Se ha dicho ya, y se sigue sosteniendo,
que el imperialismo norteamericano es un tigre de
papel con garras nucleares, siempre presto a desaparecer,
a desintegrarse, a colapsar.
Su larga historia está
saturada de fracasos, grandes derrotas, aventuras
y desgracias que no tienen calificativo.
En su confrontación armada
contra Corea del Norte en 1951 le fue muy mal; en
la guerra de agresión que armó para
liquidar a Vietnam, a su heroico pueblo liderado
por el gran dirigente Ho Chi Mim, fue derrotado
aparatosamente, en su ofensiva bélica contra
el “terrorismo” de los pueblos árabes,
el balance es altamente negativo para EE.UU.; en
la guerra de agresión y saqueo –que
aún perdura- destinada a borrar del mapa
a Iraq, el costo es muy alto: desprestigio mundial,
odio y rechazo de toda la humanidad, y en cuanto
a cadáveres, ya casi llega a 2 000 el número
de soldados norteamericanos acribillados en territorio
iraquí, sin pena ni gloria.
Cuando se derrumbaron las torres
implantadas en Nueva York a manera de símbolo
de su poderío, toda la nación norteamericana
se convulsionó, lloró a mares, se
desesperó, muchos miles de ciudadanos murieron
y las víctimas del pánico siguen sobresaltadas.
Y ahora, al comenzar el mes
de septiembre del año en curso, un poderoso
huracán llamado Katrina, o sea la naturaleza
convulsionada, le acaba de azotar, en forma monstruosa,
a la ciudad de Nueva Orleans, a toda su población,
a niños, ancianos, mujeres y hombres de todas
las edades, colores y condiciones. La fuerza del
huracán ha ocasionado inundaciones, muerte,
desolación, hambre y desesperanza, como pocas
veces ha ocurrido en los últimos 50 años.
El pánico se ha generalizado, los hambrientos
saquean las tiendas y los supermercados en busca
de alimentos, miles de muertos están bajo
las aguas, se dispara y se asesina a mansalva, se
carece de refugios y las gentes sobreviven a la
intemperie.
Son incalculables los daños
y se dispara a matar. La situación es lamentable
y en este caso los ecuatorianos nos solidarizamos
con el dolor que sobrecoge al pueblo de esta región
tan terriblemente azotada por el huracán
ya mencionado.
En medio de esta tragedia, lo
único que ha quedado al descubierto es el
clamor del pueblo norteamericano que acusa a su
presidente, George W. Bush, de haber reducido en
un 50% el presupuesto para prevención de
inundaciones, y dedicar ese dinero a la guerra en
Iraq, es decir al crimen y al asesinato de indefensos
ciudadanos iraquíes inconformes con la presencia
de soldados made in USA.
Bush está definitiva
y duramente cuestionado, por más que hace
esfuerzos por aparecer en helicóptero como
ángel de la guarda, preocupado por las desgracias
de las víctimas del huracán Katrina.
Las voces de censura contra este Presidente que
manifiesta ser el adalid de la lucha “contra
el mal”, en representación del bien
crecen. Se le acusa también de haber llegado
tarde con una insignificante ayuda cuando el cuadro
de destrucción era gigantesco y se requería
de medidas emergentes para la evacuación
de los afectados.
Es criminal el hecho de haber
reducido el presupuesto para emergencias nacionales
y haberlo destinado a la guerra en Iraq y G.W. Bush
deberá responder por este crimen sin lugar
a dudas.
La atención a los damnificados
y víctimas del huracán ha quedado
prácticamente en manos de la ayuda humanitaria
de los países desarrollados.