El payaso mayor del circo populista
ecuatoriano está de nuevo en escena: canta,
baila, dice malas palabras, gesticula, amenaza...
Abdalá Bucaram ha vuelto,
y habrá que cuidar bien las bóvedas
del Banco Central -por si acaso se le ocurre visitarlas-,
mientras se hace algo para ponerlo donde realmente
merece estar: ¡en la cárcel!
No es cierto que los políticos
honestos, progresistas y de izquierda le teman;
el sentimiento es otro: es de repugnancia e indignación.
Quien sí es cierto que
le teme es su ex ñaño, Álvaro
Noboa, quien ve tambalear su candidatura presidencial
en la que ha invertido una fortuna desde 1998.
El caso de Abdalá Bucaram
no puede ser visto únicamente desde el ámbito
jurídico, pues ahí existe todo un
cúmulo de contradicciones e interpretaciones
interesadas, que solo expresan la debilidad del
sistema frente a las disputas de las distintas facciones
oligárquicas. Es obvio, por ejemplo, que
Bucarám tiene razón cuando dice que
el Congreso jamás pudo destituirlo sin que
antes haya existido un enjuiciamiento político,
e incluso que él no podía ser enjuiciado
penalmente sin antes existir una autorización
del Congreso en Pleno.
Pero esos argumentos, por más
jurídicos que sean, no tienen importancia
cuando se valora políticamente lo que fue
su gobierno: un espacio de raterías de la
más baja calaña. El hecho de sacarse
casi 14 mil millones de sucres del Banco Central
en sacos de yute, momentos antes de su caída,
por ejemplo, da la medida del carácter de
esa administración, que no duró más
de seis meses pues la lucha popular se encargó
de presionar para que finalmente sea derrocado.
Y, en ese sentido, cualquier mecanismo jurídico
que se haya encontrado en ese momento, por más
traído de los cabellos que parezca, era justo
y necesario.
Es un hecho que Bucaram tejió
bien su estrategia para poder saborear hoy de su
triunfo.
Simplemente porque cualquier
acción que su partido ha tomado en los últimos
seis años tuvo como propósito fundamental
lograr su retorno, por eso, la alianza con Lucio
Gutiérrez tenía como fin último
lograr de él el respaldo para ese propósito.
El que no lo hayan arrestado a su arribo lo demuestra.
Es evidente también
que parte fundamental de la estrategia del PRE fue
su participación en la mayoría que
reestructuró los organismos del Estado, y
entre ellos la Corte Suprema. Pero es evidente que
eso no lo tenía del todo garantizado desde
el inicio, ya que la conformación del máximo
organismo de justicia resultó en una participación
de varias fuerzas, entre ellas el PRIAN, a quien
hoy constatamos no le gustó para nada el
retorno de Bucaram. Del MPD no se puede decir que
haya actuado en función de permitirle al
PRE llevar a cabo su estrategia, ya que fue uno
de los partidos que mayor oposición le hizo
a Bucaram durante su gobierno, tanto que ahora exige
la destitución del presidente de la Corte
Suprema, Guillermo Castro Dager, por haber hecho
lo que hizo.
Tanto el PRIAN como el MPD,
e incluso los independientes que estuvieron en la
mayoría para integrar la Corte, lo hicieron
pensando cada quien en sus propios intereses, el
primero buscando crear el escenario de impunidad
necesario para cuando Álvaro Noboa sea presidente,
el MPD buscando golpear al Partido Social Cristiano
y la Izquierda Democrática, que dominaban
la anterior Corte y que eran los responsables de
que, entre otras cosas, se deje en libertad a los
asesinos materiales e intelectuales de Jaime Hurtado
González, y promover a jueces como los que
hoy se han mostrado liderando la propuesta de destitución
de Castro Dáger de la presidencia de la Suprema.
Con el retorno de Bucaram, el
escenario de disputa electoral se vuelve más
complejo; incluso para el mismo Bucarám,
que no desecha del todo la idea de un binomio con
Álvaro Noboa.
Aunque ahora la mal llamada “oposición”,
encabezada por el PSC y la ID tienen mejores elementos
políticos para convocar a la movilización
por la destitución de la Corte, la verdadera
expresión popular no está tras sus
planteamientos, sino tras una agenda propia, expresada
en la lucha contra el TLC, el Plan Colombia, contra
la ley Topo y en defensa de los derechos de los
trabajadores y los pueblos.