Del ser humano masculino y femenino

(Extractos de un carta a P. J. Proudhon)

Esta carta apareció en Les libertaires, firmada por Joseph Déjacque en mayo de 1857. Se inscribe en la polémica desencadenada por la publicación en la Revue philosophique de un artículo de Jenny d’Hericourt, "M. Proudhon et la question des femmes" (El señor Proudhon y la cuestión de las mujers) en diciembre de 1856. La carta de Proudhon a la que alude Dèjacque se publicó en esta misma revista en enero de 1857.

[...] ¿Es verdaderamente posible, célebre propagandista, que bajo su piel de león haya tanta burricie? [...]

Su nerviosa y poco flexible lógica en las cuestiones de producción y consumo industriales no es más que una endeble caña sin fuerza en las cuestiones morales de la producción y consumo. Su inteligencia, viril, plena para todo lo que ha traicionado al hombre, es como si estuviera castrada para lo que trata de la mujer. Cerebro hermafrodita, su pensamiento tiene la monstruosidad del doble sexo bajo el mismo cráneo, del sexo-luz y el sexo-oscuridad, y se desarrolla y se retuerce en vano sobre sí mismo sin poder llegr a parir la verdad social [...]

Cito sus palabras:

"No, señora, usted no sabe nada de su sexo; usted no conoce ni la primera palabra de la cuestión que usted y sus honorables coaligadas agitan con tanto ruido y tan poco éxito. Y si usted no la comprende; si en las ocho páginas de respuestas que da usted a mi carta hay cuarenta razonamientos falsos, eso se debe precisamente, como ya le he dicho, a su imperfección sexual. Por esta palabra, cuya exactitud no puede reprocharse, entiendo la calidad de su entendimiento, que no le permite captar la relación de las cosas si nosotros, los hombres, no se las hacemos tocar con el dedo. Hay en ustedes las mujeres, tanto en cerebro como en el vientre, cierto órgano incapaz por sí mismo de vencer su inercia innata, y que sólo el espíritu masculino puede hacer funcionar, cosa que no logra siempre. Ese es, señora, el resultado de mis observaciones directas y positivas: lo dejo a su sagacidad obstetricia y para que calcule, para su tesis, las consecuencias incalculables [...]"

La emancipación o la no emancipación de la mujer, la emancipación o la no emancipación del hombre ¿qué quiere decir? ¿Es que -naturalmente- puede haber derechos para uno que no lo sean para el otro? ¿Es que el ser humano no es el mismo ser humano en plural que en singular, en femenino que en masculino? [...]

Plantear la cuestión de la emancipación de la mujer a la vez que la cuestión de la emancipación del proletario, hombre-mujer o, por decir la misma cosa con otras palabras, hombre-esclavo -carne de harén o carne de taller- se comprende, y es revolucionario; pero poner esa cuestión en relación con el hombre-privilegio, ¡oh! entonces, desde el punto de vista del progreso social carece de sentido, es reaccionario. Para evitar cualquier equívoco, habría que hablar de emancipación del ser humano. En estos términos, la cuestión queda completa; plantearla de este modo es resolverla: el ser humano, en sus rotaciones de cada día, gravita de revolución en revolución hacia su ideal de perfectibilidad, la libertad [...]

Su entendimiento, atormentado por las pequeñas vanidades, le hace ver la posteridad del hombre-estatua, erigido sobre el pedestal-mujer como hombre-patriarca, de pie ante la mujer-sirviente.

Escritor fustigador de las mujeres, siervo del hombre absoluto, Proudhon-Heynau, que tiene por látigo la palabra, como el verdugo croata, y parece disfrutar de todas las lubricidades de la codicia al desvestir a sus bellas víctimas sobre el papel del suplicio y flagelarlas con sus invectivas. Anarquista a medias, liberal y no libertario, exige usted el libre cambio para el algodón y otras naderías y preconiza sistemas de protección del hombre contra la mujer en la circulación de las pasiones humanas; clama contra las altos barones del capital y quiere reedificar la alta baronía del hombre sobre el vasallo mujer; filósofo con anteojos, ve al hombre por el cristal de aumento y a la mujer por el reductor; pensador afectado de miopía, no sabe distinguir más que lo que deja tuerto en el presente o en el pasado, y no puede descubrir nada de lo que está arriba o a distancia, la persepctiva del devenir: ¡es usted un inválido! [...]

¡Ah! Si en este mundo hay tantas criaturas hembras abyectas y tan pocos hombres y mujeres ¿a qué recurrir? Dandin-Proudhon, ¿de qué os quejáis? Vosotros lo habéis querido...

Y no obstante, está usted provisto, lo reconozco, de formidables ataques al servicio de la Revolución. Ha llegado hasta la médula del tronco secular de la propiedad, y ha hecho volar lejos los resplandores, ha despojado de su corteza el objeto y lo ha expuesto en su desnudez a la mirada de los proletarios; ha hecho resquebrajarse y caer a su paso, del mismo modo que las ramas secas o las hojas, los impotentes rebrotes autoritarios, las teorías renovadas de los griegos del socialismo constitucional, incluida la vuestra; ha arrastrado con usted, en la carrera de fondo a través de las sinuosidades del futuro, toda la jauría de los apetitos físicos y morales. Ha hecho camino. Se lo ha hecho hacer a otros. Está cansado y querría descansar; pero las voces de la lógica están ahí y le obligan a seguir con sus deducciones revolucionarias, a seguir hacia adelante, bajo el riesgo de, si desdeña el anuncio fatal, sentir las zancadillas de los que pueden destrozarle [...] En el terreno de la verdadera anarquía, de la libertad absoluta, existiría sin contradicción la diversidad entre los seres, habría personas en la sociedad de distinta edad, sexo o aptitudes: la igualdad no es la uniformidad. Y esta diversidad de todos los seres y de todos los instantes es justamente lo que hace imposible cualquier gobierno, cualquier constitución o contracción. ¿Cómo comprometerse por un año, por un día, o por una hora, cuando en una hora, un día o un año se puede pensar de forma totalmente diferente al momento en que uno se ha comprometido? Con la anarquía radical habría mujeres, como habría hombres, de mayor o menor valor relativo; habría niños como habría anacianos; pero todos indistintamente serían seres humanos y serían igual y absolutamente libres de moverse en el círculo natural de sus atracciones, libres de consumir y producir como les conviniera sin que ninguna autoridad paternal, marital o gubernamental, sin que ninguna reglamentación legal o restrictiva pudiera alcanzarles.

En una sociedad así comprendida -y debe usted comprenderla de este modo si alardea de ser anarquista- ¿qué tiene que decir sobre la inferioridad sexual de la mujer o del hombre entre los seres humanos?

Escuche, maestro Proudhon, no hable de la mujer o, antes de hablar, estúdiela; vaya a la escuela. No se considere anarquista, o séalo hasta el final. Háblenos, si quiere, de lo conocido y lo desconocido, de Dios que es el mal, de la Propiedad que es el robo. Pero cuando hable del hombre, no haga de él una divinidad autocrática, porque yo le responderé: ¡el hombre es el mal! No le atribuya un capital de inteligencia que no le pertenece por derecho de conquista, por el comercio del amor, riqueza usurera que le viene por entero de la mujer, que es el producto de su dueño; no lo engalane con los despojos de otro, porque entonces yo le responderé: ¡La propiedad es un robo! [...]

Sea más fuerte que sus debilidades, más generoso que sus mezquindades; proclame la libertad, la igualdad, la fraternidad, la indivisibildad del ser humano. Diga eso: es por salud pública. Declare a la humanidad en peligro; convoque en masa al hombre y a la mujer para que rechacen fuera de las fronteras sociales los prejuicios invasores, proponga un dos y tres de septiembre contra esa alta nobleza masculina, esa aristocracia del sexo que querría llevarnos al Antiguo Régimen. Diga eso: ¡Es necesario! Dígalo con pasión, con genio, fúndalo en bronce, hágalo retumbar... y habrá logrado mérito para los demás y para usted.

Joseph Déjacque

 

(copiado y extraído de la edición impresa de Tierra y Libertad -marzo 2004-)