DOS VARIANTES DE UN “PENSAMIENTO
ÚNICO”
(Con motivo del 25 de
noviembre....)
Por: Carmen García
Palomo
Tte. Alcalde de Mujer, Juventud y Empleo
del Ayuntamiento de Córdoba
Diario de Andalucía/
25.11.99
Ojalá llegue el día en el que no haya “celebraciones” como
las de hoy. Desear eso es tanto como apostar por un mundo más justo,
donde ningún ser humano se considere dueño y señor
de otro.
Desde determinados ámbitos se habla y escribe, en unos casos a favor
y en otros en contra, sobre el neoliberalismo y su “pensamiento único”
asociado. Los que se muestran a favor de sus postulados defienden
una economía donde prime ante todo el libre mercado y la responsabilidad
individual, como corolario de éste, y los que están en contra
preconizan una responsabilidad pública compartida con la individual,
al tiempo que se esfuerzan por recuperar el valor de conceptos como igualdad,
solidaridad y justicia social.
Sin embargo, existe otro PENSAMIENTO ÚNICO con mayúsculas,
el más antiguo y enraizado a lo largo de la historia, el que considera
que todo lo que suene a masculino y hombre, es superior a lo que rodea
a los términos de femenino y mujer. Aquél que establece
unos patrones únicos que sirvan para medirnos a todas las personas
con idénticos parámetros: a las mujeres se nos valora en
función de que nuestros comportamientos sean similares a los
masculinos; se nos ignora en un lenguaje que no admite cambios sobre
la base de un sistema ”universal” establecido por los hombres; a nuestra
lucha, denominada feminismo, sinónimo de lucha por la igualdad,
se la compara con machismo que supone “poder sobre otra”; nuestras
muertes (se producen muchas más muertas víctimas como consecuencia
del TERRORISMO DOMÉSTICO –otro concepto a poner con letras mayores-
que del terrorismo del que se hacen eco los medios de comunicación
y los políticos) no provocan crisis de Estado...
En torno a este otro PENSAMIENTO ÚNICO con mayúsculas curiosamente
no hay tantas divergencias, probablemente porque afecta a lo más
profundo de nuestra formación, de nuestra ideología, de nuestras
creencias. En su materialización social, ambos tipos de “pensamiento
único” se mezclan y yuxtaponen. El primero, el asociado con el neoliberalismo,
nos condiciona a todos, hombres y mujeres, en lo que se refiere a nuestra
realización como personas, proporcionando cobertura ideológica
al hecho de que partamos de una línea de salida diferente, dependiendo
de nuestro nacimiento y de nuestra posición socioeconómica.
El segundo, al que hemos caracterizado con letras capitales, se ceba en
todas las mujeres (que, en definitiva no representamos sino algo más
de la mitad de la población mundial) aunque sus efectos son peores
cuando se padecen los derivados del triunfo social del primero. Ambas variantes
del “pensamiento único” se encuentran avaladas por una ideología
y una base socio-cultural que antepone el individuo a la sociedad, magnificando
los ideales de realización personal hasta imponerlos sobre los proyectos
colectivos, y que postula la responsabilidad individual frente a la colectiva,
compartida entre individuo y Estado, despreciando la obligación
de cualquier sociedad democrática de ofrecer igualdad de oportunidades
a todas las personas.
La expresión más extrema del “pensamiento único” a
secas es el paro, la miseria y la exclusión. La expresión
más extrema del otro, del remarcado con mayúsculas, es el
maltrato, la humillación y los abusos que sufren y padecen tantas
y tantas mujeres, pero de esto precisamente no quiero hablar hoy. Este
día hoy merece mi silencio: quedan trescientos sesenta y cuatro
días más para rebelarnos.