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A diferencia de otros pueblos, muchos estadounidenses
no reconocen --o no quieren aceptar-- que Estados Unidos domina
el mundo por medio de su fuerza militar. Gracias al secretismo del
gobierno, nuestros ciudadanos suelen ignorar el hecho de que nuestras
guarniciones rodean el planeta. Esta vasta red de bases estadounidenses
establecidas en todos los continentes, con excepción de la
región Antártica, constituye en realidad una nueva
modalidad de Imperio --un Imperio cuya geografía es muy improbable
que se enseñe en las clases de geografía en las escuelas
de secundaria--. Sin comprender las dimensiones de este cinturón
de bases que rodean el globo, no se puede empezar a entender las
dimensiones y naturaleza de nuestras aspiraciones imperiales o el
grado en que el nuevo militarismo está minando nuestro orden
constitucional.
Nuestro ejército despliega más de medio
millón de soldados, espías, técnicos, instructores,
auxiliares y contratistas civiles en otros países. Para dominar
los océanos y mares del mundo hemos puesto en funcionamiento
aproximadamente trece destacamentos de fuerzas navales alrededor
de portaaviones cuyos nombres resumen nuestra carrera marcial- Kitty
Hawk, Constellation, Enterprise, John F. Kennedy, Numitz, Dwight
D. Eisenhower, Carl Vinson, Theodore Roosvelt, Abraham Lincoln,
George Washington, Harry S. Truman y Ronald Reagan. Operamos en
numerosas bases secretas fuera de nuestro territorio para acechar
lo que las gentes del mundo --incluidos nuestros propios ciudadanos--,
se dicen, se comunican por fax, o por correo electrónico
unos a otros.
Nuestras instalaciones en el exterior proporcionan
beneficios a las industrias civiles que diseñan y fabrican
armas para nuestros ejércitos o, como la ahora bien publicitada
compañía Kellogg, Brown & Root, una filial de
Halliburton Corporation de Houston, que ha obtenido un contrato
de servicios para construir y mantener nuestros más lejanos
puestos avanzados. Una de las tareas de tales contratistas es el
mantener a los miembros uniformados del Imperio alojados en dependencias
confortables, bien alimentados, entretenidos, y facilitarles agradables
y económicas instalaciones de vacaciones. Sectores enteros
de la economía estadounidense han llegado a depender del
ejército para sus ventas. En vísperas de la segunda
guerra contra Irak, por ejemplo, al mismo tiempo que el Departamento
de Defensa hacía pedidos extra de misiles de crucero y de
proyectiles de uranio enriquecido anti-tanques, compraba 273.000
envases de protector solar Native Tan, casi el triple de sus pedidos
de 1999 y, sin duda, un buen negocio para el proveedor, la compañía
Control Supply de Tulsa, Oklahoma, y de su subcontratista, Sun Fun
Products de Daytona Beach, Florida.
AL MENOS SETECIENTAS BASES EN EL EXTERIOR
No resulta sencillo evaluar el tamaño y el
valor de nuestro imperio de bases. Los informes oficiales sobre
estos asuntos son engañosos, aunque instructivos. De acuerdo
con el anuario del Departamento de Defensa, "Base Structure
Report", correspondiente al ejercicio de 2003, que detalla
el patrimonio inmobiliario del ejército de EEUU en el interior
y el exterior, actualmente el Pentágono tiene en propiedad
o alquiler 702 bases en el exterior, en cerca de 130 países,
y "TIENE" otras 6.000 en EE.UU y sus territorios. Los
burócratas del Pentágono calculan que se necesitan
por lo menos 113.200 millones de dólares para sustituir sólo
las bases en el exterior --seguramente una estimación muy
baja pero mucho más alta que el producto nacional bruto de
muchos países--, y estiman en 591.520 millones la cantidad
necesaria para reemplazarlas en su totalidad. El Alto Mando del
ejército despliega en nuestras bases exteriores a unas 253.288
personas uniformadas, a las que hay que añadir un número
similar de familiares y funcionarios civiles del departamento de
Defensa. Así mismo, emplea además a 44.446 extranjeros
locales contratados. El Pentágono afirma que en esas bases
existen 44.870 cuarteles, hangares, hospitales y otros edificios
de su propiedad y que tiene 4.844 más en arrendamiento.
Estos números, aunque asombrosamente altos,
ni tan siquiera se aproximan al total de bases que en realidad ocupamos
en el mundo. El Informe de 2003 sobre la situación de las
bases no menciona, por ejemplo, ninguna guarnición en Kosovo
--incluso cuando allí se encuentra el enorme Camp Bondsteel,
construido en 1999 y de cuyo mantenimiento se ocupa desde entonces
Kellogg, Brown & Root--. El Informe también omite las
bases en Afganistán, Iraq, Israel, Kuwait, Kirgizistán,
Qatar y Uzbekistán, aunque el ejército de EEUU ha
instalado bases gigantescas a lo largo del llamado arco de inestabilidad
en los dos años y medio desde el 11 de septiembre.
En el caso de Okinawa, la isla más meridional
de Japón --que ha sido, desde hace 58 años, una colonia
estadounidense--, el informe, engañosamente, sólo
reseña una base de la Marina, Camp Butler, cuando en realidad
Okinawa acoge diez bases de destacamentos de marines, entre las
que se encuentra la Marine Corps Air Station Futenma, que ocupa
480 Ha en el centro de la segunda ciudad más importante de
esa pequeña isla (el Central Park de Manhattan, en comparación,
tiene una superficie de 340 Ha). Análogamente, el Pentágono
oculta las instalaciones militares y de espionaje en el Reino Unido
que cuestan 5.000 millones de dólares, y que desde hace mucho
tiempo han sido convenientemente camufladas como bases de la Royal
Air Force. Si se hiciera un recuento veraz, el tamaño de
nuestro imperio militar, probablemente, alcanzaría las 1.000
bases en el extranjero, pero nadie --es muy posible que ni el propio
Pentágono-- conoce el número exacto con seguridad,
aunque es claro que ha ido creciendo en los años recientes.
Para sus ocupantes, no resultan lugares desagradables
para vivir y trabajar. El servicio militar hoy que es voluntario,
apenas tiene relación con las obligaciones de un soldado
durante la II Guerra Mundial, o en las guerras de Corea o Vietnam.
La mayoría de las tareas rutinarias como la lavandería,
las cocinas militares, el correo, o la limpieza de las letrinas
han sido subcontratadas a compañías privadas de servicios
militares como Kellogg, Brown & Root, DynCorp, y la Vinnell
Corporation. Una tercera parte de los fondos asignados recientemente
para la guerra de Iraq (cerca de 30.000 millones de dólares),
por ejemplo, ha ido a parar a manos de empresas privadas estadounidenses
por la prestación de esos servicios. Se hace todo lo posible
para hacerles la vida diaria semejante a la versión que da
Hollywood de la existencia en casa. Según el Washington Post,
en Fallujah, al oeste de Bagdad, camareros con camisa blanca, pantalones
y pajarita negros, sirven las comidas a los oficiales de la 82 División
Aerotransportada en su bien fortificado recinto, y el primer Burger
King se ha emplazado ya en el interior de la enorme base militar
que hemos instalado en el aeropuerto internacional de Bagdad.
Algunas de esas bases son tan gigantescas que precisan
de más de nueve carreteras interiores para los autobuses
de los soldados y de los civiles contratados para desplazarse por
el interior y sortear los arcenes de barro y las alambradas. Es
el caso de Camp Anaconda, cuartel general de la 3ª Brigada
de la 4ª División de Infantería, cuya misión
es la de vigilar unos 3.885 kilómetros cuadrados de Iraq,
al norte de Bagdad, desde Samarra hasta Taji. Anaconda ocupa 25
kilómetros cuadrados y al final acogerá a más
de 20.000 soldados. A pesar de las enormes medidas de seguridad,
la base ha sufrido frecuentes ataques de morteros, en particular
el producido el 4 de julio de 2003, mientras Arnold Schwarzenegger
conversaba con nuestros heridos en el hospital de la base.
Los militares prefieren bases que recuerdan a las
pequeñas ciudades fundamentalistas del Bible Belt [Estados
protestantes ultraconservadores, N. del T.] en lugar de a las grandes
ciudades de los Estados Unidos. Por ejemplo, aunque más de
100.000 mujeres viven en nuestras bases en el exterior --incluidas
las mujeres que prestan servicio militar, las mujeres y familiares
del personal militar--, el aborto en un hospital militar está
prohibido. Aunque anualmente se producen unas 14.000 agresiones
sexuales --o intentos-- en el ejército, las mujeres que quedan
embarazadas en el exterior y quieren abortar no tienen otra elección
que recurrir a los servicios locales, lo que no resulta fácil
ni agradable en Bagdad o en otros lugares de nuestro Imperio en
la actualidad.
Nuestros misioneros armados viven en un mundo cerrado,
autosuficiente, que dispone de su propia línea aérea
--la Air Mobility Command con su flota de gran autonomía
de vuelo, compuesta de los C-17 Globemasters, los C-5 Galaxies,
C-141 Starlifters, KC-135 Stratotamkers, KC-10 Extenders y C-9 Nightingales
que enlazan nuestras más alejadas avanzadillas desde Groenlandia
a Australia--. Naturalmente, para los generales y almirantes el
ejército proporciona 61 Learjets, 13 Gulfstream III y 17
Cessna Citation, jets de lujo para transportarles a lugares como
el centro de vacaciones y esquí de las fuerzas armadas en
Garmisch (Alpes bávaros) o a cualquiera de los 241 campos
de golf que el Pentágono ofrece en todo el mundo. El Secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld vuela a todas parte en su propio Boeing
757, denominado C-32 en la Fuerza Aérea.
NUESTRA "HUELLA" EN EL MUNDO
De todas las metáforas faltas de sensibilidad
pero gráficas que hemos incorporado a nuestro vocabulario,
ninguna es comparable a "huella" para describir el impacto
militar de nuestro Imperio. El presidente de la Junta de Personal,
General Richard Myers, y miembros destacados del Subcomité
de Construcciones Militares del Senado como Dianne Feinstein (Demócrata
por California) son aparentemente incapaces de completar una frase
sin usarla. Dejar una huella todavía más impresionante
se ha convertido en parte de la nueva justificación para
ampliar más nuestro Imperio --y la anunciada redistribución
de nuestras bases y fuerzas en el exterior-- aprovechando la estela
de nuestra conquista de Iraq. La persona responsable de este proyecto
es Andy Hoehn, subsecretario de Defensa para asuntos de estrategia.
Él y sus colegas se supone que van a diseñar los planes
para poner en marcha la estrategia bélica del presidente
Bush contra los "estados canalla", "los tipos malvados"
y los "hacedores del mal". Ellos han identificado algo
que denominan "el arco de inestabilidad", es decir: el
que va desde la región andina (léase: Colombia), atraviesa
el Norte de África y desde allí recorre el Oriente
Próximo hasta llegar a Filipinas e Indonesia. Por supuesto,
coincide más o menos con lo que se acostumbra a denominar
el Tercer Mundo- y, quizás lo que no menos importante, cubre
las reservas principales de petróleo del mundo. Hoehn afirma:
"Cuando se superpone nuestra huella sobre esa zona, no parece
que nos encontremos bien situados para ocuparnos de los problemas
que ahora tenemos que afrontar".
En otro tiempo, se podía trazar la extensión
del imperialismo contando las colonias. La versión estadounidense
de las colonias son las bases militares. Observando los cambios
políticos en términos mundiales, se puede aprender
mucho acerca de nuestra actitud imperialista y del militarismo que
crece con ella. El militarismo y el imperialismo son hermanos siameses
unidos por la cadera. Cada uno se desarrolla con el otro. Ya muy
avanzados en nuestro país, ambos están a punto de
dar un salto cuántico que, casi con seguridad, extenderá
nuestro ejército más allá de su capacidad,
causando una insolvencia fiscal y muy posiblemente produciendo un
daño mortal a nuestras instituciones republicanas. El único
medio de tratarlo en nuestra prensa es mediante reportajes sobre
los muy secretos planes para cambiar las políticas en materia
de bases y la situación de nuestras tropas en el exterior-
y esos planes, tal como se han anunciado en los medios de comunicación,
no pueden juzgarse por las apariencias.
El General de Brigada de Marina, Mastin Robeson,
que está al mando de nuestros 1.800 soldados en la antigua
base de la Legión Extranjera Francesa Camp Lemonier en Djibuti,
a la entrada del Mar Rojo, afirma que para poner en marcha "guerras
preventivas" necesitamos una "presencia mundial",
lo que quiere decir obtener la hegemonía en los lugares que
todavía no se encuentran bajo nuestro dominio. Según
el ultraderechista American Enterprise Institute, se trata de crear
una "caballería mundial" que pueda arremeter desde
"lugares fronterizos" y "barrer a tiros" a los
"tipos malos" en cuanto dispongamos de información
sobre ellos.
"NENÚFARES" EN AUSTRALIA,
RUMANIA, MALI, ARGELIA...
Para situar nuestras fuerzas armadas cerca de los
puntos calientes o zonas peligrosas de este recién descubierto
arco de inestabilidad, el Pentágono ha propuesto --generalmente
lo denomina "reposicionar"-- nuevas bases, que incluyen
al menos cuatro o quizás seis bases permanentes en Irak.
Algunas de ellas están ya en construcción- en el aeropuerto
internacional de Bagdad; la base aérea de Tallil cerca de
Nasariya; en el desierto occidental al lado de la frontera con Siria,
y un aeródromo en Bashur en la región kurda del norte.
(No se cuenta la antes mencionada de Anaconda, que en la actualidad
se considera una "base de operaciones", aunque es muy
previsible que pueda establecerse con carácter permanente).
Además, planeamos mantener bajo control el cuadrante norte
de Kuwait --4.144 kilómetros cuadrados del total de 17.871
kilómetros cuadrados del país-- que usamos ahora para
el abastecimiento de nuestras legiones en Iraq y como Zona Verde
para el descanso de los burócratas.
Otros países, que Colin Powell ha mencionado
como sedes de nuestra nueva "familia de bases" son: en
las zonas empobrecidas de la "nueva" Europa: Rumania,
Polonia y Bulgaria; en Asia: Pakistán (donde ya tenemos cuatro),
India, Australia, Singapur, Malasia, Filipinas e incluso, por increíble
que parezca, Vietnam. En el Norte de África: Marruecos, Túnez
y, especialmente, Argelia (escenario de la matanza de unos 100.000
civiles desde 1992, cuando, para anular las elecciones, los militares
tomaron el poder con el apoyo de nuestro país y de Francia);
en África occidental: Senegal, Ghana, Mali y Sierra Leona
(aunque ha sido destrozada por la guerra civil desde 1991). El modelo
para esas bases nuevas, de acuerdo con fuentes del Pentágono,
lo constituye la cadena que hemos establecido alrededor del Golfo
Pérsico durante las últimas dos décadas, en
autocracias tan antidemocráticas como Bahrein, Kuwait, Qatar,
Oman y los Emiratos Árabes Unidos.
La mayoría de estas nuevas bases constituirán
lo que el ejército, en una deliciosa metáfora, denomina
"nenúfares" a las que nuestras tropas podrán
saltar como ranas muy bien armadas desde la patria, desde nuestras
bases en la OTAN, o desde las situadas en dóciles satélites
como Japón y el Reino Unido. Para contrarrestar los gastos
que ocasiona semejante expansión, el Pentágono ha
filtrado sus planes de cerrar muchas de las enormes reservas militares
de la Guerra Fría situadas en Alemania, Corea del Sur y,
quizás, Okinawa como parte de la "racionalización"
de nuestras Fuerzas Armadas que propone Rumsfeld. En vísperas
de la victoria en Iraq, los Estados Unidos retiraron virtualmente
todas sus fuerzas de Arabia Saudí y Turquía, en cierta
manera como castigo por no apoyar la guerra con fuerza suficiente.
Se quiere hacer lo mismo en Corea del Sur --quizás, en estos
momentos, la democracia más antiestadounidense de la tierra--,
desde la que se podría liberar a la 2ª División
de Infantería situada en la zona desmilitarizada con Corea
del Norte para su probable despliegue en Iraq donde nuestras fuerzas
se encuentran significativamente sobrecargadas.
En Europa, las previsiones incluyen el abandono de
algunas bases en Alemania, también como respuesta al desafío
popular del Canciller Gerhard Schröder con relación
a Iraq. Pero el grado que seamos capaces de alcanzar puede tener
sus límites. En un primer nivel, los planificadores del Pentágono
no parece que conozcan con exactitud cuántos edificios ocupan
sólo en Alemania los 71.702 soldados y pilotos, y cuánto
costaría recolocar a la mayoría de ellos y construir
bases ligeramente comparables, junto con las infraestructuras necesarias,
en los antiguos países comunistas como Rumania, uno de los
países más pobres de Europa. Amy Ehman, teniente coronel
destacada en Hanau, Alemania, ha declarado a la prensa que en Rumania,
Bulgaria o Djibuti "no hay sitio para llevar a esta gente",
y predice que el 80% permanecerá, finalmente, en Alemania.
También es cierto que los generales del Alto Mando no tienen
intención de vivir en remansos de paz como Constanza en Rumania,
y mantendrán el Cuartel General en Stuttgart, conservarán
las Bases de la Fuerza Aérea en Ramstein y Spangdahlem así
como el área de entrenamiento de Grafenwöhr.
Una de las razones por las que el Pentágono
está estudiando el abandono de democracias ricas como Alemania
y Corea del Sur, y mira codiciosamente hacia las dictaduras militares
muy pobres es por las ventajas de lo que el Pentágono llama
sus "leyes ambientales más permisivas". El Pentágono
siempre impone a los países en los que despliega nuestras
fuerzas armadas los llamados Acuerdos sobre el Estatuto de las Fuerzas
estadounidenses, en los que normalmente se exime a los Estados Unidos
de la obligación de limpiar o pagar los daños que
causa al medio ambiente. Este es un agravio permanente en Okinawa,
donde el historial medioambiental ha sido abominable. Una razón
de esta actitud es sencillamente el deseo del Pentágono de
situarse al margen de cualquier control de los que rigen la vida
civil, actitud que también va incrementándose en "casa".
Por ejemplo, el proyecto de ley de Defensa con un total de 401.300
millones para 2004, que el Presidente Bush convirtió en ley
en noviembre de 2003, exime al ejército de la obligación
de respetar la Ley de Especies en Peligro de Extinción y
la Ley de Protección a los Mamíferos Marinos.
Mientras hay razones para creer que el impulso de
establecer más "nenúfares" en el Tercer
Mundo permanece incuestionado, existen varios motivos para dudar
de que alguno de los proyectos más grandiosos, sea de expansión
sea de reducción de tamaño, puedan llevarse a la práctica
o, si se hace, no sirvan sino para empeorar el problema del terrorismo.
En primer lugar, Rusia se opone a la expansión del poder
militar de EEUU hacia sus fronteras y ya está tomando medidas
para evitar el establecimiento de bases en lugares como Georgia,
Kirguizistán y Uzbekistán. La primera base aérea
rusa de la era postsoviética en Kirguizistán se ha
instalado a cuarenta millas de la base estadounidense de Bishkek,
y en diciembre de 2003, el dictador de Uzbekistán, Islam
Karimov, declaraba que no permitiría un despliegue permanente
de fuerzas estadounidenses en su país, aunque ya tenemos
una base allí.
Cuando se trata de recortes, por otra parte, la política
interna puede entrar en juego. Por ley, la Comisión del Pentágono
para el Realineamiento y Cierre de Bases debe enviar a la Casa Blanca
su quinta y última lista de bases domésticas antes
del 8 de septiembre de 2005. Como medida de racionalización,
el Secretario de Estado de Defensa, Rumsfeld, ha afirmado que le
gustaría desprenderse de, al menos, una tercera parte de
las bases de las Fuerzas Armadas en el interior del país
y una cuarta parte de las pertenecientes a las Fuerzas Aéreas
interiores, lo que con toda seguridad va a producir una tormenta
política en la colina del Capitolio. Con el fin de salvaguardar
las bases sitas en sus estados, las dos gallinas cluecas del subcomité
del Senado para la Financiación y Construcción Militar,
Kay Bailey Hutchison (Senadora por Texas) y Dianne Feinstein, exigen
que el Pentágono cierre en primer lugar bases en el exterior
y traslade las tropas destacadas allí a las bases en el interior,
que podrían entonces continuar abiertas. Hutchison y Feinstein
han incluido en la Ley de Financiación Militar para el ejercicio
2004 un presupuesto para crear una comisión independiente
que investigue e informe sobre las bases en el exterior que ya no
son necesarias. La Administración de Bush se opuso a esta
provisión de la Ley, pero fue aprobada y promulgada por el
Presidente, el 22 de noviembre de 2003. El Pentágono, probablemente,
es suficientemente experto para obstaculizar la Comisión,
pero una oleada de protestas internas por el cierre de bases asoma
claramente por el horizonte.
El mayor defecto, con mucho, en la estrategia de
"caballería mundial", no obstante, es que acentúa
el impulso de Washington de aplicar soluciones militares irrelevantes
contra el terrorismo. Como ha indicado el destacado historiador
militar británico, Correlli Barnett, los ataques de EE.UU.
a Afganistán e Irak sólo han servido para aumentar
las amenazas de al-Qaeda. Desde 1993 hasta los atentados del 11
de septiembre de 2001 se produjeron cinco grandes atentados de al-Qaeda
en todo el mundo; en los dos años transcurridos desde entonces,
ha habido diecisiete atentados con bomba, incluidos los atentados
suicidas en Estambul contra el Consulado británico y el Banco
HSBC. La solución contra los terroristas no pasa por operaciones
militares. Según ha dicho Barnett, "En lugar de ir destrozando
a patadas las puertas de las casas y de atentar contra sociedades
antiguas y complejas con la panacea simplista de 'democracia y libertad'
necesitamos tácticas astutas y sutiles, que se basen en un
conocimiento profundo de los pueblos y de las culturas con las que
estamos tratando- una comprensión de la que hasta ahora carecen
totalmente los artífices de las políticas de alto
nivel en Washington, y de forma particular en el Pentágono".
En su notorio memorando sobre Iraq, del 16 de octubre
de 2003, titulado "Un largo y costoso trabajo", el Secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld, escribía: "Hoy carecemos
de baremos de referencia para conocer si estamos ganando o perdiendo
la guerra mundial contra el terror". Los que tiene Correlli
Barnett indican lo contrario. Pero la "guerra contra el terrorismo"
es, en el mejor de los casos, sólo una pequeña parte
de los motivos de nuestra estrategia militar total. La razón
verdadera para construir este nuevo anillo de bases americanas a
lo largo del Ecuador es la de expandir nuestro Imperio y reforzar
nuestro dominio militar sobre el mundo.
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