Sobre los seres domiciliados

Dicen los filósofos que admiro que somos seres domiciliados. Que gracias a que tenemos nuestro domicilio es que volvemos de nuestro viaje por el mundo-calle-trabajo-plaza-bar... y retornamos a nuestra mismidad. Dicen los filósofos que admiro que es gracias a esta reflexión cotidiana, siempre con una vuelta a Sí mismo, que tenemos identidad.

Quiero repensar brevemente este concepto de domicilio.

Pienso que las casas, domicilios, sirven como protección de la intemperie. La sensación de vida a la intemperie, de no tener dónde dormir es algo que muy pocos eligen. Incluso aquellos que toman esa opción terminan haciendo de la intemperie su habitáculo, su domicilio. Duermen, comen, viven en la calle. Algunos por opción, otros porque no tienen otra opción.

Las casas, las habitaciones donde se vive, los habitáculos, aquellos que costeamos con nuestros ingresos, aquellos que anhelamos cuando vivimos hacinados, aquellos en cuyo nombre sacrificamos nuestra vida, al menos en términos de trabajo, ¿son un hecho incuestionable? Quisiera pensar qué relatos sostienen la existencia de los domicilios. El primero de ellos es el de la identidad.

Tenemos nuestra dirección, nuestro lugar dónde ser encontrados por aquél que nos busca, por aquél que quiere saber de nosotros (en ese sentido tenemos también teléfono...), Las cuentas llegan a nuestra dirección. No se les iba a escapar nuestra dirección a los cobradores. Necesitamos estar identificables en algún locus, necesitamos ser reconocidos por vivir en: [¿...?]

Las casa sirven de protección, he señalado. Son también el espacio de nuestro encierro. Pueden ser incluso el espacio necesario para nuestro desenvolvimiento como seres humanos. De hecho lo son. Son los "metros cuadrados" que nos permiten mantenernos en la subsistencia, dormimos, comemos, vamos al baño, nos aseamos... Toda nuestra faceta de animales humanos se cumple en nuestro domicilio.

Además como seres culturales ornamos nuestro domicilio y lo dotamos de nuestras características, proyectamos en él nuestra frialdad, nuestra calidez, nuestro buen o mal gusto...

Pero si pensamos en una dimensión colectiva., si logramos ver que detrás de esta propuesta de identidad de lo que se trata es de recortar cada vez más al individuo, de tallarlo en el tejido social para aislarlo, para atomizarlo (desde "el poder"), para localizarlo en una parcela que lo haga reconocible frente al todo, podemos cuestionar esa parcela de identidad en la que se transforma la casa, el domicilio.

Si enfatizamos, en cambio, que de lo que se trata es de no estar solos, de compartir (no en un mero sentido de intercambio sino de acogida real y concreta), de existir en términos colectivos, no porque nuestra identidad sea colectiva, que puede ser un paso, sino porque nuestra vida aislada nos parece algo que no logra salvarnos del dolor de la separatividad (por recurrir a un concepto de cierta tradición de pensamiento). Creo que es posible plantear que los domicilios en nuestro mundo capitalistas son islas que recortan a los individuos y los aíslan de una existencia colectiva.

Me parece que los momentos en que más felices somos es cuando estamos disponibles para los otros y los otros están disponibles para nosotros. No para instrumentalizarlos, sino para ser con ellos. Para existir en diálogo permanente con los otros que me acogen y sostienen. No creo que la mirada del otro me haga perder mi mundo, no creo que me pierda por no estar en soledad. Creo que la existencia colectiva es una necesidad, pero no creo que la familia patriarcal monogámica sea la única opción posible.

Las ocupaciones de casas por parte de individuos colectivos han sido desde fines de los setenta una opción para la vivienda de muchos sectores "postergados" europeos, y posteriormente en otras partes del mundo. Sin embargo, además de ser una opción en términos del acceso a la vivienda, han sido también una propuesta más militante de una vida cotidiana que se aleje de las formas de vida enajenadas, atomizadas, individualistas de las sociedades capitalistas. Las ocupaciones han tenido, en algunos casos, toda una dimensión de ruptura con el aislamiento que en nuestros contextos va indisolublemente ligado a la soledad. Es cierto que el tránsito entre la soledad y el aislamiento es algo que no debiera de transitarse sin cuidado, sin embargo, sostengo, que nuestras formas de vivir domiciliados nos llevan a ese aislamiento ya desde el fundamento de lo que es un domicilio. Sostengo que nuestras formas de vida nos impulsan a omitir el apego como una forma constitutiva de ser seres animales humanos vivos. Creo que la propuesta de la vivienda como habitáculos separados del resto, como territorios materiales, es un tanto que el poder nos gana en términos de inobjetabilidad de esta dimensión del sentido común que es el domicilio.

Pienso que los únicos territorios que vale la pena poblar son los subjetivos, que es en los territorios comunes en la subjetividad donde podemos realmente subsistir. Pienso que cuando el énfasis está en el territorio en términos materiales sólo obtenemos soledad, que en este caso, para mí, es sinónimo de aislamiento, constitutivo de nuestra vida en las sociedades capitalistas.

No niego la existencia histórica del domicilio, de la casa, como una forma de guarecerse, de protegerse, pero pienso que ha devenido en un encierro, en una parcela que se defiende con rejas y cuya manutención es a costa de nuestro esfuerzo cotidiano. Circulamos en el mundo capitalistas vendiendo nuestra fuerza de trabajo a cambio de dinero para poder sostener nuestra existencia domiciliada. Si decidiéramos terminar con la casas como instancias individuales de habitación y optáramos por la colectivización de la vida, en la que la ocupación (como instancia material) fuera sólo una dimensión acotada de un algo mucho más grande e importante que es la puesta en común de los espacios subjetivos, la puesta en común de nuestras existencias, podríamos romper con algo.

No se habla del colectivismo a no ser cuando hablamos de sociedades utópicas.

El ser colectivo no es sinónimo de un borrar nuestras singularidades, tampoco es sinónimo de vivir en función de principios como el de la solidaridad. El ser colectivos implica hacernos cargos de nuestra vivencia como seres vivos animales humanos, en los que no sólo está presente la dimensión racional de ordenación de los espacios en función de utilidades (¿la eficiencia? ¿el respeto?) Sino que implica hacerse cargo de la espontaneidad como una posibilidad que no es una amenaza.

Una resistencia, tal vez incluso inconsciente, para muchos es el tema del caos, del desorden, de la pérdida de los límites. Por eso se ha asociado la palabra anarquía al desorden y nadie quiere la inestabilidad del caos. Es cierto. Pero ahí estamos ya en un preconcepto, estamos en un temor atávico a la espontaneidad del otro, al flujo del otro. El otro es un ser sintiente, además de racional, es un ser vivo animal humano, cuya vida en el mundo transciende la dimensión valórica normada de una moral.

Pero ¿qué pasa con el uso y abuso de los espacios materiales concretos en los mundos colectivizados? Sólo sé que no hay recetas pero sí tengo claro que el avance no puede ser a costa de la imposición de normas. Porque eso es lo que hacemos en estas sociedades en las que vivimos. Pienso que podría ser en la creencia genuina en la libertad y en la humanidad del otro. En la falta de expectativas, no en un sentido peyorativo, en relación a la "conducta" de los otros sino un estado de apertura que me lleve a aceptar el flujo y la vivencia del otro en términos de animal humano creador. En dónde el espacio material no es lo importante sino que lo es el espacio subjetivo.

Si vivimos colectivamente en términos de significación y no en términos de territorialización del poder, lo que podemos lograr es desarmar los relatos de la apropiación, del domicilio, del individuo.