El pasado lunes 21 de febrero,
militares de la Brigada XI del ejército colombiano
torturaron y asesinaron a Luis Eduardo Guerra Guerra
de 35 años de edad, líder de la comunidad
de San José de Apartadó (Colombia)
y miembro del Consejo Interno de la Comunidad de
Paz de esta localidad.
Con similar masacre, junto a
él murieron su esposa, Bellanira Areiza Guzmán
de 17 años y su hijo Deiner Andrés
Guerra, de 11, este último fue herido el
11 de agosto del año pasado con una granada
dejada por el ejercito colombiano en uno de los
conflictos ocurridos en este sector. De igual forma,
fueron asesinados Alfonso Bolívar Tuberquia
Graciano de 30 años, líder de Mulatos
y miembro del Consejo de Paz de la zona humanitario,
su compañera Sandra Milena Muñoz Pozo
de 24 años y sus hijos Santiago y Natalia
Tuberquia Muñoz de 2 y 6 años respectivamente.
Luis Eduardo Guerra, junto a
su esposa e hijo y un joven familiar lejano (no
se conoce el nombre) habían salido el sábado
19 de febrero de su casa ubicada en San José
hacia su finca en la vereda Mulatos (queda a unas
7 horas de San José) con el fin de recoger
cacao. Luego de cumplir su actividad en esta vereda
colombiana, el lunes 21 de febrero Guerra fue detenido
en el Río Mulatos por miembros de la Brigada
XI del ejército colombiano. En cruce de palabras,
los militares les habían amenazado con llevárselos
para asesinarlos. Al escuchar esto, su familiar
lejano logró correr, pero a la familia Guerra
Areiza les llevaron a la vereda Mulatos, sitio “La
Resbalosa” y casa del Sr. Alfonso Bolívar.
Al día siguiente, la persona que había
huido fue hasta ese sitio a buscar a la familia
Guerra Areiza encontrando en una fosa los cadáveres
totalmente despedazados del padre, la madre y los
hijos.
Luis Eduardo Guerra era un
campesino, gestor de la Comunidad de Paz de San
José de Apartadó. La forma como fue
asesinado, junto con los menores edad y los adultos,
refleja la ausencia absoluta de respeto al cuerpo
humano, la negación absoluta del respeto
a los mínimos de la dignidad humana por parte
de los agentes del Estado.
La actuación de sus
victimarios refleja la degeneración absoluta
de la guerra estatal, una guerra que no se ha dirigido
contra los armados sino contra campesinos inermes,
que han cometido a los ojos de la institucionalidad
“el delito” de pensar, de construir,
de afirmar alternativas a la guerra. Sus victimarios
destruyen la vida humana con técnicas criminales
bañadas de sevicia, de barbarie y son gestores
de juegos orgiásticos de sangre.
Reflejan la obsesión
compulsiva de matar, los impulsos irracionales de
destrucción y las prácticas proscritas
por la conciencia de la humanidad, que se asemejan
a los campos de concentración en Alemania
Nazi a las experiencias de las dictaduras del Cono
Sur de los años setentas.
"Hoy estamos hablando,
mañana podremos estar muertos. Nosotros siempre
hemos dicho, y en eso somos claros, hasta el día
de hoy estamos resistiendo y todavía nuestro
proyecto es de seguir resistiendo y defendiendo
nuestros derechos", declaró Luis Eduardo
Guerra al periodista español Javier Moya
Cedsala pocos días antes de ser vilmente
asesinado.
Ahora, después de la
masacre llevada a cabo por el Ejército Nacional
contra la Comunidad de Paz de San José de
Apartadó, es evidente que asistimos a toda
una estrategia de construcción de una gran
mentira que pretende culpar de esta acción
a la guerrilla de las FARC. Además de difamar
a la comunidad pretendiendo dar a la opinión
pública la impresión de que la comunidad
está implicada en el asesinato para denigrar
el proyecto que esta comunidad viene construyendo
con tanto esfuerzo, una difamación orquestada
por los medios de comunicación colombianos,
el Ejército Nacional y otras instituciones
como la Fiscalía. (JVY).