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El 8 de noviembre de 2000 tendrá lugar lo que el
Gobierno ha anunciado como el último sorteo del Servicio Militar
Obligatorio. Las personas que integramos el Movimiento de Objeción
de Conciencia (MOC) creemos que es una fecha indicada para comunicar
una serie de consideraciones sobre lo que ha venido siendo y será
la lucha antimilitarista.
En primer lugar, sentimos una gran alegría al contemplar
la debacle definitiva de la mili y de su prestación sustitutoria.
En el plazo de algo más de un año, ninguna persona tendrá que sufrir
esa forma de servidumbre, esa escuela de antivalores que niegan
la convivencia humana y fabrica ciudadanos obedientes y acríticos.
El ejército dejará por fin de disponer de esa institución dañina,
que hasta hace bien poco era tenida como parte del orden natural
de las cosas, para socializar el machismo, la homofobia, el autoritarismo,
la obediencia acrítica y el culto a la violencia; señas de identidad
de su propia estructura y funcionamiento.
Nuestra alegría es mayor, si cabe, por ser esta abolición-suspensión
del servicio militar principalmente una de las consecuencia de la
movilización social de base y participativa que ha envuelto la acción
del movimiento antimilitarista desde hace ya casi 30 años. La abolición
de la mili es una verdadera conquista social, y la decisión del
gobierno y sus socios, tomada a finales de 1996 y actualizada hace
pocos meses, solamente constata lo inevitable y ha sido forzada
por el cambio en la mentalidad colectiva, a pesar de declaraciones
políticas oportunistas.
Desde de los primeros setenta hasta ahora, la acción
política del movimiento antimilitarista, a través de la objeción
de conciencia (antes de su intento de domesticación mediante la
Ley de Objeción de Conciencia), los servicios civiles autogestionados,
la objeción colectiva, la insumisión a la mili y a su prestación
sustitutoria, la objeción fiscal al gasto militar, las acciones
directas noviolentas, etc., ha conseguido abrir el debate social
sobre el reclutamiento forzoso y la función del ejército, y colocarlo
en los medios de comunicación, bloquear la puesta en marcha real
de la prestación sustitutoria, quebrar la función disuasoria de
la LOC haciendo de la objeción de conciencia legalizada un fenómeno
de masas, y producir la participación en campañas antimilitaristas
de miles de personas que le han perdido el miedo a desobedecer y
cuestionar públicamente al ejército.
En concreto, la insumisión ha demostrado la posibilidad
y la efectividad «aquí y ahora» de la desobediencia civil como forma
de acción política legítima. Los sucesivos gobiernos durante todo
ese tiempo han respondido a esta actividad noviolenta con represión;
cárcel (que miles de objetores e insumisos han conocido en estos
treinta años y conocen actualmente) y «muerte civil» para los desobedientes.
Todo ello acompañado de campañas de criminalización, que no han
conseguido hacer menguar la solidaridad activa que la insumisión
ha generado en amplios y variados sectores sociales. En estos momentos,
diez insumisos-desertores, con condenas de 2 años y 4 meses, permanecen
encarcelados en la prisión militar de Alcalá de Henares, y otros
tantos, serán encarcelados en breve.
El llamado proceso de "profesionalización y
modernización" de las Fuerzas Armadas es la pantalla con la
que el gobierno y el ejército quieren ocultar el derrumbe de la
mili y vaciarlo de contenido antimilitarista. Lo forzado de este
proceso se revela en su improvisada y desastrosa planificación (con
continuos cambios de calendario y objetivos de contingente) que,
combinada con la conciencia generada por estos años de trabajo antimilitarista,
lo conducen a lo que hoy es ya un evidente fracaso por falta aspirantes
a soldado. A pesar de 4000 millones de pesetas de propaganda engañosa
en dos años, de rebajar al mínimo los requisitos, y de la utilización
de la mujer para cubrir el cupo, captar personal y "embellecer"
la imagen del ejército, en ninguna de las convocatorias de este
año se ha superado la cifra de un aspirante por plaza, y dos de
cada tres plazas quedarán vacantes. Esto revela tanto el desprestigio
como la deslegitimación social del Ejército a pesar de las campañas
de adoctrinamiento
El MOC nunca ha considerado la desaparición del servicio
militar como un fin en si mismo, sino como una etapa en la lucha
por la abolición del ejército y el militarismo social. El retroceso
del militarismo que supone la abolición de la mili viene, sin embargo,
acompañado de un intento de remilitarizar otros sectores como la
economía (aumento y camuflaje de los presupuestos militares, financiación
a través de impuestos indirectos, potenciación de la industria y
el comercio armamentístico) y la política exterior (ingreso definitivo
en la OTAN, participación en misiones "humanitarias" y
de agresión). Por eso, lejos de desmovilizarse, el MOC se reafirma
en su trabajo antimilitarista, del que forman parte la objeción
fiscal a los gastos militares, la denuncia del tráfico y producción
de armas, de la injerencia del Ejército en el sistema educativo,
la educación para la paz, las campañas por el desmantelamiento de
campos de tiro e instalaciones militares, la investigación de alternativas
noviolentas de defensa, la acción directa noviolenta, la insumisión
y la insumisión en los cuarteles.
Ante la descomposición del servicio militar y su
prestación sustitutoria, y el fracaso de la "profesionalización"
por evidente ausencia de respaldo social, los y las antimilitaristas
del MOC proponen la apertura inmediata de un debate social, amplio,
serio, participativo, riguroso y en profundidad sobre la "defensa",
que hasta el momento ha sido hurtado sistemáticamente a la sociedad
civil. Un debate que gira alrededor de cuestiones como qué es lo
que debe defenderse (la paz, el bienestar social...), de qué hay
que defenderse (del ejército y del militarismo como proyecto social,
de la resolución violenta de los conflictos, de la situaciones de
desigualdad y explotación), y cómo debe ejercerse esa defensa (devolviendo
poder a la sociedad civil, ampliando radicalmente las formas de
participación democrática). Sin embargo, el gobierno prefiere intentar
superar este "divorcio" entre FAS y sociedad (reconocido
también por analistas militares) mediante el adoctrinamiento y la
imposición de un modelo de ejército profesional. El MOC propone
resolverlo democráticamente en su sentido profundo; ponerse del
lado de la sociedad, y deshacerse de la antidemocrática, peligrosa,
garante de la desigualdad, represiva y obsoleta estructura militar:
abolir el ejército.
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