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El Comité de los 100, como saben los lectores,
está por la desobediencia civil no violenta y a gran escala
como medio de inducir al Gobierno británico (y a otros, esperamos,
a su debido tiempo) a abandonar las armas nucleares y la protección
que se supone que proporcionan. Muchos críticos han puesto
la objeción de que la desobediencia civil es inmoral, especialmente
allí donde el gobierno es democrático. Me propongo
atacar este punto de vista. No en general, sino en el caso de la
desobediencia civil no violenta a favor de ciertos objetivos propugnados
por el Comité de los 100.
Hay que empezar con algunos principios abstractos
de ética. Hablando en términos generales, hay dos
tipos de teoría ética. Uno, cuyo mejor ejemplo lo
constituye el Decálogo, establece normas de conducta que
se supone que son válidas en todos los caso, independientemente
de los efectos a que su obediencia dé lugar. La otra teoría,
aun admitiendo que algunas normas de conducta son válidas
en al gran mayoría de los casos, es capaz de tener en cuenta
las consecuencias de las acciones y de permitir violaciones de las
normas cuando las consecuencias de su obediencia son evidentemente
indeseables. En la practica, la mayor parte de la gente adopta el
segundo punto de vista y sólo acude al primero en las discusiones
con los contrincantes.
Veamos unos pocos ejemplos. Supongamos que un fornido
individuo, aquejado de hidrofobia, está a punto de morder
a sus hijos y que el único modo de impedírselo es
matarle. Creo que muy poca gente consideraría injustificado
que usted adoptase este método para salvar la vida de sus
hijos. Quienes lo considerasen justificado no negarían que
la prohibición de asesinar sea casi siempre justa. Probablemente
llegarían a decir que quitar la vida a un semejante no debería
ser considerado asesinato en este tipo de supuestos. Definirían
“asesinato” como “homicidio injustificable”. En este caso, el precepto
de que asesinar está mal se convierte en una tautología,,
pero la cuestión ética permanece: “¿Cuándo
debe ser etiquetado como asesinato quitar la vida a un semejante?”.
O tomemos el mandato de no robar. Casi todo el mundo estaría
de acuerdo en que la inmensa mayoría de los casos es justo
obedecer este mandato. Pero suponga que es usted un refugiado que
huye con su familia de la persecución y que sólo robando
puede conseguir comida. Mucha gente estaría de acuerdo en
que está justificado que usted robe. La única excepción
serían quienes defendiesen la tiranía de la que usted
está intentando escapar.
Se han dado muchos casos en la historia que no resultaban
tan claros. En los tiempos del papa Gregorio VI, la simonía
estaba a la orden del día en la Iglesia. El papa Gregorio
VI llegó a Papa mediante la simonía y lo hizo con
el propósito de abolirla. En esto tuvo mucho éxito,
y el éxito total fue alcanzado por su discípulo y
admirador, el papa Gregorio VII, que fue uno de los Papas más
ilustre. No voy a dar mi parecer acerca de la conducta de Gregorio
VI, que ha venido siendo un tema controvertido hasta nuestros días.
La única norma, en estos casos dudosos, es
considerar las consecuencias de la acción en cuestión.
Debemos incluir entre estas consecuencias el efecto malo de debilitar
el respeto por una norma que es justa en la mayoría de los
casos. Pero, incluso cuando este efecto es tomado en cuenta, hay
casos en los que la norma de conducta más generalmente aceptable
debería ser violada.
Hasta aquí la teoría general. Ahora
voy a ocuparme más concretamente del problema moral que estamos
tratando.
¿Qué hay que decir acerca de una norma
que ordena respetar la ley? Consideremos en primer lugar los argumentos
en favor de una norma de este tipo. Sin ley una comunidad civilizada
es imposible. Donde haya una general falta de respeto por la ley,
seguro que se seguirán todo tipo de consecuencias perniciosas.
Un notable ejemplo fue el fracaso de la ley seca en América.
En este caso resultó obvio que el único remedio posible
era cambiar la ley, desde el momento en que era imposible conseguir
que la ley, tal como estaba, fuera respetada. Este punto de vista
fue el que prevaleció a pesar de quienes violan la ley no
lo hacían por lo que se suele llamar motivos de conciencia.
Este caso pone en evidencia que el respeto por la ley tiene dos
caras. Si se quiere que la ley sea respetada, debe ser considerada
digna de respeto.
El argumento más importante en favor del respeto
por la ley es que, en controversias entre dos partes, sustituye
la parcialidad privada que se daría probablemente en ausencia
de la ley por una autoridad neutral. La fuerza que puede ejercer
la ley es, en mucho casos, irresistible y, por consiguiente, sólo
es necesario que se la invoque en el supuesto de una minoría
de irresponsables criminales. El resultado neto es una comunidad
en la que la mayor parte de la gente es pacífica. Estas razones
en favor del imperio de la ley son admitidas en la mayoría
de los caso, excepto por los anarquistas. No deseo discutir su validez
excepto en casos excepcionales.
Hay un tipo muy amplio de supuestos en los que la
ley no tiene el mérito de ser imparcial como lo es con relación
a los particulares en disputa. Se dan cuando una de las partes es
el Estado. El Estado hace las leyes y, a menos que haya una opinión
pública muy atenta en defensa de las libertades justificables,
el Estado hará la ley a su propia conveniencia, la cual puede
no corresponderse con el interés público. En los procesos
de Nuremberg fueron condenados criminales de guerra por obedecer
las leyes del Estado, aunque su condena fue sólo posible
una vez que el Estado en cuestión fue vencido militarmente.
Es de destacar, sin embargo, que las potencias que vencieron a Alemania
estuvieron de acuerdo en que abstenerse de practicar la desobediencia
civil puede ser merecedor de castigo.
Quienes critican la forma particular de desobediencia
civil que estoy intentando justificar mantienen que las violaciones
de la ley, aun cuando puedan estar justificadas bajo un régimen
despótico no pueden nunca estar justificadas en una democracia.
No encuentro en absoluto válida esta aseveración.
Hay muchos casos en los que gobiernos nominalmente democráticos
dejan de hacer efectivos principios que los amigos de la democracia
respetarían. Tomemos por ejemplo el caso de Irlanda antes
de alcanzar la independencia. Formalmente los irlandeses tenían
los mismos derechos democráticos que los británicos.
Podían enviar sus representantes a Westminster y defender
su postura mediante todos los procedimientos democráticos
admitidos. Sin embargo, a pesar de ello, estaban en minoría,
que habría sido permanente si se hubieran limitado a los
métodos legales. Ganaron su independencia violando la ley.
Si no la hubieran violado, no habrían podido ganar.
Hay muchas otras formas por las que los gobiernos
nominalmente democráticos dejan de serlo en la práctica.
Una gran cantidad de cuestiones son tan complejas que sólo
un pequeño número de expertos puede comprenderlas.
Cuando se suben o se bajan los tipos de interés, ¿qué
proporción del electorado puede juzgar si era correcto o
no hacerlo? Y si alguien que no tenga una posición oficial
critica la acción del Banco de Inglaterra, los únicos
testigos con la suficiente autoridad serán las personas responsables
de lo que se ha hacho o las estrechamente relacionadas con ellas.
No sólo en cuestiones financieras: todavía más
en cuestiones militares y diplomáticas, hay en todo estado
civilizado una técnica de ocultamiento ampliamente desarrollada.
Si el gobierno quiere que un hecho determinado no sea conocido,
casi todos los medios de comunicación le ayudan en el ocultamiento.
En tales casos, sucede frecuentemente que la verdad sólo
llega a ser conocida, si es que llega a serlo, por medio de persistentes
y sacrificados esfuerzos que acarrean vilipendio e incluso deshonra
personal. En ocasiones, si el asunto suscita suficiente pasión,
la verdad llega a ser conocida al final. Así ocurrió,
por ejemplo, en el caso Dreyfus. Pero si el asunto es menos sensacional,
el votante ordinario será probablemente dejado en la ignorancia.
Por estas razones, la democracia, aun cuando mucho
menos susceptible a los abusos que la dictadura, no es en absoluto
inmune a los abusos de poder por parte de la autoridad o de intereses
corruptos. Si se quiere preservar libertades valiosas es necesario
que exista gente dispuesta a criticar a la autoridad e incluso,
si se da el caso, a desobedecerla.
Quienes proclaman a voces su respeto por la ley no
se dan cuenta, en muchos casos, de que el imperio de la ley debería
extenderse a las relaciones internacionales. En las relaciones entre
estados, la única ley que existe aún hoy es la ley
de la jungla. Lo que decide un conflicto es que parte puede causar
un mayor número de muertos a la otra parte. Quienes no aceptan
este criterio son susceptibles de ser acusados de falta de patriotismo.
Esto hace imposible no sospechar que la ley sólo es valorada
donde ya existe y no como una alternativa a la guerra.
Esto me lleva al tipo particular de desobediencia
civil no violenta propugnada y practicada por el Comité de
los 100. Quienes estudian las armas nucleares y el curso probable
de la guerra nuclear están divididos en dos grupos. Hay gente
que trabaja para el gobierno y, por otro lado, gente de la calle
que se ha puesto en movimiento porque se ha dado cuenta de los peligros
y catástrofes que es probable que sucedan si la política
de los gobiernos no cambia. Hay unos cuantos temas en discusión.
Mencionaré algunos. ¿Cuál es la probabilidad
de que se provoque accidentalmente una guerra nuclear? ¿Cuántas
bajas hay que temer? ¿Qué proporción de la
población es probable que sobreviva a una guerra nuclear
total? Estudiosos independientes encuentran que las respuestas dadas
a estas cuestiones por los propagandistas oficiales y por los políticos
aparecen grave y peligrosamente equivocadas a un observador imparcial.
Dar a conocer a la población en general qué repuestas
a estas preguntas consideran los investigadores independientes que
son las correctas es una empresa difícil. Cuando es difícil
averiguar la verdad, existe una tendencia natural a creer lo que
afirman las autoridades oficiales. Especialmente en aquellos casos
en que esto permite a la gente considerar sus inquietudes innecesariamente
alarmistas y rechazarlas. Los más importantes medios de comunicación
se consideran a sí mismos parte del Establishment y se muestran
muy reacios a proceder de modo que desagrade al Establishment. Una
larga y frustrada experiencia nos ha demostrado a quienes hemos
intentado dar a conocer hechos desagradables que los métodos
ortodoxos por sí solos son insuficientes. Mediante la desobediencia
civil un cierto tipo de publicidad es posible. Se informa acerca
de lo que hacemos aunque, en la medida en que se pueda evitarse,
las razones por lo que lo hacemos no son mencionadas. La política
de suprimir nuestra razones sólo tiene, sin embargo, un éxito
parcial. Mucha gente se siente inclinada a indagar acerca de temas
que se ha querido que ignoren. Muchas personas, especialmente entre
la gente joven, llegan a compartir la opinión de que los
gobiernos están llevando hacia la destrucción a poblaciones
enteras mediante mentiras y evasivas. No parece improbable que,
al final, un movimiento irresistible de protesta popular obligue
a los gobiernos a dejar que sus súbditos continúen
existiendo. Estamos convencido, en base a una larga experiencia,
que este objetivo no puede ser alcanzado únicamente mediante
métodos permitidos, por la ley. En lo que a mí respecta,
considero que está es la razón principal para poner
en práctica la desobediencia civil.
Otra razón para intentar divulgar el conocimiento
acerca de la guerra nuclear es la inminencia extrema del peligro.
Los métodos legales de divulgación resultan demasiados
lentos, y creemos, en base a la experiencia, que sólo el
tipo de métodos que hemos adoptado puede extender el conocimiento
necesario antes de que sea demasiado tarde. Tal como están
las cosas, una guerra nuclear puede acaecer accidentalmente en cualquier
momento. Cada día que pasa sin que estalle una guerra así
podemos dar las gracias por nuestra suerte, pero no podemos esperar
que la suerte dure indefinidamente. Cada día, a todas horas,
la población británica puede perecer. Los estrategas
y los negociadores se están dedicando a jugar a un juego
del que las dilaciones parecen ser una de las reglas. Es urgente
que las poblaciones del Este y del Oeste obliguen a ambas partes
a darse cuenta de que el tiempo del que disponemos es limitado y
de que, si se continúa de este modo, puede sobrevenir el
desastre en cualquier momento, y casi seguro que más pronto
o más tarde sobrevendrá.
Hay, sin embargo, otra razón muy poderosa
para utilizar la desobediencia civil no violenta que merece consideración.
Los programas de exterminio masivo, en los que se gastan grandes
cantidades de dinero público, tienen que llenar de horror
a cualquier ser humano. Al Oeste se le dice que el comunismo es
malo; al Este, que el capitalismo es malo. Cada una de las partes
concluye que las naciones que favorecen a la otra deben ser “obliteradas!,
por usar la expresión de Kruschev. No pongo en duda que cada
una de las partes esté en lo cierto al pensar que una guerra
nuclear destruiría el “ismo” de la otra parte; sin embargo,
están equivocadas si piensan que una guerra nuclear podría
implantar su propio “ismo”. Nada de lo que el Este o el Oeste consideran
deseable puede ser el resultado de una guerra nuclear. Si se pudiera
hacer comprender esto a ambas partes, sería posible que se
dieran cuenta de que no hay victoria posible par ninguna de ellas,
sino sólo la derrota total para las dos. Si este hecho absolutamente
evidente fuera admitido públicamente por Kruschev y Kennedy
en un comunicado conjunto, podrís negociarse un sistema de
coexistencia que proporcionaría a cada una de las partes
mil veces más de lo que podrían lograr por la guerra.
La absoluta inutilidad de la guerra en la presente era resulta completamente
obvia excepto para aquellos que han sido hasta tal punto educados
en tradiciones pasadas que son incapaces de pensar en los términos
del mundo que nos ha tocado vivir. Quienes protestamos contra la
guerra y las arma nucleares no podemos estar de acuerdo con un mundo
en el que cada hombre debe su libertad a la capacidad de su gobierno
de causar cientos de millones de muertos apretando un botón.
Esto es abominable y, antes de que parezca que consentimos en ello,
estamos dispuestos, si fuera necesario, a ser proscritos y a sufrir
vejación y cualquier dificultad que se pueda derivar del
distanciarse de los esquemas gubernamentales. Esto es un horror.
Estoy convencido de que en base a consideraciones puramente políticas
nuestra postura es incontestable. Pero, por encima de todas las
consideraciones políticas, está la determinación
de no ser cómplices del peor crimen que la humanidad haya
contemplado jamás. Estamos espantados, justamente espantados,
acusa del exterminio de seis millones de judíos por Hitler;
sin embargo, los gobiernos del Este y del Oeste consideran tranquilamente
la posibilidad de una matanza al menos cien veces mayor que la perpetrada
por Hitler. Quienes se dan cuenta de la magnitud de este horror
no pueden ni siquiera parecer estar de acuerdo en las políticas
de las que surge. Es este sentimiento, más que cualquier
cálculo político, lo que da fervor y fuerza a nuestro
movimiento; un tipo de fervor y un tipo de fuerza que, si una guerra
nuclear no acaba pronto con todos nosotros, hará crecer nuestro
movimiento hasta que alcance el punto en que los gobiernos no puedan
impedir dejar a la humanidad que sobreviva.
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