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SOBRE LA RESISTENCIA
NOAM  CHOMSKY
 
 
 
   
 

Varios meses después de las manifestaciones de Washington intento todavía ordenar mis impresiones de un mes cuya calidad política resulta difícil de capta o de expresar. Tal vez unas cuantas reflexiones personales puedan ser útiles para quienes comparten mi aborrecimiento instintivo por el activismo, pero se ven empujados hacia una crisis no deseada, pero casi inevitable.

Para muchos de los participantes, las manifestaciones de Washington han simbolizado el paso “del disentimiento a la resistencia”. Más adelante volveré sobre esta consigna y su significado, pero quisiera dejar bien claro desde el principio que la considero no solamente ajustada al talante de las manifestaciones sino también, interpretada apropiadamente, adecuada a la situación actual de la protesta contra la guerra. En esta protesta hay una dinámica irresistible. Uno puede empezar escribiendo artículos y pronunciando discursos, contribuyendo de diversas maneras a crear un ambiente de preocupación y malestar. Unos cuantos, más valerosos, se volverán hacia la acción directa, negándose a ocupar su lugar entre los “buenos alemanes” que todos nosotros hemos aprendido a despreciar. Algunos se verán obligados a tomar esta decisión cuando sean llamados al servicio militar. Los senadores que disienten, los escritores y los profesores observarán cómo los jóvenes se niegan a servir en las fuerzas armadas, en una guerra que aborrecen. ¿Qué harán entonces? Quienes escriben y hablan en contra de la guerra, ¿pueden refugiarse en el hecho de no haber incitado o propugnado la resistencia en el reclutamiento, sino que simplemente han contribuido a crear un clima de opinión en el que cualquier persona decente se negará a participar en una guerra miserable? He aquí una defensa muy débil. Tampoco es muy fácil aguardar desde una posición segura mientras otros se ven obligados a dar un paso desagradable y penoso. Lo cierto es que más de un millar de las tarjetas de reclutamiento devueltas al Departamento de Justicia el 20 de octubre procedían de hombres que pueden evitar el servicio militar, pero que insistían en compartir la suerte de los menos afortunados. De esta manera se ensancha el círculo de la resistencia. Pero, con absoluta independencia de esto, nadie puede dejar de advertir que en la medida en que suaviza su protesta, en que rechaza acciones que le son posibles, acepta ser cómplice de lo que hace el gobierno. Algunos actuarán de acuerdo con esta comprensión, planteando un agudo problema moral que ninguna persona consciente puede eludir.
 
El lunes 16 de octubre, escuché en el Boston Common cómo Howard Zinn explicaba por qué se sentía avergonzado de ser americano. Observé cómo varios centenares de jóvenes, alumnos míos algunos de ellos, tomaban una decisión terrible que ninguna persona joven debería afrontar: romper su inscripción en el Selective Service System. La semana finalizó el lunes siguiente con una apacible discusión en Cambridge en la que escuché cálculos del número de megatones nucleares que serían necesarios para “eliminar” a Vietnam del Norte (“Algunos considerarán esto espantoso, pero...”; “Ninguna personalidad civil del gobierno sugiere esto, que yo sepa...”; “No empleemos términos emotivos como ‘destrucción’”, etc.), y oí a un destacado experto en cuestiones soviéticas que explicaba cómo los hombres del Kremlin están observando los acontecimientos muy atentamente para decidir si las guerras de liberación nacional pueden tener éxito; de ser así, las apoyarán en todo el mundo. (Inténtese decirles a esos expertos que - con estos presupuestos -, si los hombres del Kremlin son racionales apoyarán docenas de esas guerras desde ahora porque con un coste pequeño pueden confundir a los militares americanos y romper en pedazos nuestra sociedad, y contestarán que uno no comprende el alma rusa.)

El fin de semana de las manifestaciones de la paz Washington me dejó impresiones vivas e intensas, pero cuyas implicaciones no están claras para mí. El recuerdo predominante es el de la escena misma, de decenas de millares de jóvenes rodeando lo que consideraban - y debo decir que estoy de acuerdo con ellos -  la institución más abominable de la tierra, y exigiendo que deje de imponer la miseria y la destrucción. Decenas de millares de jóvenes. Me resulta difícil comprenderlo. Es lamentable, pero cierto, que en su abrumadora mayoría son jóvenes quienes son golpeados mientras permanecen inmóviles; que son jóvenes quienes tienen que decidir si aceptan la prisión o el exilio, o luchar en una guerra odiosa. Tienen que afrontar esta decisión solos o casi solos. Tendríamos que preguntarnos por qué es así.

¿Por qué, por ejemplo, el senador Mansfield se siente “avergonzado por la imagen que han dado de este país”, y no se siente avergonzado por la imagen de este país que da la institución con que estos jóvenes se enfrentan? Se trata de una institución dirigida por hombres cuerdos, equilibrados y eminentemente razonables, que pueden prestar declaración tranquilamente ante el Congreso de que cantidad de material bélico gastado en Vietnam ha superado el total gastado en Alemania e Italia en Italia en la segunda guerra mundial. ¿Por qué el senador Mansfield puede hablar con frases altisonantes de quienes no hacen honor a nuestro compromiso de “un gobierno de leyes”, refiriéndose a un pequeño grupo de manifestantes, y no a los noventa y pico senadores que aguardan, con plena consciencia, mientras que el Estado al que sirven viola de manera flagrante las disposiciones explícitas de la Carta de las Naciones Unidas, la ley suprema de la tierra? Sabe muy bien que con anterioridad a nuestra invasión del Vietnam no hubo ningún ataque armado contra Estado alguno. Después de todo, fue el senador Mansfield quién nos informó de que “cuando empezó, a principios de 1965, el fuerte incremento del esfuerzo militar americano, se calculaba que solamente unos 400 soldados norvietnamitas figuraban entre las fuerzas enemigas en el Sur, que en aquella época totalizaban 140.000 hombres”; también es el Informe Mansfield el que nos dice que en aquella época había ya 34.000 soldados americanos en Vietnam del Sur, en violación de nuestro “solemne compromiso” de Ginebra en 1954.

Y la cuestión no acaba aquí. Tras las primeras Jornadas Internacionales de Protesta en octubre de 1965, el senador Mansfield criticó la “ falta absoluta de responsabilidad” mostrada por los manifestantes. Entonces no tenía nada que decir - ni tampoco ha tenido nada que decir después - sobre la “falta absoluta de responsabilidad” evidenciada por el senador Mansfield y otros, que permanecen tranquilos y votan créditos especiales cuando las ciudades y aldeas de Vietnam del Norte son demolidas y cuando en el sur millones de refugiados se ven expulsados de sus casas por el bombardeo norteamericano. No tiene nada que decir sobre los patrones morales o el respeto por el derecho de quienes han permitido esta tragedia.

Me refiero al senador Mansfield precisamente porque no es un superpatriota con el garrote en alto deseoso de que América domine el mundo, sino más bien un intelectual americano en el mejor sentido de la palabra, un hombre culto y razonable; esto es: la clase de hombre que constituye el terror de nuestra época. Acoso se trate solamente de una reacción personal mía, pero cuando veo lo que le está sucediendo a nuestro país, creo que lo más terrible no son hombres como Custis LeMay, con su animada incitación a que bombardeemos todo y volvamos a la Edad de Piedra, sino más bien las apacibles disquisiciones de los científicos políticos acerca de cuánta fuerza será necesaria para conseguir nuestros fines, o sobre qué forma de gobierno en Vietnam del Sur nos resulta aceptable. Lo que considero aterrador es el distanciamiento y la ecuanimidad con que contemplamos y discutimos una tragedia insoportable. Todos sabemos que si Rusia o China fueran culpables de lo que nosotros hemos hecho en Vietnam estallaríamos de indignación por sus monstruosos crímenes.

Creo que hubo un serio error de cálculo al planear las manifestaciones de Washington. Se esperaba que la marcha sobre el Pentágono fuera seguida de cierto número de discursos y que quienes se veían obligados a la desobediencia civil se separarían entonces de la multitud y se dirigirían al Pentágono, a unos centenares de metros de campo abierto. Yo había decidido no participar en la desobediencia civil, y no conozco con detalle lo que se había planeado. Como todo el mundo puede comprender, es muy difícil distinguir la racionalidad en cuestiones como éstas. Me parece, sin embargo, que los primeros actos de desobediencia civil a gran escala deberían estar definidos claramente a quienes se niegan a servir en Vietnam, sobre quienes ha de caer inevitablemente la verdadera carga del disentimiento. Pese a valorar el punto de vista de quienes deseaban expresar su odio a la guerra de una manera muy explícita, no estaba convencido de que la desobediencia civil en el Pentágono fuera significativa o eficaz.

En todo caso, lo que realmente ocurrió fue muy distinto de lo que todo el mundo había esperado. Unos cuantos millares de personas se reunieron para los discursos, pero la masa de los componentes de la marcha se dirigió directamente al Pentágono, algunos porque fueron simplemente arrastrados. Desde el estrado de los oradores donde yo estaba resultaba difícil distinguir qué pasaba exactamente en el Pentágono. Todo lo que podíamos ver era la oleada de la multitud. Por informaciones de segunda mano comprendí que los manifestantes desfilaban ante la línea de tropas y tomaban una posición, que mantuvieron, en las escaleras del Pentágono. Pronto fue obvio que para los pocos organizadores de la marcha y el grupo de mediana edad que habían reunido junto a ellos era equivocado permanecer en la tribuna de oradores mientras los manifestantes, muchos de ellos muy jóvenes, estaban en el Pentágono (recuerdo haber visto cerca de la tribuna a Robert Lowell, Dwight Macdonald, monseñor Rice, Sidney Lens, Benjamin Spock y su mujer, Dagmar Wilson y Donald Kalsih). Dave Dellinder sugirió que intentáramos acercarnos al Pentágono. Encontramos un lugar no bloqueado todavía por los manifestantes, y avanzamos hasta la línea de tropas que permanecían a pocos pasos del edificio. Dellinger sugirió que aquellos de nosotros que no habían hablado todavía durante la reunión hablaran directamente a los soldados por medio de un pequeño amplificador portátil. Monseñor Rice tomó la palabra y yo le seguí. Mientras estaba hablando, la línea de soldados avanzó dejándome atrás, experiencia más bien desagradable. No recuerdo exactamente lo que estaba diciendo. Se trataba, supongo, de que estábamos allí porque no queríamos que los soldados mataran y fueran muertos, pero recuerdo en cambio la sensación de que lo que yo estaba diciendo me pareció necio e irrelevante.

El avance de la línea de soldados había fragmentado parcialmente el pequeño grupo que había llegado con Dellinger. Los que habíamos quedado atrás de la línea de soldados nos reagrupamos, y el doctor Spock empezó a hablar. Casi al mismo tiempo surgió de alguna parte otra línea de soldados, esta vez en formación cerrada y fusiles en mano, y avanzó lentamente hacia adelante. Nosotros nos sentamos en el suelo. Como he dicho anteriormente, yo no tenía intención de participar en ningún acto de desobediencia civil hasta el momento. Pero cuando aquel grotesco organismo empezó a avanzar lentamente - y era más grotesco porque sus células eran seres humanos que se podían reconocer -, se hizo evidente que no se podía permitir que aquella cosa dictara lo que debíamos hacer. Fui detenido al instante por un agente federal, presumiblemente por resistencia a los soldados. Quisiera añadir que éstos, por lo que pude ver (que no fue mucho), parecían más bien descontentos por los acontecimientos, y fueron tan comedidos como es posible ser cuando se ha ordenado (supongo que hubo una orden) patear y golpear a gente pasiva y tranquila que se niega a moverse. Los agentes federales, presumiblemente, eran muy diferentes. Me recordaban a los funcionarios de policía que había visto en una cárcel de Jackson, Mississippi, hace varios años, los cuales se habían echado a reír cuando un viejo nos mostró un ensangrentado vendaje casero en la pierna y trató de describirnos cómo había sido golpeado por la policía. En Washington, quienes lo pasaron peor a manos de los agentes fueron los muchachos y muchachas jóvenes, especialmente los muchachos con cabellos largos. Nada parecía excitar más el sadismo de los agentes que la visión de un muchacho con el cabello largo. Sin embargo, aunque presencié algunos actos de violencia por parte de los agentes, su comportamiento parecía ir en general de la indiferencia a la asquerosidad. Por ejemplo, nos mantuvieron en un vehículo de la policía durante una o dos horas con todas las puertas cerradas y solamente unos orificios de ventilación; debían decirse que nunca se tiene suficiente cuidado con semejantes tipos criminales.

En el dormitorio de la cárcel y tras mi liberación oí muchos relatos, de cuya autenticidad estoy seguro, sobre el valor de los jóvenes, muchos de los cuales estaban asustados por el terrorismo que empezó a última hora de la noche; después de que se hubieran ido los operadores de televisión y los periodistas. Permanecieron sentados inmóviles hora tras hora en medio del frío de la noche; muchos fueron pateados, golpeados y arrastrados entre filas de policías. También escuché relatos, angustiosos, de provocaciones a las tropas por parte de los manifestantes - generalmente, al parecer, no en las filas delanteras -. No hay duda de que esto era inexcusable. Los soldados son instrumentos de terror inconscientes; no se puede condenar o atacar el garrote que se emplea para golpear hasta la muerte a alguien. Son también seres humanos, con una sensibilidad a la que también se puede recurrir. De hecho, hay pruebas de que un soldado, y tal vez tres o cuatro, se negó a obedecer las órdenes y fue arrestado. Los soldados, después de todo, se hallan en gran parte en la misma situación que quienes se resisten al reclutamiento. Si obedecen las órdenes, resultan embrutecidos por lo que hacen; si no las obedecen, las consecuencias son duras. Se trata de una situación que merece compasión, no injurias. Pero en esta cuestión debemos conservar el sentido de las proporciones. Todo lo que he visto y oído indica que los manifestantes desempeñaron sólo un papel secundario al iniciar la violencia que tuvo lugar.

El argumento de que la resistencia a la guerra debe seguir siendo estrictamente no violenta me parece de una fuerza abrumadora. Como táctica, la violencia es absurda. Nadie puede competir con el gobierno en este terreno, y el recurso a la violencia, que seguramente fracasaría, simplemente espantaría y alejaría del movimiento a algunos que pueden ser atraídos por él, y animaría más aún a los ideólogos y a los ejecutores de la represión violenta. Es más: uno desconfía en que los participantes en la resistencia no violenta se conviertan en seres humanos de calidad superior. Nadie puede dejar de sentirse impresionado por las cualidades personales de quienes han llegado a la madurez en el movimiento de los derechos civiles. Independientemente de lo que haya conseguido, el movimiento de los derechos civiles ha hecho una aportación inestimable a la sociedad americana al transformar la vida y el carácter de quienes participan en él. Tal vez un programa de resistencia no violenta, basado en principios sólidos, pueda conseguir lo mismo con otras muchas personas en las particulares circunstancias con que nos enfrentamos hoy. No es imposible que esto pueda salvar el país de un futuro terrible, de una generación más que considere inteligente discutir el bombardeo de Vietnam del Norte como una cuestión de táctica y de coste, o que apoye nuestro intento de conquistar Vietnam del Sur, con el coste humano de todos conocido, afirmando suavemente que “nuestra motivación fundamental es el interés propio, el interés de nuestro propio país en un mundo estremecido” (Comité de Ciudadanos para la Paz en la Libertad, New York Times, 26 de octubre de 1967).

Volviendo a las manifestaciones, debo admitir que me sentí aliviado al encontrar a gente a la que había respetado durante años en el dormitorio de la prisión, a Norman Mailer, Jim Peck, Dave Dellinger y algunos más. Creo que fue reconfortante para muchos de los chico que había allí poder sentir que no estaban completamente separados del mundo que conocían y de las personas que a las que admiraban. Resultaba emocionante ver cómo muchachos indefensos que tenía mucho que perder deseaban ser encarcelados por lo que creían - jóvenes ayudantes de las universidades del Estado, muchachos de los colleges que tenían ante sí un espléndido futuro si seguían la línea recta, y muchos otros a los que no pude identificar.

¿Qué vendrá ahora? Obviamente, está es la cuestión en que piensa todo el mundo. La consigna “Del disentimiento a la resistencia”, tiene sentido, creo, pero confío en que no se dé por supuesto que el disentimiento debe cesar. El disentimiento y al resistencia no son alternativas excluyentes, sino actividades que deben reforzarse mutuamente. No hay  razón alguna para que quienes participan en la negativa a pagar impuestos, en la resistencia al servicio militar y en otras formas de resistencia no hablen también a grupos religiosos, o en foros ciudadanos, o se mezclen en la política electoral para apoyar a los candidatos partidarios de la paz o referéndums sobre la guerra. Sé por experiencia que frecuentemente quienes se han implicado más profundamente en estos intentos de persuasión. Dejando de lado por un momento la cuestión de la resistencia, creo que debe subrayarse que los días de “explicación paciente” distan mucho de haber terminado. A medida que van llegando ataúdes al país aumentan los impuestos, mucha gente que antes estaba dispuesta a aceptar al gobierno se preocupará cada vez más por intentar pensar por sí misma. Las razones de este cambio suyo son lamentables, pero las posibilidades abiertas a la actividad educativa, no obstante, son muy buenas.

Por otra parte, el reciente cambio en la línea de la propaganda gubernamental ofrece importantes posibilidades para el análisis crítico de la guerra. En la defensa reciente de la guerra norteamericana en Vietnam hay una nota de estridente desesperación. Oímos hablar cada vez menos de “dar la libertad y la democracia” a los sudvietnamitas y cada vez más del “interés nacional”. El secretario de Estado Rusk va rumiando los peligros que nos plantean los mil millones de chinos; le vicepresidente nos dice que estamos luchando contra “el comunismo asiático militante” que tiene “sus cuarteles generales en Pekín”, y añade que una victoria del Vietcong amenazaría directamente a los Estados Unidos; Eugene Rostow afirma que “no es bueno construir ciudades modelos si han de ser bombardeadas en el plazo de veinte años”, etc. (todo eso es “un insulto frívolo a la Marina norteamericana”, como comentó justamente Walter Lippmann).

El cambio en la propaganda facilita mucho que el análisis crítico ataque el problema de Vietnam en su centro mismo, que se halla en Washington y Boston y no en Saigón y Hanoi. Después de todo, hay algo de ridículo en la atención que conceden quienes se oponen a la guerra a los problemas políticos y sociales de Vietnam. Quienes se oponían a la conquista japonesa de Manchuria, hace una generación, no destacaron los problemas político, sociales y económicos de Manchuria, sino los de Japón. No se embarcaron en una grotesca discusión sobre el grado exacto de apoyo de que gozaba el emperador títere, sino que examinaron las fuentes del imperialismo japonés. Ahora, quienes se oponen a la guerra pueden volver su atención mucho más fácilmente a la fuente de la agresión, a nuestro propio país, a su ideología y a sus instituciones. Podemos preguntar cuáles son los “intereses” a que sirven 100.000 bajas y 100.000 millones de dólares gastados en el intento de dominar un pequeño país al otro extremo de la tierra. Podemos mostrar el absurdo de la idea de que estamos “conteniendo a China” al destruir a las fuerzas populares e independientes situadas en sus fronteras, y el cinismo de la pretensión de que estamos en el Vietnam porque “para los americanos la paz y la libertad son inseparables” y porque “la supresión de la libertad” no debe “quedar sin castigo” (se trata una vez más, de palabras del Comité de Ciudadanos). Podemos preguntar por qué quienes esto afirman no sugieren el envío de la fuerza expedicionaria norteamericana a Taiwán, Rhodesia, Grecia o Mississippi, sino solamente a Vietnam, donde pretendemos hacernos creer que el gran agresor Mao Tsetung está emprendiendo una política hitleriana a su manera astuta, cometiendo una agresión sin tropas y anunciando por mediación de Lin Piao que las guerras indígenas de liberación nacional no pueden esperar de China más que apoyo moral. Podemos preguntar por qué el secretario de Defensa McNamara lee formulaciones como éstas como si se tratara de un nuevo Mein Kampf, o por qué quienes admiten que “ un régimen comunista vietnamita probablemente sería... antichino” (Ithiel de Sola Pool, Asian Survey, agosto de 1967) firman a pesar de todo declaraciones que pretenden que en Vietnam nos estamos enfrentando a los expansionistas agresores de Pekín. Podemos preguntar qué factores de la ideología americana hacen tan fácil que hombres inteligentes y bien informados digan que “en Vietnam del Sur solamente insistimos en que pueda decidir libremente su propio futuro” (Comité de Ciudadanos), aunque saben muy bien que el régimen que hemos impuesto ha excluido a todos los que participaron en la lucha contra el colonialismo francés, “y lo ha hecho justamente” (secretario de Estado Rusk, 1963); que desde entonces hemos estado intentando eliminar una “insurrección civil” (general Stillwell) encabezada por el único “autentico partido político con base de masas en Vietnam del Sur” (Douglas Pike); que hemos supervisado la destrucción de la oposición budista; que hemos ofrecido a los campesinos una “elección libre” entre el gobierno de Saigón y el Frente Nacional de Liberación reuniéndolos en aldeas estratégicas de las que son eliminados por la policía los cuadros y los simpatizantes del FNL (Roger Hilsman), y tanta otras cosas. La historia nos resulta familiar. Y debemos subrayar algo que tendría que ser obvio para cualquier persona con una pizca de inteligencia política: que el actual problema del mundo no es “contener a China” sino contener a los Estados Unidos.

Pero - y esto es lo más importante - podemos plantear la cuestión realmente fundamental. Supongamos que fuera un “interés nacional” norteamericano arrasar una pequeña nación que se niega a someterse a nuestra voluntad. En este caso, ¿sería legítimo y apropiado actuar según nuestro interés nacional? Los Rusk, los Humphrey y el Comité de Ciudadanos dicen que sí. Nada podría mostrar más claramente que estamos siguiendo el camino de los agresores fascistas de hace una generación.

Naturalmente, no hallamos en un medio ambiente interno e internacional muy diferente del de los ciudadanos de Alemania o Japón. Aquí protestar no exige heroísmo. Tenemos muchos caminos abiertos ante nosotros para dejar bien claro que no hay un derecho para los Estados Unidos y otro para el resto de la humanidad; para dejar bien claro que nadie nos ha designado como jueces y verdugos de Vietnam o de cualquier otra parte. En los dos últimos años han sido explotados muchos de estos caminos, dentro y fuera de la Universidad. No puede ponerse en duda que este esfuerzo debe continuar y aumentar hasta el grado límite de compromiso posible.

Algunos parecen creer que la resistencia “oscurecerá” al movimiento de paz y le hará difícil alcanzar a simpatizantes potenciales por conductos más familiares. No estoy de acuerdo con esta objeción, pero creo que no puede descartarse a la ligera. La resistencia que esperamos que salve de la destrucción al pueblo de Vietnam debe seleccionar los problemas con se enfrente y los medios a emplear, de modo que se atraiga tanto apoyo popular como sea posible mediante sus esfuerzos. No faltan cuestiones claras y medios honrosos, sin duda, y por tanto no hay razón para ser empujados a acciones dudosas o a cuestiones ambiguas. En particular, me parece que la resistencia al reclutamiento, realizada de la manera apropiada (como se ha echo hasta ahora), no solamente es un acto valeroso y de elevados principios sino que puede conseguir plantear los problemas de la complicidad pasiva en la guerra, que en la actualidad se dejan muy de lado. Quienes se enfrenten con estos problemas pueden incluso liberarse de las presiones ideológicas de la vida americana que destruyen el espíritu, y plantearse problemas serios acerca del papel de Norteamérica en el mundo.

Por otra parte, me parece que esta objeción a la resistencia no está formulada adecuadamente. El “movimiento de paz” existe solamente en las fantasías de la derecha paranoide. Quienes consideran objetables algunos de los medios empleados o de los fines perseguidos pueden oponerse a la guerra de otras maneras. No pueden ser expulsado de un movimiento inexistente; solamente tienen que condenarse a sí mismos si no hacen uso de las demás formas de protesta accesibles.

He dejado para el final lo más importante, la única cuestión sobre la que tengo algo que decir. Se trata de la cuestión de las formas que debe adoptar la resistencia. Todos nosotros participamos en la guerra en mayor o menor medida, aunque sólo sea pagando impuestos y permitiendo que nuestra sociedad funcione suavemente. Una persona tiene que escoger por sí misma el punto a partir del cual se negará simplemente a continuar participando en ella. Y al llegar a ese punto, se verá enrolada en la resistencia. Creo que las razones para la resistencia que he mencionado ya son válidas: contienen un elemento moral ineliminable que admite esta discusión. La cuestión se le plantea de la forma más pura al muchacho que se enfrenta al servicio obligatorio y en la forma algo más complicada a aquel que tienen que decidir entre participar en un sistema de servicio selectivo o pasar la carga de éste a otros menos afortunados y menos privilegiados. Me resulta difícil comprender cómo puede negarse alguien a comprometerse, de alguna manera, en el mismo combate que estos jóvenes. Hay muchas maneras de hacerlo: asistencia jurídica y ayuda financiera, participación en manifestaciones de solidaridad, asesoría sobre los problemas de reclutamiento, organización de comités de resistencia al reclutamiento o de asociaciones de resistencia de base comunitaria, o ayuda a quienes desean huir del país; se trata de las medidas propuestas por los clérigos que anunciaron recientemente estar dispuestos a compartir la suerte de quienes fueran enviados a la cárcel. Sobre este aspecto del programa de la resistencia, nada tengo que decir que no resulte obvio para cualquiera que desee considerar a fondo la cuestión.

Como táctica política, la resistencia exige una reflexión cuidadosa, y yo no pretendo tener ideas muy claras sobre ello. Buena parte de ello depende de cómo se desarrollen los acontecimientos en los próximos meses. La guerra de desgaste de Westmoreland puede continuar simplemente sin que sea previsible su final, pero la situación política de los Estados Unidos la hace difícil. Si los republicanos no deciden nuevamente desperdiciar las elecciones, podrían adoptar una estrategia de victoria: pueden afirmar que acabarán con la guerra y ser ambiguos acerca de los medios para conseguirlo. En tales circunstancias, sería difícil que Johnson permitiera la continuación del actual empate militar. En ese caso, hay varias posibilidades. La primera es la retirada norteamericana, sean cuales fueren los términos en que se apoye. Puede disfrazarse de retirada a unos “enclaves”, de los cuales las tropas serían retiradas posteriormente. Puede ser acordada por una conferencia internacional, o permitiendo que el gobierno de Saigón trate de hacer la paz entre los combatientes sudvietnamitas y luego nos diga que nos retiremos. Esta política puede ser factible políticamente; las mismas empresas de relaciones públicas que acuñaron expresiones como “desarrollo revolucionario” pueden pintar la retirada como una victoria. No sé si en el ejecutivo hay alguien con el valor o la imaginación necesarios para apoyar esta orientación. Cierto número de senadores proponen, en esencia que se siga esta política, al igual que determinados críticos de la guerra como Walter Lippmann y Hans Morgenthau, si no les he comprendido mal. Philippe Devillers, en Le Monde hebdomadaire del 26 de octubre de 1967, esboza un plan detallado y altamente razonable para conjugar la retirada con unas elecciones nuevas y más significativas en Vietnam del Sur. Pueden imaginarse variantes fácilmente. Lo fundamental es la decisión de aceptar el principio de Ginebra según el cual los problemas de Vietnam deben ser solucionados por los vietnamitas.

Una segunda posibilidad podría ser la aniquilación. Nadie pone en duda que tenemos la capacidad tecnológica de hacerlo; hay sólo la duda sentimental de que tengamos también la capacidad moral. Bernard Fall predijo esta salida en una entrevista, poco antes de su muerte. “Los americanos pueden destruir - dijo -, pero no pueden pacificar. Pueden ganar la guerra, pero será la victoria del cementerio. Vietnam será destruido.”
 
Una tercera opción sería la invasión de Vietnam del Norte. Esto nos haría cargar con dos guerras de guerrillas imposibles de ganar en vez de una, pero si el cálculo es correcto, esto podría ser utilizado como artificio para unir a los ciudadanos en torno a la bandera.
 
Una cuarta posibilidad es un ataque a China. Entonces podríamos abandonar Vietnam y volvernos a una guerra que se podría ganar dirigida contra la capacidad industrial china. Un paso así podría dar la victoria en las elecciones. Y sin duda esta perspectiva también resulta atractiva para esa insana racionalidad denominada “pensamiento estratégico”. Si pretendemos mantener ejércitos de ocupación o siquiera fuertes bases militares en el continente asiático, deberíamos asegurarnos de que los chinos carecerán de medios para amenazarlos. Naturalmente, exista el peligro de un holocausto nuclear, pero resulta difícil ver cómo puede preocupar esto a los que John McDermott denomina “dirigentes de la crisis”, a los mismos hombres que en 1962 estaban dispuestos a aceptar una probabilidad elevada de guerra nuclear para afirmar el principio de que nosotros, y solamente nosotros, tenemos derecho a mantener misiles en las fronteras de un enemigo potencial.

Muchos consideran las “negociaciones” como una alternativa realista, pero no comprendo la lógica ni siquiera el contenido de semejante propuesta. Si dejáramos de bombardear Vietnam del Norte, podríamos iniciar negociaciones con Hanoi, pero entonces habría muy poco que discutir. En lo que respecta a Vietnam del Sur, la única cuestión negociable es la retirada de las tropas extranjeras; las demás cuestiones solamente pueden ser solucionadas por los grupos vietnamitas que hayan sobrevivido al ataque americano. La exigencia de “negociaciones” me parece no solamente vacía sino, en realidad una trampa para quienes se oponen a la guerra. Si no estamos dispuestos a retirar nuestra tropas, las negociaciones llegarán a un punto muerto, la lucha continuará. Las tropas americanas serán atacadas y tendrán bajas, y los militares dispondrán de un argumento para aumentar la escalada de la guerra y salvar vidas norteamericanas. En resumen, la solución de Symington: les ofreceremos la paz en nuestros propios términos, y si la rechazan, entonces la victoria es del cementerio.

Entre las opciones realistas, solamente la retirada (aunque sea disfrazada) me parece completamente tolerable, y la resistencia, como táctica de protesta, debe encaminarse a aumentar la disposición a que se adopte esta solución. Por otra parte, puede haber muy poco tiempo para emprender esta acción. La lógica del recurso a la resistencia como táctica para acabar la guerra es completamente clara. No hay base alguna para suponer que quienes toman las principales decisiones políticas están abiertos a razonar sobre las cuestiones fundamentales, y en particular la de si nosotros somos la única nación del mundo con autoridad y competencia para decidir las instituciones políticas y sociales del Vietnam. Y es más: no es fácil que el proceso electoral haga referencia a las decisiones principales. Como he señalado, la cuestión puede quedar decidida antes de las próximas elecciones. Pero incluso si no ocurre así, parece difícil que se someta a las urnas una elección seria. Y si por un milagro, se ofreciera una elección así, ¿cómo podríamos tomarnos en serio las promesas electorales de un “candidato de la paz” tras la experiencia de 1964? Dados los enormes peligros de la escalada y su carácter odioso, tiene sentido, en una situación semejante, elevar el coste interno de la agresión norteamericana; elevarlo hasta un punto en que no pueda ser dejado de lado por quienes tienen que  calcular estos costes. Uno debe considerar entonces de qué maneras es posible plantear una amenaza seria. Acuden a la mente muchas posibilidades: una huelga general, huelgas universitarias, intentos de dificultar la producción y el suministro bélicos, etc.

Personalmente, creo que los actos de obstaculización de esta especie estarían justificados si fueran eficaces para conjurar una tragedia inminente. Sin embargo, soy escéptico acerca de su posible efectividad. En este momento soy incapaz de imaginar una base amplia para una acción así, al menos entre la comunidad blanca, fuera de las universidades. Una represión eficaz, por consiguiente, no resultaría muy difícil. Supongo que estas acciones, además, implicarían primariamente a estudiantes y a los más jóvenes profesores de las facultades de Letras y de las escuelas de teología, junto con algunos científicos. Las escuelas profesionales, los ingenieros, los especialistas en tecnología de la manipulación y el control (buena parte de las ciencias sociales), probablemente permanecerían relativamente al margen. Por tanto, la amenaza a largo plazo, como tal, iría dirigida contra la cultura científica y humanista norteamericana. Dudo que esto les parezca importante a quienes se hallan en situación de tomar decisiones. Rusk, Rostow y sus cómplices del mundo académico parecen inconscientes de la seria amenaza que su política significa ya en estas esferas. No creo que valoren la medida o la importancia del derroche de energías creadoras y la desafección creciente entre los jóvenes, hartos de violencia y la impostura que ven en el ejercicio del poder americano. Una mayor obstrucción en estas zonas, por tanto, podría parecerles un coste despreciable.

La resistencia es en parte una responsabilidad moral y en parte una táctica para influir en la política gubernamental. En particular, en lo que respecta a la resistencia al servicio militar, creo que se trata de una responsabilidad moral que no puede ser evitada. Por otra parte, como táctica, me parece de una efectividad dudosa, tal como están las cosas. Pero lo digo con desconfianza y con bastante incertidumbre.

Ocurra lo que ocurra en Vietnam, tendrá necesariamente importantes repercusiones internas. Por principio, ningún ejército pierde jamás una guerra; sus valientes soldados y sus famosos generales son apuñalados por la espalda por traidores civiles. La retirada americana, por tanto, fácilmente hará salir a la superficie las peores características de la cultura americana  y acaso producirá una seria regresión interna. Por otra parte, una “victoria” norteamericana podría tener consecuencias peligrosas tanto en el interior como en el exterior. Podría dar un prestigio adicional a un ejecutivo ya demasiado poderoso. Existe, además, el problema señalado por A. J. Muste: “...en una guerra, el problema lo constituye el vencedor. Cree que acaba de probar que la guerra y la violencia compensan. ¿Quién le dará ahora una lección? Para la más poderosa y agresiva nación de la tierra, eso es ciertamente un peligro. Si pudiéramos  liberarnos de la ingenua creencia de que somos diferentes y puros - creencia mantenida por ingleses, franceses y japoneses en sus momentos de gloria imperial -, entonces podríamos enfrentarnos honestamente con la verdad de esta observación. Sólo nos resta confiar en que nos enfrentaremos con ella antes de que sufran y que mueran demasiados inocentes de todas partes”.

Finalmente, hay algunos principios que creo deben ser destacados cuando intentamos constituir una oposición eficaz a esta guerra y a las guerras futuras. Creo que no debemos presionar desconsideramente a los demás a la desobediencia civil, y que debemos ser cuidadosos en no crear situaciones en las que los jóvenes se vean inducidos a ella, acaso violando sus convicciones básicas. La resistencia debe ser emprendida libremente. Y también espero, más sinceramente de lo que puedo expresar, que ello creará vínculos de amistad y confianza recíproca que apoyarán y confortarán a quienes sin duda han de padecer sufrimientos.

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