3ª PARTE. Anarquismo: la conexión feminista.
Peggy Kronegger
Más allá de la teoría: España 1936-1939.
La revolución es un asunto de los pueblo, una creación popular; la contra-revolución es asunto del Estado. Así ha sido siempre y así será siempre, ya sea en Rusia, en España o China. (Federación Anarquista Ibérica- FAI- Tierra y Libertad, 3 de Julio de 1936).
Se cree comúnmente que la llamada Guerra Civil Española, fue simplemente una lucha entre el fascismo franquista y las fuerzas partidarias de una democracia liberal. Lo que ha sido pasado por alto, u obviado, es que en España aconteció algo mucho más importante que una guerra civil. Tuvo lugar una revolución con una amplia base social que abrazó los principios anarquistas, de modo concreto, en muchas zonas del país. La reducción gradual y la eventual destrucción del movimiento libertarios es menos importante que discutir aquí qué lograron realmente las mujeres y los hombres que participaron en ellas. A pesar de inmensos imprevistos ellos hicieron un trabajo anarquista.
La implementación de la colectivización anarquista y el autogobierno de los trabajadores durante la Revolución Española nos ejemplifica la organización más espontánea. Los anarquistas han sido parte de la conciencia popular española tanto en lo rural como en la industria. En el campo, tenían una larga tradición de comunalismo; muchos pueblos todavía comparten una propiedad común o dan partes de su tierra a quienes no tienen. Décadas de colectivismo rural y cooperación asentaron las bases para el anarquismo teórico que llegó a España en 1870 (por intermedio de revolucionario italiano Fanelli, amigo de Bakunin) y le dio auge al anarco-sindicalismo, -la aplicación de los principios anarquistas a los sindicatos-. La Confederación Nacional del Trabajo, fundada en 1910, fue la coalición anarco-sindicalista (junto a la Federación Anarquista Ibérica) que proporcionó la instrucción y la preparación a las organizaciones de trabajadores autogestionadas y a las colectivizaciones. El resultado: diez mil libros periódicos y panfletos provenientes de casi todos los rincones de España para contribuir al conocimiento general del pensamiento anarquista. Los principios anarquista de cooperación no jerárquica y la iniciativa individual combinada con las tácticas anarco-sindicalistas de sabotaje, boicot y combate, así como la instrucción en los aspectos productivos y económicos, le dieron a los trabajadores el substrato para fundar su teoría y su práctica. Esto llevó, después de julio de 1936, a una apropiación espontánea y exitosa tanto de fabricas como de los campos.
Cuando el 19 de julio de 1936, la legalidad española responde al triunfo electoral del Frente Popular, con una intervención militar, el pueblo lo resistió con una fuerza que contuvo a los militares en 24 horas. A esas alturas las urnas ganadoras eran una vanalidad; había empezado una completa revolución social. Por un lado los obreros se fueron a la huelga o empezaron a hacer funcionar las fabricas ellos mismos; los campesinos, por otro lado, desconocieron a los terratenientes y empezaron a cultivar los campos por su cuenta. En un tiempo breve más del 60% de los campos españoles se trabajaban colectivamente, sin terratenientes, jefes, o competencia. La colectivización de las fabricas se dio sobre todo en la provincia de Catalonia, lo que no fue un logro menor. De este modo, después de 75 años de lucha y preparación se había logrado la colectivización, mediante la acción colectiva espontánea de los individuos inspirados en principios libertarios.
Pero ¿qué representa esta colectivización en la actualidad, y cómo funcionó? En general los colectivos anarquistas funcionan en dos niveles:
(1) en una democracia participativa a pequeña escala y (2) en una coordinación con control desde abajo a gran escala. En cada nivel el objetivo principal era la descentralización y el dar cabida a la iniciativa individual. En las fábricas y en los pueblos, los representantes eran elegidos por consejos que operaban como instancias coordinantes o administrativas. Las decisiones siempre venían de las asambleas con más miembros, a las que todos los trabajadores asistían. Para estar alerta en contra de los peligros de la representación, los representantes eran los mismos trabajadores siempre sujetos al inmediato y periódico reemplazo. Estos consejos o comités eran las bases de la autogestión. A partir de ahí se podían establecer coordinaciones con federaciones autónomas que unían trabajadores y acciones de una fabrica o de un área geográfica. De este modo la distribución y el intercambio de bienes se podían realizar, así como la implementación de programas de alcance mas amplio como el riego, el transporte y las comunicaciones. Una vez más el énfasis del proceso era de abajo hacia arriba. Este equilibrio esquivo entre la individualidad y el colectivo fue logrado de modo más exitoso por la Federación de Campesinos de Levante, que incluía a 900 colectivos, también se dio esto en la Federación de Colectivos de Aragón compuesta por 500 colectivos.
Quizás el aspecto más importante de la autogestión sea, la equiparación de los salarios. Esto se dio de diversas formas, pero frecuentemente a partir de un sistema del "salario familiar". Los salarios se pagaban a cada trabajador en dinero o cupones de acuerdo a las necesidades de él y sus seres dependientes. Se distribuían libremente los bienes en abundancia, mientras otros se obtenían con "dinero".
Los beneficios que produjo esta equiparación de salarios fueron enormes. Después de que se eliminó el que los beneficios se concentraran en unos pocos, los ingresos en dinero se emplearon tanto para modernizar la industria (compra de nuevas maquinaria, y mejores condiciones de trabajo) como para desarrollar la agricultura (el riego, las represas, la compra de tractores, etc.). No sólo los mejores productos resultaron más eficientes sino que también los precio eran más bajos. Esto fue así en fabricas de diversos tipos: las textiles, las municiones de metal, el gas, el agua, la electricidad, el pan, la pesca, el transporte municipal, los ferrocarriles, el teléfono, los productos ópticos, las prestaciones de salud, etc. Los trabajadores se beneficiaron con una jornada de trabajo menor, con mejores condiciones de trabajo, el cuidado libre de la salud, el pago para los cesantes, y un nuevo orgullo por sus trabajo. La autogestión engendró la creatividad y el espíritu de ayuda mutua; los trabajadores se comprometieron en producir productos que eran mejores que los producidos en condiciones de explotación. Querían demostrar que el trabajo socialista funcionaba, y que la competencia y el lucro eran innecesarios. En unos meses el nivel de vida había aumentado un 50 a un 100% en muchas zonas de España.
Los logros de los anarquistas españoles fueron más allá de unos niveles de vida alta y una igualdad económica; ellos implicaron la realización de los ideales humanos básicos: la libertad, la creatividad individual y la cooperación colectiva. Los colectivos anarquistas españoles no fracasaron: se los destruyó desde afuera. Aquellos que creían en el estado fuerte (de izquierdas y de derechas) hicieron lo posible por borrarlos fuera de la historia española. El anarquismo triunfante de aproximadamente ocho millones de españoles se comienza, recién ahora, a revelar.
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