Martes 26 de agosto de 2008
   
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PALESTINA

 

El papel del agua en el conflicto en Palestina


Ferran Izquierdo Brichs para Revista Pueblos

Hoy sabemos perfectamente que Butros Ghali se equivocaba: desde entonces, ha habido dos guerras en Oriente Medio y no han sido por los recursos hídricos. Sin embargo, el agua ha estado siempre presente en el enfrentamiento árabe-israelí (1). A pesar de ello, en la actualidad no ocupa un lugar especialmente destacado en el marco del proceso de paz y parece como si existiera la voluntad de todas las partes implicadas en mantener este problema en un segundo plano.

Durante la negociación del Tratado de Paz entre Jordania e Israel en 1994, el agua se empleó como una medida de creación de confianza. Antes de firmar el tratado de paz, Jordania e Israel negociaron los contenciosos sobre el agua y las fronteras. Fueron unos momentos difíciles políticamente para el gobierno jordano y para la monarquía hachemita, pues buena parte de la población de Jordania se oponía a las negociaciones con los israelíes. El proceso de paz entre los dos países coincidió con una fuerte sequía en la zona, lo que situó los recursos hídricos en el primer plano. La cesión de agua por parte de Israel en los días más críticos de aquel año y el acuerdo firmado en el verano de 1994 sirvieron para hacer más aceptable para el pueblo jordano (recordemos que está compuesto en más de un 50 por ciento de ciudadanos de origen palestino) el tratado que se firmaría poco más tarde.

De esta forma, parecería que tenía razón el señor Munther Haddadin, ministro jordano de Recursos Hídricos y negociador de los acuerdos con Israel, cuando afirmaba que el agua sirve para apagar fuegos y no para encenderlos. No obstante, la escasez de agua en la región del Jordán sigue siendo una de las principales amenazas para el futuro de tres pueblos: palestino, jordano e israelí.

En el plano bilateral, los acuerdos suscritos por los israelíes, los jordanos y los palestinos se basan en un reparto provisional de cuotas de agua que resulta claramente insuficiente para los árabes. Al haberse roto el proceso de negociación en un marco global (en el que participen todas las partes) e integral (en el que todos los temas conflictivos tengan cabida), tanto los palestinos como los jordanos se encontrarán en una clara situación de inferioridad cuando llegue el momento de negociar la cuestión de los recursos hídricos. Los árabes, ante la negociación sobre el agua del Jordán y los acuíferos de Cisjordania, difícilmente tendrán capacidad para forzar una redistribución de unos recursos controlados mayoritariamente por Israel, que, además, ha demostrado durante todo el proceso su mayor fuerza y voluntad para usarla. Jordanos y palestinos tampoco tendrán capacidad para negociar el agua en base al intercambio, pues en los acuerdos y tratados firmados ya han cedido en aquello que más interesaba a Tel Aviv: la paz y el fin del boicot económico a Israel.

Por tanto, sólo queda la postura que defienden los israelíes: limitarse a la búsqueda o creación de nuevas fuentes. Una posición inaceptable para los árabes e insuficiente a medio plazo, que además debería ser producto de una creciente confianza entre las distintas partes en vez de una consecuencia de la negativa israelí a negociar sobre los volúmenes de agua. Difícilmente se podrá conseguir el grado de cooperación necesario para la búsqueda de nuevas fuentes si no se han solucionado los conflictos y las percepciones de agravio aún abiertas. Pero la negociación sobre el agua todavía no se ha iniciado y cada día que pasa, el problema empeora de tal forma que el futuro de la región dependerá cada vez más del modo en que se afronte el debate sobre este tipo de recursos.

Las colonias judías en Cisjordania y la Franja de Gaza

Los asentamientos de colonos judíos en los territorios ocupados son uno de los elementos más desestabilizadores en la fase actual del conflicto. La política de colonización de los territorios ocupados palestinos evolucionó de los objetivos geoestratégicos de los gobiernos laboristas al objetivo político-demográfico de los gobiernos del Likud y, con este cambio, también variaron las zonas de implantación. Los primeros asentamientos y las expropiaciones más importantes de terrenos se situaron principalmente en la zona del Valle del Jordán, lo que supuso un golpe terrible para la agricultura palestina.

A partir de 1977, los colonos se asentaron principalmente cerca de la Línea Verde (la delimitación aceptada internacionalmente como la frontera a la que se debe retirar el ejército israelí). De esta forma, se avanzaba en la integración física de Cisjordania en la realidad israelí. Un segundo efecto no tan evidente de esta política de hechos consumados es que muchos de los nuevos asentamientos están ubicados en la parte superior occidental de la cordillera que cruza Cisjordania, la cual constituye la principal área de recarga de los acuíferos, sobre todo occidental. De esta manera, no sólo se ha creado una nueva línea que desplaza a la Línea Verde hacia el este, sino que además los israelíes han consolidado su dominio de la principal fuente de agua de la zona. Además, la construcción del muro está modificando todavía más la situación a favor de Israel y desarrollando hechos consumados que impiden el acceso palestino a pozos que producen casi cuatro millones de metros cúbicos (Mmc); a la vez, está preparando las principales zonas de recarga del acuífero occidental para la anexión a Israel. A lo anterior hay que sumar que se separa la cuenca del Jordán de los territorios palestinos, con lo que se impide el acceso palestino a las tierras de cultivo del Valle del Jordán y se dificulta su reclamación de la cuota correspondiente de agua del río.

Actualmente, los colonos judíos que habitan en territorios ocupados ya son más de 400.000. De ellos, más de 200.000 viven en Cisjordania, cerca de 200.000, en Jerusalén Este y 16.000, en el Golán. Los asentamientos de colonos judíos en los territorios ocupados palestinos no habrían sido posibles sin la expropiación forzosa de la tierra y el agua. Ya en 1990 se calculaba que más del 50 por ciento del territorio, en muchas ocasiones las mejores tierras de cultivo, había pasado a control directo de las autoridades militares o de los colonos. La política que seguiría el gobierno israelí respecto al agua ya se puso de manifiesto en el mismo momento de la ocupación, en junio de 1967, con la orden militar nº 92, a la cual seguirían las órdenes nº 158 y nº 498, que restringían la explotación de las aguas subterráneas y congelaban la cuota palestina destinada al regadío. La política de los gobiernos de Tel Aviv se centró en restringir el consumo palestino para proteger el consumo israelí de agua del acuífero occidental, impedir el desarrollo agrícola palestino y facilitar el consumo de los colonos judíos. En cambio, no se pusieron límites al consumo de los colonos israelíes. No hay datos fiables sobre el volumen de agua que consumen en Cisjordania, que varían entre un mínimo de 50 Mmc de algunos autores y los 160 Mmc de otros. Sin embargo, se puede afirmar sin ninguna duda que el consumo per capita de agua de los colonos es desmesuradamente mayor que el de los palestinos.

Esta política de expropiación del agua y de la tierra tiene un reflejo claro en la superficie de cultivo de regadío en Cisjordania, muy mermada para los palestinos, mientras que los colonos judíos tienen acceso a tierra y recursos hídricos en abundancia. Otro elemento importante radica en que todas las nuevas infraestructuras relacionadas con el agua, incluso aquellas que sirven a las comunidades palestinas, están controladas desde los asentamientos de colonos judíos, convirtiéndose en un nuevo instrumento de dominación muy importante.

El difícil futuro

Para afrontar las necesidades futuras tanto palestinas como israelíes, los investigadores del Israel/Palestine Center for Research and Information proponen un consumo doméstico, urbano e industrial mínimo necesario de agua de 100 metros cúbicos por persona y año. Esta cantidad es equivalente al consumo doméstico, urbano e industrial actual en Israel y parece ser suficiente. Además añaden 25 mc para huerta y animales de granja, con lo que se llega a un total de 125 mc. Con el reciclaje de las aguas residuales se podrían sumar 65 mc por persona que se destinarían al regadío. Es necesario recordar que el consumo doméstico, urbano e industrial en Cisjordania, Gaza y Jordania está por debajo de los 50 mc y que mientras no se iguale con el de Israel, se mantendrá el sentimiento de agravio comparativo.

Las previsiones para el año 2020 realizadas por algunos investigadores, basándose en el consumo del agua según los usos antes mencionados, nos presentan un futuro de déficit en las necesidades mínimas de agua para Jordania y Palestina, y un muy ligero superávit para Israel. Se debe recordar que estas previsiones se hacen sobre la base de utilizar sólo agua reciclada para regadío y para huertas familiares, más de uso recreativo que productivo. Así, según estas previsiones, el futuro nos aproxima a un conflicto incluso por la propia supervivencia de la población más allá de las necesidades agrícolas.

No obstante, se debe tener en cuenta que la tensión militar en la cuenca del Jordán relacionada con el agua no ha sido nunca por la distribución de los recursos hídricos para el bienestar de la población, sino por las implicaciones políticas del agua en el proceso de colonización israelí de las tierras palestinas.

La colonización continúa y además se le añaden la progresión demográfica y las crecientes necesidades, las cuales pueden llevar a una situación de presión tan grande sobre los recursos hídricos que provoque nuevas tensiones. Sólo el abandono de la colonización israelí y la retirada de los territorios ocupados permitirán avanzar en la solución de las necesidades de agua de la población. Y no será suficiente, pues, en un primer momento, también resultarán imprescindibles para aliviar la presión la reconsideración del uso israelí del agua para regadío y la redistribución de mayores cuotas de suministro para palestinos y jordanos. A medio plazo, será necesaria la cooperación para gestionar la cuenca. Pero para que sea posible cooperar a este nivel, se han de cumplir unas condiciones básicas que, en la actualidad, representan claros obstáculos:

- 1. Normalización de las relaciones entre los diferentes países (firma de tratados de paz de Israel con Siria y Líbano, y autodeterminación palestina).

- 2. Desarrollo económico a medio plazo de Palestina y Jordania fuera del sector agrícola.

- 3. Negociación y cooperación multilateral.

Se puede ver, pues, que las negociaciones de carácter bilateral no solucionarán el problema, sólo lo aplazarán. También es fácil prever que pueden tener un efecto negativo a medio plazo, ya que las negociaciones de los años pasados han sido desiguales, con una parte muy poderosa y otras (palestina y jordana) muy débiles, y han establecido unas cuotas de agua injustas. Estos acuerdos se tendrán que renegociar para poder afrontar las necesidades mínimas de la población palestina y jordana. Sin embargo, los compromisos firmados habrán establecido una situación de iure que resultará aún más difícil de cambiar que la anterior. El problema se agravará a medida que el volumen de agua se acerque al límite de las necesidades mínimas de supervivencia. Así, no negociar es malo, pero hacerlo mal también, puesto que puede representar un factor de agravamiento de un conflicto futuro. La única solución posible para dar respuesta a las necesidades de la población pasa por acercarse a un modelo de negociación global, integrador que tenga en cuenta las necesidades de todas las partes.

 

Notas a pie de página

1 El volumen total de aguas árabes conquistadas por Israel entre 1967 y 1978 es de 600-700 millones de metros cúbicos al año, y representa el 40 por ciento del agua consumida en Israel. Los principales datos hidrográficos y la historia del conflicto por los recursos hídricos se pueden encontrar en: Izquierdo Brichs, F. (1995) “El agua en la cuenca del Jordán: la lucha por un recurso escaso”. Papers de Sociologia, nº 46, Universitat Autònoma de Barcelona (p.121-138).

*Ferran Izquierdo Brichs es profesor de Relaciones Internacionales en la Universitat Autònoma de Barcelona y autor de libro Guerra y agua. Conflicto político y carestía de agua en Palestina publicado por la Fundación Araguaney en 2005. Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Pueblos en Junio de 2006.