Votaremos

Señora: un día de estos será usted sorprendida por una noticia terrible: podrá usted votar. De golpe será usted transformada en ciudadano ¿No se le pone a usted la carne de gallina? Ciudadano... ¿No le evoca esta palabra los bellos tiempos de la Grecia cuando los ciudadanos se reunían a deliberar en el Paix, o las Asambleas Romanas, durante las cuales. los votantes dejaban caer la "Tabella" que expresaba el nombre de su candidato? Hay que recibir un susto mayúsculo, algo así como si una poderosa montaña viniera rodando en dirección a usted y no pudiera hecharse a correr.

¿Ha pensado en la gran responsabilidad que va a caer sobre usted, que, en su vida, no ha hecho otra cosa que traer al mundo cuatro o cinco muchachos que bien pudieron brotar como los hongos?

Serénese usted, señora. Cuando llegue el momento de ir a depositar su voto hágase algunas excursiones, por la noche, del brazo de su señor esposo. Saldrá usted a respirar aires de civismo, a educar su corazón de ciudadano.

Posiblemente habrá usted visto por esas calles, en grandes cartelones, unas caras cargadas de lentes -Desde hace ya varios días- y, debajo de ellas, programas, frases, promesas, declaraciones, etc.

Sabrá usted que en la esquina de tal y tal, un hombre, dos hombres, diez hombres, harán uso de la palabra. Llegara usted al sitio de la reunión, con su ingenuo corazón de mujer, a escuchar aquello que ha de encenderla en la llama sagrada. En cuanto llegue usted cerca de aquel conglomerado de ciudadanos oyentes, se detendrá a escuchar conversaciones, frases aisladas, discusiones, ideas.

Pecará usted de entrada, de su defecto mayor: tomar las cosas en serio. Ya lo dijo Dickens, que a las mujeres no les agrada hacer las cosas a medias. Así, pues, usted que viene impregnada de cierto idealismo, de cierta falsedad heroica de concepto, que, posiblemente ha creído usted que es cierto lo que los libros le han dicho de Grecia, Roma, revolución francesa, e igualdad futura, se sentirá avergonzada de la cháchara ciudadana que zumbará a su alrededor.

Después verá usted un hombre parado sobre una tribuna, sentirá que a su oído llegan palabras, querrá seguirlas, como el rayo al hilo conductor, hasta llegar al alma del que habla, a su conciencia de hombre responsable, y se estrellará usted contra un mundo artificial de engaños, astucias, falsedades y mezquinos intereses.

Después vera usted mil hombres que golpean las manos, mil gargantas que gritan: ¡hurra!

Una voz, de la multitud salida, rugirá: Abajo los sombreros!

Y en la noche de luna, debajo de un cielo inocente y lleno de luz, verá usted como yo lo he visto, a mil ciudadanos descubrirse ante otro ciudadano que permanece cubierto, y pensará usted en sus hijos, en la vida, en la pobreza humana y usted que se ha perdido la costumbre de llorar, dejará escurrir lagrimas ardientes de protesta, de dolor, de tristeza,. Si, señora usted llegará también a ciudadana, será igualada, con gran terror al analfabeto nacido hombre, al orillero que se alimenta de la lismona del comité, al pobre peón, que va a votar en masa, al empleado que quiere conservar su puesto, al indiferente que se abstiene. Las estrellas la iluminen, señora. Su escasa cerebracion la desligue de la habilidad ciudadana de las multitudes modernas y por favor, a pesare de esto, no se ponga demasiado seria.

La Nota, 12 de Septiembre de 1919

Alfonsina Storni