Sobre el pensamiento filosófico y lo femenino....
INTRODUCCION AL VOLUMEN
FILOSOFIA Y GENERO. IDENTIDADES
FEMENINAS
Por
FINA BIRULES
En este volumen se ha convocado
a voces diversas, plurales, con el animo de reflexionar acerca del nexo
entre el pensamiento
filosófico y lo femenino.
Aunque evidentemente a lo largo de la historia de la filosofía constatamos
la presencia de imágenes de lo
femenino -incluso, en la
pasada década, cierto pensamiento “postmoderno” ha identificado
la critica a las modernas aspiraciones de la razón con una suerte
de reivindicación de los valores asociados a la feminidad-, cabe
afirmar sin temor a equivocarse que las
imágenes de “lo femenino”,de
“lo otro”, que el filosofo invoca, tienen poco o casi nada que ver con
las mujeres concretas y todavía
menos con lo que las mujeres
filosofas hayan pensado o hayan podido pensar. Como sugieren Georges Duby
y Michelle Perrot es incluso posible que la profusión
de estas imágenes sea proporcional a la retirada efectiva de las
mujeres.
De este modo, parece que
una primera y legitima aproximación al tema debería consistir
en realizar una critica a la concepción
androcéntrica de
la razón dominante en la Historia de la filosofía occidental.
Tal enfoque, que también tiene cabida en este libro a
través de la aportación
de Celia Amorós, “Feminismo, Ilustración y misoginia romántica”,
sobre todo en su segunda parte, no es, sin embargo, el que prevalece en
el conjunto. De hecho, los textos que presentamos, además de hablar
desde distintos lugares y de
expresar voces diversas,
deben situarse en el marco común para el que fueron escritos: los
artículos de Celia Amorós, Françoise
Collin y Luisa Muraro tienen
su origen en las conferencias pronunciadas entre los meses de febrero y
abril de 1992 en la Facultad
de Filosofía de la
Universidad de Barcelona por invitación del “Seminario Filosofía
y Género”; los de Mercè Otero y Rosa Rius han
sido escritos especialmente
para este volumen, pero son al mismo tiempo un reflejo de las actividades
investigadoras de este
Seminario de cuyo equipo
forman parte sus autoras
El Seminario
Filosofía y Género agrupa a investigadoras e investigadores
en Filosofía y Filología con el objetivo, no tanto de
analizar lo que los filósofos
han escrito acerca de las mujeres (de hacer un recuento de las “perlas
misóginas”), como de recuperar
y estudiar los textos donde
se manifiesta la producción filosófica de las mujeres y,
en el mismo gesto, examinar y reconsiderar los
criterios de la hermenéutica
filosófica -tradicionales y actuales-, sobre la base de categorías
como las de género, feminidad,
diferencia...
Las paginas que siguen pueden
entenderse, pues, como contribución a este proyecto de reconstruir
la historia de las
mujeres filosofas, a la
vez que como expresión de algunos de los debates por los que un
proyecto de este tipo debe
necesariamente transitar.
Debates necesarios porque la historia de las mujeres no es simplemente
una perspectiva mas, no es una
perspectiva entre otras
después del tan celebrado “final de la historia” .
Al presentar los textos editados,
he utilizado expresiones tales como “género” o “reconstrucción
de la historia de las mujeres
filosofas” como si no fueran
problemáticas o conflictivas y, sin embargo, lo son. Empecemos por
la primera de ellas. El término
“género” designa
división sexuada y ha constituido la vía a través
de la cual los estudios sobre la mujer han entrado en “la
academia” sin el “molesto”
aguijón de la lucha feminista. De este modo, el término parece
indicar seriedad, rigor..., y como se ha
dicho en Francia, se trata
de una suerte de “hoja de parra” que oculta mucho mas de lo que muestra,
con lo que ha devenido un
“cajón de sastre”
en el que cabe casi todo. Sea como fuere, la expresión “sistema
sexo/género” fue utilizada por primera vez por la
antropóloga norteamencana
Gayle Rubin para indicar el conjunto de operaciones mediante las cuales
una sociedad transforma la
sexualidad biológica
en productos de la actividad humana. De este modo, y como afirma Joan Scott
, el término género ha pasado
a indicar la cualidad fundamentalmente
social de las distinciones basadas en el sexo y a resaltar todos los aspectos
relacionales
de las definiciones normativas
de la feminidad. Con lo que el uso de este término parece situar
a quien lo utiliza en uno de los dos
lados del debate que, a
menudo, se halla detrás de las diversas controversias que recorren
los discursos feministas de los últimos
años y que se puede
sintetizar -de forma esquemática- a través de la pregunta:
hay que entender lo femenino en términos de
construcción social
o bien hay que hablar de una esencia femenina -definida biológica
o filosóficamente?
A pesar de que tal debate
ha sido productivo y ha abierto nuevos campos de reflexión, cabe
sospechar que solo lo ha sido a raíz de
sus exageraciones y que,
planteado en términos de disyunción excluyente, no agota
todas las vías desde las que pensar la obra y
la palabra de las mujeres
en el pasado. Quizás en un proyecto de reconstrucción de
la historia de las mujeres filosofas haya que
adoptar una solución
de compromiso, como la sugerida por Teresa de Lauretis que propone
interrogarse acerca de las relaciones
mantenidas por las mujeres
reales -en tanto que agentes históricos- con el concepto normativo
de “Mujer, producto del discurso
hegemónico. Esto
es, mas allá de intentar dar respuesta a la pregunta “qué
es una Mujer?” de lo que se trata es de dejarlas hablar
para que nos digan “quiénes”
son o quiénes eran. Y ello no solo porque a las mujeres se les ha
impuesto el silencio y se las ha
excluido, sino también
porque la construcción del género es al mismo tiempo el resultado
de un proceso de representación y de
autorrepresentación.
Encarémonos ahora
con la segunda expresión conflictiva: "reconstruir la historia de
las mujeres filosofas". Una pregunta parece
asaltarnos de inmediato:
no seria mas pertinente, para el caso de las mujeres, hablar de ausencia
de tradición, de tradición adversa o incluso de exclusión
o de imposición de silencio? Al menos en un sentido, a tal interrogante
podemos responder con una
negación. No quiero
decir con ello que haya que negar el proceso de exclusión de las
mujeres o su histórica discriminación, sino
que, conjuntamente al necesario
trabajo de deconstrucción, es posible realizar un trabajo constructivo.
Ciertamente el proceso de
exclusión ha determinado
no solo la escasez de la obra filosófica femenina, en comparación
con la masculina, sino también su falta de transmisión. Este
ultimo aspecto me parece significativo: cualquiera que se dedique con suficiente
ahinco a escarbar en el
pasado filosófico
de Occidente hallara con sorpresa muchos mas textos y fragmentos escritos
por mujeres de los que hubiera
imaginado. Así, y
en la medida en que no se ha concedido autoridad ni sentido a las acciones
y a la palabra de las mujeres, no se
trata únicamente
de recuperar el pasado sino, a la vez, de descubrir nuevas formas de relacionarse
con el. Lo cual indica que, con
respecto a la história
de las mujeres, el trabajo constructivo deberá pasar por un aferrarse
a la transmisibilidad, desde una decidida
apuesta por el indicio y
por el fragmento.
Al igual que en el caso de
cualquier pasado humano, tales fragmentos formaban parte de un mosaico
que nunca podremos
contemplar en su totalidad;
sin embargo, y como sugieren las palabras de Hannah Arendt que encabezan
este libro, puede que se
trate de descubrir “las
perlas y el coral”, de dar con aquellos fragmentos del pasado que, arrancados
de su contexto y reordenados,
tengan el vigor de los pensamientos
nuevos y, por tanto, tengan fuerza en el presente .
Se podría pensar que
esta manera de relacionarse con el pasado histórico de las mujeres
no es mas que un intento de hacerse con un pasado cómodo, de hacerse
un pasado “a la medida” de nuestro proprio presente. No obstante, como
ya decía antes, la
propuesta debe posibilitar
la transmisibilidad -aquél dejarlas hablar para que digan quienes
eran - pero, al mismo tiempo, y puesto que la Historia no es
solo una ciencia sino también una forma de memoria, ha de iluminar
nuestra identidad presente, quiénes
somos. Si la cuestión
no es qué somos, sino quiénes somos, entonces nuestra identidad
depende en gran medida de lo que
seamos capaces de hacer
con nuestro pasado. Y, por tanto, frente a la pregunta "quién eres?"
hay que adoptar la actitud del
personaje de Karen Blixen
que contestaba: “Permítame... responderle en la forma clásica
y contar una historia”
La identidad así lograda
es frágil: depende al mismo tiempo de la visibilidad -en el ambito
publico- de nuestras acciones y de la
persistencia del transmitir,
del propio acto de relatar. Tal identidad dificulta, pues, la tentación
de substraerse a la heterogeneidad, a la contingencia, al estar con las
otras/os; excluye la uniformizaron, en cualquiera de los posibles sentidos
del término. Puesto que
la trama del relato confiere
unidad e inteligibilidad a “aquello que de otra manera seguiría
siendo una secuencia insoportable de
meros acontecimientos” ,
sin intentar definirlos. Nuevos fragmentos del pasado nos obligaran necesariamente
a re-pensarnos, a
modificar el relato.
Pero nuestra identidad no
depende exclusivamente de la capacidad que mostremos para re-apropiarnos
del pasado, no solo nos
medimos con los fragmentos
de lo “ya sido”, sino que, gracias al rodeo de la narración, expresamos
también lo que “todavía no es”.
Es decir, en el mismo gesto
nos decimos a nosotras mismas por la mediación de un relato de como
han ocurrido las cosas y de
como nos gustaria que fuesen.
Desde este punto de vista, quizás no tenga nada de contradictorio
afirmar que las mujeres, en cierto sentido, debemos entrar en el futuro
retrocediendo.
BIRULÉS, Fina (ed.),
Filosofía y Género. Identidades femeninas
Pamplona, Pamiela. 1992,
con la colaboración de la Facultat de Filosofia de la Universitat
de Barcelona.