Un ángel muy particular
VICTORIA ALDUNATE
Yo pensaba que le estaba mostrando la vida, que las cintas que le prestaba y
las películas que veíamos y luego comentábamos caminando
por la Costanera o tomando un café, le enseñaban por primera vez
el mundo. Creía que era algo así como su mentora, su maestra,
y eso alimentaba mi ego. Porque debo reconocer que el noventa por ciento de
los comentarios eran míos; yo me lo hablaba todo, y lo que le decía
me energizaba, viéndola tan atenta cuando me escuchaba; su mirada, su
sorpresa. A pesar de todos mis infortunios, volvía a mi casa radiante
y feliz. Nunca como entonces mi yo se sintió más seguro. Todos
los miércoles me levantaba de la cama donde me tenían mis depresiones,
solo para encontrarla en el cine. Al principio no sabía si iba a tener
suerte, pero al cabo de tres semanas supe que ella ya no iba a faltar a esos
encuentros.
Así fue durante un año entero, en que no falló jamás. Un año en que quizás envejeció, a pesar de sus veinte años. ¿Acaso estuve equivocada en ayudarla a que abriera los ojos? ¿Para qué lo hice?, me digo. A lo mejor fui yo la engañada, pensando que ella estaba siendo mi obra cuando en realidad soy yo, hoy, la obra de ella.
La conocí en el cine, en el
mes de septiembre, poco después de que se abriera un Multisalas en Puerto
Montt. Ella nunca había ido al cine. Venía del campo y era bastante
rústica, con un aire de chileno-alemana; una huasa deslavada, las manos
ásperas, ropa anticuada, y el pelo recogido descuidadamente en una tiesa
cola de caballo.
Yo, en cambio, soy lo que suele decirse una mujer "producida", pero
nunca le sugerí a ella que usara champú, o le propuse "juna
crema reparadora o un bálsamo para las manos. En ese tiempo no quería
cambiar el destino de nadie, ni siquiera el mío. Jugaba el tonto juego
de ver quién ganaba si ella llegaba a darse cuenta de que podía
mejorar su apariencia. Siguió durante un tiempo con su look de niña
de campo, hasta que se cortó el pelo y comenzó a lucir como la
Mia Farrow en John and Mary. Yo le había prestado esa película
mucho antes de eso, pero no creo que lo haya hecho por esa razón, porque
no tenía ni un ápice de vanidad mujeril y creo que si lo hizo
no fue por la Mia Farrow, ni por Dustin Hoffman, ni por verse mejor, sino por
sentirse más cercana a lo que terminó siendo.
Nosotras dos debemos haber sido un par de mujeres muy raro en la ciudad, en
la que todas las minas van teñidas de rubio aunque sean morenas, y donde
las señoritas y las sureñitas nunca se ven mezcladas entre ellas,
aunque las últimas también anden tras el rubio ya pasado de moda
tipo Brigitte Bardot. La verdad, jamás nos habríamos conocido
en otras circunstancias. Esa vez vino a la ciudad solo porque sus deseos de
conocer el cine eran muy fuertes.
Es extraña e impredecible la vida. Yo jamás le habría contado mi vida a una muchacha con esa pinta, nunca le habría respondido más que monosílabos, con esa mirada clasista que manejo tan bien y que me sirve para tomar distancia cuando no quiero relacionarme con alguien. Ese día, en el cine, no le habría dirigido la palabra si no hubiera sido porque estaba pasando por un periodo maldito en mi vida. Ella había viajado especialmente para conocer la Multisala, y yo, al lado suyo, había llorado en una butaca toda la trama de Cuando Harry conoció a Sally. Esa semana pasaban una retrospectiva de comedias románticas, y Meg Ryan, en aquel momento, y para suerte mía, estaba llorando también, acostada en una cama, luego de que Billy Cristal la había abandonado tras una noche juntos. Yo pensaba que nadie me vería llorar y que si me veían, lo iban a atribuir a la emoción de la película. El problema es que los protagonistas ya estaban haciendo las paces en la fiesta de Año Nuevo para solteros, y yo seguía llorando a mares. Había llegado hasta allí no sabía ni cómo ni para qué, si esa película yo la tengo entre mis cintas y la veo cuando quiero. Tenía que respirar, creo que algo así me dije cuando salí de mi casa. Ella se dio cuenta y como era un alma noble se acercó a mí en el baño, donde yo me había encerrado y continuaba con mis gimoteos sentada en la tapa del water. Golpeó la puerta y me dijo: "¿Puedo ayudarla en algo, señorita?". La frase me hizo recordar cuando Glenn Ford le hace la misma pregunta a la Rita Hayworth, solo que en este caso era una mujer la que interrogaba. Traté de evocar una situación parecida en alguna de esas películas de avanzada sobre lesbianas que ahora exhiben en los canales del cable, pero no me acordé de ninguna, y a pesar de mis moquilleos no pude evitar reírme. Antes de abrir la puerta, pensé en la Frida Kahlo o en la Janis Joplin en The Rose, y en sus amores lésbicos poco confirmados. Cuando salí la vi. Me sonrióy se apresuró en pasarme una larga tira de papel Confort. Se lo agradecí, le pregunté su nombre y me lo dijo. Pero no lo voy a decir ahora, porque no es el que ella hubiera querido que yo diga; le dije el mío y salimos juntas.
Es increíble, pero le conté sin reservas lo que me pasaba. Abandonada por mi amante, el cafiche más caro que me haya tocado en la vida; un tipo casado, diez años mayor que yo. Supervisor en una de las pesqueras, sin éxitos económicos a la vista, en rigor bastante fracasado -ni auto nuevo tenía-. Yo hice en todo la vista gorda a partir de una calidez que me seducía, de la sonrisa con que me hablaba y de la pasión con que me hacía el amor, ¡si hasta parecía que me amaba!, y que me quieran, lo confieso, me desarma.
Me enamoré. Me dijo que nos fuéramos juntos a otra ciudad, porque su esposa nunca lo iba a dejar; yo accedí a vender mi departamento y mi auto comprado en cuotas gracias a mi sueldo de ingeniera en acuicultura. El se llevó la plata y volvió con su mujer. Me quedé derechamente en la calle. Lo único que pude recuperar fue mi empleo, porque en la empresa donde trabajaba no tuvieron problemas en recontratarme, lo que me permitió tener plata en el bolsillo para sobrellevar mi depresión.
Vino desde entonces cada miércoles.
En un principio no la sentía todavía como una amiga, solo una
persona que tenía algo que me fascinaba y que yo no lograba definir,
aunque tampoco me esforzaba por descubrir. Ahora pienso que era como cuando
una película comienza y la presentimos exótica e inesperada. La
misma ansiedad ante los inicios de una historia que puede llevarnos a donde
sea, porque la fantasía no tiene límites. Sentí que ella
tenía algo de esa fantasía, o que acaso era una suerte de espejo...,
donde tal vez yo podría verme por fin.
No era una campesina típica. Al contrario, tenía más lecturas
que las que uno pudiera imaginar. Conocía el mundo por los libros: los
clásicos, novelas contemporáneas, libros de sicología,
estudios, todo gracias a la Biblioteca regional. En la Sala de la mujer había
encontrado un libro que le daba vueltas en la cabeza cuando nos conocimos: La
invitada, de Simone de Beauvoir. Le prometí que le conseguiría
la película con la Catherine Deneuve para regalársela, pero no
pudo ser.
Pienso que lo que la acercó tanto a mí fue su inicio como espectadora
de la pantalla, cuya magia la atrapó para siempre. Ella casi no podía
creer que existiera algo así. Lo leído pasando delante de sus
ojos. Muchas veces, en la oscuridad de la sala, se volvía hacia mí,
adivino que buscando a alguien que le confirmara que eso estaba pasando, que
ella ya no estaba presa de la realidad como lo había estado toda su vida,
y que, a diferencia de los libros, este refugio podía compartirlo con
alguien más. Su amor por mí fue cinefilo; yo era para ella una
extensión de ese placer.
Era distinta a lo que uno podía esperar encontrar en una ciudad que se
ufana de sus dos malls, sus plazoletas de cemento y sus varias fuentes de agua,
tan poco necesarias donde llueve trescientos veinte días al año.
"Las fuentes deben ser para que nos parezcamos a las ciudades europeas",
le comentaba yo, irónica, y ella entendía todas mis ironías.
Ahora estoy segura, aunque en ese tiempo yo no lo sabía. Lo noté
cuando, ya muy cerca del final, había incorporado en nuestras conversaciones
el mismo recurso. Al principio solo se reía, pero luego me preguntaba
sutilmente por las ciudades europeas que yo había visto cuando me tocó
viajar gracias a una beca. Le conté de gente que podía parecerse
a nosotros, pero que era sin embargo tan distinta, nos separaban de ella los
siglos de buena alimentación, cuidados sanitarios, comodidades materiales.
"Por eso no son tan chicos como los chilenos", le decía. Ella
asentía con aquella misma actitud reflexiva que yo le había visto
desde la primera vez, como encerrada en un rincón solo suyo, donde nadie
tenía acceso. En esos tiempos ella no agregaba nada a mi verborrea, como
si meditara cada comentario mío para asimilarlo poco a poco. No se ofendía
tampoco por mis referencias a "los pobres", de los que ella formaba
evidentemente parte, porque a su madre, hija natural de un colono alemán
con plata, no le había tocado nada a la hora de los repartos, y para
completar el cuadro, se había casado con un campesino chileno. En vez
de eso, me preguntaba más porque quería saber más; me elevaba
el ego, lo reconozco, porque ella era como la Audrey Hepburn en Mi bella dama,
aunque eso me convertía en el antipático Harrison. Yo habría
jurado que en ese tiempo estaba reeducando a una cavernícola para transformarla
en una señorita. Alguien, en este caso, que ha descubierto con sorpresa
que la pantalla es capaz de suscitar sentimientos y pasiones.
Llevábamos ya algunas semanas encontrándonos cuando le presté
la primera película. Tuve confianza en que me la iba a devolver. Fue
Un día muy particular. La recibió feliz, y la tomó entre
sus manos como si se tratara de un tesoro. Me lo agradeció abrazándome,
lo que era raro en ella, por lo general tímida y poco dada a las efusiones
corporales. Me contó días después que esa misma noche había
hecho un trato con el dueño del único almacén en su kilómetro,
que sirve también de bar. Le pidió permiso para ver las cintas
en su local, a cambio de lo cual él iba a ganar, porque iba a tener más
público. Normalmente colocaba partidos de fútbol en el día
y pornos en la noche. Así fue como ella inauguró una especie de
cine-club de películas clásicas, que podrían ver las dueñas
de casa. Y los curados del sector. Las películas que yo he ido grabando
del cable de puro fanática.
Este episodio no va a quedar en ninguna historia del cine pero así fue:
la gente de Río Chico supo quiénes eran Wbody Alien, Bergman,
la Sofía Loren, la Lauren Bacall y otros y otras, mientras compraba pan,
elegía las cebollas o se tomaba un vino bigoteado. El almacenero no era
desinteresado, le cobraba a ella mil pesos por pasar cada cinta en su local.
Yo le decía que el tipo era un aprovechador, pero ella decía que
para la gente de su entorno no era importante ver esas películas, y que
en verdad les estaba imponiendo cosas que nunca habrían visto por gusto;
pero sentía que por primera vez tenía la oportunidad de cambiar
algo en su pueblo. Era una forma suya de altruismo. No le importaba tampoco
quedarse las dos horas de la película sentada en un cajón de manzanas
mientras pasaban los clientes por delante. No me cuesta imaginarla con la boca
entreabierta, el rostro apuntando hacia lo alto, porque el aparato estaba sobre
un mueble de madera a casi un metro ochenta del suelo. Semisonriendo, los ojos
llorosos, cuando Sofía descubre que Marcello Mastroianni es homosexual.
Luego de ver esa película no dejó de hablarme de la Loren. Nunca
la había visto, me confesó, y yo a esas alturas le creía
todo lo que me dijera que no conocía. Nunca me imaginé el aislamiento
enajenado que podía vivirse en el campo en pleno siglo XXI. Decía
que en su casa tienen tele, pero ven todo el día los matinales, las teleseries,
los reality show y esas conversaciones tontas de la noche sobre los últimos
chismes de la gente de la farándula. No podía soportarlo y se
iba corriendo al almacén a pagar luca por ver algo distinto. Ella era
como de otro planeta, alguien se había equivocado cuando se decidió
su nacimiento en Río Chico. No tenía nada en común ni con
sus hermanos ni con nadie de la gente del lugar. Era una muchacha extraña.
Se había enamorado de Sofía Loren. Y no es una forma de decir,
realmente lo vi en el fulgor de sus ojos cuando me habló del cuerpo moreno
de esa mujer inmensa. Describía sus labios gruesos, sus ojos profundos,
y me aseguró en un arranque de emoción que se habría ido
a vivir a Italia solo para poder divisarla de lejos. "Deberías conectarte
al cable -le comenté-, así podrías ver la vida de las estrellas".
Se lo dije en parte para que dejara de mirarme con esos ojos de cordero alucinado
cuando me hablaba una y otra vez de los movimientos "exquisitos" de
la Loren. Los describía así, "exquisitos", diciéndolo
con engolosinamiento. Esa vez me pareció excesivo: "campesina, alemana
ilegítima, casi extraterrestre y además lesbiana", me dije.
"Será que te sientes identificada con la heroína -le comenté-,
ella vive entre gente que no la entiende y además se equivoca con el
amante que cree haber encontrado". Ahora entiendo que fui cruel, aunque
le di en el clavo. Tras mis comentarios, me miró silenciosa y se sonrojó.
No me guardó rencor por ello, como tampoco me lo había guardado
ante otros exabruptos anteriores. Hasta que comenzó a darse cuenta de
que yo la veía, o la vi por algún tiempo, como un elemento a explorar,
como alguien que quería transformar. Lo peor es que cuando ella lo notó
yo ya no sentía eso. Un desencuentro típico. En algún instante
me cobró mí frialdad. Todos llevamos dignidad dentro, a veces
se demora en surgir, eso estuvo claro conmigo por muchos años, pero un
gesto, un solo gesto nos salva. Eso me lo enseñó ella también.
Todos podemos hallarla y dejar de ser cómplices de nuestro propio maltrato.
Todos podemos encontrar un espacio de integridad dentro de nosotros, lo difícil
es que cuando lo hacemos ya no hay vuelta atrás y estamos obligados a
vivir con los ojos abiertos y a ver, y muchas veces nos asqueamos con lo que
vemos.
Recuerdo cuánto la indignó mi relato del Año Nuevo. Me
miró desilusionada y rabiosa cuando le conté cómo me había
gastado un sueldo entero en pagar aquella comida de fin de año en el
hotel más caro de la ciudad, donde, se suponía, iba a conocer
hombres
importantes, buenos prospectos de marido o simplemente portentos que aunque
estén "ocupados", impulsan las carreras de sus amantes en empresas
prestigiosas o en el gobierno regional, en altos niveles, con buenos sueldos.
Ya lo había hecho antes. Se trataba de conocer gente de las páginas
sociales del periódico local, caballeros de buenos modales y buena ropa,
cuellitos mao u otra originalidad, gente que sale invariablemente mencionada
en los cuchicheos de pasillos de las funcionarías públicas por
sus extravagancias, por sus amoríos, por los pequeños escándalos
que provocan. Intenté hacer unos chistes a costa propia para cambiarle
la cara, le conté que mis expectativas, de todas maneras, no se cumplían
jamás porque, resentimiento aparte, no faltándome oportunidades,
yo tiro la piedra y escondo la mano, porque tengo el cerebro suficientemente
lavado por el cine romántico y comienzo a cuestionarme el hecho de que
hombres como ésos no me provocan ni una hebra de afecto o de deseo y
termino siempre como ya lo hice, enamorándome de los otros tipos, de
los sin plata ni prestigio. Igual, y aunque llevábamos solo unos meses
de amistad, no le provocó ninguna gracia mi cuento. El otro lado de mi
vida, el de mujer abandonada, todavía la llamaba a compadecerme, a redimirme
de alguna forma, pero éste, de arribista y buscona, no. Con el tiempo
comenzó a estar en desacuerdo con ambas caras. Ni víctima ni victimaría,
ni autovictimaria, me insinuó. Y me lo dijo provocándome un golpe
que me dejó callada durante unos cuantos encuentros. Ahí me di
cuenta cuan necesaria se había hecho ella para mí. Tal vez haya
tenido que ver con todo lo que me cuidó cuando luego de un coletazo de
mi amor perdido, una involución de esas que tengo a veces cuando vuelvo
a tropezar con idéntica piedra, me quedé dos semanas en cama queriéndome
morir y ella estuvo ahí. Estuvo cada día... como una madre...
como una amante. Fueron días dolorosos y también felices. Solo
eso diré.
Fue en ese tiempo cuando decidí
que no podía arriesgarme a perderla, ni a perder su interés por
mí. Entonces comencé a tratar de agradarla y dejé de reírme
de mí para empezar a divagar con ideas que nadie habría soportado
más de cinco minutos por densas. Ideas que me han dado vueltas desde
siempre en la cabeza, pero que había procurado encerrar por demoledoras
y hasta sórdidas... "Al final -le dije un día-, me hubiera
ahorrado toda esa plata, la que me gasté en las cenas de fin de año
y la que me robó él, si me hubiera quedado en mi casa comiendo
un pollo asado en la cama, mirando No me digas adiós para llorar la pena
de la Ingrid Bergman en vez de la mía, para solidarizar con Anthony Perkins
por inadecuado, tanto como yo, la no elegida, la rechazada". Ella me oyó
y frunció el ceño. "Porque, al fin y al cabo -seguí
metiendo el dedo en la llaga, sin recordar que era también la de ella-,
este mundo está dividido en dos bandos, el de los adecuados y el de todos
los demás, los rechazados, las feas, las viejas, los pobres, los maricones,
las indias, las que tienen que rasguñar el glamour de los otros como
yo, como todos los desadaptados
¡Si hasta la Marilyn está
en este numeroso bando! Amada y desechable a la larga, como cualquier objeto.
Porque un objeto no debe envejecer, ni engordar, un objeto no debe tener raíces
oscuras en la cabeza, como yo que tengo que correr a la peluquería cuando
me crece un poco el pelo, que trabajo para comprar cremas adelgazantes y antiarrugas.
¡Y eso por qué! Porque un objeto debe ser inmutable, debe quedarse
tal cual lo compraron quienes lo usan. Porque si no, lo van a desechar y va
a perder todo sentido de ser".
-Lo mejor que le pudo pasar a la Marilyn Monroe fue morirse -dijo ella.
Mis comentarios resentidos fueron para ella una muestra de la tragedia de ser
mujer. Me lo dijo poco antes de suicidarse. Fue un tiempo doloroso para ella.
Descubrió que no quería ser ella, que quería llamarse Ángel
y no Angélica, que estaba atrapada en un pueblo, en una familia y en
un cuerpo que no correspondían a sus deseos. Ella no quería ser
ella. El problema es que tampoco quería arrastrar un macho dentro. El
"ser macho" lo había conocido desde su nacimiento y era el
que le imponía conductas. También la violaba con completa naturalidad.
No sé qué macho, cuándo ni cómo, pero sé
que sus encuentros con los hombres de su pueblo y de su familia habían
sido abusivos... "Como un castigo por ser distinta", me confesó.
Aquella vez la quise como a alguien y no como a algo, la vi como una persona,
y juro que habría matado por ella, juro que habría ido con una
pistola, como Thelma en defensa de Louise, a meterle varios plomos al desgraciado
que la había martirizado. "No -me dijo-, tendrías que trasformarte
en una vengadora de todas nosotras y no terminarías nunca, lo que me
pasó a mí es parte de la vida diaria de las ninas, allá..."
Supongo que uno de sus conflictos más grandes fue que no sentía
como mujer pero tampoco como los hombres que había conocido. Ella era
alguien, simplemente una persona sin género ni sexo ni intención
de meterse a la fuerza en la horma que le tenían preparada. No aceptó
la condena que le habían impuesto desde que nació y en un gesto
de integridad decidió dejar de existir para no dar en el gusto a sus
carceleros.
Yo quedé esperándola en el cine por dos semanas seguidas y decidí ir a buscarla. No tenía una dirección exacta y las señas eran ambiguas pero logré hallar su pueblo y su casa luego de un día entero de búsqueda. Su madre me recibió dolorida cuando le dije que buscaba a Ángela. "Murió, señorita", me dijo y escondió la mirada; "se mató", agregó, persignándose. Yo quedé helada y un dolor agudo me cruzó el estómago. No pregunté por qué, porque ya lo sabía. Solo pregunté cómo. "Con un rifle de caza", me respondió. Hacía justo diez días. Le pedí a la mujer mis películas, creo que la miré con resentimiento por no haberla salvado, por su silencio traicionero ante los abusos y la discriminación. La madre se dio cuenta, estoy segura, pero siguió callada.
-Una canta, la otra no y Orlando
-le dije- así se llaman las cintas que busco.
La madre me invitó a mirar por mí misma en la habitación.
Todo estaba ordenado, como recién soplado, las camas hechas, solo una
no tenía ropas, tan solo un colchón desnudo. En el velador había
una foto de nosotras dos juntas en la plaza de Puerto Montt al lado de un caballito
de madera, el libro La invitada que yo le había regalado para su cumpleaños
-alcanzó a cumplir los veintiuno-, mis películas y una más,
Los chicos no lloran, que yo nunca había visto. Era una cinta arrendada
en un video club de Puerto Montt. Creo que la percepción no me engaña
y que su madre tembló cuando puso en mis manos esa cinta para pedirme
que la devolviera. "Ella sufría", dijo en voz alta, y habló
como para la casa entera, no para mí. "Ella sufría y aquí
la tratamos tan mal...."
Cuando salí de esa casa eran cerca de las seis, ya oscurecía pero divisé un grupo de hombres que entraban a la misma casa de la que yo había salido. No quise mirarlos y seguí mi camino. Caminé rápido hasta la carretera a tomar el bus de vuelta a la ciudad. Cuando llegué a casa vi la cinta y me la encontré a ella, inexplicablemente, en el personaje de la chica lesbiana. No es una alegoría, no. Era ella. ¿Cómo había entrado a la pantalla? ¿Cuándo había filmado eso? ¿Cómo se las había arreglado para introducirse ahí? Hubo un segundo casi imperceptible en que sonrió desde la pantalla -antes de suicidarse- y yo supe que era a mí a quien sonreía, también supe entonces que había sido la única persona que realmente me ha amado, mi amante verdadera, inmortalizada en esa cinta. Tal vez nadie más la vea allí, lo acepto, pero yo sí la vi. Y me bastó para saber que ella está en el único mundo en que puede vivir y morir a su antojo, como el alma libre que fue.
(Cuentos de Cine", recopiladora
Jacqueline Mouesca, Editorial LOM, 2003)