Entre el sanatorio y la cárcel

 

La sociedad "encauza", "contiene" las patologías, las desviaciones a la norma.

El sanatorio y la cárcel, espacios de encierro, el uno se erige como bastión en nombre de la cordura, el otro en nombre de la decencia.

Sin embargo, ni el uno ni el otro cumplen otra función que preservar a los "normales" del desequilibrio, de la "disfuncionalidad".

Esta palabra es clave para comprender cual es el quid de la cuestión.

El elemento-sujeto que padece alguna de las tecnologías de normalización que terminarán con él en el psiquiátrico o la prisión, es catalogado como "disfuncional". Es decir que lo que se pretende mantener, sustentar, solventar, es el funcionamiento. Y ojo que es cierto: el funcionamiento del sistema de producción.

Un "loco" es encerrable porque perturba, porque desvela, porque amenaza, porque no permite que la "familia" siga funcionando en sus rutinas enquistadas en torno al engranaje productivo.

Un delincuente es encerrable porque amenaza el derecho básico de nuestra sociedad contemporánea: el derecho de propiedad.

Ambos nos hablan de "lo otro", aunque no son los único "otros". Todos los "algos" o "unos" tienen sus "otros" y estos "algos" o "unos" se erigen en tales en función del poder, del control que tienen del poder, de su posicionamiento en ciertas correlaciones de fuerza, discursos de por medio, que los sacralizan en el poder.

Poder en suma de los normales.

Pero la normalidad, territorio de resguardo, de salvación para el que no asume la responsabilidad de ser individual, es la norma, lo que la mayoría hace. Y esta normalidad es en todo sentido arbitraria, no obedece a naturalezas o esencias sino que depende en grado sumo de la cultura en la que nos encontremos.

La relación entre la moda y lo normal es que la moda es, en cierto sentido, una propuesta de algunos elementos visionarios que apuestan a que cierta configuración creativa será comercializable; lo normal, en cambio, es fruto de "energías sociales", "fuerzas sociales" más complejas y arraigadas. No se puede hablar de lo normal en términos universales, para "unos/occidente" limpiarse con papel higiénico después de defecar es lo normal, para "otros/hindúes" limpiarse con la mano izquierda después de defecar es lo normal.

En el fondo si fuéramos a los sutratos, lo "normal" sería que el ser humano defecara, pero a eso le llaman biología y dejamos el término "normal" para el ámbito de la conducta, inseparable de la cultura.

No quisiera dejar de llamar la atención sobre lo alambicado que se vuelven las tecnologías del control y la coacción de lo "normal", sólo mencionaré dos elocuentes ejemplos: la lobotomía para los "locos" y la pena de muerte para los "delincuentes".

Detengámonos un momento en el discurso que vuelve legítima una práctica como la lobotomía (corte de algunas fibras nerviosas del lóbulo frontal del cerebro). El discurso que lo avala debe decir algo como "este sujeto padece una enfermedad que hay que sanar en nombre del bien común".

Finalmente nos remite a la política, cuya piedra angular es el bien común, la preservación de la sociedad, la preservación de la comunidad por sobre el individuo. Y es ahí donde interviene el concepto de normalidad para manipular en función de los intereses de los poderosos: "¿quiénes somos? Somos los normales, actuamos en nombre del orden, de la preservación de la cordura y tenemos el derecho de intervenir conforme a la racionalidad que descansa en ciertos principios básicos que están en la intersección de la lógica y la moral. Y erigimos el derecho como una forma de justificar todo el accionar de nosotros como poderosos". Más o menos así rezaría el discurso del médico y de toda la parafernalia sanitaria a la hora de cercenar el cerebro del "enfermo".

Toda la ciencia se vuelve, entonces, un artificio para justificar prácticas que avalen el accionar político cuyo objetivo final es la preservación del poder en manos de quienes está.

 

abril 2004 Mujeres creativas