Para mayor asombro...
Leí hace poco un escrito de Iván Egüez titulado Desventuras de un Ilustrado del siglo XVIII y de una liberanta riobambeña, en el volumen Aventuras de amor en nuestra historia, Colección Luna Tierna de la Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2002.
En el escrito de Egüez se observa claramente un continuismo incondicional a la interpretación de A. Carrión que acabamos de revisar, con un nuevo acuchillamiento al rostro, cuerpo y pensamiento de Espejo. De modo que, para quienes lo lean, el duende ya no tendrá “en el lado izquierdo de la cara un hoyo bien visible”, sino muchos hoyos y cicatrices.
No estoy en contra de que se hagan recreaciones imaginativas sobre el controvertido personaje de la pesadilla colonial, pero tampoco se pueden aceptar recreaciones sensacionalistas (sexacionalistas, sería mejor), hechas para un lector inadvertido y no exigente de un verdadero arte.
En resumen, Egüez realiza un despiadado desdibujo de Espejo. Sin previa reflexión sobre la permanente persecución que acosaba a Espejo, lo acusa de “convertirse en el moralista de un cuerno para acusar a María (Chiriboga) y su gallada, a María que, según el Juan sin Cielo de la mitad del siglo XX, era la Madame Bovary de los Andes”. Como se ve, la confesión es directa y sigue los pasos de Carrión, (a) Juan sin Cielo, y añade otros tintes y maquillajes hasta convertir a Espejo en “la obra maestra desconocida”.
Vayan más citas para que se vea que no exageramos en nuestro asombro. Después de tildarlo de “escritor contratado, esa pluma asalariada”, Espejo –escribe Egüez- “se arrepintió hasta la médula de haber dicho tantas pendejadas en la Defensa de los curas, que sabiendo... que era tan regia (María Chiriboga) por unos cuantos pesicos había perdido la oportunidad de ser amigo de ella, de gozar de sus favores como cualquier otra persona importante de la época. Se jalaba los pelos (Espejo), los cerdosos pelos de la cabeza, y los cuatro pelos que tenía como proyecto de bigote cerca de la comisura de los labios”.
Visión y sensaciones cargadas de un racismo embozado en un supuesto “arte” que resuena como un eco vergonzoso del racismo que ejercieron los españoles del siglo XVIII en América.
Toda creación artística contiene una intencionalidad ideológica, filosófica y aun política. Carrión y Egüez no pasan de celebrar las cualidades de “la hembra”, del “portento de mujer”, de la “liberanta” en una época de oprobio y atraso, donde las mujeres no tenían derechos. En el intento de tratar de fundir el agua y el aceite, de conciliar los extremos sociales a través de personajes contrarios, lo que obtienen los dos autores son “orgasmillos” literarios. No más.
El lector, si quiere acercarse a una figura compleja como la de Espejo, puede acudir a investigadores serios, entre los que podemos citar a Enrique Garcés, Leopoldo Benites Vinueza,Arturo Andrés Roig, Jaime Peña Novoa, Carlos Paladines, Samuel Guerra B., Philipe Louis Astuto, Reinaldo Miño, y otros, que en un esfuerzo sistemático (y no inspirados por unas lecturas “entusiastas”), han dejado en claro la vida y la obra del filósofo quiteño y luchador por la libertad de América. Es lo que hace falta, ya que “las otras historias” no son sino un fraude histórico-literario.