"Precisamente, el real o potencial atractivo que el anarquismo podía ejercer entre los trabajadores fue captado por los sectores reformistas de los grupos gobernantes y actuó a la manera de un primer disparador de la preocupación estatal por la cuestión laboral" (J.Suriano, Anarquista, Cultura y política libertaria en Buenos Aires, 1890-1910, pag. 17)
Iniciamos nuestra reflexión a partir de esta cita
que apunta hacia lo que queremos decir. Queremos fundamentar que aquellas prácticas
que los movimientos sociales de avanzada, al estar en contacto con la realidad
y no enajenados en oficinas administrativas con aire acondicionado y máquinas
de café instantáneo, proponen con más o menos contenido
teórico no deben terminar en la reivindicación de mejores condiciones
de vida sino en el término de las estructuras de dominación.
Tema que se roza con el del sujeto revolucionario que ha oscilado, dependiendo
del referente político, desde el obrero hasta el lumpen. En la medida
en que desde los trasfondos de la realidad, impregnada de carencia y precariedad,
emergen movimientos e ideas contestatarias que bregan por la solución
de problemáticas vitales insoslayables como la falta de vivienda, el
hambre, la falta de trabajo... que el Estado no satisface, estas prácticas
de contención van siendo cooptadas por la institucionalidad del poder.
Así tenemos el discurso del gobierno sobre "desarrollo comunitario",
"autogestión de comunidades", "empoderamiento de la sociedad
civil", etc.
¿Qué es lo que determina la radicalidad del discurso? ¿La
Idea o la doliente realidad? Intentar responder a esta pregunta desde la no
intelectualidad es algo, sin duda, difícil. Al esbozar respuestas se
habla desde lo que cada uno va pensando sobre este complejo tema. Cabe señalar,
para comenzar, que la vivencia de una realidad precaria no es en sí problematizadora.
Hay miles de mujeres que aceptan ser golpeadas, a pesar del daño inflingido
en su cuerpo, siguen permaneciendo junto al macho golpeador, a pesar del discurso
en contra de la violencia intrafamiliar. Se diría que en este caso pesa
más el discurso latente o manifiesto del patriarcado: "conservar
la familia", por ejemplo.
La terminología de la institucionalidad del poder emplea un concepto
bastante decidor, se habla de resilencia cuando el pobre, el oprimido, la golpeada,
logran reponerse ante los embates de la realidad y proyectan desde su "empoderamiento"
la continuidad de su proyecto vital. Es decir mientras más resilentes
se sea mejor se encara la realidad que, aunque golpea, logra no ser una determinante
que impida continuar la vida del sujeto en cuestión. En ese contexto
hablar de ideas que apunten a una transformación cualitativa de la realidad
implica no detenernos en la mera reivindicación, no apuntar a las reformas
al Estado o a las situaciones concretas sino que hacerse cargo del horizonte
"trascendente" de cualquier Idea que apunte a avanzar en términos
de liberación.
Cuando Marx hablaba de "proletarios del mundo uniós" y se señalaba
que eran las condiciones materiales las que determinaban el surgimiento de una
teoría revolucionaria, la historia probó que no fue suficiente
mejorar el acceso a la satisfacción a las necesidades básicas
o mínimas para cambiar cualitativamente la sociedad, ya que, el capitalismo
ha logrado masificar el consumo y el Estado, más o menos de bienestar,
ha logrado dar solución a las problemáticas más contingentes
de los oprimidos. Tampoco cabe argumentar que el Estado ha fallado, que aún
cuando su intención manifiesta sea la solución de las demanadas
de los de abajo, sigue habiendo carencia y precariedad, porque este discurso
termina donde comienza a operar el sueño realizado del capitalismo. Plantear
que a los poderoso no les importan los pobres es seguir anclado en un discurso
en el que el motor del cambio social son las condiciones materiales de existencia.
Y es, además, aceptar que por la vía de las reformas es posible
lograr el desarrollo humano integral. En la aceptación de este discurso
está la semilla de toda inercia, está el lema del "fin de
la historia".
No es con más o menos viviendas dignas, ni mas o menos acceso al trabajo
o a la educación como se construye una sociedad sin clases y donde todos
los humanos seamos libres. Se podría argumentar que en sociedades avanzadas
como las del centro de Europa, los conflictos están acallados en la medida
en que el acceso a la satisfacción de las necesidades mínimas
están saciadas. Sin embargo, no es así. Se trata de desvelar que
la opresión está más allá de la estructura económica
y se entrecruza con relatos que vivimos de modo tan inconsciente que terminan
sacralizando el poder.
Hablar en este contexto de patriarcado implica hacerse cargo de que existen
estructuras de dominación que sobrepasan las estructuras económicas
y que la opresión se juega en la práctica real de nuestras vidas,
más allá de qué tan propietarios seamos o no. El patriarcado
es una dimensión de la opresión y no es una menor, es una faceta
más de cómo el poder se inscribe en nuestras prácticas
y formas de vivir la relación humana. Hablar de que con lo que se quiere
acabar es con el poder implica hacernos cargo de cambiar nuestras prácticas
de vida en todos los ámbitos de la vida social y aún así
no descansar ya que tampoco lo que se quiere es la "libertad del solitario".
Asumirnos sociales y en referencia a otros implica cambiar no desde la individualidad
parcelada sino que desde lo colectivo que en ascenso terminará con el
Estado y con todas las instituciones que sacralizan la dominación.