la muerte de 5000 inocentes (inocencia que alcanzaría, de haberle afectado directamente, al mismo Georg Bush), como obvio es el deterioro del orden mundial que hemos vivido en los últimos veinte años y que se acelera con la guerra. Esconder el desorden mundial tras el desorden terrorista es inaceptable, propio de un pensamiento cómodo o de un intento espurio de engañar a la población. Ignorar que la guerra tiene siempre más componentes que los que publicitan sus ideólogos lo sabemos desde Homero. No se hace una guerra sólo para rescatar a Helena.
2. Nunca dos pájaros chocaron en el aire
Que los Estados Unidos llevan demasiado tiempo calzando unas botas nada diplomáticas está en cualquier manual de historia. Llevan mintiendo tanto tiempo como lleva siendo imperio: mintieron cuando el incidente del Maine para entrar en guerra con España; dejaron que sucediera el ataque de Pearl Harbor para entrar en guerra con los japoneses; hicieron cartografía imaginativa en el paralelo 38 para entrar en guerra con Corea; armaron a Diem contra Ho Chi Min para entrar en guerra con Vietnam; armaron a la Contra para entrar en guerra con los sandinistas; se inventaron a uno de los supuestos mayores ejércitos del mundo para guerrear contra Irak. ¿Por qué hay que creerlos ahora? Hay un gran problema cuando cualquier hipótesis sobre el atentado, incluidas las más atrevidas, son plausibles.
En la cadena de barbaridades, amamantaron a Noriega, Sadam, Bin Laden, Suharto y Pinochet. Y al Sharon de Sabra y Chatila. Sin contar cien intervenciones en América latina desde que Monroe proclamó a finales del XIX su “América para los americanos”. Los países bananeros lo han sido sobre todo porque allí estaba la Unit Fruit Company. Como gendarme mundial es responsable de hambrunas, guerras, invasiones, torturas, formación de integristas, animación de genocidas. Han sido sostén de dictaduras y de regímenes que ejercen el terrorismo de Estado. También lo han ejercido directamente. Desde la arrogancia que le da ser la única potencia mundial no han dudado en impedir que se ejecuten los mandatos de Naciones Unidas y son responsables directos de que Israel no haya cesado en su comportamiento brutal contra los palestinos ni haya devuelto los territorios ocupados. (¡Ahora han empezado a hablar de la creación de un Estado palestino!). Se han negado a firmar la creación de un Tribunal Penal Internacional que serviría para juzgar, entre otros, a Osama Bin Laden. También se han opuesto a la supresión de las minas personales. (26.000 personas mueren anualmente por esos eficaces inventos).
Pero no hay minas antipersonales amenazando dentro del territorio estadounidense. Recordaba Eduardo Galeano el muro en Washington donde están los nombres de los norteamericanos caídos en Vietnam. Hacen falta miles de muros para poner los nombres de las víctimas de la política exterior de los Estados Unidos. Hablar de imperialismo suena a viejo lenguaje. Pero ¿cómo negarlo? La ignorancia de buena parte de la sociedad norteamericana es infantil. Ignorar no es un derecho. No saber dónde está Managua no es lo mismo que desconocer de dónde viene el bienestar nacional o en qué consiste la política del Departamento de Estado. No se puede alimentar una cultura política aislacionista al tiempo que se incide de manera crucial en el resto del planeta cultural, política, social, económica y militarmente.
Como principal potencia, los Estados Unidos son responsables de un sistema que lleva a la miseria a dos terceras partes de la humanidad. Sólo desde el fanatismo del policía de las películas al que le sobran las formalidades jurídicas puede entenderse tanta ingenua impunidad. ¿Antiamericanismo? Los países son demasiado complejos como para odiarlos en bloque. Y los odios son variados, tienen diferentes raíces, alimentan distintas posiciones. Quien piense que los Bin Laden, Sadam, Noriega o Pinochet van a solventar los problemas de la prepotencia estadounidense no ha entendido una palabra. Los Bin Laden son un paquete que viene con el racismo, la opresión de las mujeres, el desprecio por otras culturas, el integrismo religioso, la irracionalidad violenta. Desde la comodidad de nuestras imperfectas democracias es un lujo de ociosos ver en Bin Laden algo más que el resultado de una demencia mucho tiempo mantenida.
Nunca dos pájaros chocaron en el aire. Han muerto 6000 personas en el World Trade Center. Intolerable. Pero ahora mismo hay millones de personas amenazadas de muerte por la hambruna en Centroamérica. Estados Unidos derribó al sandinismo en Nicaragua, dilapidó en la guerra 50 años de exportaciones de ese pequeño país y dejó tras la aventura de la Contra más de 40.000 muertos. Fumigó con pesticidas las cosechas de café, dinamitó cooperativas agrarias, dejó al país sin luz eléctrica. Hoy, las empresas transnacionales han hundido los precios del café. La sequía ha hecho el resto. El Kissinger que hoy se rasga las vestiduras tiene una enorme responsabilidad en los millones de muertos y desaparecidos en el Vietnam invadido, en el Chile de Pinochet, en la Indonesia de Suharto o la Argentina de Videla. Pero en Centroamérica o en Palestina o en Indonesia o en Ruanda no ha existido un espectáculo de efectos especiales. Todos sabemos que la vida de un americano no vale lo mismo que la vida de un ciudadano de cualquier otro lugar del mundo.
Nadie puede pretender ser gendarme mundial sin asumir otro tipo de obligaciones. Un poder estable lo es porque establece un contrato social donde los dominados obtienen beneficios de la gestión política. Ninguna sociedad vive en un estado permanente de violencia y represión. Poner en marcha un pacto global contra el terrorismo mundial, como ha planteado Javier Solana, que no incorpore un análisis de las causas del mismo tiene más de estratagema y visceralidad que de inteligencia. El hambre, la pobreza, la pérdida de identidad, la enfermedad, la opresión, el asesinato, el encarcelamiento no pueden quedar fuera del análisis.
Es cierto que la complejidad del terrorismo global puede ocultarse diciéndose que los terroristas están locos. O puede enmascararse de una forma más sutil argumentando que su locura se llama fanatismo. Pero eso no evita el problema. Sólo lo oculta. ¿Por qué no escandaliza que el nuevo responsable de interior norteamericano, Tom Ridge, esté condecorado por haber asesinado a diez soldados del ejército vietnamita que se defendían de la agresión estadounidense? Una de las más torpes explicaciones del nazismo es aquella que sostiene que el III Reich fue obra de unos cuantos médicos y militares enloquecidos. La locura nos ataca al corazón de nuestro miedo. Cuando se trata con locos cualquier recurso es válido. Bienintencionados académicos y académicos en nómina justifican la guerra con mayor o menor nivel de argumentación. Otorga mucha relevancia sostener que estamos ante fenómenos radicalmente inéditos. El discurso sobre la novedad de la globalización confunde más que aclara. No hay tanta novedad en la guerra contra Afganistán. Como ha dicho recientemente John Stiglitz, premio nobel de economía y ex- Vicepresidente del Banco Mundial (nada sospechoso, pues), “la tentación de las empresas privadas de anteponer las ganancias al interés colectivo es casi irresistible”. También lo decía Marx enseñando a sospechar. ¿Es que hemos vuelto a la ingenuidad de la infancia? Quien crea que el mal es infinito, que recuerde que los terroristas no han atentado contra un mercado popular, ni contra la estatua de la libertad ni contra un estadio de fútbol con decenas de miles de personas dentro. Ni siquiera contra la Coca-Cola o la IBM o la CNN. Han atacado a la representación simbólica del poder hegemónico norteamericano. Son asesinos con pretensiones pedagógicas.
3. La tentación de la inocencia, o de otras razones para la guerra
Hay cuatro hipótesis, no siempre consideradas, para entender la entrada en guerra de los Estados Unidos contra uno de los países más pobres de la tierra. Son explicaciones negadas directamente por la argumentación del choque de culturas. El autor de esa expresión, Samuel Huntington, lleva marcando desde hace treinta años la política exterior estadounidense. En los años sesenta fue analista de contrainsurgencia en la guerra de Vietnam. En los 70 escribió para la Trilateral “La crisis de las democracias”, donde perfilaba la necesidad de suprimir la participación popular y reforzar autoritariamente los Gobiernos. Los ochenta fueron los de “La cuarta ola”, donde diseñó la transición a la democracia de los países del Este. “El choque de civilizaciones” (1996) estaba dirigido a dotar a los Estados Unidos del enemigo que había perdido tras el hundimiento de la Unión Soviética. El discurso de la intolerancia, cargado también de verdades, oculta la raíz de los problemas. Ni Marx ni menos. Las guerras interrogan a los propios fundamentos de toda sociedad. Las guerras no son caprichos. Las causas de las guerras no son las del cine. Esas duran sólo el tiempo de la proyección.
Para entender la operación Libertades duraderas debemos entender en primer lugar la recesión mundial. Tanto Japón como Europa y los Estados Unidos llevaban demasiado tiempo con las economías ralentizadas o decreciendo. Ni las reducciones de los impuestos ni las constantes bajadas de los tipos de interés puestas en marcha por la Reserva Federal conseguían acelerar el consumo. Otra posibilidad de variar el ciclo recesivo en una economía con un sector público muy reducido (privatizado) consiste en incentivar el complejo industrial-militar. Se trata, como ya hizo en su momento Reagan, de poner en marcha un keynesianismo de derecha que reserva al Estado labores de gendarme y dedica el gasto público al sector industrial militar. Ya se intentó iniciar esta receta con el escudo antimisiles, pero no gozaba ni del acuerdo interno ni del externo para su financiación. A raíz del atentado contra las Twin Tower y el Pentágono, Bush ha recibido carta blanca para incrementar los fondos de defensa e investigación. La financiación que buscaban las grandes constructoras militares es ya un hecho y, además, en un clima de gran legitimidad. War is good for bussines.[1] Y sin necesidad de replantear los desequilibrios del capitalismo financiero, de la especulación global o de la existencia de paraísos fiscales. El secretario general de la OTAN declaraba el 9 de octubre de 2001 en Ottawa que los países de la alianza necesitaban dedicar similares esfuerzos económicos en gastos militares a los aplicados durante la guerra fría: “sin seguridad, nuestras sociedades no podrían funcionar, y entonces los terroristas habrán ganado con toda seguridad. (…) Una parte significativa de ese gasto debe dedicarse a capacidades militares porque prepararemos no sólo para lo que podemos prever sino para lo que no podemos”.
En segundo lugar, no puede ignorarse el lugar económicamente estratégico de la zona, que llevó a trasladar recientemente la comandancia central norteamericana en Asia del Pacífico a la Zona Central. Tras el hundimiento de la Unión Soviética, la economía, es decir, el libre juego del mercado en pos de la hegemonía económica, ha ocupado el lugar de la política (la influencia ideológica), viéndose ésta relegada al ámbito nacional. Estados Unidos intervino en Kuwait, avisando a las potencias de la zona, incluida China, de su interés en ese espacio geográfico. Intervino en Yugoslavia, reclamando el cierre de filas europeo con los Estados Unidos y recordando la dependencia de la UE. Interviene actualmente en Colombia, avisando a los países del Mercosur de la preeminencia norteamericana. Y de nuevo regresa al escenario donde se concentra el grueso de la producción petrolera que abastece a los Estados Unidos y al mundo. Thomas Friedman, consejero de Madeleine Albrigt, lo expresaba con claridad en el New York Times del 28 de marzo de 1999: “La mano invisible del mercado no funcionará nunca sin el puño invisible. Mc Donald no puede ser próspero sin McDonnell Douglas, el constructor del F-15- El puño oculto que garantiza un mundo seguro gracias a la tecnología de Silicon Valley se llama ejército de tierra, mar, aire y el cuerpo de Marines de los Estados Unidos”[2]. Al igual que los espías husmean ahora en las grandes empresas, la geoestrategia considera directamente los intereses económicos. La globalización no es mera novedad.
Un tercer factor está en el freno al creciente movimiento crítico con la globalización neoliberal. Génova, con 300.000 personas manifestándose contra el G-7 tras el asesinato por un policía italiano de Carlo Giulanni, marcó un punto de inflexión. Las instancias del capitalismo internacional se estaban interrogando acerca de su propia legitimidad. Sólo podían reunirse en sitios inaccesibles o en lugares como Qatar, donde los derechos democráticos de manifestación no estaban garantizados. Los últimos informes del Banco Mundial y del FMI habían incorporado como discurso las peticiones de los manifestantes. Desde 1968 no se conocía en el mundo occidental un movimiento de masas con tanto potencial. A partir del 11 de septiembre, la criminalización del movimiento ha ido en aumento. John Vinocur escribía en el International Herald Tribune del 13 de septiembre de 2001: “El horror de esos aviones secuestrados que se aplastan contra ese símbolo del World Trade Centre subraya el absurdo de esa violencia desplazada contra la mundialización y refuerza la mano de las autoridades que tienen que hacerle frente. Diabolizar de manera violenta a Estados Unidos y las organizaciones del comercio mundial se entronca ahora con una empresa potencialmente mortífera”.[3] El hecho de que los últimos informes del PNUD demuestren el empobrecimiento del grueso del planeta ha actuado como un elemento de refuerzo de esa crítica al modelo de crecimiento impulsado por los Estados Unidos (a comienzos de octubre, Fidel Castro reconvendría desde el diario argentino Página 12 al resto de países latinoamericanos comparando la buena situación relativa de Cuba respecto del resto del continente). Nuevos fondos para investigar las comunicaciones privadas, establecimiento de frenos a la libertad en Internet (con excusas entendibles por la opinión pública) o el incremento de formas sofisticadas de control ya están en marcha.
“La antiglobalización de los asesinos” era el nombre del artículo publicado en El País por el subdirector de Relaciones Internacionales del diario, Miguel Ángel Bastenier: “La lucha contra la globalización, finalmente, congrega a extraños compañeros de cama. De un lado, los educados colectivos de Seattle y Génova, que más que el fin del mundo, lo que piden es un lugar en el mismo, y de otro, la barbarie terrorista. Pero aunque no haya acuerdo posible entre ambas, las dos coinciden en la elección del enemigo. Por ello, aunque nadie quiera la alianza, lo cierto es que la antiglobalización posee ya un brazo armado y criminal. El de una nueva bipolaridad del terror”[4]. Pronto, la emisora Al Yazira, que por vez primera acompañaba a la hegemonía cínica de la CNN en un conflicto internacional, se convertiría en un enemigo a batir: mostraban daños colaterales de mujeres y niños. El mcarthysmo se cebó en los cincuenta en Hollywood. El mcarthysmo abierto en Occidente por las exigencias de la nueva guerra fría carga sus tintas en los medios de comunicación.
Por último, deben también considerarse los aspectos de legitimidad interna norteamericana. Era necesario tranquilizar a una ciudadanía socializada en la intangibilidad de su territorio e infantilmente educada en la prepotencia. Ese refuerzo psicológico ha ido desde el montaje circense en los aviones requisando cortauñas y limas de manicura (aunque no se haya reconocido la escasa calidad de los servicios de seguridad aérea debido a su privatización) a la puesta en marcha de una campaña bélica de rimbombante nombre. En situaciones de escasa legitimidad, el éxito vinculado a un acto de fuerza supone una buena posibilidad de invertir una escasa aceptación entre la población. Tras los confusos resultados electorales en el Estado de Florida (donde muchos seguían insistiendo en el triunfo de Al Gore), Bush ha logrado el reconocimiento que buscaba. La reclamación estadounidense de una nueva guerra fría vendría a satisfacer todas esas necesidades: reforzamiento del complejo militar-industrial; intervención económica en la fase cíclica recesiva; cohesión interna frente a un potencial enemigo externo; justificación de los recortes en los derechos civiles y sociales amparados en la existencia de un peligroso enemigo. La construcción de un adversario que sustituyera a los soviéticos y que no terminaba de cuajar ha aparecido definitivamente. Tiene un ejército potencial de 1.000 millones de soldados que, además, actúan como una quinta columna. ¿Alguien imaginaría un escenario mejor para frenar cualquier avance de la democracia? Un nuevo enemigo que reclama nuevas actuaciones y nuevos planteamientos. Novedad que, una vez más, tira por la borda todo lo aprendido por los ciudadanos cuando el enemigo estaba identificado.
Frente a estas razones, el atentado contra las torres gemelas sólo ha brindado la cobertura para poner en marcha la justificación bélica. Las plegarias de Bin Laden han sido escuchadas por Bush. Al igual que en España el movimiento terrorista ETA siempre ha anhelado una respuesta militar a sus atentados, la estrategia del terrorismo responsable del atentado del 11 de septiembre buscaba una respuesta como la puesta en marcha por los Estados Unidos. La ausencia de reconocimiento de la autoría hace del atentado una obra coral. La respuesta militar contra Afganistán hace buena la estrategia de los terroristas, pues convierte al atentado en una acción colectiva del islam y hace de un asesino como Bin Laden el héroe que tanto precisa el sometido mundo árabe. La desestabilización radical que probablemente provocará en países como Pakistán, Indonesia o Egipto, además del incremento de la desesperación que alimentará el terrorismo suicida, hacen de la respuesta bélica un ejercicio de irresponsabilidad inaudito. Bush, al que muchos ahora presentan fascinados como un gran estratega, no va más allá en sus fuentes intelectuales de una mezcla de “Tora, Tora, Tora” y “El rey león”. Desde la Casa Blanca no hace falta mucho más.
4. La minoría de edad y los viejos vicios de la cansada Europa
Es en este contexto donde debe entenderse el apoyo a la intervención bélica de países nada comprometidos con los derechos humanos como Rusia (que busca justificaciones para acabar con los chechenos), Turquía (con su voluntad exterminadora de los kurdos) o Pakistán (siempre en conflicto con India). La simiesca (en expresión de Baltasar Garzón) entrega europea a la determinación guerrera norteamericana tiene otro análisis que, igualmente, no tiene que ver con la defensa de los derechos humanos y sí con análisis estratégicos.
En primer lugar, debe entenderse la minoría de edad en la que aún permanece Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La incapacidad para solventar con sus propios medios la crisis yugoslava es prueba de la aún menor posibilidad de incidir en zonas más alejadas. La insistencia en la construcción de la UE como un mercado unificado y el menor impulso que se da a los contenidos políticos incapacitan para construir un discurso propio que sostenga la pugna simbólica que hay detrás del pulso real entre el euro y el dólar. No en vano, el hecho de que Mr. PESC ejerciera anteriormente el cargo de Secretario General de la OTAN deja clara la consideración que de la representación europea se tiene en los Estados Unidos. En segundo lugar, los dirigentes europeos participan de un sistema político y económico que precisa mantener la situación de preeminencia. Tanto los partidos democristianos y liberales como la socialdemocracia no tienen un modelo alternativo más participativo y claramente comprometido con un nuevo orden mundial más justo. Europa no ha hecho un análisis propio del mundo postsoviético. En tercer lugar, no puede olvidarse el pasado colonial europeo. La labor de Blair como vocero de un nuevo “sangre, sudor y lágrimas” de diseño no deja lugar a dudas de la tradición británica en el manejo de los asuntos de su ámbito de influencia mundial. El bienestar europeo no puede separarse de la presencia de las grandes empresas del continente repartidas por el mundo. Por último, no podemos dejar de lado la creciente inmigración de origen árabe y fe musulmana en Europa. La creciente desigualdad mundial (con el lastre de la deuda externa ahogando las capacidades importadoras de muchos países) genera una emigración de tipo económico que desemboca en Europa. El origen de la pobreza puede fácilmente llevar al resentimiento de estos inmigrantes (y no al agradecimiento, como piensa buena parte de la ciudadanía europea que quiere ver en la emigración simple mano de obra barata) y, a su vez, a la puesta en marcha de una acción colectiva reivindicativa. La política de mano dura con el integrismo islámico supone una demostración para la población inmigrante, incluida la de segunda y tercera generación.
En el caso de España las razones parecen tener otra sustancia. Además de la cortina de humo que siempre supone una contienda bélica, especialmente en un momento donde la actividad judicial afecta tanto al principal partido del gobierno (PP) como al de la oposición (PSOE), la guerra contra el integrismo otorga a la derecha española un elemento de legitimidad vinculado al españolismo. La lucha contra el terrorismo y, de paso, contra los nacionalismos, ha sido el recurso electoral por excelencia del Partido Popular. Perdidos algunos de sus rasgos conservadores clásicos (propios de la derecha franquista), el recurso españolista funciona como sustituto. Una suerte de resurrección del Santiago Matamoros, identificado como terrorista, integrista, árabe e islamista elabora un cóctel funcional para el Partido Popular. Aunque se trate de un peculiar españolismo. El 12 de octubre de 2001, día de las Fuerzas Armadas, cuatro marines norteamericanos desfilaban bajo la bandera de los Estados Unidos.
Raro ha sido el foro público donde no se empezase a hablar del terrorismo islámico y se terminase buscando las similitudes con el terrorismo etarra, con el colofón interesado de la responsabilidad del nacionalismo vasco democrático en la pervivencia del mismo. De hecho, a comienzos de octubre el Jefe del Estado Mayor de Defensa proclamó que las fuerzas armadas debían comprometerse, como en el caso de la guerra contra Afganistán, en la lucha antiterrorista, ya que el terrorismo etarra supondría una amenaza a España como nación. El conflicto en Euskadi dejaría de ser policial para pasar a ser militar. El terrorismo islámico se metía en el mismo saco que el terrorismo etarra, otorgando una legitimidad a los seguidores violentos de Sabino Arana que nunca hubieran imaginado. La saturación de las imágenes de los aviones secuestrados entrando en las torres gemelas, de los desgraciados que saltaron al vacío, de los llantos de bomberos y policías que acababan de perder a sus compañeros no deja hueco para la reflexión. La barbarie del atentado lleva al pensamiento a la barbarie. El Dios del Antiguo Testamento volvía a hacerse con las riendas del discurso. Es un Dios más al gusto cinematográfico que el de los Evangelios. ¿Qué fue del laicismo?
5.
Lo que la globalización se llevó
El discurso de la globalización pretende acabar con todas aquellas fronteras que frenan la economía occidental. La desaparición de los Estados pretende también la desaparición de las naciones. Pero eso no es una labor jurídica. La OMC, el BM y el FMI han trabajado en las últimas décadas en esa dirección. Por eso pueden afirmar algunos que los terroristas que atentaron contra las torres gemelas y el Pentágono no tienen un Estado. Así, al miedo se une la incertidumbre. Pero lo correcto sería afirmar que “no se les permite tener un Estado”. No se puede pretender, como señalan Held, Kaldor o Castells, que los terroristas son gente sin patria que no tienen nada que perder. Todo discurso político, por definición, busca construir un orden social.
La prédica sobre el fin de los Estados no se sostiene. ¿Cuanto ha tardado el Estado norteamericano en poner en marcha una guerra que cuesta miles de millones de dólares? Son determinadas formas de Estado, principalmente las alternativas al capitalismo salvaje, las que se ven imposibilitadas y atacadas en la globalización en curso. El discurso sobre el terrorismo incorpora parte de la concepción del Estado mínimo: una administración que se desentiende del bienestar de las personas pero que carga las tintas en los contenidos represores. Ningún sociólogo que se precie sostendrá que existen pueblos que carecen de apego a la vida o que preferirán la otra vida (el paraíso) a ésta. Las religiones son justificaciones que pretenden aliviarnos la carga de morirnos, no que nos invitan a morir. También se autoinmolaron los numantimos cuando creyeron perder sus vidas y sus dioses. El siglo XXI ya no puede ordenarse con las cañoneras. Samuel Huntington o el Sartori que ve detrás de cada inmigrante un peligroso árabe con una navaja para extirpar genitales femeninos ejercen su oficio intelectual brindando argumentaciones para identificar al enemigo histórico de los Estados Unidos (rusos, chinos, cubanos, narcotraficantes y por último, árabes). En el fondo, nada diferente a lo que hace en el cine James Bond con su licencia renovada para matar.
El atentado terrorista contra los Estados Unidos debiera servir para que Europa asumiera su papel de valedor de los derechos humanos en todo el planeta. Es su valor añadido. Y para ello debe plantar cara a la política norteamericana en el mundo. Le corresponde a la Unión Europea impulsar una idea de democracia en Naciones Unidas que lleva demasiado tiempo conculcándose. Sólo un pacto global por la justicia global puede frenar la desesperación de un mundo amenazado por la barbarie, el terrorismo, el fanatismo, la guerra y la injusticia. El pacto contra el terrorismo global es también un pacto contra la guerra y por la justicia.
La comprensión de los líderes europeos a la venganza estadounidense no aporta solución alguna al problema. Se puede apelar a una guerra santa occidental; se puede emparentar a los que quieren otro orden global con el terrorismo islámico; se puede, como ha pedido el Vicepresidente estadounidense Dick Chaney, reclutar a asesinos y formar a nuevos Bin Laden para la causa justa del mundo libre. Pero al precio de que Europa deje definitivamente de ser ese lugar donde la pena de muerte está exiliada, donde los derechos humanos forman el frontispicio de nuestros órdenes políticos y sociales, donde la idea de civilización nos ayuda a discernir el progreso de la barbarie. Hay patriotismos que quedan muy lejos del proyecto ilustrado sobre el que se ha asentado la idea de Europa. El viejo continente no necesita unos años de plomo globales. Volviendo a los orígenes, “la polis es diálogo”. El mundo griego, el romano, la influencia árabe, el Renacimiento, la Reforma protestante, la Ilustración, la Revolución francesa, la Revolución rusa son hitos de una historia, llena de sombras y luces, que ha construido los derechos de ciudadanía en nuestro continente. Pero nunca se ha hecho valer avance alguno sin la plena consciencia popular de que se estaba peleando el futuro en cada uno de esos momentos. También con la guerra en Afganistán nos estamos jugando dos futuros: uno que mantenga el sinsentido del siglo abandonado; otro que aprenda del pasado para exigir una democracia que alcance a todo el planeta, a todos los géneros y a todos los ámbitos sociales. Glosando los errores de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, cerraba Thomas Mann su Doktor Faustus preguntándose: “¿Cuándo alcanzará el fondo del abismo? ¿Cuándo, de la extrema desesperación, surgirá el milagro, más fuerte que la fe, que le devuelva la luz de la esperanza? Un hombre solitario cruza sus manos y dice: “Amigo mío, patria mía, que Dios se apiade de vuestras pobres almas”. No es hora de militares. Es hora de ciudadanos.
[1] Michel Chossudovsky, “War is good
for business”, Centre for Research on Globalisation, 16 de septiembre de 2001
(http://www portoalegre2002); Ben Cohen, “Wanted: enemy to justify $344 billion
war budget”, 4 de septiembre de 2001, AlterNet (http://www.portoalegre2002).
[2] Recogido en Samir Amín, El hegemonismo de Estados Unidos, Barcelona, Viejo Topo, 2001, p.
[3] Citado por Serge Halimi en “Todos norteamericanos”, Le Monde Diplomatique, octubre 2001.
[4] El país, 16 de septimbre de 2001