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(En formato rtf)
El 11 de Septiembre ha sido ritualizado como fecha
de nacimiento de un nuevo siglo, de una nueva época. Señala
el comienzo de una guerra global indefinida. Una guerra biológica,
energética, una guerra tecnológica y económica.
Y anuncia una inmensa regresión humana a escala planetaria.
Una regresión histórica que estaba anunciada en los
escenarios militares que la precedían en Irak, Colombia y
los Balcanes, en la destrucción ecológica a gran escala
promocionada por las grandes corporaciones mundiales, en la proliferación
de genocidios abierta e impunemente perpetrados por gobiernos, y
ejércitos estatales y privados. Una regresión que
se manifiesta en primer lugar en las masas de cientos de millones
de humanos a las que progresivamente se les priva en el Tercer Mundo
de sus hábitats naturales y de sus medios de supervivencia;
y en su movilización corporativa como fuerza de trabajo esclava.
Uno de los aspectos centrales de esta regresión histórica
es la diseminación de la violencia. Una violencia formulada
en primer lugar en términos de destrucción ecológica
programada de las reservas naturales del planeta. Una violencia
administrativa llamada a la extinción de millones de humanos
en las regiones biológicamente degradadas del Tercer Mundo.
Violencia de la tecnociencia militar postindustrial.
Violencia promocionada por la industria cultural y de la comunicación.
Distingue a esta violencia global la adopción de las retóricas
de las cruzadas medievales contra el islam. Su formulación
académica es el concepto de clash of civilizations: la refundición
modernizada de la Guerra Santa contra infieles de las órdenes
militares cristianas de los siglos XIII y XIV en la península
Ibérica. Una mezcla de kitsch y terror corona esta regresión
global con vetustos reclamos de una guerra providencial contra el
Mal. Bajo sus banderas se ocultan una civilización en crisis,
la necesidad de un cambio, y la inteligencia y las energías
sociales capaces de llevarlo a cabo.
Durante más de una década, las retóricas
políticas y financieras de la globalidad se asociaban alegremente
con los paraísos liberales de empresas virtuales, operaciones
financieras delirantes, las arquitecturas fraudulentas que las albergaban
y un universal cinismo sobre los efectos ecológicos, sociales
y culturales que un sistema irresponsable de crecimiento iba a imponer
sobre el Tercer Mundo, con consecuencias fatales para el Mundo Primero.Las
burocracias financieras y culturales mundiales esgrimían
la bandera de una globalidad virtual con la perfecta inconsciencia
de su incompatibilidad real con un planeta radicalmente dividido
económica, social y militarmente.
La crítica contra la devastación biológica
de los hábitats y culturas tropicales era despachada por
los medios corporativos como ilusiones de apocalípticos y
marginales. Las protesta contra las estrategias genocidas de las
grandes corporaciones ligadas a la industria militar, biológica
o energética en Africa, Asia y América Latina se reconstruían
mediáticamente como algaradas anárquicas. Y los sindicalistas
que han cuestionado los regímenes de semiesclavitud en las
maquilas del sudeste asiático, de la franja fronteriza del
río Bravo o de las zonas bajo control paramilitar de la región
amazónica eran asesinados por ejércitos privados locales
subvencionados por administraciones globales.
El orden virtual que la edad posmoderna celebraba
con eslóganes deconstruccionistas de imaginarios sujetos
descentrados, rebeliones intertextuales y micropolíticas,
y las estrategias simbólicas de un multiculturalismo e hibridismo
perfectamente banalizado por la industria cultural, ha tejido una
impenetrable pantalla retórica y burocrática bajo
la que se dirimía la destrucción irreversible de amplios
sistemas ecológicos, el genocidio macroeconómico de
millones de seres humanos, los mercados letales de armas, y una
inextricable red de fuerzas militares especiales, y ejércitos
privados y regulares.Repentinamente ha caído el telón.
Las oscuras elecciones del presidente estadounidense, la crisis
económica que arrastraba y la propaganda de guerra transformaron
instantáneamente los sueños posmodernistas de una
redención en los mundos virtuales en la pesadilla de una
violencia globalizada. Y el realismo mágico de deudas financieras
estratosféricas, espectáculos democráticos
de administraciones políticas explícitamente corruptas,
guerras en las estrellas y un concepto delirante de desarrollo ecológica
y humanamente insostenible se ha venido abajo. Significativamente
se ha venido abajo a través de una acción militar,
la del 11 de Septiembre.
Una acción criminal que sólo puede
compararse con las grandes operaciones militares de exterminio de
la sociedad civil desempeñadas a lo largo del siglo XX: los
olvidados bombardeos de Gernika o de Dresde, las nunca citadas bombas
incendiarias sobre Tokio, el cínicamente bautizado Little
Boy de Hiroshima, el napalm sobre Vietnam, los cientos de toneladas
de uranio enriquecido sobre Irak o la destrucción biológica
de las selvas colombianas mediante los herbicidas letales para la
vida humana y el ecosistema
El discurso posmoderno de paraísos electrónicos,
dopajes financieros multinacionales, culturas industrialmente manufacturadas
y retóricas intertextuales era deleuzianamente esquizofrénico:
al mismo tiempo presumía la libertad psicodélica de
los megaeventos electrónicos y negocios en las penumbras
de la legalidad, y el exterminio o las epidemias como su consecuencia
políticamente sustentable. Los ricos serán más
ricos; los pobres, más pobres todavía, pronunció
sin vergüenza uno de los voceros globales del posmodernismo.Esta
alegría, que hoy cuenta sus víctimas reales o virtuales
por decenas de millones (800 millones de humanos en la infapobreza,
según datos de la ONU), se ha dado amplia expresión
lomismo en la industria fílmica que en la academia globales.
Su necesario complemento es la interpretación paranoica de
la realidad, las retóricas totalitarias del bien contra el
mal, de guerras globales infinitas o guerras santas en nombre de
arcaicas identidades civilizadoras oraciales, y principios quiméricos
de exclusión étnica, religiosa y geopolítica...
La diferencia entre el liberalismo posmoderno y
los lenguajes totalitarios que definen la guerra global indefinida
contra el Mal es que aquélla no tenía que afrontar
todavía sus consecuencias. Tras el ataque al World Trade
Center nadie -ni siquiera las administraciones financieras mundiales
que han tenido que aceptar hipócritamente que después
de todo la violencia terrorista es una respuesta desesperada a las
políticas económicas y militares del exterminio- puede
ignorar que efectivamente existe un conflicto entre el Tercer Mundo
y el Primero, y que eventualmente la población mundial de
millones de humanos sin función económica en el sistema
de las economías globales pueden generar choques armados
de carácter local con gravísimas consecuencias globales.
La guerra global no es una simple respuesta a los
ataques terroristas del 11 de Septiembre. Se había definido
técnicamente desde las crisis del Golfo Pérsico y
de los Balcanes como un sistema de intervención militar avanzado
lo suficientemente rápido para poder intervenir simultáneamente
en los diferentes escenarios del Tercer Mundo en los que en el próximo
futuro tendrán lugar las catástrofes ecológicas
que garantizan el calentamiento global, o bien los conflictos militares
en zonas geopolíticamente significativas por sus recursos
naturales -los casos de Irak, Afganistán y Colombia-.Y mientras
la perspectiva política y económica global siga presionando
en favor del despilfarro energético, la destrucción
de selvas, la explotación terminal de fuerza de trabajo étnico,
y el apoyo a regímenes corruptos, estos conflictos no dejarán
de agudizarse en el futuro próximo. La naturaleza de las
armas anuncia en su misma estructura tecnológica el orden
civilizatorio llamado a imponer. Y son fundamentalmente tres estas
dimensiones tecnológicas y civilizadoras que encierra la
guerra global que acaba de definirse. Lo que ésta pone en
escena, en primer lugar, es un perfecto aparato de escarnio mediático,
de manipulación sistemática de las conciencias. La
segunda característica de la nueva civilización es
la destrucción terminal de culturas y memorias históricas
a escala planetaria. La tercera condición civilizadora de
la guerra global es la perpetuación de la violencia bajo
las formas psicológicas y estéticas producidas por
la industria cultural, bajo la forma de conflictos armados locales
controlados, y bajo la real amenaza del holocausto nuclear.
Eduardo Subirats es filósofo y autor, entre
otros libros, de "Culturas virtuales".
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