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LOS POBRES SIEMPRE ESTARÁN CON NOSOTROS, LAS ONGS TAMBIÉN
 
 

Agustín Velloso
UNED-Facultad de Educación
Dpto. Hª de la Educ. y Educ. Comparada

 
     
 

El avance de las ONG
Las instituciones del bienestar mundial y sus logros
Los comandos de ongs en las guerras actuales
Los comandos de ongs en tiempos de paz, que también son de crisis
Conclusión: los pobres siempre estarán con nosotros, las ONGs también

 
 
 
     
 

EL AVANCE DE LAS ONG

La idea principal que se desarrolla en este trabajo es que resulta necesaria hoy día una reflexión sobre las cada vez más numerosas y potentes acciones de las organizaciones no gubernamentales (en adelante ongs), a la vista de que, contrariamente a lo que se proponen, no consiguen alterar el injusto orden internacional imperante, e incluso contribuyen a que se mantenga.

Durante los años noventa se ha producido, además de un incremento en el número de ongs, un crecimiento y afianzamiento de muchas, de tal manera que en la actualidad cualquier persona que no se haya retirado del siglo puede observar con facilidad lo siguiente:

Que entre la inmensa mayoría de anuncios que aparece en los medios de comunicación de masas, ofreciendo cosméticos, automóviles y otros bienes de consumo, se deslizan muy de vez en cuando unos pocos que en lugar de animar al ciudadano a que gaste su dinero adquiriendo esos productos, le piden su dinero para que el anunciante, en nombre de aquél, alivie el hambre de unos delgadísimos niños negros rodeados de moscas, cuide a un mutilado a causa de la explosión de una mina terrestre en un lejano país del Tercer Mundo, construya un pozo de agua en una remota zona árida, etc.

Que, en ciertas ocasiones, especialmente con motivo de alguna desgracia o catástrofe en países lejanos y en desarrollo, la palabra solidaridad aparece en esos medios de comunicación en diversos contextos. O bien el gobierno ha enviado un grupo militar para unirse a las fuerzas internacionales de pacificación en un conflicto armado, o ha enviado un par de aviones repletos de mantas, tiendas de campaña y leche en polvo a una zona devastada por un huracán, o unas inundaciones, o bien se han manifestado unos jóvenes por las calles para pedir el "cero siete", o incluso han secuestrado a un cooperante español en una selva en la otra punta del mundo.

Si, además de ver la televisión y leer el periódico, uno se interesa más por la cuestión, descubre que se publican libros y artículos sobre las ongs, que han aparecido recientemente cursos universitarios sobre cuestiones de desarrollo, que Internet está repleto de información que se ocupa de aquéllas, y que las ongs aumentan su presencia en la sociedad e intervienen en asuntos de todo tipo que van desde sucesos particulares –que de otro modo permanecerían anónimos- a las políticas de asuntos exteriores de nuestro país –que tradicionalmente han sido coto privado de gobernantes y políticos profesionales.

Otro signo del afianzamiento progresivo de las ongs, aunque no es tan notorio para el público general como los anteriores, es que se organizan congresos, encuentros y reuniones, de los que emanan análisis sobre el sector, declaraciones y programas de acción común, proyectos de trabajos, alianzas entre organizaciones dentro y fuera de España, comunicados de prensa sobre acontecimientos, etc.

Uno de los actos más recientes, la "Conferencia ongd: Globalizar la solidaridad, construir el desarrollo humano", celebrado en Bilbao el pasado mes de abril de 2000, nos da una idea de los asuntos que preocupan al movimiento de las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo (en adelante ongds). Durante las sesiones se pasó revista, entre otros aspectos, a la participación de las ongs en el desarrollo, el concepto de bienestar general y la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Este grupo de preocupaciones forma parte de las cuestiones básicas de identidad de las ongds. La discusión sobre su financiación, el desarrollo de su actividad y la labor de sus miembros, así como las relaciones entre ellas mismas, entra dentro de las cuestiones propias de su funcionamiento como grupos humanos estructurados. La parte de la conferencia dedicada a las relaciones sociales con instituciones públicas, medios de comunicación y empresas, pertenece a la reflexión sobre el papel de las ongds dentro de la sociedad en la que se insertan.

Se constata mediante estos signos a la vista de todos, que las ongs tienen una presencia reciente y creciente en nuestra sociedad. Se aprecia también, mediante otros menos evidentes, que no sólo actúan sino que examinan su papel y hacen público el resultado de sus reflexiones sobre ellas mismas, todo lo cual se encuentra en documentos encuadernados y en soporte electrónico. Lo que ha sido apenas una enumeración de temas líneas más arriba, así como los que aparecen en un repaso a los tratados en otras conferencias y declaraciones y, particularmente, una lectura del "Código de Conducta de las ongds", aprobado por la Asamblea General Extraordinaria, celebrada el 25 de octubre de 1997, permite pensar que las ongs tienen interés y capacidad para ocuparse de cuestiones de primera importancia para ellas y para la sociedad, y que han sabido reaccionar ante situaciones que llevan consigo un peligro para el cumplimiento de sus fines, por ejemplo, la transparencia informativa, en particular respecto de los recursos económicos, la relación con las empresas con ánimo de lucro que se asocian con ellas, que son organizaciones sin ánimo de lucro, la publicidad y otros.

Sin embargo, los problemas citados no son los únicos, ni siquiera los más graves. Hay otros más importantes que permanecen algo agazapados. No quiere esto decir que socios, voluntarios, cooperantes y los propios dirigentes de las ongs los ignoren o no los reconozcan. Para abordarlos hay que adentrarse en un terreno menos transitado y por ello no bien delimitado ni definido. Se trata de preguntarse por lo que cabe esperar de las ongs en cuanto al logro de un mundo mejor, que es en definitiva lo que se proponen y lo que se espera de ellas. No parece que tenga discusión el hecho de que las ongs, y dentro de ellas las ongds, que son las que particularmente interesan aquí, tienen como fin la contribución a un mundo mejor. En el caso de las ongds, que según se lee en el Código de Conducta mencionado, se consideran a sí mismas, "expresión de la solidaridad existente en la sociedad", se trata de que "luchan por erradicar la pobreza (...) a la cual consideran, "fundamentalmente, resultado de la explotación de los pueblos y de la naturaleza. Y que la causa de las desigualdades sociales está en el acceso desigual a los recursos y en la exclusión de los pueblos de la toma de decisiones que les atañen".

A esta afirmación sobre su explicación de lo que impera en el mundo, o sea, la pobreza, la explotación, la desigualdad y la exclusión, añaden otra con su fórmula para erradicarlas: "Las ongd promueven el desarrollo, entendiéndolo como un proceso de cambio social, económico, político, cultural, tecnológico, etc... que, surgido de la voluntad colectiva, requiere la organización participativa y el uso democrático del poder de los miembros de una comunidad. El desarrollo, así entendido, crea condiciones de equidad que abren más y mejores oportunidades de vida al ser humano para que despliegue todas sus potencialidades, y preserva para las generaciones futuras el acceso y buen uso de los recursos, el medio ambiente natural y el acervo cultural."

 
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LAS INSTITUCIONES DEL BIENESTAR MUNDIAL Y SUS LOGROS

Lo que sorprende al observador del auge de las ongs, es que éste se produce junto a otro auge: el del Estado, tomado individualmente pero sobre todo en asociación con otros, es decir, las instituciones internacionales de todo tipo que sirven para ordenar las relaciones entre unos Estados y otros: uniones, organizaciones, tratados, acuerdos, convenios, protocolos, cartas, declaraciones, resoluciones, pactos, asociaciones, y una larga lista de instrumentos legales que existe y que tiende a aumentar. Si tomamos las más básicas entre éstas, la Carta de las Naciones Unidas, o la Declaración Universal de Derechos Humanos, se puede pensar, a la vista de lo que afirman, que no hace falta ninguna ong para que la "familia humana" –expresión usada por esas instituciones- se encamine imparable hacia ese bienestar común, su fin declarado.

Se supone que para impulsar el progreso y alcanzar el bienestar general basado en la justicia, la explotación sostenible y el reparto equitativo de los recursos terrestres, por una parte, y evitar los males, especialmente los que llevan consigo los conflictos armados entre naciones, por otra, existen las asociaciones de Estados en sus variadas formas. Ni siquiera hay que pensar que un Estado en solitario ha de trabajar por ese fin. Entre todos disponen de los medios legales y técnicos que permiten alcanzarlo. Por eso causa extrañeza que a la vista de la evolución de las sociedades humanas, las ongs crezcan y se haga tan necesaria su actuación. Más bien cabría esperar lo contrario, que los Estados y sus diversas organizaciones, con su inmenso poder, pusieran punto final a las penalidades y desgracias que han perseguido al ser humano durante siglos.

El caso es que no es así. Resulta que aunque no se ha producido la temida Tercera Guerra Mundial, tampoco escasean otros conflictos, ni desaparece el peligro de aquélla, ni se resuelven los problemas de pobreza, injusticia, explotación y todas las miserias más que se quiera añadir y que, aunque en diferente medida, afectan a todos los habitantes del planeta. Hay que admitir entonces que precisamente por ello se produce el auge de las ongs. Esta ironía del destino de la especie humana, es decir, esta situación en que teniendo tanto conseguido y tantas vías de progreso en la mano, se aprecien graves problemas y se teman grandes peligros, inclinan a pensar que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.

La extrañeza por la existencia de las ongs, que en cierto modo desaparece si se considera el fracaso de las instituciones internacionales en la consecución del bienestar y la justicia generalizados, se queda pequeña si la comparamos con la que se produce al pensar que las ongs podrán tener éxito donde aquéllas han fracasado. La valoración de si es mucho o poco lo alcanzado, si se habla del progreso moral de la humanidad, lleva a un callejón sin salida. ¿Es satisfactorio que no haya tenido lugar en los últimos cincuenta años una guerra como las dos mundiales de este siglo, o es decepcionante que el número de muertos en los conflictos habidos desde 1945, el final de la segunda, alcance ya el de los producidos en la primera? ¿Es mucho que el porcentaje de hambrientos y analfabetos en la población mundial haya disminuido, o es poco que su número absoluto haya crecido, sobre todo cuando las cifras pueden ir a peor en el porvenir?

Es difícil evitar el maniqueísmo que acecha en una valoración como la que aquí se hace. Los defensores de lo conseguido enseguida dirán que gracias a esos instrumentos el mundo no está peor de lo que está y que los avances son muchos y significativos. Por un lado, nadie sabe lo que sería del mundo de no existir los instrumentos. Por otro, si bien no hay esclavitud (aunque hoy existen formas de trabajo asalariado cercanas), se han establecido controles internacionales de armas nucleares (que no obstante lo único que han conseguido –si es que se debe a ellos- es que no se haya repetido la tragedia de Hiroshima y Nagasaki, pero nada más), está en marcha un tribunal penal internacional (aunque muy largo me lo fiáis, amigo Sancho), y se puede decir además que se avanza en otros terrenos, hay que admitir igualmente que estos "éxitos" no son completos ni están afianzados, y que existen otras esferas que más bien destacan por su agudo fracaso o su enorme distancia al éxito.

Los defensores de las ongs dirán, con toda razón, que hay una diferencia fundamental entre éstas y los instrumentos de los Estados, o los Estados mismos. Y es que a las primeras se les supone la buena voluntad. Sin embargo, aceptar esto sin más supone caer de nuevo en la actitud maniquea de que los Estados son los malos y las ongs las buenas. Quizás sea así, entonces el problema es que el Estado, en definitiva, somos todos. Pero, independientemente de esta consideración, tampoco se las puede negar al menos el intento de actuación, pues se ve con nitidez que los instrumentos existentes puestos en funcionamiento por los Estados, o no son suficientes –otra ironía, puesto que lo que sobra son tratados, acuerdos y declaraciones, esto es, literatura gris de todo tipo-, o no han tenido todo el éxito que cabía esperar. Pero, nuevamente, ¿cómo esperar que las acciones de las ongs sean un contrapeso eficaz al mal hecho por los Estados?

 
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LO QUE HACEN LAS INSTITUCIONES INTERNACIONALES Y LAS ONGS

Mediante un repaso a los principales problemas del mundo actual se aprecia qué hacen las instituciones internacionales y qué hacen las ongs para lograr el cumplimiento de la Carta de las Naciones Unidas, firmada el 26 de junio de 1945, y lo acordado en la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada y proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948. No son, desde luego, los únicos instrumentos, pero por su importancia y general aceptación, son la medida más apropiada para evaluar las actuaciones de unos y otras.

Los comandos de ongs en las guerras actuales

La primera y principal afirmación de la Carta alude a la resolución de las naciones para evitar la guerra y reafirmar los derechos humanos y la dignidad del hombre. Lo que hacen los Estados es justo lo contrario, independientemente de las palabras que usen los representantes políticos para justificar sus acciones contrarias a lo que se establece en la Carta. En 1998 el gasto militar mundial alcanzó 745 mil millones de dólares, según se lee en la página web del Instituto de Investigación para la Paz Internacional de Estocolmo, más conocido por siglas en inglés, SIPRI, http://www.sipri.se/. No es que los Estados gasten incomparablemente más en armas que en desarrollo (unos 55 mil millones, de los cuales muchos son ligados, o sea, que vuelven al donante en forma de servicios que presta y bienes que vende), a pesar de lo declarado con solemnidad, sino que con ese gasto no disminuye, sino que aumenta, el peligro que dicen querer evitar, mientras que los riesgos derivados de la situación de pobreza también crecen. Además, hay que afirmar sin rodeos que esas cantidades desviadas del bienestar a la muerte son en sí mismas un crimen contra la humanidad aun antes de que las balas lleguen a sus destinos, o incluso si no se utilizan, pues con ellas se podría terminar con la situación de pobreza y carencias en todo el globo.

No es lo menos importante que los países pobres son compradores, mientras que los ricos compran y venden. Y ello porque la corrupción moral de la compra-venta de armas alcanza tanto a los poderosos como a los débiles, a los que tienen hasta lo superfluo y a los que carecen de lo básico. En definitiva, por unas razones u otras, nadie queda libre de responsabilidad moral. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido y China, por ese mismo orden (a veces Francia y Reino Unido se alternan), son los primeros vendedores de armas del mundo. ¿Cómo se explica que los primeros responsables de la paz y la seguridad mundial por mandato del Consejo, según la Carta, sean los primeros vendedores de armas? ¿Cómo se explica que esos países invadan, bombardeen y bloqueen otros, y además lo hagan en nombre de la paz y la seguridad, en palabras de las Naciones Unidas, o del nuevo orden internacional, en las suyas propias?

Entre los compradores destacan, no por la cantidad en el gasto pero sí por su estulticia al hacerlo, los países africanos que se encuentran entre los más pobres de la tierra. La gravísima responsabilidad moral que comparten vendedores (poderosos) y compradores (desheredados), se ve coronada por el ridículo sin medida que hacen estos últimos. Los pobres pagan con sus recursos naturales, petróleo, minerales, madera, etc., de los que están ávidos los altamente consumistas países desarrollados, productos, o sea, las armas, que no les reportan ningún beneficio –al contrario de lo que sucede con los ricos-, sino todo lo contrario, destrucción y muerte. El actual estado de cosas es el mejor posible para que se mantenga la desigualdad y la dependencia de todo tipo entre unos y otros, de nuevo exactamente lo contrario de lo proclamado en los documentos que periódica e inútilmente producen las Naciones Unidas y el resto de organizaciones internacionales subsidiarias. La revista misional africana Mundo Negro lanzó en mayo-junio de 2000, un número especial titulado "África 2000". De sus páginas se han extraído los siguientes datos que ilustran con una pincelada la situación de algunos países de este continente: Angola gasta 180 millones de dólares en educación y 947 en defensa, Burundi gasta 28 y 125 respectivamente, la República Democrática del Congo gasta 53 y 390 respectivamente, Eritrea gasta 14 y 65 respectivamente, Mozambique gasta 22 y 40 respectivamente, Nigeria gasta 328 y 891 respectivamente, Ruanda 72 y 220 respectivamente, Sierra Leona gasta 10 y 30 respectivamente, Somalia gasta 6 y 60 respectivamente.

Esta situación, la de favorecer la destrucción, tiende necesariamente a degenerar y se ha hecho insostenible no ya moralmente sino incluso materialmente. Sus efectos perversos, desde el punto de vista egoísta del mundo desarrollado, ya no alcanzan solamente a los del mundo en desarrollo, así que ha habido que tomar medidas. El mundo se ha hecho demasiado pequeño para las armas de destrucción masiva, de ahí que los países ricos se preocupen y estén tan interesados en el control de armas nucleares, químicas y biológicas. También existen los embargos de armas convencionales y las restricciones de transferencia de tecnología de doble uso civil y militar. Nuevamente, desde el punto de vista de los países ricos, los principales productores y exportadores de armas, éstas pueden llegar a las "manos equivocadas", pueden afectar a zonas ricas en recursos energéticos cuya libre circulación es importante para el funcionamiento de sus economías, etc. Un dibujante de viñetas lo expresó perfectamente en sólo cuatro en una revista de tirada internacional: en la primera Estados Unidos envía un barco cargado de misiles a Israel, en la segunda éste, tras algunas mejoras, hace lo mismo a China, en la tercera, ésta, tras algunas modificaciones, hace lo mismo a Iraq, país que finalmente los envía a Israel... esta vez disparados.

Se dice que las medidas y controles son un avance hacia la paz, al menos una mejora en el estado de cosas. No hay más que ver las noticias para darse cuenta de que no es cierto. Las guerras cambian de forma y de escenario, pero siguen produciendo muertos. Lo que ocurre es que los controles benefician a los países ricos, que son los que resultan protegidos y los que permanecen a salvo de las guerras, mientras que éstas se libran en los países pobres. En un caso reciente, que riza el rizo, la guerra se ha hecho, dicho de forma esquemática, desde el aire, a cuatro mil metros de altura, con lo que no solamente la retaguardia permaneció del todo a salvo, sino que ni los propios soldados atacantes hubieron de temer por su integridad. No es preciso tener mala fe para darse cuenta de que los controles y las medidas que se toman favorecen siempre y exclusivamente a los mismos.

Si se deja de lado el hecho de que, como anuncia el SIPRI y es de todos conocido, los embargos, incluso los de las Naciones Unidas, se eluden de alguna manera, o de muchas, los controles nucleares son algo peor que laxos, las cifras referidas a cuestiones militares que aportan los países mienten directamente o están manipuladas y, sobre todo, que los conflictos no cesan, interesa ahora observar el papel de las ongs en esta cuestión. No sólo están a favor de las medidas mencionadas –admitido que guiadas por rectas intenciones-, sino que precisamente han adquirido gran notoriedad por la campaña contra las minas terrestres. ¿Qué ha ocurrido con ésta? No sólo, como afirma el SIPRI, que "su éxito se ha limitado a algunos pasos concretos", sino que una de las que encabeza la campaña, una acción en bloque de mil trescientas ongs, Amnistía Internacional, reconoce en la página 32 del número de agosto-septiembre de 2000 de la revista del mismo nombre, que "en algunos países, el uso de minas terrestres está aumentando", que "dieciocho Estados asiáticos no han firmado aún el tratado que prohíbe las minas terrestres" y que "China, Corea del Sur, India y Pakistán han fabricado minas terrestres para su propio uso".

Resulta evidente que esas ongs no son culpables del fracaso de su campaña. También lo es que incluso si hubiera tenido éxito, aún habría un sinfín de armas de todo tipo esperando para ser usadas. Se dice que a los condenados por asesinato a la pena máxima no les cuesta volver a matar, puesto que ya no van a pagar más por los nuevos asesinatos. A los que tienen sus casas y almacenes repletos de armas de todo tipo, si les dicen que está muy feo usar las de un tipo determinado, que por otro lado no son las mejores ni las que más beneficios les reportan, y cuya eliminación afecta sólo a una pequeña parte de su arsenal, tampoco les cuesta mucho prescindir de las minas terrestres.

Hay que admitir que la campaña, más allá de los mortíferos objetos que no van a explosionar –quizás-, tiene un efecto educativo de gran importancia, por lo que aporta a las conciencias de quienes participan, aunque de difícil evaluación, pues no hay forma de medir el resultado. En todo caso se puede concluir que el principal beneficio que se obtiene de esta campaña y otras de este tenor es que los ciudadanos reflexionen sobre el terrible mal que causan las armas. A pesar de lo loable de esta acción, los problemas no desaparecen, sino que, como la energía, sencillamente, se transforman. ¿A cuánta gente alcanza este tipo de campañas? ¿En qué medida las actuaciones de los que participan van a pasar más allá de asistir a una exposición o firmar una petición? Una vez firmadas las peticiones, la vida sigue y las personas siguen contribuyendo con sus impuestos, sus votos, el resto de sus actitudes y acciones, a que todo lo demás, excepto las minas terrestres, en el mejor de los casos, siga su curso.

De nuevo, no es culpa de las ongs que su poder no llegue donde llegan sus deseos, pero si se acepta que el éxito es casi inexistente, cabe al menos una reflexión sobre sus objetivos, sus acciones y sobre su propia existencia. Parece que si las ongs no hacen un esfuerzo mucho mayor en el ámbito en el que más capacidad tienen, el educativo, las campañas difícilmente pueden conducir al éxito. Un efecto pernicioso no buscado es que el ciudadano, satisfecho y tranquilo por haber participado en la campaña contra las minas, piense que ya ha hecho lo que está en su mano para mejorar el mundo, y no sea capaz de seguir adelante. Es cierto que hay ongs cuyas campañas no se detienen en las minas, sino que abogan por la objeción fiscal al gasto militar y la insumisión en los cuarteles (por ejemplo, el Grupo Antimilitarista de Carabanchel, cuya página electrónica difunde su pensamiento y actividades, pero lamentablemente son minoritarias dentro de una minoría.

Centrar la atención en la campaña contra las minas terrestres no impide que los ciudadanos de los países exportadores de armas -los que las sufren ya tienen bastante con librarse de éstas y de los dictadores y las juntas militares que les sojuzgan- presten atención al resto de peligros del armamentismo imperante, pero hay que admitir que desvía la atención del asunto principal. ¿No sería mejor que los movimientos ciudadanos presionaran a los gobiernos para un desarme total? ¿No sería mejor que los ciudadanos se negaran en rotundo a financiar y participar en el empeño armamentístico de sus gobiernos? Ese es nuestro objetivo final, contestan las mil trescientas ongs, pero ahora es utópico. Se trata, según éstas, de una cuestión de estrategia. Hay que ir paso a paso. Y hay que admitir la parte de razón que tienen, pero entonces hay que advertir también que del mismo modo que existe la fatiga del donante, existe la del activista. No se puede esperar razonablemente que el ciudadano medio vaya de campaña en campaña, hoy minas y mañana tanques y pasado mañana misiles. Eso sin mencionar el paso del tiempo, es decir, lo que habrá que esperar para ver un avance sustancial. Y todo ello sin contar con que la historia enseña que las armas tienden a aumentar en número y potencia, no al revés. Las campañas siempre irán por detrás del avance armamentístico en una carrera sin final.

En España los sindicatos no quieren ni oír hablar del cierre de las fábricas de armamento, puesto que enviaría al paro a sus trabajadores, sin contar con las pérdidas económicas. El gobierno, de acuerdo con las afirmaciones de la Cátedra UNESCO, aparecidas en la edición del 25 de mayo de 1999 del periódico El Mundo, dice que las exportaciones de armas apenas superan los 18 mil millones de pesetas, cuando en realidad son 30 mil (en los primeros seis meses de 1998), aparte de que el gobierno incumple tanto el compromiso de aportar datos al Parlamento sobre las exportaciones de armas, como el de ajustarse al Código de Conducta de la Unión Europea sobre transferencia de armas. Finalmente, los cambios acontecidos en la composición del ejército, especialmente la evolución de soldados de reemplazo a profesionales, no han sido debidos a un impulso relacionado con las ongs, o los movimientos juveniles, o pacifistas, sino al inexistente amor al servicio armado a la patria no remunerado de los jóvenes, lo cual, sin embargo, no quiere decir en absoluto que sean pacifistas o anti-militaristas. Por extensión, igualmente, se puede decir que los que han participado en la campañas contra las minas terrestres, tampoco están dispuestos a ir más allá de estampar su firma en un papel.

Ya no hace falta una ong o un izquierdista recalcitrante para convencer a la gente de que el comercio de armas patrocinado por los países desarrollados está en la base de las muertes, de la explotación no sostenible de recursos naturales y de la pobreza de los habitantes del tercer mundo. Incluso los organismos internacionales, la UNESCO, el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas, El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, el de los Derechos Humanos y otras instituciones más -de las que se puede decir que actúan respecto de su patrón, el Consejo de Seguridad, como si pusieran una vela a Dios mientras éste la pone al diablo, o que tratan de enmendar más o menos lo que éste destroza, admiten sin rodeos que la pobreza y la dependencia son inevitables de no eliminar el comercio de armas. Entonces, o bien se concluye que los hombres se matan unos a otros en todo el mundo a lo largo de toda la historia de la humanidad y no se puede hacer nada por evitarlo, o bien toca reflexionar si con campañas contra las minas terrestres se va a conseguir el nuevo hombre no violento.

Es difícil admitir como argumento que algo se va consiguiendo, aunque así sea, pues algo en este asunto es tan poco que no es suficiente para alterar el statu quo. ¿Cómo van a conseguir las ongs que el presupuesto anual español de defensa, alrededor de 900 mil millones de pesetas, esto es, veinte veces el dinero de que disponen todas las ongs españolas juntas, y la exportación de material bélico a países en los que se violan los derechos humanos, por ejemplo, Colombia, Indonesia, Marruecos, Turquía y Perú, desaparezcan, como cabe pensar que es su objetivo a la luz de la Carta y la Declaración? Gandhi dijo que "no hay caminos para la paz, la paz es el camino". Parafraseando a Gandhi se puede decir que no hay que hacer campañas, hay que ser pacífico. Puede que hoy sea más difícil y arriesgado ser pacífico que antes de 1945, que haya que tener más valor también, a lo mejor no. Por otro lado, parece que la resistencia y la protesta no violenta y la no colaboración han dejado de ser consideradas como medios para alcanzar unos fines, aunque ninguna ong dirá que las desprecia. Cabe pensar que las estrategias que se usan en la actualidad contra el armamentismo no resultan muy perjudiciales para los traficantes de armas. Quizás ocurre que las técnicas de la mercadotecnia moderna no valen para todos los propósitos.

La actuación de las ongs en zonas de conflicto requiere especial atención, y aunque no parece guardar relación con lo tratado líneas atrás, se le une inevitablemente. En el teatro a la vista de todos en que se ha convertido el mundo, por lo pequeño, se representa últimamente, entre otras, la obra "Los negros se matan entre ellos, pobrecillos". He aquí cómo se desarrolla una representación: las armas de todo tipo vendidas por los países desarrollados a los países en vías desarrollo, que manejan con gran dedicación soldados tercermundistas contra sus compatriotas o los habitantes del país vecino –no contra la población de los cinco vendedores que se sientan en el Consejo de Seguridad y sus aliados-, producen una enorme cantidad de muerte y de sufrimiento durante, inmediatamente después y muchos años después de la guerra, en forma de heridos, huérfanos, enfermedades y descenso general del nivel de vida en el área y en los alrededores y otras zonas –gracias en parte al enorme flujo de refugiados que se genera. Los medios de comunicación ponen a los ciudadanos de los países ricos al corriente del destrozo. Más bien tarde que pronto, quizás aparecen en la zona soldados de las Naciones Unidas, u otra organización menor, incluso un país por su cuenta, con una misión de pacificación, aunque nadie parece caer en la cuenta de que si esos mismos pacificadores no hubieran vendido las armas en primer lugar, seguramente no estarían allí, aunque bien pensado unas maniobras militares en el extranjero nunca vienen mal a la tropa. Con esta aparición, a veces el destrozo es mayor, a veces no. Acompañándoles, o por su cuenta, las ongs también hacen acto de presencia con el material de socorro y el dinero que han podido obtener del primer mundo, nunca en cantidad similar, ni remotamente, a lo que en primer lugar se destinó a la destrucción. Allí intentan salvar lo que se puede, aunque es obvio que lo que consiguen es infinitamente menor que el daño que antes se ha causado. La representación, con algunas variaciones superficiales, cambia de escenario de vez en cuando y también se repite en el mismo lugar. Mientras tanto, a muy pocos les resulta chocante que los mismos que patrocinan primero el daño luego intenten restañar algo las heridas.

Estas actuaciones esquizofrénicas del bien y del mal se producen a veces tan juntas en el espacio y el tiempo, van tan unidas, que los medios de comunicación nos muestran a militares y cooperantes mientras comparten vehículos, materiales, viviendas, proyectos... y se reparten los clientes, que son los que hay que armar, pacificar, curar, alojar y alimentar. Esta colaboración enseña un mundo casi ideal en occidente en el que no sólo los conflictos se producen más allá de los salones de estar y se ven sólo por la televisión y sin riesgo, sino que los impuestos para los enormes gastos de defensa ya no son para hacer la guerra sino para llevar a cabo misiones de paz –otra ironía de la actualidad, los ejércitos ya no parten para matar moros ni comunistas, sino que mantienen la legalidad internacional-, y ese gasto molesta menos al contribuyente. Si, por lo que sea, se producen daños colaterales, no pasa nada, se envía en aviones y barcos militares un grupo de "esforzados sin fronteras" junto con los uniformados y se cierra el círculo de la labor humanitaria.

La respuesta de las ongs cuando se plantea que su labor en esas zonas catastróficas lleva consigo en ocasiones que, como se ha dicho con crudeza y acierto, "sea el servicio post-venta" del primer mundo, es que hay que salvar vidas, proteger huérfanos y alimentar desplazados. Cierto. Sin embargo, cada vez más cabe pensar que las ongs son arrastradas a realizar ese servicio, que aunque justifica su existencia a primera vista, trabaja en definitiva en contra de su objetivo final, nuevamente el de la Carta y la Declaración, o a favor del estado actual de las cosas, profundamente injusto e inhumano. Y ello porque resulta absurdo dar con una mano lo que se quita con la otra, esto es, que los países ricos den a los pobres armas con una mano y con la otra les ofrezcan las vendas y las tiendas de campaña. A pesar de toda la buena voluntad que se les supone, quizás conviene, en contra de la tendencia actual, suspender las acciones humanitarias y en su lugar realizar una reflexión sobre si es más acorde con la dignidad humana tener más ongs y más capaces de actuar –hoy día parecen comandos especializados en llevar botes de leche en polvo a las selvas más perdidas-, o ninguna dedicada a lavar la ropa sucia de los gobiernos que las mantienen económicamente. Quizás no es exagerado pensar que más que salvar vidas en el tercer mundo -¿cuántas realmente respecto del número de víctimas si no actuaran?- lo que hacen es acallar las conciencias de los más sensibles ciudadanos de los países ricos. La respuesta de las ongs es que salvar vidas humanas, aunque sean pocas cada vez, es lo fundamental, especialmente cuando la alternativa es no hacer nada o reflexionar. Pero la estrategia y la eficiencia sin más quizás no las acerquen a su objetivo último. Es preciso pararse y reflexionar sobre tantas actuaciones y sus estrategias.

 
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Los comandos de ongs en tiempos de paz, que también son de crisis

De la misma forma que, con orgullo no disimulado, agencias internacionales y ongs multinacionales anuncian que son capaces de acudir en cuestión de horas a cualquier punto del globo en el que tiene lugar un conflicto, y situar en él personal médico, ingenieros y especialistas en logística, junto con sus medicinas, tiendas de campaña y sacos de harina, también son capaces de enviar esos mismos equipos adonde haga falta si es que ha pasado un huracán, se ha producido una inundación o, por el contrario, no llueve ni gota desde hace meses. La Coordinadora de ongds –CONGDE- hizo notar en un comunicado hecho público en marzo de 2000 que éstas han tenido que hacer frente a un número creciente de emergencias en los últimos tiempos. No se trata de criticar aquí el oportunismo, en cuanto al logro de publicidad y captación de fondos, que también ha crecido a la par que las emergencias, porque ya se señaló que se daba por supuesto la buena voluntad.

Se trata, sin embargo, de modo similar a lo que sucedía con los conflictos, de reflexionar sobre si las ongs no están contribuyendo, precisamente por su aumento constante de eficacia a corto plazo para contribuir a aliviar desgracias -¿en qué medida, en realidad?-, a erosionar el fin último de lograr el bienestar global. Resulta por lo menos extraño que la Organización Mundial de la Salud (OMS), en una nota de prensa hecha pública el 26 de julio de 2000 –que se puede ver en su página electrónica http://www.who.int/inf-pr-2000/en/pr2000-50.htm - se lamente de que "los países ricos no están respondiendo a las necesidades sanitarias de los pobres en casos de emergencias". Por lo que dice, entre otros casos que presenta, no encuentra un donante que aporte doscientos mil dólares para restablecer el sistema de salud que evite los numerosos casos de mujeres que mueren durante el parto en Burundi.

Los medios técnicos actuales permiten que en el mundo desarrollado se sepa con bastante precisión dónde y con qué magnitud se va a producir una emergencia en el tercer mundo. Ni siquiera hace falta debatir lo que se entiende por desastres ecológicos o del medio ambiente, en contraposición a los producidos por el hombre, ya que en realidad no hay separación entre ambos y porque es claro para el que quiera ver –aunque no tanto como para los que lo sufren- que las sequías y las inundaciones sólo afectan en forma de "catástrofe humanitaria" a los mismos: los pobres. La OMS afirma en otra de sus notas de prensa de 29 de junio de 2000 que "25 millones de dólares podrían evitar una catástrofe sanitaria en el cuerno de África azotado por la sequía". Si tenemos en cuenta que en esa zona, Etiopía, Eritrea, Kenia, Somalia, Sudán, Uganda y Yibuti viven entre 13 y 14 millones de personas, con dos dólares para cada uno ahora no habrá que enviar mañana a los "aguadores sin fronteras". Pero, encima que llevan el agua, no van a ser culpados éstos por hacer un trabajo humanitario.

El caso es que cuanto más potentes se hacen y más se especializan las ongs, sobre todo cuanto más notoriedad adquieren y parece que se hacen imprescindibles para salvar vidas y resolver problemas graves, a pesar de que los Estados son inmensamente más potentes y se espera de ellos que cumplan con lo manifestado en la Carta y en la Declaración, más expuesta sigue la población pobre a esas catástrofes supuestamente provocadas en exclusiva por las fuerzas de la naturaleza. Es inevitable pensar que en esta tragicomedia repetida hasta la saciedad y a la que no se le ve el final, cada uno ha escogido un papel, que representa de acuerdo a un guión conocido por todos, y que a unos no les conviene alterar porque consideran que no les resulta rentable económicamente, o sea, por puro egoísmo, mientras que los otros no lo abandonan porque no alcanzan a ver uno mejor para ellos mismos, ni un fin a la representación que no sea más perjudicial aún para las víctimas.

Aunque en el caso de los conflictos bélicos y de las situaciones de emergencia se aprecia bien la sinrazón del statu quo, y por ello se han tomado aquí como ejemplo para la discusión, en realidad se puede observar que no son otra cosa que las situaciones extremas de un sistema que es un continuo. En todas las partes de éste se produce la misma tensión. Si se piensa en el sida, por ejemplo, del que ya no hay rastro de duda sobre su impacto demoledor en África subsahariana, resulta que otra vez se impone terca la sinrazón. El Banco Mundial calcula que África ha de realizar un desembolso de 2.300 millones de dólares al año en la lucha contra el sida, según recoge The Economist en la página 14 de su edición del 15 de julio de 2000. Esta cifra, más la que se adelanta respecto del número de muertos dentro de unos años, similar a la de habidos en la Segunda Guerra Mundial, y la astronómica de las pérdidas económicas, así como la incalculable en cuanto al sufrimiento humano, hace pensar que no hay ong ni coalición de ongs en el mundo entero que sea capaz de restañar siquiera en parte esta sangría. Por otro lado, los planes de actuación en el tercer mundo a cargo de las instituciones internacionales pueden preverse por lo anunciado hasta ahora: que el Banco Mundial va a destinar de momento 500 millones de dólares a esta causa. Así que también se puede prever que tras esta cantidad inicial saldrá más adelante otra, similar o más reducida, pero nunca ni remotamente igual a la que se precisa, en manos de "los que sean sin fronteras" para hacer lo que puedan.

Aunque el sida va a pasar una factura monstruosa en África, el mundo desarrollado no quiere ni oír hablar de ella porque no ve el incentivo de salvar la vida a unos cuantos millones de negros que de no ser por esta enfermedad se morirían de todos modos por la malaria, el hambre o las balas. Ya se empiezan a oír voces como las del semanario, que en la misma página afirma en referencia al papel del primer mundo en esta cuestión, que "es casi imposible para los extranjeros resolver los problemas de otros". Los ciudadanos del mundo desarrollado pagan impuestos para que sus investigadores y universitarios registren patentes médicas que eleven su ya alto nivel de vida, y lo hacen con tanta dedicación que de las más de mil trescientas registradas recientemente, únicamente trece se destinan a enfermedades tropicales. Esto nos lo recuerda Xavier Sala en la página 14 de la edición del 9 de agosto de 2000 de El País. Eso sin contar con que la malaria, que mata a cinco millones de personas anualmente, no tiene cura, mientras que los occidentales se han procurado un medicamento que se llama viagra, por el que millones están dispuestos a pagar mucho dinero, aunque su objetivo no es el de salvar vidas humanas. ¿Cabe esperar que las ongs sean capaces de cambiar esta tendencia con una estrategia de paso a paso?

Lo que no explica el semanario, nunca lo hace cuando se ocupa de cuestiones de este tipo, es que esa dificultad de los occidentales en acudir al rescate de los africanos no ocurre cuando se trata de materias en las que pueden beneficiarse, es decir, para extraer los recursos naturales de éstos y comerciar con ellos, para venderles armas, y más recientemente para lo que se considera una nueva forma de filibusterismo: la "biopiratería". Con otras palabras: los ricos no pueden ir a los países en desarrollo para ayudar a los pobres a encontrar remedio contra sus enfermedades específicas, pero sí pueden ir para extraer plantas y registrar patentes que luego les permiten realizar un jugoso beneficio con la salud y el hambre de los pobres. Es imposible dejar de preguntarse de qué manera las ongs van a cambiar este estado de cosas. Parece que no pueden hacerlo, especialmente si se observa que con el paso del tiempo se dedican cada vez más a resolver situaciones de emergencia.

No es de extrañar, por otro lado, que los Estados no tengan nada que objetar a esta dedicación y que la financien hasta un cierto punto. No es que los Estados no puedan enfrentarse a las situaciones de emergencia, o que las ongs sólo hagan su aparición en éstas. Por supuesto que las ongs publican con frecuencia informes que advierten del riesgo y de la proximidad de catástrofes, pero al final resultan impotentes. Es que el sistema, armas incluidas, huracanes incluidos, tiene la injusticia como piedra angular, y en los grandes desajustes, guerras o inundaciones, esa injusticia se hace muy notoria, y entonces hay que echar mano de las ongs para que los ciudadanos del mundo desarrollado no se desasosieguen con las imágenes de desgracias que inundan las pantallas de sus televisores.

Los datos y cifras que expresan la injusticia del sistema son muy conocidos. Basta con acudir a cualquier publicación que se refiera al estado del mundo. Incluso se puede acudir a los que publican las propias organizaciones internacionales encargadas de velar por el cumplimiento de la Carta y la Declaración, porque llegan a reconocer el fracaso del sistema, aunque no entonan el mea culpa, y a veces sorprenden por el tono de sinceridad con el que se refieren a los problemas de que se ocupan –sin arreglarlos. Se puede hacer un recorrido por la ingente cantidad de literatura gris que existe, saltando de un informe a otro, viajando de documento en documento, como si fuera una vuelta al mundo en ochenta injusticias.

El Secretario General de las Naciones Unidas afirma que "el sida en África es tan grave que está causando una crisis social y económica, la cual a su vez amenaza la estabilidad política". Por su parte, UNAIDS, la agencia de las Naciones Unidas para el sida, se hace eco y anuncia que "la enorme distancia que separa a los países ricos de los pobres en esta enfermedad, probablemente va a aumentar en el próximo siglo". Preocupada por este aviso, la UNCTAD, la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas, hace sus propios estudios sobre cómo salvar esa distancia y calcula que "en los próximos 10 años harán falta unos 20 mil millones de dólares en ayuda para que África escape de la trampa de la deuda". Como la UNESCO reconoce que sin enseñanza básica no hay salida de la deuda ni desarrollo posible para ningún país, pues reunió a los líderes del mundo en Dakar el pasado mes de abril de 2000 y declaró solemnemente –por si alguien no lo sabía- que "todos los niños, jóvenes y adultos, en su condición de seres humanos, tienen derecho a beneficiarse de una educación que satisfaga sus necesidades básicas". Ahora bien, el caso es que, según sus palabras, "resulta inaceptable que en el año 2000 haya todavía más de 113 millones de niños sin acceso a la enseñanza primaria y 880 millones de adultos analfabetos". A nadie se le escapa que la pobreza que resulte de todo lo anterior producirá conflictos, pero ahí está el ACNUR, el Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados, para avisar de que les espera mucho trabajo. Advierte la Alta Comisionada: "se requiere una estrategia preventiva para asegurar que la gente sea capaz de vivir en paz (...) debemos intensificar nuestros esfuerzos para prevenir y resolver esas situaciones". No dice quién ni cuándo traerá la solución, pero no hay que preocuparse porque el UNICEF ya nos avisa de que hacia el año 2010, las muertes infantiles aumentarán, con lo que los niños muertos no podrán convertirse en refugiados.

Los que sobrevivan podrán contar con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y sus cientos de programas de ajuste estructural, que se renuevan año tras año desde hace cincuenta, con los resultados conocidos. A pesar de todos estos esfuerzos del primer mundo, la cosa no parece que se arregle, según lo afirma la edición de 1999 del Informe sobre el Desarrollo Humano del UNDP, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que no se ha dado cuenta ahora, sino que lleva años publicándolos: "los activos de las tres personas más ricas del mundo son superiores al producto interior bruto combinado de los países más pobres y sus 600 millones de habitantes". Finalmente, hoy día lo que está de moda es la AOD de los países miembros del CAD de la OCDE, siglas que significan algo pero que no merece la pena explicar, porque como dice intermón, fundación para el tercer mundo, en su estudio nº 2 de noviembre de 1998, el resultado final, como siempre, es que "en 1997 se ha producido una drástica caída de la ayuda a nivel mundial", mientras que en ese mismo año "los países de renta baja devolvieron 47 mil millones de dólares como pago por la deuda, sustancialmente más de lo que recibieron en concepto de ayudas".

 
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CONCLUSIÓN: LOS POBRES SIEMPRE ESTARÁN CON NOSOTROS, LAS ONGS TAMBIÉN

No hay duda de que las ongs denuncian el estado presente de injusticia y violación de los derechos humanos y al tiempo trabajan con buena voluntad y gran esfuerzo por cambiarlo. Sin embargo, no parece que tengan opción alguna para lograr un cambio de sistema con su labor actual, e incluso parece que corren el peligro de que éste las absorba y pasen a formar parte de él. En todo caso una parte no influyente, desde luego, ya que son un elemento marginal si se piensa en lo que han conseguido. En el peor de los casos puede que su labor sea contraproducente para lo que afirman querer conseguir. Con otras palabras, en cuanto a su capacidad de "erradicar la pobreza", los datos presentados no dejan lugar a dudas. En cuanto a sus objetivos de "cambio social (...) surgido de la voluntad colectiva", puede que estén trabajando en una dirección equivocada.

Aunque no es razonable reprochar a las ongs que su objetivo de eliminar la pobreza es inalcanzable con sus actuaciones, conviene sin embargo que se tenga presente esta imposibilidad, con el fin de evitar el engaño y la desilusión de los bienintencionados. Además, el objetivo educativo de sus actuaciones corre el peligro de verse pervertido. Hay que admitir que el sistema, tal y como está concebido y como funciona, no admite la eliminación de la pobreza sin más: o se cambia el sistema, o la pobreza seguirá. No existe uno sin lo otro. La pobreza no está ahí porque sí, es el sistema. No se trata solamente de contribuir con una cuota, ni de firmar peticiones. O los habitantes del primer mundo renuncian a su estilo de vida, o no se logrará la justicia ni el bienestar universales. No se puede cambiar el sistema sin renuncias, no existe el cambio social indoloro. O duele porque se renuncia al estilo de vida inhumano para con los que no lo disfrutan y se abandonan los privilegios, o puede que los excluidos causen dolor si intentan por todos los medios salir de su situación.

No se puede esperar que el sistema vaya a cambiar con un movimiento tan minoritario, no sólo por el número de miembros y simpatizantes, y de sus actuaciones, sino porque el resto del sistema, incluso ellos mismos –más o menos inadvertidamente- trabajan a favor del sistema. ¿Qué cifra es más alta: la de muertos y pobres del tercer mundo producidos con la parte de los impuestos de los ciudadanos del primero que se destina a la venta de armas, el comercio injusto y la explotación de los recursos naturales, o la de los que se salvan y sobreviven gracias a la parte destinada a las ongds?

Los simpatizantes de las ongs no avisados pueden pensar que su contribución a la defensa de los derechos humanos consiste en realizar alguna contribución o apoyar de alguna manera a las ongs. El cambio social al que éstas aspiran, desde luego, no va a tener lugar únicamente con sus actuaciones. Pretender dulcificar el cambio social mediante estrategias paso a paso, mediante campañas suaves, mediante mensajes indoloros, no sólo no sirve a la verdad, sino que no tiene visos de alcanzar los objetivos finales. Si hoy hay muertos y heridos por conflictos bélicos, y pobres y explotados por el reparto desigual de la riqueza en el tercer mundo, es porque los habitantes del primero dejan que así suceda, cada uno según responsabilidad.

Hay que ser especialmente vigilantes con los medios, no vaya a ser que a las ongs les ocurra como a los Estados, que lleguen a un punto en que se pueda decir de ellas lo que advirtió Einstein, "perfección en los medios y confusión en los fines, en mi opinión, es lo que parece caracterizar nuestra época". Los Estados han diseñado todo tipo de instrumentos cada vez más sofisticados y más costosos para hacer funcionar el mundo, pero el balance global es muy negativo. Hay que cuidarse de que las ongs copien este comportamiento, aunque sea con buena voluntad, o se dejen arrastrar por este modelo, quizás bueno para el mercado pero no para las labores humanitarias. Igual que no son capaces ni se les exige enmendar todo lo que los Estados destrozan, empeñarse en llegar en horas a cualquier rincón del mundo no va a cambiar el sistema, ni tampoco recaudar una cantidad récord en un programa de televisión. Además, el riesgo de que acciones en pro de los derechos humanos se vean, de nuevo a imagen y semejanza de lo que ocurre en el mercado, banalizadas, infantilizadas, reducidas a un juego, que no son sino un sucedáneo de la solidaridad, es muy elevado. Esto es precisamente lo que le conviene al sistema, que necesita las ongs igual que una olla a presión necesita una espita.

Finalmente, no se puede pensar que hasta la aparición de las ongs no ha existido el deseo de justicia y de respeto por los derechos humanos, que no ha habido personas buenas con anterioridad. Más bien hay que admitir que las ongs no son otra cosa que la moderna forma de organización de algunas personas de buena voluntad, sencillamente la que resulta apropiada para las condiciones actuales. Las ongs no tienen el patrimonio de las acciones en pro de los derechos humanos. Millones de personas por su cuenta los aprecian y actúan en consecuencia. Así ha sido siempre. Como también su contrario. Otros millones los violan y muchos más son indiferentes o no desean actuar en consecuencia. Por ello hay que concluir que el sistema seguirá como está, que los pobres siempre estarán con nosotros, lo cual ya fue dicho con mucha autoridad hace dos mil años, y que las ongs también, lo cual no cambia mucho las cosas.

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