OPINIÓN

Los paros son ilegales

 
Por: Juan Cárdenas Espinoza

Noticia... ¿Y qué gobierno no ha hablado pestes de los paros? Todos han dicho lo mismo: que los paros están al margen de la ley, que son antipatrióticos y que si lo hacen, sus dirigentes se pudrirán en la cárcel. La misma cantaleta de los regímenes que utilizan el engaño, la mentira y la intimidación para desacreditar el descontento popular, como si el abandono de siglos se arreglara con la maniobra, persecución y represión. El derecho a la protesta y al reclamo de lo que nos corresponde es tan legitimo como el derecho a la vida; y que nadie intente conculcarnos este derecho porque nos encontrará férreamente unidos, en franca posición de resistencia.

Por eso recuerdo con emoción la digna actitud del doctor Mario Jaramillo Paredes, entonces ministro de Educación, quien al ser cuestionado por uno de los periodistas reaccionarios de la televisión acerca de si iba a sancionar con la destitución y prisión a los dirigentes de la Unión Nacional de Educadores, dijo: “nunca levantaría mi voz en contra de un maestro, porque conozco su sacrificada labor, la justeza de su reclamo y me considero uno de ellos”. Es que la gente no va al paro por deporte, ni porque no tiene nada mejor que hacer, sino porque se le agota la paciencia, cuando los gobernantes convierten al diálogo en el tontómetro para desviar el descontento social. Qué insensatos. Las provincias de Sucumbíos y Orellana fueron groseramente engañadas con acuerdos incumplidos y falsas promesas. Se organizaron y se fajaron altivamente, por sobre sus pequeñas diferencias. Les unió el abandono y la decidida gubernamental, y la prepotencia de las transnacionales petroleras. Al fin lograron sus objetivos, pese a la calumnia y a la brutal represión. Y los propios voceros del régimen y de las petroleras, queriendo magnificar las pérdidas por el paro, confesaron la monstruosa injusticia de que somos víctimas los ecuatorianos en el desigual reparto de nuestra riqueza, pues para escandalizar alegaron que por cada día de paralización se perdían 100 millones de dólares. En un mes son 3 000 millones; y al año 36 000 millones. Si al presupuesto del Estado apenas ingresan 2 000 millones al año, quiere decir que las transnacionales se llevan, libre de polvo y paja, la friolera de 34 000 millones de dólares. ¿Qué les parece este criminal saqueo? Y la oligarquía, calladita, medrando a la sombra. Bien que le hayan sacado siquiera un pelo al lobo mañoso.

El Cañar otra vez transita por la ruta del engaño. Pero hemos crecido, mantenemos intacta nuestra capacidad de organización y lucha como el único camino. Tenemos dirigentes consecuentes con los altos intereses provinciales. Seamos prácticos, pidamos lo imposible. Entonces, ¡vamos pueblo, carajo! Nada de perreos.


George Bush y el huracán Katrina

 
Por: Gonzalo Sono M.

Se ha dicho ya, y se sigue sosteniendo, que el imperialismo norteamericano es un tigre de papel con garras nucleares, siempre presto a desaparecer, a desintegrarse, a colapsar.

Su larga historia está saturada de fracasos, grandes derrotas, aventuras y desgracias que no tienen calificativo.

En su confrontación armada contra Corea del Norte en 1951 le fue muy mal; en la guerra de agresión que armó para liquidar a Vietnam, a su heroico pueblo liderado por el gran dirigente Ho Chi Mim, fue derrotado aparatosamente, en su ofensiva bélica contra el “terrorismo” de los pueblos árabes, el balance es altamente negativo para EE.UU.; en la guerra de agresión y saqueo –que aún perdura- destinada a borrar del mapa a Iraq, el costo es muy alto: desprestigio mundial, odio y rechazo de toda la humanidad, y en cuanto a cadáveres, ya casi llega a 2 000 el número de soldados norteamericanos acribillados en territorio iraquí, sin pena ni gloria.

Cuando se derrumbaron las torres implantadas en Nueva York a manera de símbolo de su poderío, toda la nación norteamericana se convulsionó, lloró a mares, se desesperó, muchos miles de ciudadanos murieron y las víctimas del pánico siguen sobresaltadas.

Y ahora, al comenzar el mes de septiembre del año en curso, un poderoso huracán llamado Katrina, o sea la naturaleza convulsionada, le acaba de azotar, en forma monstruosa, a la ciudad de Nueva Orleans, a toda su población, a niños, ancianos, mujeres y hombres de todas las edades, colores y condiciones. La fuerza del huracán ha ocasionado inundaciones, muerte, desolación, hambre y desesperanza, como pocas veces ha ocurrido en los últimos 50 años. El pánico se ha generalizado, los hambrientos saquean las tiendas y los supermercados en busca de alimentos, miles de muertos están bajo las aguas, se dispara y se asesina a mansalva, se carece de refugios y las gentes sobreviven a la intemperie.

Son incalculables los daños y se dispara a matar. La situación es lamentable y en este caso los ecuatorianos nos solidarizamos con el dolor que sobrecoge al pueblo de esta región tan terriblemente azotada por el huracán ya mencionado.

En medio de esta tragedia, lo único que ha quedado al descubierto es el clamor del pueblo norteamericano que acusa a su presidente, George W. Bush, de haber reducido en un 50% el presupuesto para prevención de inundaciones, y dedicar ese dinero a la guerra en Iraq, es decir al crimen y al asesinato de indefensos ciudadanos iraquíes inconformes con la presencia de soldados made in USA.

Bush está definitiva y duramente cuestionado, por más que hace esfuerzos por aparecer en helicóptero como ángel de la guarda, preocupado por las desgracias de las víctimas del huracán Katrina. Las voces de censura contra este Presidente que manifiesta ser el adalid de la lucha “contra el mal”, en representación del bien crecen. Se le acusa también de haber llegado tarde con una insignificante ayuda cuando el cuadro de destrucción era gigantesco y se requería de medidas emergentes para la evacuación de los afectados.

Es criminal el hecho de haber reducido el presupuesto para emergencias nacionales y haberlo destinado a la guerra en Iraq y G.W. Bush deberá responder por este crimen sin lugar a dudas.

La atención a los damnificados y víctimas del huracán ha quedado prácticamente en manos de la ayuda humanitaria de los países desarrollados.