La UE busca ahora legitimar el Pacto constitucional
Editorial de Gara
La Constitución Europea aprobada in extremis en la cumbre de Bruselas es el
resultado de un muy difícil equilibrio entre diversos bloques de poder y en
muchos casos contrapuestos intereses económicos. Por ello, el texto finalmente
aprobado es más un pacto entre estados que un texto constitucional que responda
a una auténtica unidad política. Y por ello también, muy pocos entre los propios
negociadores pueden sentirse satisfechos del resultado. A pesar de ello, y tras
dos años de batallas prácticamente limitadas al reparto de poder en la toma de
decisiones de la «nueva» Unión Europea, se abre ahora un periodo en el que, al
parecer, los estados mostrarán por primera vez un cierto interés en informar a
la ciudadanía. Un interés que, sin embargo, está viciado por el objetivo, que no
es propiciar la participación por derecho propio de la ciudadanía, sino
conseguir una legitimidad de la que carece el pacto alcanzado entre los estados
pertenecientes a la Unión.
El déficit democrático de la UE, demostrado rotundamente en las urnas el pasado
13 de junio, no se va a ver resuelto con el modelo que impone la Constitución
que ahora toca ratificar. Un modelo descaradamente neoliberal, con un
funcionamiento antidemocrático en la elección de responsabilidades, que da más
protagonismo que nunca a los estados sin referencias a otras realidades como las
regiones y los pueblos... y con muy escasos avances, como lo es la posibilidad
de que un millón de ciudadanos puedan realizar propuestas a la Comisión,
totalmente insuficientes para dotar de espíritu democrático al texto
constitucional. Ni siquiera la Carta Europea de Derechos Fundamentales, aprobada
a finales del año 2000 en Niza, y que algunos quisieron considerar el embrión de
la nueva Constitución, dota de garantías a los ciudadanos y ciudadanas de la
Unión, ya que no pasa de ser una declaración de mínimos.
Los trabajos de la Convención, cuyo máximo órgano, el Presidium, ha sido ejemplo
de opacidad y secretismo, han desembocado en un texto que se limita a adecuar la
nueva estructura de la UE al reparto de poder. Ahora, empezará una loca carrera
que puede durar otros dos años, para conseguir su ratificación. Tarea que
debiera realizarse a través de referéndum en todos los estados miembros, aunque
ni siquiera así se garantiza el carácter democrático del proceso. Al fin y al
cabo, se trata de decir sí o no a un texto cerrado que ha cortado el paso a la
ciudadanía y a los pueblos.