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Transcribimos a continuación un interesante artículo
de Noam Chomsky, tomado de la revista electrónica REBELIÓN http://www.eurosur.org/rebelion/
7 de septiembre de 1999
Los acontecimientos se han desatado tras el abrumador
triunfo de la opción independentista en las elecciones realizadas
en Timor Oriental. Cientos de personas han sido asesinadas por los
paramilitares dirigidos por el ejército indonesio, y según distintos
observadores, los deportados se cuentan por miles. Pocas horas antes
de publicar la traducción del artículo de Noam Chomsky que Rebelión
pone a disposición de sus lectores, el presidente indonesio Jusuf
Habibie declaró la ley marcial en Timor Oriental. Mientras tanto,
Naciones Unidas insiste en que no abandonará la zona, aunque
Ian Martin, jefe de la Misión de Naciones Unidas en Timor Oriental
(Unamet) no descarta la posibilidad de una retirada total de la
ONU de la antigua colonia portuguesa. La actitud de los medios de
comunicación occidentales determinará en gran parte el sentido de
los acontecimientos: entre el silencio que mantuvieron ante la política
genocida de los militares indonesios durante las dos últimas décadas
y la atención que -al menos por el momento- dedican a Timor Oriental,
se encuentra el fin de la guerra fría y el advenimiento del "nuevo
orden mundial", pero también la muerte o la supervivencia de
un pueblo. No dudamos que hoy, como ayer, actuarán como fieles publicistas
de los intereses y de las doctrinas de las potencias occidentales
(también llamadas "comunidad internacional", como observa
Chomsky), ni que dichos intereses determinarán la posible solución
del conflicto. En el mundo de la información de consumo rápido,
hay poco espacio para el análisis. Todo, no obstante, tiene su contexto,
y el contexto de Timor Oriental es la responsabilidad directa de
occidente, y particularmente de EEUU, en la crónica del terror.
POR QUÉ
DEBEN PREOCUPARSE POR TIMOR ORIENTAL LOS ESTADOUNIDIENSES
Noam Chomsky
Hay tres buenas razones para que los estadounidenses
se preocupen por Timor Oriental. En primer lugar, desde la invasión
indonesia de diciembre de 1975, Timor Oriental ha sufrido algunas
de las peores atrocidades de la era moderna, atrocidades que vuelven
a aumentar ahora mismo. En segundo lugar, el gobierno de EEUU ha
desempeñado un papel decisivo en el aumento de dichas atrocidades
y puede actuar para mitigarlas o eliminarlas con facilidad. No es
necesario bombardear Yakarta, ni imponer sanciones económicas.
Habría bastado, en cualquier momento, con que Washington
retirara su apoyo al gobierno de Indonesia e informara a su cliente
de que el juego se había terminado. Eso sigue siendo válido ahora,
cuando la situación se aproxima a un punto crucial: la tercera razón.
El presidente Clinton no necesita que le instruyan
acerca de cómo debe proceder. En mayo de 1998, Madeleine Albright,
secretaria de estado, pidió al presidente Suharto que dimitiera
y permitiera una "transición democrática". Pocas horas
más tarde, Suharto transfirió el poder a su vicepresidente elegido
a dedo. Aunque no fue una simple relación de causa y efecto, los
acontecimientos ilustran las relaciones que prevalecen. Detener
la tortura en Timor Oriental no habría sido más difícil que acabar
con el dictador de Indonesia en mayo de 1998.
Poco antes, la administración de Clinton apoyaba
a Suharto y lo definía como "el hombre adecuado para nosotros",
siguiendo el precedente establecido en 1965, cuando el general tomó
el poder y dirigió las masacres perpetradas por el ejército que
acabaron con el único partido político con gran implantación en
el país (el PKI, un partido comunista que gozaba del apoyo popular)
y devastaron su base social en "uno de los peores asesinatos
en masa del siglo XX". Según un informe de la CIA, las masacres
fueron comparables a las realizadas por Hitler, Stalin y Mao. Cientos
de miles de personas fueron asesinadas; casi todas, campesinos sin
tierras. Semejante éxito fue recibido con absoluta euforia en occidente.
El "espantoso genocidio" se convirtió en "un rayo
de luz en Asia", según dos comentarios, paradigmáticos de la
reacción general de los medios de comunicación occidentales, que
se publicaron en el New York Times. Las grandes empresas corrieron
a lo que muchos llamaban el "paraíso para los inversores"
de Suharto, apenas limitado por la voracidad de la familia del dictador.
Durante más de 20 años, Suharto fue aclamado por los medios como
un "moderado" de "buen corazón", aunque tuviera
un récord de asesinatos, terror y corrupción con pocos competidores
en la historia posterior a la segunda guerra mundial. Suharto gozó
del apoyo de occidente hasta que cometió sus primeros errores: perder
el control y dudar a la hora de aplicar las duras
prescripciones del Fondo Monetario Internacional (FMI). Sólo entonces
llegó la petición de "una transición democrática" desde
Washington, que no incluía la posibilidad de que el pueblo de Timor
Oriental disfrutara del derecho a la autodeterminación respaldado
por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y por el Tribunal
Internacional.
En 1975, Suharto invadió Timor Oriental, país que
estaba siendo gobernado por su propio pueblo después del colapso
del imperio portugués. Estados Unidos y Australia sabían que la
invasión se iba a producir y la autorizaron. El embajador australiano
Richard Woolcott recomendaba, en unas memorias que más tarde se
filtraron a la prensa, la vía "pragmática" del "realismo
de Kissinger", porque hacer un buen trato sobre las reservas
de petróleo de Timor sería más fácil con Indonesia que con un Timor
Oriental independiente. En aquella época, el noventa por ciento
de las armas del ejército indonesio procedía de Estados Unidos,
pero su uso estaba restringido por los términos del acuerdo a la
"defensa". Siguiendo la doctrina del "realismo de
Kissinger", Washington aumentó el flujo de armas mientras declaraba
una suspensión de la entrega de armamento, simultáneamente, y la
opinión pública permanecía en la ignorancia. El Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas ordenó a Indonesia que se retirara, pero sin
resultado. Daniel Patrick Moynihan, embajador de Naciones Unidas
en aquella época, explicó el fracaso en sus memorias. El embajador
se vanagloriaba de haber hecho que las Naciones Unidas fueran "profundamente
ineficaces en lo relativo a las medidas que había que tomar"
porque "Estados Unidos deseaba que las cosas se desarrollaran
como se desarrollaron" y "trabajó para conseguirlo".
En cuanto a cómo "se desarrollaron los acontecimientos",
Moynihan comenta que, en pocos meses, habían asesinado a 60.000
ciudadanos de Timor, "casi la proporción de víctimas sufrida
por la Unión Soviética durante la II Guerra Mundial".
La masacre continuó y alcanzó su punto más alto en
1978, con la ayuda de nuevas armas entregadas por la administración
de Carter. Las muertes se calculan en 200.000, la peor masacre de
población civil desde el Holocausto. En 1978, Francia, Gran Bretaña
y otros países se unieron a EEUU, dispuestos a sacar lo que pudieran
de la masacre. La protesta en occidente fue minúscula, y apenas
se informó sobre lo que sucedía. El seguimiento de los medios estadounidenses,
que había sido muy alto en el contexto de la preocupación por la
caída del imperio portugués, disminuyó hasta la práctica inexistencia
en 1978.
En 1989, Australia firmó un tratado con Indonesia
para explotar el petróleo de "la provincia indonesia de Timor
Oriental", una región que según algunos intelectuales realistas
no es económicamente viable, y que por tanto no puede acceder al
derecho a la autodeterminación. El acuerdo de Timor se puso en práctica
inmediatamente después de que el ejército asesinara a varios miles
más de ciudadanos de Timor en la conmemoración en un cementerio
de un asesinato perpetrado poco antes por el ejército. Las empresas
petroleras occidentales se unieron al expolio, sin suscitar comentarios.
Después de 25 años terribles, por fin se están dando
pasos que podrían acabar con el horror. Indonesia ha permitido la
realización de un referéndum en agosto de 1999, para que los ciudadanos
de Timor elijan entre la autonomía, dentro de Indonesia, y la independencia.
Se da por sentado que si el voto es mínimamente libre, vencerán
las fuerzas independentistas. El ejército de ocupación indonesio
(EOI) actuó con rapidez para impedirlo. El método fue sencillo:
organizaron fuerzas paramilitares para aterrorizar a la población
mientras el EOI adoptaba una actitud de "negativa verosímil"
que rápidamente fracasó ante la presencia de observadores extranjeros,
quienes pudieron comprobar de primera mano que el EOI armaba y protegía
a los asesinos. Según informes dignos de crédito, las milicias se
encuentran bajo la dirección de Kopassus, las temidas fuerzas especiales
de Indonesia, modeladas a imagen y semejanza de los boinas verdes
de EEUU, y "legendarias por su crueldad", como observa
Benedict Anderson, importante intelectual de Indonesia. Anderson
añade que, en Timor Oriental, "Kopassus se ha convertido en
pionero y ejemplo de todo tipo de atrocidades", entre las que
se encuentran violaciones sistemáticas, torturas, ejecuciones y
organización de bandas de delincuentes. En el mismo sentido, David
Jenkins, veterano corresponsal australiano en Asia, comenta que
estas "fuerzas especiales de choque recibieron entrenamiento
regular con fuerzas estadounidenses y australianas hasta que su
comportamiento se convirtió en una molestia para sus amigos extranjeros".
El Congreso de EEUU prohibió el entrenamiento de asesinos y torturadores
en el IMET (programa de Entrenamiento y Formación Militar Internacional),
pero la administración de Clinton encontró formas de eludir la legalidad,
y a pesar de que irritó al Congreso no se supo mucho más. Las prohibiciones
parlamentarias pueden ser más eficaces ahora, pero sin el tipo de
investigación que raramente se lleva a cabo con relación a las atrocidades
apoyadas por EEUU, no hay razones para confiar en ello.
La conclusión de Jenkins, en el sentido de que el
Kopassus sigue "tan activo como siempre en Timor Oriental",
ha sido verificada por observadores cercanos. "Muchos de esos
miembros del ejército asistieron a cursos en EEUU del IMET, ahora
suspendido", escribe. Sus tácticas recuerdan al programa Phoenix
de EEUU aplicado en el sur de Vietnam, con el que se asesinó a decenas
de miles de campesinos y a muchos de los líderes indígenas sudvietnamitas,
así como a las "tácticas empleadas por los Contras" en
Nicaragua, en aplicación de las lecciones que recibieron de sus
mentores de la CIA, y que no será necesario revisar. Los terroristas
de estado "no se limitan a perseguir a las personas más radicalmente
independentistas, sino también a los moderados, a las personas que
tienen influencia en su comunidad".
"Es Phoenix... observa una fuente importante
de Yakarta", escribe Jenkins. Y la fuente añade que el objetivo
es "aterrorizar a todo el mundo, a las ONG, a la Cruz Roja,
a Naciones Unidas y a los periodistas".
La consecución de ese objetivo se ha seguido con
no poco éxito. Desde abril, las milicias dirigidas por Indonesia
han desatado una ola de atrocidades y asesinatos. Han matado a cientos
de personas; muchas, en las iglesias en las que se habían refugiado;
han quemado ciudades y han llevado a decenas de miles de personas
a campos de concentración o a las montañas, donde, según se ha informado,
miles de ellas han sido literalmente esclavizadas para que trabajen
en la cosecha del café. "Los llaman desplazados internos",
comenta una monja y cooperante australiana, "pero son rehenes
de las milicias. Les han dicho que los matarán si votan a favor
de la independencia". El número de desplazados se calcula en
más de 50.000.
Las condiciones sanitarias son terribles. Uno de
los pocos médicos que se encuentran en la zona, el voluntario estadounidense
Dan Murphy, informó de que diariamente mueren entre 50 y 100 ciudadanos
de Timor por enfermedades curables, mientras Indonesia "mantiene
una política deliberada de no permitir que lleguen suministros médicos
a Timor Oriental". Murphy ha detallado en los medios de comunicación
australianos los atroces crímenes que ha contemplado, y periodistas
de Australia y cooperantes han reunido un informe impresionante.
Naciones Unidas retrasó dos veces el referéndum por
culpa del terror, que incluso ha alcanzado las oficinas y las caravanas
de la ONU que llevaban enfermos para su tratamiento. Citando fuentes
diplomáticas, de la iglesia y de las propias milicias, los medios
australianos informan de que "se están acumulando cientos de
modernos rifles de asalto, granadas y morteros, para utilizarlos
si la opción autonómica resulta derrotada en las urnas", y
advierten de que las milicias dirigidas por el ejército de ocupación
pueden tomar violentamente el territorio si, a pesar del terror,
se expresa la voluntad popular. Murphy y otros comentan que el EOI
se ha envalentonado por la falta de interés de occidente. "La
declaración de un importante diplomático de EEUU resume la situación:
Timor Oriental es el Haití de Australia"; en otras palabras,
no es un problema de EEUU, país que ayudó a crear y a mantener el
desastre en Timor Oriental y que podría detenerlo con suma facilidad
(los que conocen la verdad sobre la intervención de EEUU en Haití
apreciarán la ironía).
Desde la escena del terror, Carlos Ximénes Belo,
obispo y premio Nobel, pide "una fuerza militar internacional"
para proteger a la población del terror indonesio y para permitir
que el referéndum se lleve a cabo. Pero no se ha hecho nada. La
"comunidad internacional" -es decir, las potencias occidentales-
prefiere que el ejército indonesio proporcione "seguridad".
La administración de Clinton autorizó el envío de unos cuantos observadores
de Naciones Unidas, desarmados, pero después retrasó su viaje.
El panorama de los últimos meses contrasta de forma
particularmente descarada con la pose santurrona de los "estados
ilustrados". Pero sólo sirve para demostrar, de nuevo, lo que
debería ser evidente: no ha cambiado nada sustancial, ni en las
acciones de los poderosos ni en la actitud de sus aduladores. Los
ciudadanos de Timor son "víctimas que no merecen la pena".
Ningún poder está interesado en paliar su sufrimiento, ni siquiera
en dar unos cuantos pasos sencillos para detenerlo. La larga y conocida
historia continuará, en Timor Oriental y en todo el mundo, si no
se produce una reacción popular significativa.
Traducción para Rebelión: Jesús
Gómez y Natalia Cervera
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