La computación al servicio del control
(Reflexiones a partir de la traducción de un manual de computación).
Me pagaron por traducir un manual de computación para un Centro de Llamados, es un programa que distribuye los turnos de más de 500 personas.
Quería denunciar un hecho que descubría horrorizada a medida que avanzaba la traducción. Tiene que ver con el control.
El trabajador/a (agente) es un objeto productivo al que hay que controlar. Todos sus movimientos son observados y registrados en el programa computacional. Si habla de más, si habla de menos, si habla lo justo, cual es su turno asignado, cuál es su antigüedad, cuál es su "rank", si tuvo algún "código de excepción", es decir si está alimentándose (por supuesto que "lunch" o "break" no se traducen), si está "forzado a trabajar" y un escolástico y largo etcétera.
Realmente no tendría por qué asombrarme tanto, si hace rato que la naturaleza es un estock de cosas a la mano para aumentar la riqueza del poderoso y hace mucho más de un siglo que se evidenció que para el capitalista el proletario, el obrero, el trabajador es un bien de capital más. Lo que me parece interesante destacar en este momento es cómo la computación se presta para este fin de control extremo, del que hablaba Foucault, panópticon que controla desde el centro el movimiento del encarcelado, del estudiante del trabajador.
El punto es que ahora no hay siquiera una materialización, una cosificación del control. A través del sistema binario computacional el propio medio de trabajo, la propia herramienta de trabajo (o al menos parte de ella) es parte del control. Se trabaja desde y para el control.
De hecho ampliando el enfoque de nuestro zoom, la finalidad del mismo "centro de llamado" desde el cual se proyectan "atenciones al cliente", "ofensivas comunicacionales", "estrategias de márketing", etc. todas las cuales llegan a nuestro "hogar" a través del teléfono, es en sí el control en la faceta de cooptar nuestro universo de acciones posibles diagramando las líneas de nuestro deseo, pauteando las coordenadas de nuestros movimientos, de nuestro anhelos que sin duda acaban en el consumo, en el tener, en el valer, en la producción, en suma "acaban", son meta, son finalidad, son algo más que vida que transcurre.
La telefonía es una peste se la mire por donde se la mire. Las empresas de telefonía se destacan entre las empresas más explotadoras. Con estos sistemas de control computacional la trabajadora/or no tiene el tiempo para fumarse un cigarro, para hablar un rato de algo que no sea producción y trabajo. Si tiene turno de noche con quien deja a sus hijos si vive sola y tiene hijos. En fin sin irme en el desgloce testimonial al que no estoy ajena son una expresión descarnada de nuestra sociedad de mercado y de las consecuencias en las vidas humanas que tiene y que tan fácilmente se pasan por alto, cuando en Santiago, Madrid o Mendoza, llamamos a algún "servicio al cliente".
Es lo mismo, aquí o allá, es lo mismo, cambian los acentos, cambian los ritmos, pero no cambia la Telefónica, ni la reproducción del lucro con la que colonizan territorios y vidas-territorios, cuerpos, voluntades, tiempos.
Algo que está detrás, sin duda, son, a mi entender, dos cosas: uno sería el triunfo de la práctica orientada al objetivo, orientada a la meta en la que el proceso no tiene cabida si no es en función de un objetivo, de un logro, que cuando se obtiene viene otro en seguida. Y el segundo sería la materialización del tiempo como un producto transable en el mercado, la cosificación del tiempo y la enajenación de toda dimensión humana que este tiene. En la medida en que la meta aparezca en nuestra dimensión temporal dejaremos de vivir el tiempo como animales que somos, desde el cuerpo, desde lo interno y lo viviremos desde la meta productiva impuesta de afuera.