EL PAÍS / 3-07-2005
JOSEPH S. NYE, es catedrático de Harvard y autor de Soft power: the means of success in world politics. Traducción de News Clips. © Project Syndicate, 2005.
Estados Unidos consume la cuarta parte del petróleo del mundo, frente al 8% que consume China. Incluso con el elevado crecimiento que se prevé que experimentará China en los próximos años, el mundo no se va a quedar sin petróleo de un día para otro. Se ha demostrado que existen reservas de más de un billón de barriles, y es probable que se encuentren más. Pero dos tercios de las reservas probadas se encuentran en el golfo pérsico, y por consiguiente, son propensas a las alteraciones. En el pasado, el aumento de los precios tuvo fuertes repercusiones en el consumo de petróleo estadounidense. Desde los máximos alcanzados en la década de 1970, el consumo de petróleo estadounidense por dólar de PIB se ha reducido a la
mitad, algo que refleja también el cambio económico general de la fabricación industrial a una producción con un uso menos intensivo de la energía. Al fin y al cabo, el crear un programa informático requiere mucha menos energía que producir una tonelada de acero.
A comienzos de la década de 1980, los costes de la energía representaban el
14% de la economía estadounidense. Actualmente, representan el 7%. Después
de tener en cuenta la inflación, los precios del petróleo tendrían que subir
a 80 dólares por barril para alcanzar el nivel registrado en marzo de 1981.
De acuerdo con el Gobierno estadounidense, si no se producen interrupciones
del suministro y la economía estadounidense crece a un ritmo anual del 3%,
el precio del barril de petróleo descenderá a 25 dólares (en dólares de
2003) en 2010 y después aumentará a 30 dólares en 2025. El uso intensivo de
energía de la economía seguirá descendiendo a un ritmo medio anual del 1,6%,
porque las mejoras en el ahorro y los cambios estructurales compensarán
parte del crecimiento general de la demanda. No obstante, la dependencia del
petróleo aumentará a un ritmo anual del 1,5%, desde los 20 millones de
barriles diarios en 2003 a 27,9 millones en 2025.
El sistema político estadounidense tiene dificultades para ponerse de
acuerdo sobre una política energética coherente. Pero puede que a lo largo
de la próxima década la política energética estadounidense vaya cambiando
gradualmente. Algunos observadores detectan una nueva coalición "geoverde"
entre los halcones de la política exterior conservadores, a quienes preocupa
la dependencia que Estados Unidos tiene del petróleo del golfo Pérsico, y
los ecologistas liberales. En opinión de los halcones, el verdadero problema
energético no es la falta de reservas de petróleo, sino el hecho de que
están concentradas en un área vulnerable. La respuesta es reducir la sed de
petróleo estadounidense en lugar de aumentar las importaciones. Los verdes
sostienen que aunque las reservas de energía sean abundantes, la capacidad
del medio ambiente para soportar los niveles de consumo actuales es
limitada. La media de la gama de supuestos considerados por el Panel
Intergubernamental sobre el Cambio Climático prevé que en 2100 las
concentraciones atmosféricas de CO2 prácticamente triplicarán su nivel
preindustrial. Mientras el Gobierno de Bush mantiene su escepticismo
respecto a la ciencia que respalda dichas proyecciones, algunos gobiernos
estatales y locales están promulgando medidas para reducir las emisiones de
CO2. Y lo que es más importante, empresas como General Electric están
estableciendo objetivos verdes que superan con creces las normativas de la
Administración.
Un informe emitido recientemente por la Comisión Nacional sobre Política
Energética, cuyos miembros están nombrados por ambos partidos, ejemplifica
la nueva coalición. Si bien el presidente Bush sostiene que los avances
tecnológicos en los combustibles del hidrógeno y las pilas de combustible
reducirán las importaciones de petróleo a largo plazo, dichas medidas exigen
importantes cambios en la infraestructura de transportes que necesitarán
años para completarse. La comisión sugiere políticas que se podrían aplicar
antes. Por ejemplo, en una reciente declaración ante el Congreso, James
Woolsey, miembro de la comisión y ex director de la CIA, instó a usar
vehículos híbridos de gasolina/electricidad que puedan cargar la batería por
la noche con electricidad barata en horas de bajo consumo; a fabricar etanol
que ahorre energía a partir de celulosa, y un aumento de cuatro kilómetros
por litro en las normas de ahorro de combustible. Sostuvo que este programa
podía reducir significativamente el consumo de combustible en cuestión de
años en lugar de décadas. También evitaría la necesidad de establecer
aumentos drásticos en los impuestos sobre la gasolina o el carbón, que son
generalmente aceptados en Japón y Europa, pero que para los políticos
estadounidenses siguen siendo el beso de la muerte.
Pero es improbable que las políticas gubernamentales de Estados Unidos
cambien significativamente el consumo de energía de sus habitantes en los
próximos años. Aunque un nuevo Gobierno promulgara nuevas políticas después
de que Bush deje el cargo en 2008, tendría que transcurrir un tiempo antes
de que se notara su efecto en el consumo real. En los próximos años, es
probable que las fuerzas del mercado sean más importantes que las políticas
oficiales a la hora de influir en los patrones de consumo. Pero en la
próxima década, la combinación de mercados y políticas podría suponer una
gran diferencia. Por ejemplo, entre 1978 y 1987, las normativas
gubernamentales obtuvieron una mejora del 40% en el ahorro de combustible de
los coches fabricados en Estados Unidos. En un mundo sin sorpresas, es
probable que el Gobierno de Bush tuviera razón al decir que el consumo
estadounidense de petróleo aumentará un 1,5% anual en las próximas dos
décadas. Pero las alteraciones políticas en el golfo Pérsico o un nuevo
atentado terrorista en Estados Unidos harían subir rápidamente los precios
del petróleo, y el clima político en Estados Unidos también podría cambiar
rápidamente. La probabilidad de dichos acontecimientos no es despreciable.
La independencia energética tal vez sea imposible para un país que consume
una cuarta parte del petróleo del mundo pero sólo tiene el 3% de sus
reservas. Aun así, no se descarta que a la larga las necesidades
estadounidenses de petróleo experimenten un importante descenso.