LA OTRA

Victoria Aldunate


Para rescatarla fue necesario vaciarme, sino jamás la hubiera encontrado.

Fue una de esas mañanas en que aún no me habían pagado el sueldo porque el memo se había extraviado, estaba enojada con mi marido que andaba de viaje y los niños estaban con mi suegra (para capear la falta de plata). No quería despertar porque sabía que iban a llamar del Banco para decir que el cheque (de la tercera cuota de la casa nueva en el nuevo barrio de nuevos ricos) había rebotado.

No soy la única a la que le ha pasado, de hecho podría continuar en segunda persona: "Fue una de esas mañanas en que a duras penas te arrastras de la cama al baño y luego a la cocina, pones a calentar la comida del perro que se niega a comer "Topcan" porque, claro, él no ve tele (tú sí). Te preparas un café bien cargado (de ese carísimo que comenzaste a comprar desde que subiste de pelo) con la esperanza de que te quite el letargo adherido a tu cuerpo como arena mojada desde hace una decena de años. Te quieres volver a la cama (has dado parte de enferma), una licencia que el médico, estás segura, te dio con sólo ver tus ojeras. Bebes tu café y ¡sorpresa! te gritan las tripas, sales corriendo al baño porque te baja una colitis en la que parece que se te va la vida. Pero lo que se te va es el patacón de comida que te metiste a presión a las dos de la madrugada. Y justo en ese momento (como suele suceder) suena el teléfono, te incorporas como puedes del trono y corres al aparato. Deseas que sea tu marido para reconciliarse (feliz porque le resultó el supuesto negocio del siglo), sin embargo, es una señorita muy compuesta que lo llama a él. ¿De parte de quién?, interrogas, en un hilo de voz con ganas de vomitar, rogando que no empecemos de nuevo con las llamadas anónimas que te dejan la nuca y la dignidad retorcidas.
Su esposo ganó dos semanas de estadía gratis en el Hotel Pucón y para cobrarlas debe venir esta tarde a un cóctel en el Hotel Torremolinos de Puerto Montt a las 21:30. ¡Un premio, una nueva luna de miel justo en el séptimo año! (el de la comezón).
¡Lógico que vas! y explicas que asistes sola porque tu marido anda en un viaje de negocios (lo que suena bastante bien viniendo de una señora con cuenta corriente congelada). De todas maneras, aún te quedan las tarjetas de crédito adicionales. Das a entender, orgullosa, que lo único que tienen separado es el auto (cada uno con el suyo). Para qué vas a entrar en detalles como dice la Mirta. Detalles como que la camioneta está casi embargada y tu auto tiene la mitad de las cuotas impagas o que Saesa, haciendo gala de su "buena disposición" (según dijo la secretaria del gerente), te permitió pagar la cuenta de dos meses en tres cheques. (¡Ah pero no sin antes hacerte esperar como loro en el alambre dos semanas por la respuesta!); y para qué entrar en detalles como que el filo de la burocracia cortó el hilo de tu vida doméstica y el mismo día que fuiste a pagar la luz, "por un error de administración", tu familia vivió una comedia de equivocaciones: Mientras tú hacías la cola, en tu casa, la Mirta, tu nana, resistía el corte de luz.
Llegaron como a las doce del día, señora, yo traté de engañar al que traía las herramientas (diciéndole que en alguna parte tenía la cuenta pagada y después tratando de sobornarlo con un trozo de kujen), pero él se puso pesado, me exigió ver el comprobante de pago y yo le dije que justo se lo había comido el Boby, (entonces él procedió mientras ella lo amenazaba con su hermano policía). Lo miré con mis ojos más fieros (que son harto fieros, yo lo sé). Pero ellos, cortaron la luz no más, señora y como yo sabía que las vecinas estarían aguaitando a mí se me ocurrió que lo mejor para disimular era ir a dejarlo a la puerta con una sonrisa.Y le dije que volviera cuando quisiera.
Me imagino al técnico sin habla. La Mirta oyó que le decía al chofer: ¡Vámonos antes de que esta vieja saque un cuchillo!
Más tarde ella le comentó a la nana de la vecina que habían venido a instalar calefacción central. ¿Para qué entrar en detalles?, señora, ¿no cree?...

Yo tampoco entré en detalles en la puerta del Torremolinos esa noche. Las ganas de vomitar seguían torturándome, no obstante sonreía tratando de disimular la rareza de andar con lentes de sol (para que no me reconociera alguien de la empresa). Frente a mí estaba la compuestita, la misma que había llamado en la mañana cuando yo estaba en el baño. Impecable ella, demoledoramente joven, con un traje beige clarito que le caía perfecto (ni un rollo) y diciéndome con falsa condescendencia que yo no podía entrar.
Con una sonrisa de ventas de salón me expulsaba. Puede venir la próxima semana al cóctel, señora, pero con su esposo, le rogamos que nos disculpe... Hacía tiempo que mi tolerancia a la frustración era pura historia y grité: ¡No te disculpo una mierda, yegua!... Y me oí seguir despotricando (porque ¡Chupalla! era mi voz, aunque a momentos parecía venir de otro lado). La muchacha perdía su frágil compostura, pálida y con tembleque en la pera me observaba con verdadero terror y yo seguía arremetiendo: ¡A esta chula no le han hecho ni un cursito de atención al público! (Hundir el dedo en la yaga del clasismo nacional es cosa expedita). Ahí, mi enemiga dejó de pretender ese devaneo de niñita bien y comenzó a aleonarse como cuando, en breve, te van a sacar la detumadre: ¡Sabe qué más señora!... Se arrepintió justo a tiempo, supongo que pensando en su contrato de trabajo. ¡Qué!, la seguí desafiando (sé que nadie quiere perder la pega hoy en día) e intenté arreglar la corona sobre mi cabeza: Llame a su jefe, por favor, mija. ¡Uno a cero!, pensé. Ella también se ordenó y me pidió por favor mi carnet, señora, partiendo circunspecta. Quince minutos más tarde -que me parecieron siglos - volvió campante porque yo sola me había hecho un autogol y en esa batalla insensible mi tropiezo fue su bálsamo. Sonrió ampliamente saboreando mi humillación y gritó como canuta en domingo: ¡Señora, usted tiene DICOM, no puede recibir el premio porque para cobrarlo está obligada a dejar un cheque en garantía y en su caso no podemos aceptárselo. Una pareja que se disponía a entrar, a la voz de DICOM, me miró con sorpresa (¿de qué idioma es la palabra DICOM?). La vergüenza no me paralizó tanto como para que no se me vinieran a la memoria aquellos vecinos casi embargados a raíz de un cheque en garantía para ganarse unas vacaciones que nunca pudieron cobrar, porque cada vez que llamaban para reservar, o no había cupo o era temporada alta, o salía una grabación de fuera de servicio. Todo pasó por mi cabeza en una fracción de segundo y la pareja de incautos que venía (¡ja!) a cobrar su premio dejó de avergonzarme porque yo ahora sabía más que ellos. Además eran algo así como mis gemelos (aunque ellos no lo sabían). La mujer tenía ojeras y él cultivaba esa poncherita tan conocida.

Sé que, en mi lugar, tus sentimientos también hubieran sido confusos. Habrías envidiado furiosamente a esa mujer porque aunque estuviera a punto de ser estafada aún podía entrar al Torremolinos y aunque viviera la desvalorizada curva de los cuarenta igual que tú (y que yo) iba con marido y, de seguro, con una cuenta corriente realmente corriente; pero por otro lado, tu conciencia (como la mía) se hubiera empeñado en soltarte la lengua para que la previnieras (y de paso le borrabas esa mirada despreciativa)... La verdad, creo que hubiera tratado de salvarla si no hubiese sido porque la del trajecito beige la hizo pasar con su marido al Hotel y entonces los tres, antes de perderse en el lujo, vieron hacia la calle... A través mío... Las lágrimas se me agolparon, querían salir las muy indignas (aunque me he entrenado años para que no broten en público) y pensé: ¡A la mierda, que la embarguen! Goterones gruesos rodaron por mis mejillas mientras las ganas de vomitar ya no eran soportables, entonces apuré el paso hacia el mar preguntándome, entre arcadas, si debía tirarme, pero en vez de eso, apoyada en un poste como una borracha, vomité hasta el alma...

¡Aprovecha, busca a la otra ahora que estás limpia! Rescátala...

Estuve en la Costanera un tiempo indefinido respirando un aire helado que me purificaba en cada bocanada, perdí la memoria de mi renovada pobreza, descubrí que -cosa rara- el océano con sus reflejos de luna sigue siendo un espectáculo gratis. Disfruté el vacío en mi estómago; en mi casa ya no había empleada doméstica (no pude seguir pagándole, ella se fue preocupada prometiendo volver cuando pasara la mala racha). Ahora yo iba a tener que hacer mi propia cama (como antaño), pero no importaba, lo que sí deseaba (más que ganarme el Kino o el negocio del siglo) era que esa mujer encontrara trabajo para que pudiera seguir mandando a sus hijos al colegio bien alimentados.

La otra...(me repletaba) esa que disfrutaba con poco y compartía el pan con mantequilla con su compañera de banco...(podía sentirla revoloteando en mi estómago).
Se me había pasado el asco.

(La Otra ” en Antología “Cuentos de Consumo”. Municipalidad de Puerto Montt y SERNAC. X Región de Los Lagos, 2002)