ASUNTO:Marzo 2003: la brecha. Por IndyACP [Madrid]
Por IndyACP Las
multitudes que salieron ayer a la calle, por segundo día consecutivo, a
protestar contra la guerra sobre la población iraquí, desafiando la
estrategia policial de "impacto y pavor" que ha diseñado el Delegado de
Gobierno Ansuátegui para aplacar la contestación, pudieron descifrar por la
noche en las magulladuras que les recorrían el cuerpo la idea de
"frente interno" de la guerra global: "tolerancia cero" para
los disidentes, criminalización de toda desviación de la norma, asimilada
a diversas variantes de "enemigos públicos" (terrorismo islámico,
nacionalista, etc.), bombardeo mediático, lógica de la fuerza bruta,
etc.
Con más determinación si cabe que el jueves, y desde luego
con más rabia e irritación, miles de personas atravesaron la ciudad, desde
la embajada estadounidense hasta la Puerta del Sol, interrumpiendo el
tráfico, reclamando a los mirones que se unieran, defendiéndose de la
brutalidad policial (que ha incluido hoy botes de humo y pelotazos de goma a
mansalva) con cualquier medio al alcance la mano, gritando su ira contra
el gobierno del Partido Popular y el régimen estadounidense, etc. Y no
sólo eso: el jueves, cuando se pasaba frente al Congreso de los Diputados, se
proclamaba a los cuatro vientos "¡que no, que no, que no nos representan!" y
en todas las manifestaciones del viernes se ha coreado una y otra vez que "lo
llaman democracia y no lo es". ¿No es significativo que éste último grito,
surgido en el pequeño cortejo organizado por la FRAVM durante
la manifestación que acompañó a la última huelga general, encabece hoy el
(algo gastado, ciertamente) "top ten" de las movilizaciones contra la guerra?
Sin duda, la denuncia de la guerra que asola hoy Irak tiene que ver con las
protestas antiimperialistas de los años 60: son el preludio de
una contestación generalizada en el "primer mundo".
La representación
política está en quiebra. Sus figuras y símbolos han sido duramente
cuestionados durante estos dos días inolvidables. Cada vez se hace evidente
para todo el mundo que la instancia política está secuestrada en todas partes
por intereses completamente ajenos a los que proclaman las constituciones
occidentales. Pero los gobiernos neoliberales del norte del mundo, como
ocurría antes en las dictaduras burocráticas en el este de Europa, no pueden
soportar ya ninguna crítica, ninguna brecha, por ínfima que sea. Por ahí
podrían colarse virus imparables que den al traste con la poca legitimidad
que tienen. El movimiento contra la guerra tiene por ahora un carácter
destituyente que podría resultar tremendamente fecundo. Los gobiernos lo
advierten y han decidido romperle el espinazo ("se acabó el recreo", dijo De
Gaulle en 1968, "se acabó la agitación callejera" ha dicho hoy
Ansar).
La propaganda ya ha empezado a martillear su
estribillo infernal: "violentos-no violentos", "violentos-no
violentos". Según esta canción, que puede empezar a cansar y a
perder efectividad de tanto repetirse, los "no violentos"
muestran públicamente su indignación moral frente a la guerra en
desfiles que circulan por trayectos pactados y vuelven a su casa con
la conciencia más tranquila. Podrían cooperar incluso en la reconstrucción
del Irak aniquilado vía ONGs. Los "violentos", repite la letanía, son esos
que prolongan las manifestaciones fuera de los circuitos legales y se niegan
disolverse cuando los porrazos de la policía lo indican oportuno. ¿Podemos
impedir que este esquema, bombardeado a conciencia sobre todas las
cabezas, cumpla bien su cometido? Durante estos dos días
de movilizaciones, el estribillo no se ha instalado plácidamente en el
cerebro colectivo: hemos visto a las multitudes organizando espontáneamente
su autodefensa frente a la policía sin remordimiento alguno, con un
sentimiento irrevocable de legitimidad en los brazos y en las piernas, hemos
visto a gente mayor improvisando precarias barricadas junto a alumnos
de instituto para impedir el paso a una policía bárbara como pocas veces,
hemos visto la superioridad ética de la gente aguantando los chaparrones de
la policía sentada en el suelo o con las manos en alto, dejando bien claro
que este movimiento es "antimilitarista" en el sentido fuerte del término, se
siente por todas partes la importancia crucial de "ser muchos y no pocos",
"ser distintos y no un ghetto", respetar los ritmos autónomos de maduración
política sin forzarlos ni "organizarlos" o "canalizarlos", aprender incluso
de la gente "no politizada", que está expresando una audacia y un coraje
inauditos. Esos consensos son frágiles: nacen de la experiencia compartida en
la calle. Deberíamos trabajar políticamente para
afianzarlos: autoorganizando formas de proteger nuestras
manifestaciones, abriendo espacios para la reflexión colectiva y la
contaminación de las iniciativas, imaginando modalidades de
socialización alternativa, contrapoder y desobediencia diarias,
cotidianas, vivibles, etc. Favoreciendo la politización generalizada de
la existencia. El movimiento global, durante su periplo histórico desde
Seattle, ha demostrado que se pueden desmontar estas oposiciones binarias
(violentos-no violentos, reformistas-revolucionarios, amigos-enemigos), que
se pueden construir formas de desobediencia civil masivas, abiertas
y transparentes, fuera de la alternativa entre la militarización de las
manifestaciones o la dispersión en pequeños grupos, que se pueden construir
grandes consensos en torno a nociones comunes, que se pueden construir formas
de organización que no aplanen la heterogeneidad sino que partan de ella y la
protejan, etc.
Hay que impedir que los aparatos políticos/sindicales,
con todo su afán de hegemonía y (por tanto) todo su miedo,
reintroduzcan en el corazón del movimiento en marcha esquemas binarios
que sólo estrangulan la imaginación y el cuerpo de la gente. Se trata de
permanecer unidos, pero no "como un solo hombre", sino como cómplices, amigos
y compañeros que se niegan a interiorizar el miedo que pretende inocular la
estrategia policial de "tolerancia cero". Hay que abrir espacios para pensar
e imaginar cómo podemos multiplicar e intensificar cuantitativa y
(sobre todo) cualitativamente este movimiento contra la guerra
global, concretando teórica y prácticamente la noción de "frente interno".
Hay que elaborar medios de comunicación alternativa tan poderosos como los
medios oficiales (en ese sentido, es increíble la experiencia que estamos
viviendo de cerca en el "centro de medios" construido sobre el terreno en el
CSOA El Laboratorio 03). E inevitablemente hay que imaginar y (al
mismo tiempo) experimentar formas de sedimentar y acumular en otras formas
de acción política todo el exceso subjetivo, ético, político, afectivo,
imaginativo, vital que se desparrama por las calles de Madrid y del mundo
desde hace días.