Concha Pérez y la Anarquía
Concha Pérez es pequeñita y de apariencia frágil. Pulcra
y escueta como un signo, tiene esa dignidad serena de la gente que ha vivido
honestamente, con autenticidad y sin estridencias. Y con conciencia de las cosas
de la vida, la misma que mantiene y que, a sus 91 años, la mantiene a
su vez en la brecha. Concha Pérez guarda en su breve presencia una inmensidad
de historia. Y nos habla así del trocito de Revolución que ella
misma es.
Mateo Rello
-Pregunta. Tú eres hija de anarquista ¿Cómo era aquel mundo
libertario en el que te criaste?
-Respuesta. He vivido casi siempre entre anarquistas. Mi padre, Joan Pérez
Güell, era militante de la CNT ya antes de la Dictadura (de Primo de Rivera).
En casa habíamos tenido compañeros ocultos; eran los tiempos de
la Ley de fugas: los liberaban para ametrallarlos por la espalda. Vivíamos
en un piso muy pequeño del barrio de Les Corts. Recuerdo cómo,
mi hermano y yo, espiábamos las conversaciones por un ventanuco que comunicaba
el comedor con el dormitorio: que si han detenido a éste, que si el otro
se ha escapado. Teníamos mucho miedo por mi padre. De tanto en tanto
venía la policía a hacer algún registro y a detenerle;
media infancia mía transcurrió yéndole a ver a la Modelo.
¡Cómo la odiaba! Una vez, siendo muy pequeña, claro, quise
llevar un martillo para romper los barrotes.
Y precisamente mi «bautizo» como militante tuvo que ver con eso.
Fue el día de la proclamación de la República. Aquel 14
de abril yo estaba trabajando (por aquel entonces, trabajaba en un taller de
artes gráficas en la calle París) y de repente empecé a
oír jaleo: era una manifestación. Venían cantando «La
Marsellesa », «Hijos del pueblo»
; bajé corriendo
del taller y escuché los gritos de «¡A la cárcel!
¡A abrir las puertas de la cárcel!» Y me uní a la
manifestación. Por el camino fuimos cogiendo piedras y, al llegar a la
Modelo, apedreamos las ventanas y abrieron enseguida. Se conoce que ya debían
haber dado la orden porque no se iban a asustar por cuatro cristales rotos.
Así que entramos a los locutorios y los presos salieron. ¡Todo
eran abrazos!
El 1º de Mayo de ese año fui al famoso mitin de Bellas Artes. Hablaron
Durruti, García Oliver, Federica Montseny
En el mismo acto, que
fue como una asamblea abierta, se adoptaron una serie de puntos reivindicativos
(jornada laboral, alquileres) y, una vez confeccionado el pliego de exigencias,
salimos en camiones hacia la Plaza de Sant Jaume. En cuanto llegamos, cerraron
las puertas y comenzó un tiroteo que costó dos muertos. ¡Empezábamos
bien con la República!
En aquel momento estaba todo por hacer. Se empiezan a formar los ateneos en
muchos barrios; de los más importantes fue Sol y Vida del Clot. Aquellos
ateneos tenían muchas secciones: cuadro escénico, biblioteca (y
lecturas comentadas), coro, grupo de excursiones
En Les Corts, que, la
verdad, ha sido siempre un barrio muy apagado, no había nada, así
que los de mi colla (éramos los miembros del coro del barrio cuando no
se podía montar otra cosa) nos apuntamos al ateneo Faros, que estaba
en la Avda. Mistral y era el que nos quedaba más cerca. En Faros pasé
buena parte de mi juventud.
Estando allí, montamos varios grupos de la FAI (yo, además, ya
era socia del Sindicato de Artes Gráficas de CNT, que estaba en la calle
Mendizábal, hoy Junta del Comerç). El grupo más popular
era «Sacco y Vanzetti», pero creció tanto que decidimos dividirlo
en tres; entonces pasé a otro, «Siempre adelante», y luego
a un tercero del que no recuerdo al nombre. Llegamos a ser 15 grupos.
Así llegamos a 1933, que fue un año muy agitado. Se hacía
mucha propaganda y parecía que la revolución llegaba ya. Participé
en el Movimiento del 8 de enero, que montó Joan García Oliver.
García Oliver había estado en Faros enseñándonos
a manejar las armas (habíamos llegado a hacer prácticas de tiro
en la montaña). A nuestro grupo de FAI le encargó asaltar el cuartel
de San Agustín, que estaba por el centro. Teníamos alguna pistola
y bombas de mano que habíamos fabricado en casas de compañeros.
Se nos dio esta consigna: al llegar a los muros del cuartel, debíamos
disparar al aire y, si todo iba bien, alguien respondería desde dentro
(debía haber algún infiltrado o compañeros haciendo el
servicio militar, no sé). Esa era la señal para tomar el cuartel.
Pero ¡aquello fue un desastre! Nadie nos esperaba, las bombas no funcionaron
En fin, un desastre.
Ese mismo año (yo tenía 17), comenzó una huelga en el muelle
que acabó en paro general. Fuimos a hacer que cerraran unos talleres.
Como siguieron trabajando, apedreamos las ventanas. En estas llegó la
policía; un compañero me pasó su pistola para que se la
escondiera y la policía me detuvo y me la encontró encima. Pasé
cinco meses en la cárcel de Amàlia, que era la de mujeres. Allí
realmente las condiciones de vida eran terribles.
Aún estaba en libertad condicional cuando se dieron los hechos del 8
de diciembre. En algunos lugares se proclamó el comunismo libertario
durante varios días. Esta vez nos tocó ir a Hospitalet. Debíamos
reunirnos con otros grupos bajo la carretera de Sants. Y fuimos, aunque estábamos
advertidos de que la policía conocía el plan: el hermano de un
compañero era guardia de asalto y nos avisó de que el día
previsto tenían orden de permanecer acuartelados. «Lo que vais
a hacer, ya lo saben», me decía, y tenía razón. Pero
fuimos, a pesar de todo. En esta ocasión, la consigna era que, al llegar,
debíamos gritar «Cal»y nos responderían «Cetín»
¡De novela! Total que llegamos, gritamos «Cal» y, en efecto,
se oyeron voces. Al principio no les entendíamos, hasta que se acercaron
más. ¡Resultó ser la Guardia Civil, que nos daba el alto!
Suerte que no estaban al tanto de lo que había y les engañamos
diciéndoles que veníamos del cine.
Luego vino el error de las elecciones de 1934. Porque yo creo que nos equivocamos.
Hicimos una gran campaña por la abstención (hasta se grabaron
monedas de 10 cts con el lema «No votar»). Como las mujeres pudimos
votar por primera vez, la derecha hasta movilizó a las monjas para que
lo hiciera. Ganaron y vino lo que vino. Eso sí, razones no nos faltaban:
las prisiones y los barcos-prisión estaban otra vez a rebosar de compañeros.
P. Hasta el gran vuelco de aquel 19 de julio.
R. Ha pasado mucho tiempo (entonces, yo tenía 20 años), pero hay
cosas que parece como si las estuviera viendo ahora mismo.
Aquello se veía venir. Cuando se levantaron en Marruecos, ya llevábamos
tiempo reuniéndonos en casas particulares y bares porque constantemente
nos clausuraban los locales (en aquel momento, Faros estaba cerrado y creo que
el sindicato también). La noticia del levantamiento en África
nos cogió a los de mi grupo en casa de un compañero, y ya se esperaba
que ocurriera aquí otro tanto de un momento a otro. Fuimos inmediatamente
a uno de nuestros lugares de reunión, el bar Els Federals (estaba en
Les Corts, en una zona que hoy ni existe, y allí coincidíamos
con gente del POUM, con la que siempre tuvimos mucha afinidad, con republicanos
y miembros de ERC, pero pocos comunistas porque con ellos acabábamos
siempre peleándonos).
Una vez allí, organizamos una requisa de colchones y monos. Pasamos la
noche del 18 al 19 como pudimos, durmiendo por turnos sobre los colchones en
el bar.
Antes de que amaneciera, nos avisan de que el cuartel de Pedralbes se ha unido
al alzamiento. Sin pensarlo mucho, porque si nos paramos a pensarlo no vamos,
forramos el camión del bar con colchones y salimos para allí,
prácticamente desarmados. Subimos por la calle Morales. De camino, nos
dispararon desde el campanario del convento de Loreto, que estaba en la Travessera
de Les Corts, cerca de donde está hoy la filmoteca. Como queríamos
llegar al cuartel cuanto antes, atravesamos como pudimos y continuamos la marcha.
Sobre las 6 de la mañana llegamos a la Diagonal. Allí ya encontramos
soldados leales que nos recibieron con el «Salud, compañeros ».
Resulta que los fascistas habían salido en dirección a la Plaza
Catalunya. Decidimos llegar al cuartel para intentar armarnos. Cuando llegamos,
los compañeros de Sants ya estaban allí. En el cuartel sólo
había una guardia de pocos militares que, además, se declararon
leales a la República. Nos recibió un oficial y él mismo
nos acompañó al depósito de armas y nos dijo que cogiéramos
lo que quisiéramos. Yo llevaba una pistolita, que tenía su historia.
La escondía mi padre desde hacía años. Me había
enseñado a cargarla y manejarla, y yo iba siempre detrás de ella,
pidiéndosela. «Cuando llegue el momento», me decía,
y entonces me la dio. Por cierto, que ese día la perdí. El caso
es que el oficial, al ver ese arma, me dijo «Pero ¿dónde
vas con eso? Toma» Lo que me daba era una Star de calibre grande, un pistolón
que cada vez que disparaba casi me sentaba del retroceso. Otros compañeros
llevaban escopetas de caza, algún que otro fusil de las jornadas de octubre
del 34 y varias armas que se habían recuperado en el Paralelo, en las
alcantarillas (las habían tirado y se ve que no llegaron a hundirse).
En fin, apenas nada. Así que cargamos el camión de fusiles hasta
los topes y volvimos al bar. Entonces nos dimos cuenta de que, emocionados como
estábamos, ¡nos habíamos dejado la munición!
Mientras ocurría esto, habían abierto las puertas de la Modelo
e iban llegando los presos y otros compañeros para armarse. A la vez,
en el barrio seguían las incautaciones. Hacia el mediodía, nosotros
nos dirigimos al convento de Loreto y lo incautamos; en el campanario no había
ni rastro de nadie. Hicimos salir a las monjas, vestidas de paisano.
Luego, empezamos a levantar barricadas en algunos puntos del barrio (en la Travessera,
en la calle Cabestany, otra donde estaba la fábrica que le decían
del Vitriolo
) por si había que defenderlo.
Por la tarde, algunos compañeros se incautaron de la Maternidad. Aquí,
bastantes monjas decidieron quedarse para cuidar de los niños. A la que
se quería ir, se le escoltaba hasta el tren y se le daba para el pasaje;
otras se quedaron en Barcelona, con parientes o conocidos. En fin, contra lo
que se ha dicho, se las trató bien, demasiado bien. Al frente de la Maternidad
queda Félix Carrasquer, que fue el que montó la escuela racionalista
del barrio en 1935 (estaba en la calle Vallespir y la llamamos Eliseo Reclús;
ya con Franco, fue «la escuela de Les Corts».
Nosotros nos dirigimos del Loreto al ateneo del barrio*, que ya existía
(estaba en el passatge Sagristà y se llamaba Ateneu Humanitat), para
habilitarlo como depósito de armas y suministros. Allí mismo montamos
la cocina colectiva.
A los tres días, mi hermano y yo nos enteramos de que en el cuartel de
Pedralbes se estaba organizando una columna para salir hacia el frente y nos
apuntamos. Estuvimos tres o cuatro días y yo salí para Caspe,
donde nos incorporamos a la Columna Ortiz. Recuerdo los aviones de los nacionales
volando muy bajo para dispararnos; les respondíamos con los fusiles,
aunque era imposible llegar a tocarlos. De Caspe salimos para la Zaida. Allí
estuvimos hasta el ataque de Belchite. De camino, en Zaila, me encontré
a mi hermano, que estaba de artillero con el capitán con el que había
hecho el servicio (en la zona se mezclaban militares y milicianos; además,
en todas las columnas había un jefe militar y otro civil). Comenzó
el ataque. Debía ser finales de septiembre. Una noche, nos dieron el
alto en unas montañas; al día siguiente, los fascistas nos hicieron
retroceder. Lo de siempre: falta de municiones (la poca que traíamos
la habíamos gastado por el camino). ¿Cómo resistir así?
Yo, la verdad, tenía poca puntería y, al disparar, el retroceso
del arma me tumbaba; pero llegué a tener algo de práctica. De
todas maneras, en combates como el del día que te digo, era difícil
ver a nadie, se disparaba a ciegas. Muchas veces, del enemigo no veías
más que los pertrechos abandonados por el camino: una cantimplora aquí,
una fiambrera allá.
Después de un permiso, durante el que estuve ayudando en la Maternidad,
volví al frente, esta vez a la zona de Tardienta, donde coincidimos con
las Brigadas Internacionales. Aquí sólo estuve un par de meses:
unos cuantos cogimos la sarna y nos tuvieron que evacuar al hospital de Lleida
y de aquí al Militar de Barcelona. Entonces mi hermano me habló
de una fábrica de armamento en el barrio de Sants en la que hacía
falta gente de confianza (se sospechaba que la antigua dueña, ahora empleada,
saboteaba la producción, aunque, a la vista de cómo ayudó
a gente durante el franquismo, no creo que fuera cierto). En esa fábrica
colectivizada, que pasó de ser un taller con 20 empleados a una fábrica
moderna con 200 (y eso que no nos dio tiempo a montar la guardería y
el comedor previstos), estuve el resto de la guerra. Allí era más
útil que en el frente.
P. Durante los «hechos de mayo» fuiste herida. Aquello supuso el
fin de muchos logros.
R. Hacía tiempo que las cosas no iban bien, y el malestar se notaba en
todas partes. Cuando por fin estallaron los hechos de mayo, me acerqué
al barrio a buscar información porque llegaban rumores de que algo gordo
estaba ocurriendo en el centro. Los compañeros me encargan que vaya al
Comité Regional ya que, al ser mujer, pasaría desapercibida más
fácilmente. La hermana de Carrasquer, Presen, no quiso que fuera sola
y decidió acompañarme.
Pues verás. En la fábrica había un italiano, Saboritti,
que, al enterarse de adónde íbamos, nos ofreció llevarnos
en su coche y aceptamos. Ahora, si llego a saber cómo era el coche, no
subo ni loca: estaba completamente forrado de chapas. ¡Parecía
un tanque! Por si fuera poco, a Saboritti no se le ocurre otra cosa que bajar
directamente por Via Laietana y pasar por delante de la Jefatura de Policía.
Bueno: comenzaron a llover balas de todas partes, yo creo que hasta del Comité;
nos tiraban también bombas de mano y venga tiros y tiros. Claro, al ver
aquel trasto blindado, en Jefatura pensaron que veníamos a tomar el edificio
(y es que incluso salió así la noticia en algún periódico).
Menos mal que Presen mantuvo la serenidad y sacó un pañuelo por
la ventanilla. El caso es que Saboritti quedó muy mal herido, con un
tiro en la cabeza que le tuvo un año en el hospital, y a mí se
me clavaron en el vientre algunas esquirlas, que yo creo que eran de las mismas
chapas del coche. Me llevaron al Hospital Clínico y, mientras hacían
el atestado, salí por otra puerta sin problemas (no sé si hicieron
la vista gorda). Volví andando al barrio y los compañeros me llevaron
a una clínica cercana, donde me pusieron la inyección del tétanos,
pero resulta que pocos días antes me habían puesto otra por una
herida accidental y cogí una fiebre tremenda. Ya no supe más de
los famosos «hechos de mayo». Luego las cosas fueron muy distintas,
íbamos de capa caída y estábamos muy desmoralizados.
Llegó la derrota y pasé a Francia. De tanta amargura y angustia,
muchos recuerdos de aquella época los tengo como borrados. En septiembre
de 1942 decidí volver con mi hijo, que entonces tenía tres meses.
Participé en la vida clandestina de la organización y más
de una vez estuve a punto de meterme en un lío. La verdad es que fueron
años muy, muy duros; la represión tumbaba comité tras comité
y aún se fusilaba a mucha gente.
Luego, durante los años 50 y 60, viví las reuniones de compañeros,
camufladas de tertulia, en el bar Los pajaritos, que estaba en la Ronda de Sant
Pau, y, ya sin Franco, la tertulia, esta sí, en el Centre Lleidetà,
que está sobre el bar Estudiantil de la Plaza Universitat, que duró
de los años 70 hasta 1994. Las dos me ayudaron a mantener el contacto
con los compañeros. Ahora participo en el proyecto «Dones del 36»,
que está a punto de cumplir 10 años: hay mucho que decir y mucho
que recordar.
*Concha Pérez nos ha enseñado fotocopia de algunos documentos
depositados hasta hace poco en el Archivo de Salamanca. En algunos salvoconductos
para llegar al frente de Aragón, figura la dirección del Comité
Revolucionario de Les Corts: Deu i Mata, 59.
(Entrevista realizada por Solidaridad Obrera, portavoz de la CNT
de Catalunya, en el monográfico conmemorativo del 70º Aniversario
de la Revolución Española. Para su versión digital, consultar:
http://www.soliobrera.org/pdefs/soliesp2.pdf )