página de inicio
 
quienes somos
 
campañas
 
acciones antimilitaristas
 
mujeres antimilitaristas
 
CAIN
 
documentos
 
insumisia
 
enlaces
 
e-mail
  DOCUMENTOS - MILITARISMO YANKI  
     
 

EL MUNDO TRAS EL 11-S: una regresión histórica

Eduardo Subirats

 
 
 
   
 

(En formato rtf)

El 11 de Septiembre ha sido ritualizado como fecha de nacimiento de un nuevo siglo, de una nueva época. Señala el comienzo de una guerra global indefinida. Una guerra biológica, energética, una guerra tecnológica y económica. Y anuncia una inmensa regresión humana a escala planetaria. Una regresión histórica que estaba anunciada en los escenarios militares que la precedían en Irak, Colombia y los Balcanes, en la destrucción ecológica a gran escala promocionada por las grandes corporaciones mundiales, en la proliferación de genocidios abierta e impunemente perpetrados por gobiernos, y ejércitos estatales y privados. Una regresión que se manifiesta en primer lugar en las masas de cientos de millones de humanos a las que progresivamente se les priva en el Tercer Mundo de sus hábitats naturales y de sus medios de supervivencia; y en su movilización corporativa como fuerza de trabajo esclava. Uno de los aspectos centrales de esta regresión histórica es la diseminación de la violencia. Una violencia formulada en primer lugar en términos de destrucción ecológica programada de las reservas naturales del planeta. Una violencia administrativa llamada a la extinción de millones de humanos en las regiones biológicamente degradadas del Tercer Mundo.

Violencia de la tecnociencia militar postindustrial. Violencia promocionada por la industria cultural y de la comunicación. Distingue a esta violencia global la adopción de las retóricas de las cruzadas medievales contra el islam. Su formulación académica es el concepto de clash of civilizations: la refundición modernizada de la Guerra Santa contra infieles de las órdenes militares cristianas de los siglos XIII y XIV en la península Ibérica. Una mezcla de kitsch y terror corona esta regresión global con vetustos reclamos de una guerra providencial contra el Mal. Bajo sus banderas se ocultan una civilización en crisis, la necesidad de un cambio, y la inteligencia y las energías sociales capaces de llevarlo a cabo.

Durante más de una década, las retóricas políticas y financieras de la globalidad se asociaban alegremente con los paraísos liberales de empresas virtuales, operaciones financieras delirantes, las arquitecturas fraudulentas que las albergaban y un universal cinismo sobre los efectos ecológicos, sociales y culturales que un sistema irresponsable de crecimiento iba a imponer sobre el Tercer Mundo, con consecuencias fatales para el Mundo Primero.Las burocracias financieras y culturales mundiales esgrimían la bandera de una globalidad virtual con la perfecta inconsciencia de su incompatibilidad real con un planeta radicalmente dividido económica, social y militarmente.

La crítica contra la devastación biológica de los hábitats y culturas tropicales era despachada por los medios corporativos como ilusiones de apocalípticos y marginales. Las protesta contra las estrategias genocidas de las grandes corporaciones ligadas a la industria militar, biológica o energética en Africa, Asia y América Latina se reconstruían mediáticamente como algaradas anárquicas. Y los sindicalistas que han cuestionado los regímenes de semiesclavitud en las maquilas del sudeste asiático, de la franja fronteriza del río Bravo o de las zonas bajo control paramilitar de la región amazónica eran asesinados por ejércitos privados locales subvencionados por administraciones globales.

El orden virtual que la edad posmoderna celebraba con eslóganes deconstruccionistas de imaginarios sujetos descentrados, rebeliones intertextuales y micropolíticas, y las estrategias simbólicas de un multiculturalismo e hibridismo perfectamente banalizado por la industria cultural, ha tejido una impenetrable pantalla retórica y burocrática bajo la que se dirimía la destrucción irreversible de amplios sistemas ecológicos, el genocidio macroeconómico de millones de seres humanos, los mercados letales de armas, y una inextricable red de fuerzas militares especiales, y ejércitos privados y regulares.Repentinamente ha caído el telón. Las oscuras elecciones del presidente estadounidense, la crisis económica que arrastraba y la propaganda de guerra transformaron instantáneamente los sueños posmodernistas de una redención en los mundos virtuales en la pesadilla de una violencia globalizada. Y el realismo mágico de deudas financieras estratosféricas, espectáculos democráticos de administraciones políticas explícitamente corruptas, guerras en las estrellas y un concepto delirante de desarrollo ecológica y humanamente insostenible se ha venido abajo. Significativamente se ha venido abajo a través de una acción militar, la del 11 de Septiembre.

Una acción criminal que sólo puede compararse con las grandes operaciones militares de exterminio de la sociedad civil desempeñadas a lo largo del siglo XX: los olvidados bombardeos de Gernika o de Dresde, las nunca citadas bombas incendiarias sobre Tokio, el cínicamente bautizado Little Boy de Hiroshima, el napalm sobre Vietnam, los cientos de toneladas de uranio enriquecido sobre Irak o la destrucción biológica de las selvas colombianas mediante los herbicidas letales para la vida humana y el ecosistema

El discurso posmoderno de paraísos electrónicos, dopajes financieros multinacionales, culturas industrialmente manufacturadas y retóricas intertextuales era deleuzianamente esquizofrénico: al mismo tiempo presumía la libertad psicodélica de los megaeventos electrónicos y negocios en las penumbras de la legalidad, y el exterminio o las epidemias como su consecuencia políticamente sustentable. Los ricos serán más ricos; los pobres, más pobres todavía, pronunció sin vergüenza uno de los voceros globales del posmodernismo.Esta alegría, que hoy cuenta sus víctimas reales o virtuales por decenas de millones (800 millones de humanos en la infapobreza, según datos de la ONU), se ha dado amplia expresión lomismo en la industria fílmica que en la academia globales. Su necesario complemento es la interpretación paranoica de la realidad, las retóricas totalitarias del bien contra el mal, de guerras globales infinitas o guerras santas en nombre de arcaicas identidades civilizadoras oraciales, y principios quiméricos de exclusión étnica, religiosa y geopolítica...

La diferencia entre el liberalismo posmoderno y los lenguajes totalitarios que definen la guerra global indefinida contra el Mal es que aquélla no tenía que afrontar todavía sus consecuencias. Tras el ataque al World Trade Center nadie -ni siquiera las administraciones financieras mundiales que han tenido que aceptar hipócritamente que después de todo la violencia terrorista es una respuesta desesperada a las políticas económicas y militares del exterminio- puede ignorar que efectivamente existe un conflicto entre el Tercer Mundo y el Primero, y que eventualmente la población mundial de millones de humanos sin función económica en el sistema de las economías globales pueden generar choques armados de carácter local con gravísimas consecuencias globales.

La guerra global no es una simple respuesta a los ataques terroristas del 11 de Septiembre. Se había definido técnicamente desde las crisis del Golfo Pérsico y de los Balcanes como un sistema de intervención militar avanzado lo suficientemente rápido para poder intervenir simultáneamente en los diferentes escenarios del Tercer Mundo en los que en el próximo futuro tendrán lugar las catástrofes ecológicas que garantizan el calentamiento global, o bien los conflictos militares en zonas geopolíticamente significativas por sus recursos naturales -los casos de Irak, Afganistán y Colombia-.Y mientras la perspectiva política y económica global siga presionando en favor del despilfarro energético, la destrucción de selvas, la explotación terminal de fuerza de trabajo étnico, y el apoyo a regímenes corruptos, estos conflictos no dejarán de agudizarse en el futuro próximo. La naturaleza de las armas anuncia en su misma estructura tecnológica el orden civilizatorio llamado a imponer. Y son fundamentalmente tres estas dimensiones tecnológicas y civilizadoras que encierra la guerra global que acaba de definirse. Lo que ésta pone en escena, en primer lugar, es un perfecto aparato de escarnio mediático, de manipulación sistemática de las conciencias. La segunda característica de la nueva civilización es la destrucción terminal de culturas y memorias históricas a escala planetaria. La tercera condición civilizadora de la guerra global es la perpetuación de la violencia bajo las formas psicológicas y estéticas producidas por la industria cultural, bajo la forma de conflictos armados locales controlados, y bajo la real amenaza del holocausto nuclear.

Eduardo Subirats es filósofo y autor, entre otros libros, de "Culturas virtuales".

 
  Volver arriba