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Negarse a participar de los combates en el frente
es una tarea difícil para cualquier soldado. Sin embargo,
guerra tras guerra los casos se repiten. El ataque a Irak, una guerra
impopular como pocas, por supuesto, no es la excepción.
Al menos seis soldados de EEUU destacados en
Alemania han abandonado su servicio y un centenar más ha
solicitado ayuda a una red de asociaciones que les asesora ante
las dificultades, enormes en tiempos de guerra, de declararse objetores
de conciencia y las graves consecuencias de la deserción.
Los soldados, en muchos ejércitos, "no suelen recibir
una información razonable" cuando deciden abandonar
el cuerpo militar, circunstancia extrema en el caso de Estados Unidos,
aseguró Rudi Friedrich, de la asociación
Connection, que presta ayuda a los soldados
que salen del cuartel para no volver a pisarlo.
La organización, parte de la Red de Asesoramiento
Militar (MCN), abrió una oficina de información jurídica
a la que se dirigieron varios soldados ya antes de que empezara
la guerra de Irak, prueba para sus responsables de una cierta resistencia
a la campaña bélica aliada en el propio seno del Ejército
estadounidense. Negarse a ir al frente es difícil ya por
motivos de contrato, pues los soldados se comprometen voluntariamente
a prestar servicio durante varios años, y quienes toman esa
decisión se enfrentan a un proceso que puede durar meses.
El soldado tiene que ofrecer una explicación
detallada de los motivos de su decisión y, si la solicitud
es aceptada, debe someterse a un examen por parte de un psicólogo,
un sacerdote castrense y un oficial, que deciden también
en el proceso. La mayoría de solicitudes procede de soldados
estacionados en Alemania, pues es en este país donde los
EEUU tiene más tropas en el viejo continente, dirigidas desde
Stuttgart-Vaihingen, sede del Mando Central Europeo (EUCOM), que
coordina a 116.000 soldados para operaciones en Europa, gran parte
de Africa y Oriente Medio.
Los seis desertores salieron por la puerta principal
de alguna de las bases de EEUU en Alemania y se encuentran en paradero
desconocido. Su futuro depende de la buena voluntad de particulares
que quieran acogerlos y de la ayuda de asociaciones de la MCN, que
recomienda a los soldados insistir en la vía legal y no desertar.
"Si abandonar el servicio no es nunca empresa fácil,
las dificultades se agrandan hasta el extremo en caso de guerra,
pues muchos expedientes de solicitud son destruidos y sus firmantes
enviados al frente", denuncia Connection.
Fue el caso de David Carson, de 37 años, veterano
de la Guerra del Golfo de 1991 que descartó desertar -la
cárcel es en ese caso la consecuencia más probable-
pero que no vio reconocido su estatus de objetor de conciencia hasta
después de la contienda. Carson, destacado en el cuerpo de
enfermeros, estuvo en el frente a pesar de haber rellenado el formulario
para solicitar la objeción y de haber superado los citados
exámenes. La crisis suscitada por la invasión iraquí
de Kuwait se agudizaba y Carson se volvía cada vez más
crítico con la guerra que se avecinaba, hasta que tomó
la decisión de no participar en ella: "llegó
un momento en que me di cuenta de que no podía hacerlo. Fue
como un despertar", contó.
Entonces empezó el calvario de trámites
y el rechazo. Sus superiores no le daban ningún tipo de información.
Sus compañeros estaban divididos ante su decisión
y los insultos se convirtieron en el pan de cada día. "Comunista"
era uno de los improperios que le lanzaban. "Hoy me llamarían
'terrorista de Al Qaeda", comenta.
Uno de sus superiores, un veterano de Vietnam, le
dijo que, si de él dependiera, le colocaría contra
la pared y le pegaría un tiro. La hora de la verdad no tardó
en llegar. Varias palizas por parte de sus superiores precedieron
a su traslado al Golfo Pérsico en enero de 1991. Protestar
y simular un intento de suicidio tras los primeros bombardeos no
sirvió de nada.
En una guerra con pocas bajas aliadas, Carson no
atendió a uno solo de los suyos, pero sí a numerosos
civiles iraquíes víctimas de las bombas, muchos de
ellos niños. Esas escenas son las que han hecho de él
un pacifista que hace dos semanas participó en una sentada
de bloqueo del aeropuerto militar estadounidense de Rhein/Main,
cerca de Frankfurt. En su Forth Hood natal, en Texas, Carson tenía
22 años, había interrumpido sus estudios de música,
trabajaba en una pizzería y tomaba demasiadas drogas cuando
se alistó. El ejército parecía una manera de
salir del agujero. Ahora vive en Hanau, cerca de la capital financiera
de Alemania, Frankfurt, y está desocupado. Su padre, que
sirvió en el Ejército durante 27 años y conoció
Corea y Vietnam, le llamó "traidor" y "fracasado"
cuando decidió no combatir. Ahora, le ha mandado a su hijo
un mensaje de correo electrónico que dice: "Esta guerra
es injusta".
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