SILVIA RODRIGUEZ BRAVO.

REIVINDICACIÓN DE LA LITERATURA MARGINAL

 

El arte no tiene sexo, las bellas artes perpetúan a los creadores a través de sus obras, las cuales son reconocidas por sus contemporáneos, transmitidas o descubiertas después que el tiempo permite, otorga y hace prevalecer a quienes han sido olvidados o ignorados. El espíritu del arte eterniza la belleza de la palabra, pintura, escultura, teatro, música, gracias al lenguaje de estas expresiones se ha podido escribir la historia.

La belleza de una creación reside en lo múltiple, en lo simple, en la capacidad de traducir el gesto del vacío, atrapar esa mueca que nos dice todo desde la nada. El creador le da vida a la naturaleza, humaniza los objetos, vuela por selvas, mares, nubes y muerte. Por esto el artista se transforma definitivamente en dios y su obra le da la eternidad que se merece

El arte está relacionado con la belleza. Pero ¿Quién puede decir que una obra es bella?. "La Belleza" es un concepto subjetivo, lo que puede resultar hermoso para uno, puede ser feo para otro. En la última década del siglo XVIII el arqueólogo alemán Johann Winckelmann cambió por completo la fisonomía cultural de Alemania y luego en toda Europa ya que generó un gran movimiento intelectual, poético y filosófico al escribir un tratado que reúne sus análisis y pensamiento sobre "Ética y Estética de lo Bello" donde enuncia lo siguiente:

"La belleza se capta con los sentidos, pero se conoce y comprende merced del entendimiento"... "Se requiere mayor sensibilidad para captar la belleza en el arte que para captar lo que se encuentra en la naturaleza".

La lectura aún es digerible, se comprende la gran importancia y motivos por los que fue estudiado y analizado, pero otro de sus iluminados pensamientos dice:

"Sería más fácil escribir acerca de la belleza de los dos sexos. Con todo, me parece que mi tesis puede ser aceptable para todos los países. En efecto, la demostración puede partir de los animales, entre los que, sin lugar a contradicción, los del sexo masculino son más hermosos que los del femenino. En cuanto a nosotros, los seres humanos, la experiencia nos ha enseñado que, en cualquier ciudad, hay más jóvenes hermosos que mujeres bellas. Por otra parte, nunca he visto entre las mujeres bellezas tan perfectas como entre los hombres. ¿Qué es lo que tendría de hermoso la mujer, que nosotros no tuviésemos?"

Ante tal erudito pensamiento hoy podemos reír y compadecerlo, pero la realidad fue que muchos académicos pensaron y sintieron de la misma forma, estudiaron y crearon bajo esta premisa. Entre algunos de sus contemporáneos y seguidores están Herder, Goethe, Kant y otros. Este movimiento se origina desde 1763 aproximadamente, por lo que la mujer continua marginada, si antes lo era por su sexo ahora lo es por su falta de belleza.

Ni siquiera la ideología cristiana ayuda a la féminas, Santo Tomás dice: "Es una constante que la mujer está destinada a vivir bajo el dominio del hombre y no tiene ninguna autoridad por si misma". En toda religión la carne es maldita y la mujer aparece como la tentación, el demonio encarnado que invita a pecar apartando así a Dios del hombre. Pensadores y religiosos reniegan de la mujer porque es un ser maldito, venenoso, cubierto de vanidad.

 

Son innumerables los hechos históricos donde se levantó la voz para exigir los derechos de las féminas, como sea la historia de las mujeres ha sido escrita por los hombres, ya que ellos tienen la fuerza física y a través del tiempo se han construido un prestigio moral, autolegitimándose en todos los espacios. El hombre solo reverencia a lo femenino cuando la diosa-madre-naturaleza los atemoriza con alguno de sus múltiples misterios.

Los tiempos han cambiado, hoy existe aceptación, la mujer está inmiscuida tanto en el campo laboral como intelectual, pero el discurso aún se aleja de la realidad, tomando solamente el ámbito literario se puede ver que tan solo tres mujeres han obtenido el Premio Nacional de Literatura. Dentro de este mínimo porcentaje, que no alcanza el 1%, está Gabriela Mistral (1951) Marta Brunett (1961) y Marcela Paz (1982). Lo cierto es que el esfuerzo hecho por una mujer para ser reconocida, es el doble del esfuerzo que hace un hombre para el mismo fin. Ellos no necesitan pasar por el lenguaje hormonal, tienen un código innato que les permite autoreconocerse del resto de la otra camada.

Lo que existe es un problema de lenguaje, de simbología, el hombre a pesar de haber filosofado y escrito la historia aún no puede descifrar el misterio que tiene la mujer. Siempre ha dominado y sometido a su poderío las diferentes especies de la naturaleza, todo lo ha estudiado y comprendido. El hombre sabe el porque de sus guerras, el porque triunfa o pierde, pero no sabe porque la mujer llora, no entiende la sensibilidad de un embarazo, el dolor del parto, los abortos y períodos menstruales, cada una de estas etapas marca psicológicamente a la mujer, transformándola en alguien más vulnerable y sentimental. Es ella quien siente en carne propia la gestación o la muerte de un hijo. Su contextura humana la hace ser débil, requiere ayuda, cuidados, esto a su vez la convierte en alguien dependiente que necesita ser protegida, por eso teme ser abandonada.

La crisis neurótica se exterioriza en un lenguaje diferente, representa una realidad intima que el hombre ha pretendido esconder, minificando e ignorando por completo el padecimiento que le ha sido vedado por naturaleza. La experiencia del dolor humaniza, sensibiliza, por lo que esto hace que la mujer tenga más capacidad de empatia, entendiendo así el revés y derecho de las emociones y de los conflictos.

Aún superadas y conocidas todas las etapas mujeriles, su esencia la hace ser diferente ya que tiene símbolos, leyes, que el hombre no ha codificado en su mente. Su lenguaje no interviene en política ni economía, no se basa ni interrumpe ningún movimiento literario, ya que por milenios el código literario masculino les ha impedido manifestar su conciencia y condición genérica.

Esta voz marginada y recluida con intenciones de olvido tiene elementos universales que rompen el esquema lingüístico existente hace décadas. La mujer ha intervenido igual que el hombre en la construcción. Ella puso algo más que el sudor y la sangre, puso a sus hijos. Ella también se duele, regocija y por el solo hecho de dolerse tiene la capacidad de ver, ser y hacer Poesía, por lo que también tiene el poder de transformarse en Poeta y ser valorada como tal.

Un Poeta siente la libre creatividad del espíritu, se convierte en un Dios mendigo que camina por las diferentes manifestaciones del mundo interior y exterior. Escucha el balbuceo de las generaciones, el misterio que encierran los objetos, la mirada, las emociones reprimidas. Para crear, el Poeta debe cruzar el río del conocimiento sin que importe que el agua sea turbia o clara, roza la otra orilla, camina sobre el límite claroscuro del medio día mirando la soledad que lleva cada transeúnte que camina por la encendida ciudad. El Poeta se repliega sobre si mismo hasta sentir terminada la tarea del día que le dura hasta la muerte.

Antologar a una persona no significa validar su creación, el tiempo es quien se encarga de hacer perdurar la obra. Le corresponde al antologador y/o historiador mostrar lo bueno, lo malo, de la época que se está viviendo. Su mirada no debería de estar dirigida solamente al olimpo, donde vive el monopolio de las vacas sagradas. Deberían romper con el endiosado oficialismo y dejar espacio a las múltiples voces que se gestan fuera de los márgenes oficiales. Voces que también son válidas e importantes.