Bajo este título, Ulises
Estrella, infatigable soñador y permanente
realizador de cultura, esta vez como editor, recoge
el testimonio de algunos de los actores de ese gran
movimiento transformador que se desarrolló
en América y el mundo, testimonio que sintetiza
“la pasión que nos sustentó
en el momento histórico que vivimos los poetas,
narradores e investigadores en los convulsivos años
sesentas y setentas, en Ecuador y América
Latina”.
Este libro es una memoria de
lo que entonces soñábamos los que
aún teníamos firmes los puños,
clara la mirada y una inmensa rabia contra todo
lo falso y adocenado, contra la hipocresía
y el oportunismo, contra la falacia y la corrupción
reinantes en el sistema. Entonces el mundo se encontraba
convulsionado y “los años de la fiebre”
comenzaban en México y Buenos Aires, en Caracas
y en Managua, en La Habana y en Santiago de Chile,
en Kioto y Helsinki, en Nueva York y París.
En nuestra América mestiza, los jóvenes
de entonces, la mayor parte poetas, comienzan su
actividad juntándose alrededor de grupos
o publicaciones que, coincidentemente, propugnaban
los mismos principios, tenían las mismas
ambiciones liberadoras y una fuerza incontrastable,
que les conducía por las rutas de la insurgencia.
Al mismo tiempo, y como si
se hubieran convocado para difundir las nuevas voces
por el triángulo verde de nuestra América,
aparecen las revistas Eco Contemporáneo,
con Miguel Grinberg, en Buenos Aires; El Corno Emplumado,
con Margaret Randall y Sergio Mondragón y
Pájaro Cascabel, con Thelma Nava, en México;
El Pez y la Serpiente, con Pablo Antonio Cuadra
y Ernesto Cardenal, en Nicaragua; El Techo de la
Ballena, con Edmundo Aray, en Venezuela; Pucuna,
y su embajador itinerante Ulises Estrella, en Ecuador;
Los Nadaistas, con Gonzalo Arango, en Colombia;
Trilce, con Eduardo González Viaña
y el Cholo Murillo Ganosa , en Trujillo, Perú.
Y aparecen los “cronopios”;
Julio Cortázar es el encargado de hacer circular
la invitación desde el extremo sur del continente:
“Cronopios de la tierra americana, muestren
sin vacilar la hilacha.
Abran las puertas como las
abren los elefantes distraídos, ahoguen en
ríos de carcajadas toda tentativa de discurso
académico, de estatuto con artículos
del I al XXX, de organización petrificadora.
Háganse odiar minuciosamente por los cerrajeros,
echen toneladas de azúcar en las salinas
del llanto y estropeen las azucareras de la complacencia
con el puñadito subrepticio de sal parricida.
El mundo será de los cronopios o no será”.
La respuesta no se hace esperar: Henry Miller, el
cronopio de Los Trópicos, nos lanza la admonición:
“Los poetas de este mundo están centurias
más adelantados que los políticos
y los estadistas.
No esperen al rápido
paso de la tiniebla. Tenemos que atravesar todavía
un largo túnel. Pero el final está
a la vista. Y este final es: libertad”. Albert
Camus adelanta su presagio: “Tenemos que volver
a coser a aquello que se ha desgarrado, hacer nuevamente
concebible la justicia en un mundo tan evidentemente
injusto, hacer que vuelva a adquirir significación
la felicidad para los pueblos envenenados por la
infelicidad del siglo”.
Y los Tzántzicos estuvimos
presentes, nuestra presencia fue clara; en el primer
Manifiesto lo señalamos: “Como llegando
a los restos de un gran naufragio, llegamos a esto.
Llegamos y vimos que, por el contrario, el barco
recién se estaba construyendo y que la escoria
que existía se debía tan solo a una
falta de conciencia de los constructores. Llegamos
y empezamos a pensar las razones por las que la
poesía se había desbandado ya en femeninas
divagaciones alrededor del amor ( que terminaban
en pálidos barquitos de papel), ya en pilas
de palabras insustanciales para llenar un suplemento
dominical, ya en “obritas” para obtener
la sonrisa y el ‘cocktail’ del Presidente”.
... “No decimos que encima de esos restos
nos alzaremos nosotros.
No. Se alzará por primera
vez una conciencia de pueblo, una conciencia nacida
del vislumbre magnífico del arte. Será
el momento en que el obrero llegue a la Poesía,
el momento en que todos sintamos una sangre roja
y caliente en nuestras venas de Indoamericanos con
necesidad de saltar, de combatir y abrir una verídica
brecha de esperanza.... El arte, la Poesía
es quien descubre lo esencial de cada pueblo. Nuestro
arte quiere descubrir de este pueblo (que en nada
se diferencia de muchos otros de América).
Y, saltar es cosa del arte. Saltar por encima de
los montes con una luz auténtica, de auténtica
revolución, y con una pica sosteniendo muchas
cabezas reducidas...”. Se trataba de una utopía
salvaje, como la describió el antropólogo
brasileño Darcy Ribeiro.
Esos proféticos y convulsionados
años sesenta, si fueron el nacimiento de
las utopías, también fueron el renacer
de la esperanza de liberación, lo confirmaba
Cuba, que con Fidel a la cabeza iniciaba la lucha
contra el imperio; que ha sido tan larga y dolorosa,
y también en nuestro país comenzaban
los tiempos de las dictaduras militares, de los
golpes de estado y de la corrupción galopante.
Han pasado 45 años de esos “tiempos
de la fiebre”. Hoy recorremos otros caminos,
hay quienes siguen creyendo que con el arte, con
la poesía, se puede contribuir para cambiar
el mundo; pero también hay la plena seguridad,
de que solamente con la lucha de los pueblos por
su liberación, se hará posible la
realización de los cambios necesarios.
Falleció
el cantante Gonzalo Benítez
El lunes 5 de septiembre, falleció
en Quito Gonzalo Benítez (Carlos Gonzalo
Benítez Gómez), el conocido cantante
de música ecuatoriana, que se consagró
como uno de los mejores intérpretes de nuestra
música, haciendo la primera voz del dúo
Benítez y Valencia, con el también
fallecido y popular cantante Luis Alberto Valencia,
“El Potolo”.
Gonzalo Benítez nació
en Otavalo, provincia de Imbabura, en agosto de
l9l5; fue hijo de Ulpiano Benítez, músico
imbabureño de grandes cualidades creativas.
Vino a Quito para realizar sus estudios secundarios
en el Colegio Normal Juan Montalvo, que formaba
a los maestros de instrucción primaria; allí
conoció a Luis Alberto Valencia, con el cual
crearon un dúo para hacer música nacional,
en l938, con el exclusivo afán de brindar
algún entretenimiento a los estudiantes de
su colegio.
El dúo Benítez
y Valencia se profesionaliza en l940, cuando se
convierten en artistas de planta de Radio Quito,
que sale al aire en ese año. En esa emisora
trabajaron durante 30años, hasta la muerte
de Luis Alberto Valencia que se produce el 25 de
octubre de l970, en Riobamba.
Gonzalo Benítez antes
de hacer dúo con el “Potolo”
Valencia ya había cantado con Héctor
Haro y también con Bolívar Ortiz,
el recordado “Pollo Ortiz”, quien fue
el que le impulsó para que se iniciara como
intérprete de la canción nacional;
además de cantar con estos extraordinarios
músicos, también hizo dueto con Azucena
Durán, con la cual grabó canciones
como “Ojos Azules” y “Pasional”,
de Enrique Espín Yépez.
El fallecido cantante, además
de haber sido músico profesional, dedicó
su vida al magisterio, hasta su jubilación;
enseñó en varios colegios de la capital,
empezó como ayudante de cátedra y
luego fue profesor de planta del mismo colegio en
el que se formó, el Juan Montalvo y también
fue profesor del Colegio Municipal “Benalcázar”.
Es en Radio Quito en donde empieza
la fama y el prestigio del dúo Benítez
y Valencia, pues son llamados por varias empresas
disqueras, como Feraud Guzmán y Luis Aníbal
Granja, para grabar sus canciones. Durante su vida
artística el dúo Benítez y
Valencia llegó a grabar aproximadamente l.
500 discos.
Gonzalo Benítez fue también
compositor, creó algunos temas, como “La
Vuelta del Chagra” y el Pasillo “Soledad”.
Con la muerte de Luis Alberto Valencia se acabó
el dúo, pero Gonzalo Benítez siguió
cantando solo; de esa época quedan grabados
cuatro discos de larga duración.
El dúo Benítez
y Valencia participó en la creación
de la famosa canción Vasija de Barro, que
fue producto de una noche de bohemia en la casa
del pintor Oswaldo Guayasamín, en la cual
estaban reunidos los poetas Jorge Enrique Adoum,
Hugo Alemán, Jorge Carrera Andrade y el pintor
Jaime Valencia, que fue el creador de la primera
estrofa, y luego los otros poetas hicieron las estrofas
siguientes.
Se dice que se inspiraron en
una gran vasija o pondo de barro, que Guayasamín
tenía entre los objetos arqueológicos
de su casa. El dúo, que estaba presente en
la reunión, contribuyó con la creación
de la música, a la que le dieron el ritmo
de danzante. Gonzalo Benítez fue aficionado
al fútbol y jugaba en el equipo de la Universidad
Central, antes de que nazca Liga Deportiva Universitaria
amateur; en uno de los partidos con su equipo, Benítez
se fracturó el pie, desde entonces le motejaron
como el "Patojo Benítez”.
A pesar de la fractura, volvió
al fútbol y jugó en el famoso equipo
quiteño “Crack”, junto con el
Potolo Valencia; en ese entonces crea la canción
“La vuelta del Chagra”, que dice: “empeñando
el sombrerito / me voy a Quito”, porque en
el Crack había algunos chagras, como el Lolo
Laso, que era latacungueño, y el Chapa Saa,
que era de Pelileo. OPCION se solidariza con la
familia del artista fallecido y agradece la colaboración
del conocido personaje de la radio y la televisión,
René Torres, quien, con su información,
hizo posible la realización de este reportaje
(A.M.)