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La figura del secretario de Estado norteamericano,
Colin Powell, ilustra a la perfección el sino de la manipulación
mediática que padecemos en lo que a la presumible agresión
de Estados Unidos contra Irak se refiere. El personaje que nos ocupa,
simbólicamente contrapuesto al del secretario de Defensa,
Donald Rumsfeld, ha acabado por convertirse en un interesado fetiche
al que se han agarrado tantas gentes bienpensantes que, sin oponerse
a lo principal, parecen haber encontrado una patética tabla
de salvación.
Lo de menos en el caso de Powell es que sus antecedentes
en modo alguno inviten al optimismo. No está de más
recordar que nuestro hombre, presunto responsable del ocultamiento
de crímenes de guerra en Vietnam, asumió papeles significados
en la invasión estadounidense de Panamá y, en relación
con Irak, en la propia operación 'Tormenta del desierto'
de 1991. Más sentido tiene, con todo, escarbar en la realidad
estrictamente contemporánea de un personaje cuyo proyecto
inmediato puede ser más inteligente, y menos oneroso para
Estados Unidos, que el postulado por algunos de sus aparentes competidores,
pero en modo alguno se antoja -nos digan lo que nos digan- más
moral que el avalado por estos últimos.
Porque Powell, que parece empeñado en defender
la legalidad que recorre el sistema de Naciones Unidas, no ignora
en forma alguna la dramática falta de independencia que impregna
a una organización desde tiempo atrás subordinada,
y no precisamente de forma casual, a los intereses de la gran potencia
planetaria. El desvanecimiento de cualquier compromiso con la causa
de la justicia que se sigue de lo anterior se ve completado por
un hecho que, de nuevo, afecta a Powell y sus querencias: en ningún
momento el secretario de Estado norteamericano se ha sentido obligado
a desmarcarse de las reiteradas aseveraciones en virtud de las cuales
su jefe, el presidente Bush, ha señalado que EE UU actuará
por su cuenta si no está satisfecho con lo que estipule la
máxima organización internacional. Significativo es,
por lo demás, que nos hayamos acostumbrado a que las sucesivas
ofertas realizadas por las autoridades iraquíes encuentren
respuesta en Washington -en la Casa Blanca- y no en Nueva York -en
el edificio de Naciones Unidas-.
Así los hechos, y al cabo de al menos cuatro
meses de crisis encendida, ha llegado al momento de calibrar si
en las posiciones públicamente defendidas por Powell hay
algo más que un misérrimo, instrumental e interesado
empleo del sistema de Naciones Unidas que se asienta en la firme
decisión -previa e irrevocablemente adoptada- de derrocar
al Gobierno hoy existente en Irak.
Como quiera que, y por añadidura, es harto
improbable que este último se avenga a retirarse por su cuenta,
la perspectiva de una acción armada en toda regla impregna,
sin fisuras, los proyectos de las autoridades estadounidenses. Ahí
están, para testimoniarlo, y a título de ejemplo,
las palabras de Rumsfeld que señalan que, aun en la eventualidad
de que los inspectores de Naciones Unidas no encuentren armas de
destrucción masiva en Irak, ello no querrá decir que
tales armas no existan. Como está la renuncia a responder
a unas cuantas preguntas importantes, y entre ellas las relativas
al decisivo papel desempeñado por las potencias occidentales
en la gestación de los programas de armas químicas
y biológicas iraquíes, al peligro real que -de existir-
acarrean esas armas, a la presumible existencia de fórmulas
pacíficas de encarar los problemas correspondientes o a la
formidable aquiescencia con que se obsequia a Estados -así,
Israel- que, parece fuera de discusión, disponen de armas
letales.
Sólo los más ingenuos -y entre ellos
muchos de quienes han engullido la formidable farsa tejida en torno
a la figura de Powell- aceptarán de buen grado que lo que
preocupa a los dirigentes estadounidenses son las mencionadas armas
de destrucción masiva presumiblemente a disposición
de sus homólogos iraquíes. Aunque más ingenuos
serán, si cabe, quienes den crédito a la aseveración
de que Washington se dispone a hacer lo que está de su mano
para devolverle la palabra a un pueblo, el de Irak, víctima
por igual, y desde tiempo atrás, de la ignominia del régimen
de Hussein y de un macabro embargo internacional. Los objetivos
de Washington son, con toda evidencia, otros. Entre ellos se cuentan
el de rematar la operación que el padre del actual presidente
norteamericano dejó a medio acabar en 1991 -¿por qué
Bush hijo no se psicoanaliza?-, el de darle un mediático
impulso a una alicaída campaña internacional antiterrorista,
el de obtener unos cuantos réditos electorales y el de acallar
los escándalos financieros que han rodeado, los últimos
meses, a figuras prominentes del Gobierno estadounidense.
Claro es que, más allá de los cuatro
objetivos enunciados, hay otros dos, mucho más relevantes,
cuya materialidad apenas puede negarse: si, por un lado, se trata
de apuntalar definitivamente la posición estratégica
de Israel en Oriente Próximo, por el otro Estados Unidos
parece decidido a hacerse con el control de un país, Irak,
geoeconómicamente muy interesante en virtud de los yacimientos
de petróleo de los que dispone. Esto último es lo
que explica, por cierto, el énfasis depositado en la necesidad
de deshacerse de Hussein y de su régimen. Colin Powell, que
ha optado por una vía más inteligente en lo que atañe
a las formas que deben rodear la satisfacción de esos dos
objetivos, en modo alguno se ha desmarcado de la que se antoja la
primera demostración palmaria de las miserias que, en todos
los órdenes, acompañan al impresentable e interesado
designio de acometer ataques preventivos.
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