Apartir de octubre, los amaneceres
son tempranos, de allí que los rayos de sol
en la Amazonía ya alumbran casi plenamente
a partir de las 05h30... Entonces hay que levantarse
pronto para alcanzar el primer bus que sale rumbo
a la zona conocida como los Tetetes; el bus salió
a las 06h45, quince minutos más tarde de
lo previsto.
La carretera de Lago Agrio
con rumbo a Tarapoa ya se encuentra pavimentada,
pero luego de cinco minutos se inicia un camino
lastrado. Luego se atraviesa el centro poblado denominado
Dureno (zona del pueblo Cofán); se pasa por
lugares donde están presentes las instalaciones
de Petroproducción. El bus cruza por la singular
y llamativa Guarapera (lugar de recreación
popular), un sitio donde se muele caña y
se obtiene un rico jugo para calmar la sed y apagar
el calor.
Una anécdota muy hermosa
de este lugar es que si los visitantes desean refrescarse
con el jugo de caña, se lo puede hacer siempre
y cuando el caballo que mueve el trapiche quiera
trabajar, pues el caballo exige primero su parte
para seguir moliendo...
Travesía y las
primeras familias
De manera inmediata se debe
pasar por el destacamento militar Cooper, donde
se revisan papeles; luego de este requisito ya podemos
decir plenamente que estamos en los Tetetes. Los
movimientos y sacudones del vehículo continúan
el resto del tiempo hasta llegar donde esperan a
OPCIÓN.
Transcurrida hora y media,
llegamos. Mi guía sube al vehículo
y dice que sigamos hasta la Chone, donde intentamos
hablar con uno de los habitantes más antiguos
de la zona. Llegamos a los Tapis, a la casa del
Sr. Jiménez, quien nos recibe amablemente
e iniciamos una corta conversación, pues
él está ocupado trabajando en arreglar
un vehículo que ya necesita mucho mantenimiento...
Al referirse a los primeros que llegaron a esta
tierra, manifiesta que “los primeros colonos
que llegaron fueron los Buenaño, Alvarado
y Jiménez, quienes llegaron muy jóvenes
(1980), y otros con sus familias, todos con una
maleta de ilusiones, pues eran ‘las nuevas
tierras’, eran las tierras ‘baldías’
”.
Jiménez nos cuenta que
vivía antes en Santo Domingo de los Colorados
y llegó en busca de nuevos días, hace
26 años; en esos momentos el precio del café
había subido y les informaron que había
tierras “sin dueños” en el Oriente.
Llegaron luego de que se había abierto una
carretera.
Sembraron principalmente café
y algo para su sustento (yuca y verde). Al inicio
la cosecha y la venta de café fue buena,
y se vivía bien. “Hubo otras personas
que vinieron como hace 30 años y nos decían
que la vida al inicio fue difícil, pues para
llegar había una trocha que la había
realizado el Cuerpo de Ingenieros del Ejército
antes de la carretera; la vía llegaba a Dureno,
de donde tenían que emprender una caminata
que duraba más de doce horas hasta la zona
hoy denominada Tapis”, nos comenta Jiménez,
y continúa: “los fundadores se fueron
de esta zona, y los pocos que estamos nos quedamos
porque nos ‘enfamiliamos’, y porque
en algo mejoró el precio del café.
Pero los que llegaron luego
y los antiguos tenemos ganas de irnos porque el
precio del café no ha subido como pensamos,
hoy el quintal se compra a 8 dólares; la
dolarización redujo el comercio con Colombia.
Otra causa que nos desilusiona es el Plan Colombia,
en especial las fumigaciones; esto afectó
a plantas, animales y personas; al café le
cayó una como polilla, se caen las pepas;
el maíz se dañó, aparece como
sancochado”.
Jiménez sigue con su
testimonio, y se le nota un tanto desconsolado:
“No tenemos agua potable, ni energía
eléctrica, la caza ya casi no existe, la
pesca igual. La gente sigue tumbando árboles
para vender la madera...”Y así, algo
apesadumbrados y nostálgicos por la realidad
de la zona, finalizamos la conversación.
Regresando por la vía,
atravesamos por un costado de la estación:
es Tetetes, de Petroproducción, lugar de
trabajo de algunos obreros petroleros tercerizados
que viven en la zona durante muchos años.
Pese a la gran deforestación que existe y
las fumigaciones, todavía se encuentra mariposas
que por sus mezclas de colores realmente impresionan
y aves que llaman la atención; allí
encontramos un pequeño colibrí, agotado
y tierno, en manos de una persona que se movilizaba
por la zona y lo protegía.
A continuación llegamos
a la casa de César Proaño, un manabita
que llegó a los 21 años, hoy tiene
43, él dice que cuando llegó ya había
un pozo petrolero perforado... (Este relato continuará...)