CULTURA

II parte

Espejo y las pasiones de Carrión

El poeta y activista cultural Raúl Arias realiza una investigación acerca del estudio que efectuara Alejandro Carrión acerca de la obra de Eugenio Espejo; varias irregularidades se encuentran en la ‘particular’ visión de ‘Juan sin Cielo’. Esta es la segunda entrega del tema.

 
Por: Raúl Arias

Para mayor asombro...

Leí hace poco un escrito de Iván Egüez titulado Desventuras de un Ilustrado del siglo XVIII y de una liberanta riobambeña, en el volumen Aventuras de amor en nuestra historia, Colección Luna Tierna de la Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2002.

En el escrito de Egüez se observa claramente un continuismo incondicional a la interpretación de A. Carrión que acabamos de revisar, con un nuevo acuchillamiento al rostro, cuerpo y pensamiento de Espejo. De modo que, para quienes lo lean, el duende ya no tendrá “en el lado izquierdo de la cara un hoyo bien visible”, sino muchos hoyos y cicatrices.

No estoy en contra de que se hagan recreaciones imaginativas sobre el controvertido personaje de la pesadilla colonial, pero tampoco se pueden aceptar recreaciones sensacionalistas (sexacionalistas, sería mejor), hechas para un lector inadvertido y no exigente de un verdadero arte.

En resumen, Egüez realiza un despiadado desdibujo de Espejo. Sin previa reflexión sobre la permanente persecución que acosaba a Espejo, lo acusa de “convertirse en el moralista de un cuerno para acusar a María (Chiriboga) y su gallada, a María que, según el Juan sin Cielo de la mitad del siglo XX, era la Madame Bovary de los Andes”. Como se ve, la confesión es directa y sigue los pasos de Carrión, (a) Juan sin Cielo, y añade otros tintes y maquillajes hasta convertir a Espejo en “la obra maestra desconocida”.

Vayan más citas para que se vea que no exageramos en nuestro asombro. Después de tildarlo de “escritor contratado, esa pluma asalariada”, Espejo –escribe Egüez- “se arrepintió hasta la médula de haber dicho tantas pendejadas en la Defensa de los curas, que sabiendo... que era tan regia (María Chiriboga) por unos cuantos pesicos había perdido la oportunidad de ser amigo de ella, de gozar de sus favores como cualquier otra persona importante de la época. Se jalaba los pelos (Espejo), los cerdosos pelos de la cabeza, y los cuatro pelos que tenía como proyecto de bigote cerca de la comisura de los labios”.

Visión y sensaciones cargadas de un racismo embozado en un supuesto “arte” que resuena como un eco vergonzoso del racismo que ejercieron los españoles del siglo XVIII en América.

Toda creación artística contiene una intencionalidad ideológica, filosófica y aun política. Carrión y Egüez no pasan de celebrar las cualidades de “la hembra”, del “portento de mujer”, de la “liberanta” en una época de oprobio y atraso, donde las mujeres no tenían derechos. En el intento de tratar de fundir el agua y el aceite, de conciliar los extremos sociales a través de personajes contrarios, lo que obtienen los dos autores son “orgasmillos” literarios. No más.

El lector, si quiere acercarse a una figura compleja como la de Espejo, puede acudir a investigadores serios, entre los que podemos citar a Enrique Garcés, Leopoldo Benites Vinueza,Arturo Andrés Roig, Jaime Peña Novoa, Carlos Paladines, Samuel Guerra B., Philipe Louis Astuto, Reinaldo Miño, y otros, que en un esfuerzo sistemático (y no inspirados por unas lecturas “entusiastas”), han dejado en claro la vida y la obra del filósofo quiteño y luchador por la libertad de América. Es lo que hace falta, ya que “las otras historias” no son sino un fraude histórico-literario.


Carta a mi amigo Avispa

Quito, día y mes de todos los años.
Querido Avispa:

 
Por. José Villarroel Yanchapaxi

Le escribo desde la cafetería de siempre: la misma mesa (la del fondo), café cortado por medio y el cenicero a reventar de colillas de cigarrillos. Afuera un quiteñísimo sol equinoccial refulge entre las hojas de los árboles. Recuerdo que en tardes como ésta, solíamos ir al Café Amazonas para conversar sobre sus avatares con la caricatura y la pintura, de mi inquietud por la literatura, de lo podrido que está el sistema, del dolor de las madres y de los niños.

Confieso que echo de menos escuchar sus historietas salpicadas con el fino humor que usted siempre ha tenido a flor de labios (ningún caricaturista que yo sepa es amargado), de cómo se construye una basuca con un pedazo de PVC para ponerla un volador como proyectil y hacer retroceder a las fuerzas represoras, de su amistad con Milton Reyes, de cómo se golpea las estructuras del poder a punta de trazos y colores por lo cual tantas veces fue perseguido como en la época de la dictadura militar de los años 70 y que por esas cosas de la vida fue a dar por la centinela del Sur donde conoció a Isabel, a compañera de su vida.

Doy gracias a la vida como diría la poetisa Violeta Parra por transmitirme su fervor revolucionario, por desplegar su calor humano cual bandera roja que, seguro un día cobijará a los oprimidos del Ecuador y Latinoamérica a los cuales usted tanto ama y para los cuales realizó infinidad de caricaturas e ilustraciones para arrancarles una sonrisa y ayudarles a paliar en algo el hambre y la miseria.

Mientras le escribo, escucho un pasillo ecuatoriano, uno de tantos que cantábamos juntos con el poeta Alfonso Murriagui cuando nos agarraba la bohemia en nuestra oficinita de la Santa Prisca y la que cruza y me he entristecido. No se preocupe querido parcero Avispa, Usted sabe que el llamingo es de lágrima fácil; pero al escuchar al dúo Benitez y Valencia, me he puesto a pensar que usted como ellos, hace tiempo que vencieron a la parca, porque como alguna vez me dijo siempre ha estado cerca de ella, sobre todo por su militancia política de revolucionario y guerrillero convencido.

Tal vez esté pensando que los habitúes del café le han olvidado, nada de eso mi querido amigo, muchos de ellos me han preguntado por Usted y me han encargado de saludarlo. Déjeme decirle, a riesgo de parecerle impertinente, que aquí, todito el equipo del periódico Opción le extrañamos un montón en cada mesa de redacción, y nos hace falta que nos inquiete a tomarnos unitas de vino en cada cierre de edición.

De nuevo le doy gracias a la vida por permitirme gozar de su amistad, su solidaridad y lealtad sin tregua.

Le abraza desde el corazón de la memoria.

Fraternalmente su amigo

Llamingo

 

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