Extractos y edición particular del libro EL INFARTO DEL ALMA, de Diamela Eltit + Paz Errázuriz.
Libro que es un testimonio fotográfico y literario del amor entre parejas internas en un psiquiátrico estatal chileno, por enfermedades mentales.
EL OTRO, MI OTRO
El sujeto parece prisionero de lo que es una repetición cuando busca en su tránsito al otro, que se aparece o desaparece ante su vista bajo distintas formas, a lo largo de lo que será toda su vida. El otro, continente de su múltiple paradójica sentimentalidad y de la modalidad de su sobrevivencia, se va a expresar también en la diversidad de sentimientos y búsquedas que posee el sujeto, sea el deseo, sea el poder, sea Dios.
En todas las distintas expresiones apasionadas yace el otro, que a la vez que lo conforta lo amenaza, cuando pone en peligro la estabilidad de su frágil unidad que, sin embargo, requiere tercamente traspasar su propio umbral para perderse en la disolución de su poder, de su propia imagen, de su miedo. A la manera de una carrera incesante marcada por la desigualdad, los afectos caen sobre la otra figura en la que se depositan los signos simbólicos y materiales de un anhelo cuyas fronteras presentan límites difusos.
El otro se levanta como fantasía de un deseo simés en el que lo idéntico se completa con el requisito de lo inseparable para derrumbar quizás qué certeza, quizás cuál incertidumbre, qué intento por detener el instante inevitable de la muerte. Deseo siamés dictaminado por la naturaleza sexual y modelado por la oferta cultural. Pero el sujeto, enclavado en su unidad, se golpea ante los escollos que le presenta ese otro y ciego retrocede para establecer el camino de una nueva búsqueda de la cual ya conoce vagamente su destino.
El otro, en el momento del amor, actuando la simbología de un solo cuerpo, de una misma mente, abierto a la circulación e intercambio de su primitiva energía. Una pasión que es especialmente posesión - a la manera de los posesos, de los alienados - y robo. Expropiar al otro de sí. O al revés, donarse como cuerpo y como mente al otro. Indagar, transitar entre la tiranía y la esclavitud. Jugar la apuesta mística de ocupar todos los lugares. Abrirse al asombro imposible de la infinitud del deseo recortado contra la dolorosa finitud del cuerpo. El otro, espejo insólito de un mundo siamés, protagonista de un circo bacanal.
EL INFARTO DEL ALMA
Te escribo:
Nunca hube de encontrar una sola palabra que te retuviera. Mi espalda es la que me infama todo el tiempo. Mi mano me obedeció con brusquedad, mis ojos se nublaron con sólo contemplarte. El barrio se hizo tosco cuando recibió tus pasos. Una pálida vidente me dijo que el abandono regía el simulacro de mis días.
La vidente atravesó la calle arrastrando un ruidoso sonajero de plata. Desprecié sus augurios pues nunca he estado más acompañada desde que habito tu imagen. Camino como si no caminara, vivo como si la vida no me perteneciera. La vidente actuó con la mala fe de tus adoradoras pues quiso convencerme de que la imagen que tengo es la prueba de mi antagonismo a la realidad que te nombra. Me han culpado de cometer siniestros desmanes. Me acusan de intentar detener el curso de tu gloria. Me dicen que me abrumo en la ceguera de una amor que augura la catástrofe. Tus parientes son los responsables de todas las murmuraciones. La vidente, era, quizás, tu madre o tu esposa o tu sometida sierva. La vidente me interceptó en plena calle y pretendió dirigir mis ojos hacia un mundo que odio. El único mundo posible es aquel que comparto contigo. Mi piel pierde el sentido si no la califica tu mano. ¿Qué podría hacer en una casa vacía? …
Te escribo:
Cuando se avecina la geometría del alba me desarma la tenaz codicia del deseo. Mi deseo ya ha alcanzado lo infinito. Prometí morir antes de que expire mi deseo. Adivino una funesta cabalgata con los jinetes aferrados a sus montas, ungidos por la prisa de llegar hasta los signos de la muerte. Mi calavera suspira y cruje el tiempo. Mi calavera se purifica cada vez que progresa un nuevo invierno. ¿Te hirió acaso mi sediento corazón? Ya no caminaremos, no habremos de cruzar jamás una pradera. Contigo se extinguió mi destino y me quedó la carga de este absoluto deseo.