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DECLARACIÓN DE ESTADO PALESTINO ANUNCIADA POR ARAFAT CÓMO SE DELETREA APARTHEID: O-S-L-O' |
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Art. de Edward W. Said, publicado originalmente en el diario Haaretz el 11 de octubre de 1998. Traducción del inglés de Agustín Velloso. Tomado de Nación Árabe, nº 37, otoño 1998 |
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Declarar un Estado palestino en la actual situación es aceptar el proyecto israelí de un régimen de apartheid para Gaza y Cisjordania
La intención de Yaser Arafat de declarar un Estado palestino el próximo mes de mayo puede acabar en desastre, dividir al pueblo palestino y paralizar su causa para siempre. En otras palabras, justo lo que los arquitectos de Oslo tenían pensado. Durante varias semanas, Yaser Arafat y miembros de la Autoridad Palestina han anunciado públicamente que el 4 de mayo de 1999 él declarará el Estado palestino. Este anuncio surgió primero como una amenaza para Israel, y específicamente para Benjamín Netanyahu, quien ha ido retrasando el acuerdo de una nueva retirada de las fuerzas israelíes de territorio palestino. Las respuestas israelíes a este anuncio han sido hostiles y muy amenazadoras. Hágalo, dice Netanyahu a Arafat, y nuestra respuesta será dura. Ni uno ni otro lado han sido muy precisos, pero esto no ha impedido a nadie seguir con la perspectiva de un Estado palestino y una fuerte reacción israelí. La prensa árabe ha estado informando que durante sus numerosas visitas a países árabes y no árabes, Arafat ha estado buscando el apoyo exterior para un Estado palestino. Por ahora, la noción de la declaración del 4 de mayo ha ganado impulso propio, aunque no exactamente vida propia.
Lo digo con cierta ironía porque, a primera vista, esta segunda declaración (la primera fue en [el Consejo Nacional Palestino, Parlamento en el exilio de] Argel en 1988) ha de parecer inherentemente cómica al espectador no avisado, ya que en ambos casos, excepto en poco más del 60% de Gaza, hay muy poca tierra en este Estado.
Hay un cierto control palestino sin soberanía, un requisito fundamental de un Estado- sobre un 3% de Cisjordania, y sin continuidad territorial entre las diversas motas de tierra que constituyen lo que se llama hoy Zona A, el territorio bajo pleno control palestino.
Una reacción israelí probable podría ser decir que la entidad palestina ha de estar en Gaza, la cual está ya segregada de Cisjordania, y forzar de alguna manera a Arafat a confinar su poder y las aspiraciones nacionales palestinas a esta franja. Esto sería un golpe tremendo, independientemente del apoyo internacional que el Estado declarado obtuviese en su día.
Además, el nuevo Estado tendría poco sentido demográficamente, ya que los palestinos en una zona estarían del todo aislados de sus compatriotas en las demás.
Los que apoyan la idea de Arafat de declarar el Estado a pesar de los problemas demográficos y territoriales concretos, dicen que el propio proyecto tendría el efecto de animar a la población palestina, con lo que se compensaría el gran fracaso de los Acuerdos de Oslo sobre los que Arafat y su cada vez menor grupo de seguidores, consejeros y adláteres han apostado tanto.
Hay mucho desánimo y aletargamiento en Palestina, y también en otros lugares del mundo árabe. Tanto se ha escrito y proclamado sobre la nueva era de paz, los beneficios de la paz, la economía de la paz, etc., que tras cinco años sin paz, la gente está comprensiblemente desilusionada, cansada de mentiras, de la arrogancia israelí y, sobre todo, de su propio sentimiento de impotencia y fracaso.
Como Arafat es un maestro estratega y un artista de la supervivencia, creo que aún piensa que puede mover las cosas con esta idea suya y, al hacerlo, bien evitar una rebelión contra su decaído gobierno, bien alejar la atención sobre él. Siempre existe el riesgo de que este plan fracase, pero, de nuevo como cabe esperar, probablemente piensa que lo puede superar cuando y si llega el fracaso. En cuanto a las instituciones, maquinaria y gobierno de un Estado real, nada de esto existe verdaderamente.
Es cierto que la Autoridad Palestina tiene muchas de las funciones de un Gobierno nacional: correos, certificados de nacimientos, seguridad, municipalidades, educación y salud, pero es aún muy dependiente de Israel como para ser lo que un verdadero Estado ha de ser. Así, por ejemplo, el agua está aún bajo control israelí, como lo está el uso de la tierra y las entradas y salidas de los territorios. Cualquier presión que ejerza Israel sobre cualquiera de estos asuntos puede inmovilizar al Estado y dejarlo impotente. Muy probablemente ningún Gobierno palestino quisiera ser puesto en tales aprietos.
Dividir al pueblo palestino
Me parece que las desventajas de declarar un Estado superan con mucho a las ventajas. La más importante: un Estado declarado en los territorios autónomos dividiría definitivamente a la población palestina y a su causa más o menos para siempre.
Los residentes de Jerusalén -anexionado por Israel- no tienen parte, ni están, en ese Estado. Un destino igualmente inmerecido aguarda a los palestinos ciudadanos de Israel, que quedarían también excluidos, como los palestinos de la diáspora, cuyo derecho teórico a regresar quedaría casi anulado.
Lejos de unir a los palestinos, por tanto, la declaración de un Estado palestino los dividiría de hecho más que nunca, dejando casi sin sentido la noción de un pueblo palestino. ¿A quién le interesa esto? Desde luego que no a los palestinos.
Tengo la fuerte sospecha de que Arafat está usando la declaración del Estado como si fuese una ganancia, incluso cuando está a punto de aceptar la traicionera oferta israelí del 9% más el 3% de reserva natural bajo control israelí.
Arafat es prisionero de los israelíes y de EEUU a la vez. No tiene escapatoria, ni excusa que le proteja. Temo que bajo presión ceda y acepte la propuesta israelí, usando la declaración del Estado como una forma de compensar (y tratar de engañar) a su pueblo. Hay que vigilarle atentamente.
Otra desventaja que parece ser igualmente importante es que la idea israelí de eliminar a los palestinos mediante la separación, se llevará a cabo no por parte de Israel, sino de la cúpula palestina. Este sería el triunfo final del deseo de hacer desaparecer a los palestinos mediante el desposeimiento, algo por lo que ha trabajado un siglo de beligerancia y planificación sionistas. Los sionistas consideran que la tierra de Israel está reservada exclusivamente para los judíos. Por otro lado, hay que recordar que la idea misma de autodeterminación palestina desde el surgimiento de la actual Organización para la Liberación de Palestina (OLP) lleva consigo la de compartir y la de igualdad sin discriminación en Palestina.
Esta era la noción de un Estado secular y democrático y, después, la de dos Estados uno junto al otro en armoniosa vecindad. Esto no lo aceptó nunca la mayoría gobernante israelí, y los Acuerdos de Oslo, en mi opinión, fue una forma inteligente del Partido Laborista de crear una serie de bantustanes en los que estarían confinados los palestinos dominados por Israel, insinuando al mismo tiempo que llegaría a existir un casi-Estado palestino.
Para los israelíes, Rabin y Peres hablaron abiertamente de separación, no para proveer a los palestinos del derecho de autodeterminación, sino como una forma de marginarles y empequeñecerlos, dejando la tierra básicamente para los más fuertes, los israelíes. Desde esta perspectiva separación es sinónimo de apartheid, no de liberación. Declarar un Estado palestino en estas circunstancias es esencialmente aceptar la idea de separación como apartheid, no como igualdad, y ciertamente no como autodeterminación. Autogobierno es el eufemismo de Netanyahu para esto.
Además, los que argumentan que para los palestinos tal Estado sería el primer paso hacia un Estado real, con verdadera autodeterminacion, se engañan con un pensamiento ilógico. Si la declaración de lo que en realidad es un resumen teórico del verdadero Estado es el primer paso hacia el Estado real, entonces uno podría esperar igualmente extraer luz solar de un pepino basándose en que el sol lo ha iluminado anteriormente con sus rayos.
Esto es un ejemplo de pensamiento mágico, no serio, lo que no es bueno en estos momentos. No, este barullo sobre el 4 de mayo de 1999 es parte del método típico de Arafat de distraernos de las verdaderas dificultades a que nos enfrentamos como pueblo. Solía hacer lo mismo antes de cada reunión del Consejo Nacional, extendiendo rumores sobre una fecha venidera, luego posponiéndola, luego anunciando una nueva tres o cuatro veces, hasta que la gente acudía a la reunión encantada y contenta.
Esta vez, sin embargo, los inconvenientes políticos de su plan también oscurecen el verdadero imperativo, que es antes de nada la unidad de los palestinos y, sobre todo, proveernos de un programa, liderazgo y visión políticos nuevos.
Si los últimos años han probado algo, es el fracaso de la visión proclamada por Oslo, y del liderazgo palestino que planificó todo el desgraciado asunto. Dejó muchísimos palestinos sin representación, empobrecidos y olvidados; permitió a Israel expropiar más tierra además de consolidar su posición sobre Jerusalén y los asentamientos en los Altos del Golán, Cisjordania y Gaza; selló la noción de lo que apenas puede llamarse nacionalismo palestino de salón, que en realidad no era más que unos eslóganes desgastados y la supervivencia del liderazgo de la OLP.
Lo que se necesita ahora ante todo es un acto político simbólico realizado fuera de la jurisdicción israelí y de la Autoridad Palestina, el cual aglutinará a todos los segmentos relevantes de la población palestina, una verdadera reunión o conferencia nacional. De ésta se anunciarían nuevas líneas de resistencia y liberación, que coordinarían no sólo los esfuerzos de la gente en los territorios ocupados, sino también los de los palestinos de Israel y de toda la Diáspora.
Los miembros de este grupo más numeroso (de hecho la mayoría de los palestinos), son a los que Arafat no se ha dirigido, ni desea hacerlo, ya que les ha dejado al margen del acuerdo con Israel y EEUU, del que es rehén ahora.
Un Estado secular bi-nacional
La única visión política a la que merece la pena agarrarse es la de un Estado secular bi-nacional, uno que trascienda las ridículas limitaciones de un pequeño Estado palestino, declarado por segunda o tercera vez, sin gran credibilidad ni territorio, así como las limitaciones que han sido tan importantes para la forma sionista de apartheid que se nos ha impuesto en todos lados.
No soy el único que ve nuestra situación actual principalmente como la de unos seres humanos privados del derecho de ciudadanía plena. Esto es lo que nos unió como nación, bien en Líbano, Jerusalén, Nazaret, Amán, Damasco o Chicago. El liderazgo palestino actual no ha entendido nunca nuestro dilema ni, evidentemente, ofrecido una respuesta al mismo.
Por ello no deberíamos de ilusionarnos demasiado por el entusiasmo más bien juvenil de Arafat acerca de las expectativas que pueden o no cumplirse el 4 de mayo de 1999.
La verdadera tarea, creo, es planificar una alternativa real al sinsentido prevaleciente de que declarando un Estado, de cualquier manera, conseguiremos uno, de alguna manera. Típicamente, este estúpido eslogan esconde las verdaderas dificultades del establecimiento de ese Estado, las cuales sólo pueden vencerse mediante un trabajo, pensamiento y unidad verdaderos, y sobre todo, una representación real de todos (opuesta a la de una parte) los palestinos. No mediante eslóganes repetitivos, unilaterales, vacíos.
Es un insulto a la integridad de nuestra gente seguir construyendo tales fantasías y presentarlas como verdaderas cuestiones políticas. Arafat y sus consejeros deberían sentirse avergonzados por tales trucos banales. Deberían dejar sus puestos de forma que un proceso político más serio y creíble pueda reemplazar su desastroso titubeo de una vez por todas.
Profesor de
Literatura en la Universidad de Columbia (Nueva York), nacido en 1935 en Jerusalén, de
donde saldría tras la creación del Estado de Israel. Su obra incluye libros sobre
literatura, la cuestión palestina y las relaciones entre cultura y poder. En castellano
se han editado Orientalismo (Libertarias), Gaza-Jericó: Pax Americana y Palestina:
Paz sin territorios (Txalaparta) y Cultura e Imperialismo (Anagrama)