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< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Tras
la publicación de “Sobre la resistencia” en la New York Review
of Books, se recibió cierto número de cartas muy interesantes
que referían a varias de las cuestiones planteadas en este
artículo. Dos de ellas fueron publicadas, acompañadas
de comentarios míos, en el número correspondiente
al 1 de febrero de 1968. La primera de ellas, de un profesor de
college a quien llamaré simplemente Mr. Y, apuntaba “un giro
de opinión nada espectacular pero firme” entre la gente de
clase media, la mayoría de las personas conservadoras o apolíticas,
que “ deciden que la guerra simplemente no vale lo que cuesta”.
Mr, Y opina que estas personas pueden convencerse no de que la guerra
es mala, sino que de que es “una maldita tontería” y sugiere
que “el esfuerzo paciente por atraerse a estos millones de personas
que consideran la guerra en términos pragmáticos más
que en términos morales puede ser más importante”
que las diversas formas de resistencia, las cuales; pese a que tal
vez ponen de manifiesto una “conciencia pura”, no pueden “contribuir
realmente a poner fin a la guerra”. La segunda carta es de un antiguo
miembro de “La Resistencia”, ahora oculto y obviamente no identificado,
que firma simplemente William X. Según su análisis
de la situación, “la guerra finalizará cuando la clase
media lo desee”, y “lo que motivará que la clase media desee
acabar la guerra será la conjunción de la resistencia
vietnamita más el elevado coste en esfuerzo para la clase
media y la obstrucción en nuestro país”. De ello se
sigue, por tanto, “ que las actividades antibélicas más
eficaces son las que crean más trastornos, las más
costosas, las que minan más las autoridad del gobierno en
el interior y en su política de guerra”: las rebeliones de
los ghettos (“los elementos de la clase media blanca opuestos a
la guerra deben trabajar para proteger a los participantes en ellas”),
las manifestaciones como las del Pentágono y los centros
de reclutamiento de Nueva York y Oakland, y otras que pongan en
cuestión la autoridad del gobierno y que, consiguientemente,
“escalen el coste de la guerra” para él. Se opone, por tanto,
al acto individual de “confrontación”, y describe la “noción
de las alternativas - servicio militar, cárcel o exilio-”
esbozada en mi artículo como “demasiado limitada, restringida
por la falta de experiencia y por la falta de comprensión
plena de lo que hay que hacer”. “Tenemos una tarea que cumplir,
o simplemente debemos vivir nuestra vida, y no pretender hacer su
tarea más fácil o nuestras vidas más miserables”.
Aconseja “seguir el principio de quien la hace la paga. Eso es lo
que saben los negros, que cantan y bailan al mismo tiempo”.
Mis propias observaciones publicadas junto a estas cartas
no pretendían ser una “respuesta”, sino simplemente una tercera
reacción, algo diferente, a las mismas cuestiones. He añadido
algunos párrafos para su publicación aquí.
>
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Mr.
Y y William X están de acuerdo en que las actitudes de la
clase media serán decisivas para determinar la salida de
la guerra americana en Vietnam, y en que estas actitudes sean decisivas
para modeladas no por consideraciones morales, sino por consideraciones
pragmáticas, por consideraciones de coste. Pero llegan a
conclusiones diametralmente opuestas en lo que respecta a la elección
de la táctica adecuada: Mr. Y concluye que “las actividades
antibélicas más eficaces son las que crean más
trastornos”. Considerando la situación desde una perspectiva
más bien parecida, me encuentro a pesar de todo llevado a
conclusiones también diferentes. Difícilmente puede
sorprender. Nadie puede valorar la efectividad de las diversas tácticas
con precisión. Por otra parte, ninguna de las orientaciones
que se abren ante nosotros nos da muchas esperanzas de impedir la
tragedia de Vietnam adquiera dimensiones todavía más
aterradoras. Desgraciadamente, estamos discutiendo sobre tácticas
de efectividad limitada y de consecuencias parcialmente imprevisibles.
>
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Sospecho
que Mr. Y y Mr. X exageran la importancia política de la
opinión de la clase media. Incluso aunque el 65% o el 99%
del pueblo americano estuviera convencido de que “la guerra es una
maldita tontería”, seguiría planteando el problema
de convertir este convencimiento en una acción políticamente
eficaz. Parece dudoso que el sistema político dé esta
posibilidad de una manera realista. Quienes creen que una “victoria”
americana en Vietnam sería una tragedia política y
moral se enfrentan, por consiguiente, con dos clases de problemas
tácticos: en primer lugar, cómo conseguir que “ la
opinión pragmática de la clase media” se oponga a
la guerra; en segundo lugar, cómo dar una expresión
política eficaz a la oposición existente. No estoy
convencido de que ninguno de los dos corresponsales sea enteramente
realista al enjuiciar estas cuestiones. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Examinemos
primero la cuestión del disentimiento. No es necesario tratar
de convencer a nadie de que sus impuestos están aumentando.
De que el hijo de su vecino ha sido muerto y de que a él
nada de eso puede gustarle. Me parece que el disentimiento debe
preocuparse más bien de los problemas políticos y
morales. No hay duda de que el gobierno norteamericano domina los
recursos necesarios para acabar la guerra la guerra por aniquilación,
y Mr. Y descuida el hecho de que quienes pueden aceptar perfectamente
este modo de ponerle fin. Supongamos, por ejemplo, que los militares
decidieran que el empleo de armas nucleares tácticas proporcionaría
el medio más barato para desarraigar la estructura política
y administrativa del FNL en el delta del Mekong (con la inevitable
declaración solemne de la Freedom House ensalzando esta utilización
de medios limitados para mostrar que la violencia no compensa).
El objetivo del disentimiento es movilizar a la opinión contra
el empleo de la fuerza americana para imponer una solución
política en Vietnam - desde la horrible medida en que se
emplea hoy, a la todavía más bárbara medida
de mañana, o en cualquier medida - independientemente de
su coste. Éste es el problema crucial que debe afrontar el
disentimiento respecto a Vietnam que están a punto de estallar
en todo el Tercer Mundo. Contrariamente a Mr. Y, por tanto, creo
que el disentimiento debería estar encaminado a convencer
al pueblo americano de que la guerra es mala, y a explicar por qué
este empleo de la fuerza o cualquier otro parecido es malo. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Consideremos
seguidamente el supuesto de que la oposición a la guerra
aumentará a medida que crezcan los costes de esta última.
De ello se sigue que deberíamos tratar de aumentar estos
costes. La resistencia, realizada adecuadamente, puede servir para
aumentar el coste doméstico de la agresión norteamericana,
y, consiguientemente, puede contribuir a modelar las actitudes de
las “clases medias pragmáticas” de que habla Mr. Y sin duda
está equivocado al suponer que quienes participan en la resistencia
lo hacen para preservar su pureza moral. La carta de Mr. X es un
cabal testimonio del hecho de que la resistencia puede ser emprendida,
y creo que lo es muy generalmente, como un acto político.
Cabe afirmar que está mal orientada, pero no que es apolítica.
Naturalmente, el resistente puede escoger su táctica de modo
que eleve al máximo la posibilidad de que la oposición
creciente asuma una forma civilizada - en el caso de Vietnam, la
retirada y no la aniquilación - y puede acompañar
su resistencia con el tipo de disentimiento que crea que elevará
el nivel general de consciencia política y moral. Me parece
que éstas son las conclusiones que se pueden extraer del
análisis de la situación propuesto por Mr. Y. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Me
parece que la resistencia al reclutamiento reúne estas condiciones.
El principio está claro y carece de ambigüedad. La negativa
de un individuo a llevar a cabo los actos criminales de su gobierno
dispone la escena, de la manera más eficaz, para el intento
de demostrar la naturaleza criminal de estos actos. Además,
la resistencia es “costosa”, tanto para el gobierno como para las
“clases medias pragmáticas”. Permítaseme concretar
la cuestión. La resistencia al reclutamiento es, por el momento,
muy fuerte entre los estudiantes de las mejores universidades. El
mes pasado, por ejemplo, 320 estudiantes de Derecho y varios centenares
de estudiantes de Yale firmaron declaraciones de “No queremos ir”.
El gobierno pronto se vio obligado a tomar una decisión sobre
el reclutamiento de los estudiantes de doctorado. Si la resistencia
continúa aumentando, la decisión será costosa,
sin que importe cómo se consiga. Resulta políticamente
difícil dar a los estudiantes una exención general,
por razones obvias. Por otra parte, si la resistencia se desarrolla,
un intento de reclutar a los estudiantes colocaría al gobierno
en la situación de tolerar una violación abierta a
la ley o de llevar a cabo actos represivos serios contra los hijos
de la élite social y económica. Uno de los costes
de la guerra es el desprecio hacia el gobierno, por su violencia
y su mendacidad, sentido por muchos jóvenes. El castigo a
los resistentes ampliaría esta desafección, y podría
orientarla en nuevas direcciones. La implicación de los adultos
en apoyo a los resistentes aumenta los costes todavía más.
Si miramos más allá de Vietnam, los costes pueden
ser mayores aún, no solamente debido a las imprevisibles
consecuencias de una represión realmente a gran escala contra
aquellos de quienes se espera que dirijan la sociedad en los años
venideros, sino también a causa del “peligro” inherente al
hecho de que un ciudadano se atreva a preguntarse si debe obedecer
mecánicamente, con lo cual plantea la cuestión del
ámbito de la acción política significativa.
>
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Existen
varias maneras en las que se puede esperar influir sobre las decisiones
tomadas por el gobierno. Una de ellas consiste en tratar de influir
sobre la opción que será ofrecida por los dos principales
partidos políticos y ejercitar esta opción en la jornada
electoral. Otro enfoque de la cuestión, muy diferente, consiste
en tratar de modificar las condiciones objetivas que todo funcionario
elegido ha de tener en cuenta cuando determina una línea
de acción. No deseo llegar hasta la cuestión general
de la legitimidad de estas alternativas, sino más bien hacer
dos puntualizaciones. Primero, que quienes se ven implicados en
el primer procedimiento considerarán naturalmente la acción
política de la última especie - la resistencia al
reclutamiento, por ejemplo - como un peligro, cuyo coste deberán
tratar de reducir. En segundo lugar, para ser realista, en este
momento el sistema parlamentario casi no ofrece posibilidad alguna
para una acción de importancia sobre cuestiones como la de
Vietnam. Naturalmente, no se puede estar completamente seguro de
ello. A pesar de todo, también podemos enfrentarnos con la
abrumadora probabilidad de que la elección de noviembre haya
de tener lugar entre unas políticas casi imposibles de distinguir.
La candidatura del senador McCarthy puede ser importante como esfuerzo
educativo (difícilmente se la puede considerar en esfuerzo
político) si McCarthy pudiera suscitar cuestiones serias
y liberarse de los estrechos límites de lo que hoy pasa en
nuestro país por discusión política. Resulta
notable que en esta democracia ni una sola figura pública,
ningún sector de la masa media, propugne la posición
que, según la reciente encuesta internacional del Instituto
Gallup, adopta la abrumadora mayoría de la gente en buena
parte del “mundo libre”: que los Estados Unidos deben retirarse
de Vietnam. Las cuestiones básicas no son discutidas entre
la masa media y no son planteadas en las urnas. He aquí unas
realidades que debemos afrontar al determinar el modo de acción
política adecuado. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Para
resumir: la resistencia al reclutamiento puede hacer uso de la naturaleza
desigualitaria de la sociedad americana como técnica para
aumentar el coste de la agresión norteamericana, y amenazar
así valores que son importantes para quienes se hallan en
situación de tomar decisiones. (Quien comparte estos valores
debe preguntarse entonces cómo benefician a nuestras víctimas,
y qué precio se debe pagar para asegurarlos frente
a todo riesgo. Resulta difícil estimar lo que pueden pesar
estos valores puestos en la balanza, pero creo que Mr. Y no está
justificado al pretender que el objetivo de la resistencia solamente
puede ser salvaguardar la pureza de la propia conciencia.) >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Naturalmente,
la resistencia puede tener efectos contrarios: puede conducir a
la “oposición pragmática” a exigir una victoria dura
y brutal. Sin embargo, el peligro me parece escaso. No hay razón
por la cual un acto conforme a principios, obviamente valeroso y
altamente moral haya de tener esta consecuencia. Creo que más
bien conducirá a otros a pensar en su propia complicidad,
en su trabajo, en que pagan sus impuestos de guerra, en su defensa
de la paz doméstica que permite operar libremente a quienes
hacen la guerra. Además, es importante tener presente que
todo acto político implica un peligro potencial de esta índole.
Por ejemplo, no es difícil que el presidente Johnson reaccione
ante una amenaza en las urnas con una fuerte escalada, siguiendo
la teoría (probablemente correcta) de que esto le proporcionaría
al menos un apoyo a corto plazo. No veo razón alguna para
pensar que la resistencia no violenta haya de tener esta consecuencia
más fácilmente que la política electoral. Todo
lo contrario. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Pese
a estar de acuerdo con Mr. X en que la resistencia puede ser un
acto político eficaz, creo que su análisis está
equivocado en tres aspectos. En primer lugar, creo que valora mal
las consecuencias que las acciones que crean trastornos pueden tener
sobre la clase media, a la que desea llevar la oposición.
En segundo lugar, creo que está considerando la noción
de “coste” en un sentido demasiado limitado. Y en tercer lugar,
creo que infravalora la fuerza que tiene el gobierno. En lo que
respecta a la primera cuestión, deja de tener en cuenta la
gran facilidad con que las acciones que originan trastornos pueden
aumentar la exigencia de ganar la guerra mediante el terror puro
y acaso, también, con una violenta represión interior.
En lo relativo a los costes, solamente tiene en cuenta el “esfuerzo
y el dinero”. Pero sospecho que éstos son costes despreciables
cuando consideramos las clases de acciones que originan trastornos
que puedan realizar las clases medias blancas, tanto estudiantes
como adultos. El millón de dólares gastado por el
gobierno el 21 de octubre es para él una suma sin importancia,
pero en cambio las sumas sustancialmente importantes gastadas para
organizar la manifestación no carecen de para nada de importancia
para el “movimiento por la paz”. De ahí que si el criterio
fuera el coste en este sentido, la manifestación tendría
que haber sido considerada como un revés serio. En general,
creo que los costes de importancia que puede aumentar la resistencia
de los estudiantes y de la clase media son los costes más
abstractos discutidos anteriormente. No es posible calcularlos en
dólares y en centavos, pero no por eso son menos reales.
>
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">En
lo que respecta a las fuerzas del gobierno, creo que pueden controlar
fácilmente cualquier manifestación activa previsible
desde ahora. Como observaba recientemente Hans Morgenthau, ha habido
un cambio cualitativo en el equilibrio de fuerzas entre un gobierno
y una plebe unida, y esta disparidad no puede menos que aumentar.
Un informa del pasado mes de junio del Instituto de Análisis
de la Defensa (IDA) proponía un montón de sabrosas
ideas nuevas para el “control de multitudes” (polvos picantes, “ampollas
pegajosas para pegar juntos a los agitadores”, agentes químicos,
“fibras pegajosas, bandas o adhesivos de difusión mecánica,
susceptibles de frenar el movimiento de la multitud al atar a las
personas entre sí o al enredarse en cualquiera de ellas”,
generadores de espuma que susciten “angustia psicológica
por la pérdida de contacto con el entorno”, dardos tranquilizantes,
etc.) (Noticia de la Associated Press del 11 de noviembre de 1967,
que da una interesante predicción del futuro y un útil
atisbo de la mejor investigación universitaria.) Barrunto
que hablar de actos originadores de trastornos es una fantasía.
>
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">No
he dicho nada sobre las rebeliones de los ghettos. Pueden influir
sobre la guerra de una u otra manera, pero no son acciones emprendidas
con la finalidad de conseguir la retirada americana y creo que deben
ser consideradas en un contexto completamente distinto.
Aunque hoy el contexto es todavía muy diferente, todavía
hay grandes esperanzas de que la resistencia contra la guerra de
Vietnam y las corrientes imperialistas más profundas, de
las cuales esta última no es más que una manifestación,
puedan contribuir a la lucha contra la opresión interior.
No hay duda de que una de las cosas que hacen presión sobre
el gobierno para poner fin a la guerra es el temor de que las tropas
sean necesarias para ocupar las ciudades norteamericanas e imponer
el status quo en nuestra propia casa. La especie de mentalidad de
“guerra limitada” subyacente al estudio del IDA que se acaba de
mencionar queda revelada todavía más explícitamente
por Homer Bigart en el New York Times del 22 de marzo de 1968, en
un largo reportaje titulado “El Ejército ayuda a la Policía
a contener a los ‘hip’ en los desórdenes”. Citaré
algunos párrafos para que se pueda percibir su sabor: >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Ayer
se reunieron en una loma llena de pinos unos 60 policías
de la ciudad y del Estado y oficiales de la Guardia Nacional para
observar la prueba de unos “agentes no letales” que pueden ser empleados
este verano para dispersar algaradas multitudinarias en las ciudades
de la nación. ... Mientras cantaban los petirrojos, fueron
servidos café y pastas y la banda tocó The Stars and
Stripes Forever, cuando la sexta promoción del Curso de Orientación
sobre Desobediencia Civil descendió de un autobús
del Ejército para iniciar un curso de veinte horas de duración
sobre la anatomía de una algarada... [en la] ... escuela
de control de desórdenes del Ejército, una institución
concebida apresuradamente hace unos meses para difundir las oscuras
enseñanzas obtenidas de las algaradas de Detroit y Newark...
>
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">El
reportaje prosigue con la descripción de los nuevos tipos
de gas lacrimógeno, “más devastadores”, de que se
dispone ahora, y las maneras en que se pueden emplear granadas y
helicópteros para controlar a “las turbas”. UN foto adjunta
muestra una “batalla simulada entre manifestantes militantes de
los derechos civiles y la Guardia Nacional”. Los manifestantes llevan
una pancarta que dice: “We Shall Overcome” [Venceremos] y los soldados,
fuertemente armados con máscaras antigás y bayoneta
calada, muestran cómo se puede refutar este slogan. La descripción
continúa como sigue: >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">El
choque se representa en un falso escenario del estilo de Hollywood
de una comunidad llamada Villalgarada... “Baby”, un encendido militante...,
se dirige a la multitud, denunciando la brutalidad de la policía.
La turba da muestras de denunciar la guerra. Una pancarta reza “We
Shall Overcome”. El “alcalde” recibe una lluvia de adoquines y piedras
cuando intenta calmar a la multitud. Pero entonces llega la Guardia
Nacional. Empleando gases lacrimógenos, bayonetas, un vehículo
blindado de transporte de personal, y la táctica clásica
contra manifestantes, las tropas dominan la situación. “Baby”
es capturado y encerrado en un coche blindado. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">El
auditorio, presumiblemente, da un suspiro de alivio, bebiendo el
café y comiendo las pastas a los sones de The Stars and Stripes
Forever cuando la escena de la pantalla de desvanece, afianzando
en el convencimiento de que quienes denuncian la guerra, la miseria
y el racismo no prevalecerán; y todo esto es una razonable
previsión de lo que puede depararnos el futuro. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">No
estoy de acuerdo con Mr. X en su crítica de la táctica
de escalar la confrontación, propuesta, en cierta ocasión,
por el grupo escasamente organizado que se llamaba “La Resistencia”.
Las confrontaciones vendrán con bastante facilidad. La verdadera
tarea, para el presente, consiste en organizar tan ampliamente como
sea posible una base de apoyo para la resistencia; una proliferación
de grupos de apoyo a la resistencia local vinculados entre sí
por una red nacional, con la participación de resistentes
blancos y negros, con el apoyo de adultos de la clase media dentro
y fuera de la universidad, con importante ayuda financiera y el
compromiso personal de gentes que crean que la resistencia puede
convertirse en algo políticamente eficaz, que crean que tienen
la responsabilidad moral de proporcionar una ayuda concreta a quienes
se niegan a servir en el Vietnam, que deseen aumentar el coste político
de la represión permaneciendo junto a los jóvenes,
los cuales inevitablemente padecerán las consecuencias más
duras. Pensando más a largo plazo, puede ser que los avances
más significativos hacia una reforma de la sociedad americana
resulten ser los esfuerzos de unas cuantas personas muy valerosas
y calladas que se dediquen a organizar a la comunidad, empleando
frecuentemente el reclutamiento y sus injusticias como punto de
penetración en las comunidades que proporcionan la base de
masas a la represión norteamericana, y tratando de crear
tanto una consciencia como una estructura organizativa para la resistencia
por parte de quienes llevan la carga más pesada pero que,
por el momento, son víctimas pasivas de una ideología
coactiva indiscutida. La organización nacional RESISTIR está
intentando crear la trama de gran variedad de actividades como éstas,
empleando como punto de partida el Llamamiento a la resistencia
a la autoridad ilegítima (gran parte del cual apareció
en forma de publicidad en la New York Review of Books del 12 de
octubre de 1967). Pese a todas las matizaciones necesarias, creo
que el compromiso en este esfuerzo es la forma más eficaz
de acción política contra esta guerra y contra las
guerras futuras que se le ofrece hoy al ciudadano preocupado. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Aquellos
de nosotros que no están expuestos al ataque directo y que
gozan de relativa libertad para optar por determinado tipo de acción
tienen una responsabilidad para con las víctimas del poder
americano a la que debemos enfrentarnos decidida y seriamente. Al
examinar cualquier táctica de protesta o de resistencia,
debemos preguntarnos cuáles serán sus consecuencias
probables para el pueblo de Vietnam, de Guatemala o de Harlem, y
que efecto producirá sobre la edificación de un movimiento
contra la guerra y la opresión, de un movimiento que contribuya
a crear una sociedad en la que se pueda vivir sin temor y sin sentirse
avergonzado. Tenemos que buscar los medios de persuadir a un gran
número de norteamericanos para que se comprometan en esta
tarea, y tenemos que ingeniar modos de convertir este compromiso
en una acción eficaz. Este objetivo puede parecer muy remoto,
casi una fantasía, pero para las personas serias se trata
de la única estrategia en que se puede pensar. La persuasión
debe hacerse tanto con acciones como con palabras, debe implicar
la construcción de instituciones y de formas sociales, aunque
sea a nivel microscópico, que venzan el espíritu de
competencia y la búsqueda individualista del interés
personal, los cuales han mostrado ser un mecanismo de control social
tan eficaz como el de un Estado totalitario. Pero el objetivo debe
ser idear y construir alternativas a la ideología y a las
instituciones sociales actuales, que sean más valiosas por
razones intelectuales y morales y que puedan atare hacia ellas a
masas de norteamericanos que consideren que satisfacen más
sus necesidades humanas, incluyendo la necesidad humana de mostrar
compasión, de animar y de ayudar a quienes tratan de salir
de la miseria y de la degradación que nuestra sociedad ha
contribuido a crear. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Sería
una locura criminal dejar de actuar cuando hay posibilidades de
avanzar hacia estos objetivos, o actuar de un modo que los alejara
todavía más que hoy. No es fácil encontrar
la manera de navegar entre estos peligros. No hay duda de que en
el pasado reciente el error ha estado en el bando de la precaución
y la inacción, del temor y de la ceguera moral. Pero se debe
tener bien presente, a medida que aumenta la tensión, que
el error opuesto no es menos serio. Es muy fácil idear tácticas
que contribuyan a consolidar las fuerzas latentes de un potencial
fascismo americano. Por mencionar solamente un ejemplo obvio, el
ataque verbal y físico a la policía, por mucha provocación
que haya para ello, solamente puede tener este resultado. Una táctica
que puede parecer “radical” y, en un sentido limitado, justificada
por la magnitud de la infamia y el mal que parece atacar. Pero no
es así. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">En
realidad, carece de sentido hablar - como hacen muchos - de tácticas
y de acciones a las que se atribuye el calificativo de “radicales”,
“liberales”, “conservadoras” o “reaccionarias”. Una acción
no puede ser colocada por sí misma en una dimensión
política plena. Puede tener éxito o no en la consecución
de un fin susceptible de ser descrito en términos políticos.
Pero es útil recordar que la misma táctica que un
hombre puede proponer con una elevada consciencia y con un profundo
compromiso para un cambio social radical también puede ser
propugnada por un confidente de la policía bien situado,
que intente destruir un movimiento así y aumentar el apoyo
popular para las fuerzas de la represión. Considérese
por ejemplo el incendio del Reichstag, por volver a una época
menos alejada de lo que uno quisiera. O considérese la acción
de un refugiado judío polaco de diecisiete años, hace
precisamente treinta años, Herschel Grynzpan, que asesinó
a un funcionario alemán en Paría en noviembre de 1938.
Es difícil condenar este acto de desesperación, que
desencadenó violentos pogroms por toda Alemania y contribuyó
a atrincherar más profundamente el régimen de terror
nazi; pero las víctimas del terror nazi no le darían
las gracias a Herschel Grynzpan. 0No debemos abandonar a las víctimas
del poder americano, ni jugar con su suerte. No debemos permitir
que se imponga la misma represión a nuevas víctimas
indefensas, ni que se desencadene contra ellas el mismo ciego furor.
Actos que pueden parecer plenamente justificados en sí mismos,
cuando se los considera en un sentido limitado, pueden ser muy equivocados
examinados a la luz de sus consecuencias probables. Y si se deja
de tener en cuenta a quienes pueden verse afectados por ello, si
se deja de actuar con fuerza y decisión cuando puede hacerse
de un modo constructivo, ello no es menos irreflexivo o indefendible.
He aquí unas observaciones generales, acaso de no mucha ayuda
cuando nos enfrentamos con la cuestión concreta de qué
hacer. Sin embargo, sigo creyendo que líneas de orientación
como éstas deben formar la trama de esas decisiones. >
< size="3" face="Geneva, Arial, Helvetica, san-serif" color="#FFCC33">Una
observación final. La guerra de Vietnam es el ejemplo más
obsceno de un fenómeno aterrador de la historia contemporánea:
el intento de nuestro país de imponer su particular concepción
del orden y de la estabilidad en buena parte del mundo. Medido según
cualquier patrón objetivo, los Estados Unidos se han convertido
en la potencia más agresiva de la tierra, en la mayor amenaza
a la paz, a la autodeterminación nacional y a la cooperación
internacional. Al mismo tiempo, gozamos de un grado elevado de libertad
interna. Podemos hablar, escribir, organizar. Los resistentes pueden
ser castigados severamente, pero no serán enviados a campos
de trabajo esclavizado o a las cámaras de gas. Dados estos
hechos, la resistencia es factible incluso para quienes no son héroes
por naturaleza, y es una obligación, creo, para quienes temen
las consecuencias y aborrecen la realidad del intento de imponer
la hegemonía norteamericana. Ahora la resistencia no puede
mermar de manera importante el caudal de fuerza humana que hace
posible el empleo del poder americano para la represión global,
ni puede tampoco, en este momento, dificultar de manera importante
la investigación, la producción y los abastecimientos
sobre los que se basa este poder. Pero puede contribuir en notable
medida a elevar los costes internos de ese intento y a eliminar
la apatía y la pasividad que le permiten tener éxito.
Tiene, consiguientemente, un significado potencial que se extiende
más allá de Vietnam. Puede contribuir a salvar a otros
pequeños países del destino de Vietnam y, en realidad,
a salvar al mundo de una catástrofe indescriptible. >
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