CULTURA

Espejo y las pasiones de Carrión

El poeta y activista cultural Raúl Arias realiza una investigación acerca del estudio que efectuara Alejandro Carrión acerca de la obra de Eugenio Espejo; varias irregularidades se encuentran en la ‘particular’ visión de ‘Juan sin Cielo’, que era su seudónimo.

 
Por: Raúl Arias

Al leer La otra historia de Alejandro Carrión, “crónicas” publicadas en la Colección Básica de Escritores Ecuatorianos de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (1976), el lector inadvertido puede encontrar cierta agilidad narrativa y dejarse envolver por su poder de sugestión. Pero hay que anotar que estas elaboraciones seudo históricas del autor llevan datos e interpretaciones antojadizas y fantasiosas que distorsionan la verdad.

¿Debe aceptarse el sacrificio de la verdad histórica en aras de alguna “amenidad y agilidad” narrativa? Creo que no.Y es lo que ocurre con el trabajo de Carrión titulado Madame Bovary vivió en Riobamba, que consta en el volumen mencionado (p. 42 a 52).

Existen hechos y personajes controvertidos en nuestra historia, como es el caso de Eugenio Espejo, en quien desde su nombre provoca controversias, reparos y dudas, y para situarlos en sus múltiples dimensiones se requiere de un mínimo de honestidad intelectual y no de una “elaboración literaria entusiasta” que el mismo Carrión confiesa haber realizado con los textos de las Cartas Riobambenses del maestro Espejo. Recurriendo al arquetipo de la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary, y bajo el supuesto de recrear una historia concreta, Carrión confunde al personaje novelesco del autor francés con un personaje de la colonia española que vivió en Riobamba en 1787.

Carrión cree encontrar en la Madamita Monteverde de las Cartas Riobambenses el símbolo de una mujer “liberada”, que cuando aparece en su camino “el hombre de la alegría y el placer, el ansiado compañero para las amables locuras... puede dar rienda suelta a la jauría de los pesares” (La otra historia, p. 49).

Pero la historia fue muy diferente. La liberación de la mujer en la época colonial hay que analizarla en el contexto de la lucha de las clases oprimidas y no exhibiendo a un personaje que pertenecía a las clases dominantes y “rescatándolo” como ejemplo de una imaginaria liberación femenina.

Con la lectura de las Cartas Riobambenses, Carrión se sintió aguijoneado para encontrar en Madamita Monteverde a su Madame Bovary y endilgársela, bien contorneada y briosa, al lector que cruza inadvertido por el camino. Pero existen testimonios históricos incontrovertibles de que Madamita Monteverde, cuyo verdadero nombre fue María Chiriboga, y que tuvo amoríos con Ignacio Barreto, alcalde y comisionado de la Real Cobranza de Tributos, no fue ningún “ser angelical” como Carrión la describe.

“Pertenecía a una familia de alta alcurnia, económicamente poderosa. Era noble, era rica; inútil es decirlo: flores así solamente se abren en las alturas”, escribe Carrión en su “elaboración literaria”, poniendo al desnudo sus apetencias por los aristócratas riobambeños de la colonia.

Resulta odioso transcribir otros párrafos de su texto almibarado, por lo que pedimos al lector a que lo lea y busque también las Cartas Riobambenses de Espejo, y sobre todo su Defensa de los curas de Riobamba, donde están retratados con vivos colores y suficientes detalles los personajes motivo de la controversia. Así podrá resolver y desmontar por sí mismo la confusión creada por A. Carrión. Sin embargo, para realizar nuestro análisis, deberemos incluir algunas citas indispensables.

Refiriéndose a la vida en Riobamba, Espejo, en la carta tercera de sus Cartas..., hace decir a María Chiriboga: “Créeme que enRiobamba todavía están las costumbres a la romana... Un momento de pasear, de comer, de reír y de dormir alegremente lo tienen por pecado, por deshonor y por causa escandalosa”.

Esta murmuración la utiliza Carrión para “enriquecer” a su“Madame Bovary”. De la misma carta, Carrión usa otras frases y se sirve de ellas de la manera más antojadiza, como anotamos ya.

Después aparece el guapo de la película que va creando Carrión: “Se llama Vargas. ¿Quién era? ¿Qué importa? Era, simplemente,el destino”, fantasea Carrión. “Con él, perdidas la razón y la medida, se entregó a todas las locuras”, subraya. Aclaremos que el tal Vargas, bajo cuya denominación consta en las Cartas... de Espejo, corresponde a Ignacio Barreto, uno de sus enemigos mortales. Aclarados los personajes, señalemos que Espejo, en su Defensa...., informa acerca de las aventuras de Madame Bovary (perdón, María Chiriboga) con Ignacio Barreto, acompañándole en las cobranzas de tributos a los indios, presentándose en fiestas y corridas de toros. “Galopaban por el altiplano, entre besos y risas. Hacían excursiones a las haciendas, se detenían en las aldeas, bailaban en las posadas, bebían licores -¡ella bebía, lo que jamás hizo en Riobamba una dama!-, y la ciudad fue, a causa de ese vendaval súbitamente desatado, presa del escándalo, que la llevó hasta el nivel de las más altas ventanas” (La otra historia, p. 40). Barreto, como cobrador de tributos, fue un expoliador de los indios en la zona de Riobamba y según testimonio de Espejo en su Defensa.... “no se ha contenido en estos límites, y así posee hoy mucha hacienda en todo género de bienes de plata y oro; de mulas y caballos; de muebles raíces que ha tomado en arrendamiento en esta Villa y en el pueblo de Guano, donde hace negociación con la fábrica de bayetas y paños”.

En el pleito de los curas de Riobamba contra Ignacio Barreto y otros cómplices que actuaban con él, Espejo salió perjudicado. Se multiplicaron sus enemigos y conspiraron en su contra, entre ellos María Chiriboga, a quien encontramos en 1788 com “residente en el Real Monasterio de Religiosas de la Concepción de Nuestra Señora”, no apaciguada como podría pensarse, sino lanzando venenosas acusaciones contra Eugenio.

Transcribo el texto del juicio que María Chiriboga entabló contra Espejo en 1788 y donde se ve claramente que no fue un ser dulce ni magnánimo, ni “una flor contra el mundo” como la llama Carrión:

Nueva petición de María Chiriboga y Villavicencio para que Fray del Rosario declare con juramento sobre el mal origen de Eugenio Espejo, mayo 27 de 1788.

Señor Presidente, Gobernador y Comandante General.

Doña María Chiriboga y Villavicencio, mujer legítima de don Ciro de Vida y Torres, vecina de la villa de Riobamba y residente en el Real Monasterio de Religiosas de la Concepción de Nuestra Señora, ante Vuestra Señoría, como más haya lugar en derecho, comparezco y digo: Que el Reverendo Fray José del Rosario, Betlemita, a solicitud mía informó a este Gobierno con fecha dos de diciembre del año próximo pasado, sobre la mala calidad y cuna vergonzosa de Eugenio Espejo, y añadió la expresión de que en cuanto a las demás circunstancias suyas no podía exponerlas por no hallarse precisado bajo la religión del juramento. Esto alude necesariamente al intento con que en el otrosí de mi anterior escrito procuré que un sujeto tan recomendable por su virtud, talento y estado, manifestase a Vuestra Señoría lo que el trato o correspondencia epistolar que (como amo del indio Luis Chusic, padre legítimo de Eugenio mantuvo un tiempo con éste) le había hecho advertir acerca de su mala fe y propensión a murmurar de los superiores, y lo que es peor todavía contra las respetables providencias del Gobierno de la Monarquía.

El Reverendo Padre Rosario por un efecto de su moderación calló sin duda lo que conviene entienda Vuestra Señoría y los demás Señores Ministros que gobiernan este Reino, a fin de graduar y conocer a fondo la pésima conducta del más pernicioso de sus habitadores, mayormente cuando como haré ver en el escrito que acompaña al presente, es Eugenio Espejo sospechoso de delitos poco comunes. En esta virtud, se ha de servir Vuestra Señoría mandar que procediendo oficio político verbal al Rev. Padre Prefecto o Presidente del Hospital Real de Betlem, para que en calidad de prelado suyo, permita la declaración que solicito del R. Padre Rosario, diga este religioso bajo juramento y con la mayor individualidad todo lo que ordene a la inclinación o censuras y hacer peligrosas invectivas contra el Supremo Ministerio, o contra los demás Superiores, hubiere notado y talvez corregido sin fruto en Eugenio Espejo, y que fecho se me entregue original, para los efectos que me convengan, pues protesto llevar mis recursos hasta el trono del más justo de los Reyes”. (Revista del Museo Histórico del Municipio de Quito).

He aquí a la Madamita gentil y “divina dama” que pretendió rescatar Alejandro Carrión. Encontramos que es una aristócrata con odios profundos, empeñada en demostrar “la mala calidad y cuna vergonzosa de Eugenio Espejo”, en complicidad del cura José del Rosario y multitud de burócratas del engranaje colonial. Espejo, mientras tanto, en octubre de 1787, se encuentra en prisión, acusado de conspirador, escritor peligroso y perturbador del orden público. Más de veinte testigos, todos de la argolla del poder monárquico y la mayoría emparentados con María Chiriboga, declararon en el juicio seguido a Espejo. Hernán Rodríguez Castelo ha aclarado otro desacierto de Alejandro Carrión, cuando éste se suma con ligereza a la afirmación “certera” de Gonzalo Rubio Orbe de que las Carta Riobambenses constituyen “la primera novela ecuatoriana”. “Las cartas riobambenses son un panfleto más de Espejo empeñado en la defensa de los curas de Riobamba”, subraya Rodríguez.

Samuel Guerra Bravo, por su parte, estima que las Cartas constituyen “la obra más satírica que conocería el siglo XVIII quiteño” y critica que algunos intelectuales las tengan “exclusivamente como un libelo infamatorio contra María Chiriboga, una mujerzuela riobambeña de noble nacimiento, descuidando los aspectos socioculturales y descuidando –lo que es más grave- la significación política y el valor estratégico que, indudablemente, guarda la obra. Ante todo, Cartas... está íntimamente ligada a Defensa...-como lo demuestra toda la obra y, en forma más directa, la carta primera- y representa el punto más crucial al que había llegado el enfrentamiento de Espejo contra los burócratas riobambeños. (En Espejo: conciencia crítica de su época. Edic. Universidad Católica. Quito. 1978) Y es que la historia debe ser investigada e interpretada con solvencia y no servir para pasatiempos entusiastas como los que practicó Alejandro Carrión.

Por esto resulta paradójico y grotesco que el Premio EUGENIO ESPEJO haya sido otorgado en 1986 por León Febres C. a Alejandro Carrión, cuando éste ha realizado un acuchillamiento “entusiasta” del ilustre duende quiteño, deformándole y enalteciendo a sus encarnizados enemigos.

Esta clase de corrupción no es nueva en nuestra república, pero debe ser registrada en la historia.


El clásico del pandillero

 
Por. José Villarroel Yanchapaxi

Aquel día del clásico del pandillero Emelec-Barcelona en el estadio Capwell, Canal 1, transmitió la “previa” por cerca de dos horas. Otro periodista deportivo del canal de la competencia, caldeó subliminalmente los ánimos de los hinchas al comentar que hace fechas los equipos de la Sierra andaban por encima de los clubs porteños, sacando a relucir su regionalismo.

Preferí escuchar por radio la transmisión del partido. Como siempre, tuve que aguantarme a los periodistas deportivos faltos de creatividad e imaginación utilizando un léxico guerreador, nada futbolístico, como: bazucaso, disparo, misilazo, balazo, etc, etc. ¡Bien haría la Asociación Ecuatoriana de Radiodifusión AER organizando un cursotaller de enriquecimiento del vocabulario de sus miembros!

Al minuto seis del segundo tiempo se sobrevino el infiernillo. Hinchas barcelonistas destrozaron todo lo que encontraron a su paso. El Presidente del Barcelona afirmó: “Son delincuentes infiltrados disfrazados con la camiseta canaria. De lo sucedido, somos culpables todos”, y me acordé de la muletilla acuñada por el PSC cuando la crisis política del paisito. El Comandante de Policía del Guayas declaró: “Agradezcan que no hubo muertos”, como excusa a la ineficacia de los uniformados destinados para el operativo de seguridad.

Tal vez lo ocurrido en el clásico del pandillero, sea una respuesta de la ciudadanía a la falta de una política de seguridad estatal, a esa camarilla de dirigentes y periodistas deportivos ególatras y alcahuetes que se hicieron de la vista gorda (por no perder sus privilegios y la invitación a los viajes acompañando a la selección), ante los hechos de coyoterismo ocurridos al interior de la Federación Ecuatoriana de Fútbol y que pretenden pasar por alto que su Presidente, Luís Chiriboga Acosta, no a hecho pública la lista de quienes viajaron con la selección ecuatoriana. Aquellos, no ven la hora de que empiece el Mundial Alemania 2006 para que la afición se olvide de la estafa, y ponerle tierra al asunto.

Confieso que he dejado de asistir a los estadios porque no quiero ser víctima de la ira de la Muerte Blanca de la LDU de Quito, de la agüita amarilla y de la funda de estiércol humano de las barras: Sur Oscura del Barcelona o la Boca del Pozo del Emelec, del mal oliente perro muerto de la LDU de Portoviejo, de las repetidas mentadas de madre, de exponerme a que cuando el árbitro dé el pitazo final, la turba del equipo perdedor me caiga a quiños, sin respetar que vista la camiseta verdeamarilla del equipo de mis amores, el desaparecido Deportivo Saquisilí, sobretodo si ando acompañado por mi mujer y mi guagua.

Los periodistas deportivos dirán que no soy un buen hincha (eso me tiene sin cuidado), que un hincha debería ir religiosamente domingo a domingo al estadio, pero tampoco estoy dispuesto a pagar una entrada para que me maten de gratis, de lo contrario tendría que comprarme una suite o un hueco para que me entierren.

Tal vez cuando en el Ecuador se organice un verdadero campeonato nacional en el que intervengan equipos de las cuatro regiones de la patria, cuando él fútbol vuelva a ser un encuentro de caballeros que jueguen por el placer de jugar (no por el vil metal) y se den la mano sea cual sea el resultado, consideraré regresar a los estadios. Hasta entonces, los fines de semana pasaré en familia, leeré un buen libro y jugaré un partido de futbolín con los panitas de Sangolquí, apostando los hornaditos.

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