| |
El pasado viernes 7 de marzo, el día
en que el fatal informe de Blix sería difundido a un universo
expectante, estábamos yo y mi camarada turco Tolga Temuge
-ex activista de Greenpeace en el Mediterráneo, parecido
a Elvis Presley- empinados sobre el techo de la casa de máquinas
de la refinería de Daura, en el oeste de Bagdad, marcando
el sitio con pintura negra industrial, cuando la acción de
los escudos humanos quedó irrevocablemente destrozada. Ya
habíamos rellenado una H y una U de seis metros de largo
y estábamos trazando la M para formar la palabra HUMAN, la
cual advertiría a los lanzadores de los misiles de muerte
de George Bush que la refinería es un sitio civil, certificado
por Naciones Unidas, cuya función es suministrar petróleo
como combustible y para calefacción a los residentes de Bagdad
y otras zonas, y que al borrar esa planta de la faz de la tierra
el presidente de Estados Unidos también pondría en
peligro las vidas de sus propios ciudadanos y los de muchas otras
naciones.
Entonces, una delegación de la
Organización de Paz y Amistad, nuestra anfitriona en Irak,
nos convocó a la planta baja para leernos la cartilla. Conforme
a una fatwa emitida por el doctor Abdul Al-Hasimi, director del
grupo "no gubernamental", se nos ordenaba salir de inmediato
del país, expulsados de esa tierra amenazada porque habíamos
usurpado la función de una ONG legalmente constituida al
facilitar el emplazamiento de 100 escudos en cinco sitios claves
de infraestructura en Bagdad y sus alrededores. Ahora la ONG y el
gobierno de Saddam Hussein se harían cargo de dichos emplazamientos.
Otros que debían partir serían Gordian, un corpulento
australiano de cabellos como púas que coordinaba las asignaciones
a sitios; Eva, una arrogante y sarcástica abogada de Eslovenia
que encabezó muchas de las manifestaciones antibélicas
en las calles de Bagdad que constituían un agregado esencial
de nuestro trabajo, y el ya rebasado iniciador de la acción
de escudos humanos, Ken Nichols O'Keefe, marine en la operación
Tormenta del Desierto, quien con su tendencia a la confrontación
y sus delirios de grandeza se había ganado el disgusto total
del gobierno durante las semanas que pasamos en Bagdad.
De hecho, la orden de expulsión
había sido emitida por el doctor Hasimi durante una perturbadora
reunión celebrada la tarde anterior, en la cual, esgrimiendo
su gordo índice hacia nosotros, nos acusó, entre otros
crímenes abominables, de "obligar a los voluntarios
a asistir a reuniones de tres horas".
El efecto de las expulsiones fue decapitar
una acción cuya autonomía se había vuelto una
espina en el costado de Saddam mientras George W. Bush aceitaba
su máquina de matar.A la misma hora en que Hans Blix pronunciaba
su evasivo discurso ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas,
los villanos nos reunimos en el lujoso hotel Meridian Palestina
para emprender la partida obligatoria. Poco antes Tolga y yo habíamos
ido al Centro Internacional de Prensa para despedirnos, pero los
representantes de los medios, hipnotizados por los magnos acontecimientos
que mostraban las pantallas de CNN ni parpadearon cuando les contamos
nuestro dilema. Mi amigo turco y yo habíamos alegado que
necesitábamos partir sin ruido y de noche, para no proveer
a Bush de nuevas municiones para su demencial cruzada de "liberación"
de Irak. Saddam era un problema, como todos los dictadorzuelos de
opereta instalados por la CIA, pero no el enemigo número
uno de la paz mundial. Era hora, pues, de ir a casa y profundizar
el movimiento más importante, el de la lucha contra el reino
de terror de Bush, del cual los escudos humanos habían sido
siempre sólo un aspecto lateral. Sin embargo, Ken se mantuvo
inflexible. Chillaba que su movimiento había sido "arruinado"
y, decidido a tener un enfrentamiento con los comisarios, resistió
sus esfuerzos por despacharnos sin un berrinche final. Por último
salió corriendo en la noche de Bagdad, al parecer con dirección
a otro hotel de lujo, el Rashid, adonde pronto se enviaron policías
para acorralarlo junto con Eva.
A esa hora avanzada, tres de nosotros
habíamos abrazado a docenas de escudos que se quedaban en
Bagdad, encabezado un coro creciente de "¡No a la guerra!"
y, acompañados por cuatro monjes budistas que aporreaban
tambores y murmuraban sobre el loco mundo al que habían venido
a dar, ya estábamos en camino. En la oscuridad del desierto,
apenas iluminada por la luz plateada de la luna nueva, con un destino
incierto en el futuro inmediato, mis compañeros dormitaban
mientras yo miraba el grueso cuello de nuestros comisarios. ¿Acaso
el vehículo se desviaría bruscamente hacia el despoblado,
nos ordenarían bajar y desnudarnos y nos llenarían
el cuerpo de balas en pago a nuestra desobediencia gratuita? ¿Acaso
las puertas de hierro de la prisión de Saddam se abrirían
en un bostezo ominoso para recibirnos?
Nada de eso.Nuestros anfitriones estaban
sinceramente avergonzados por la idea de echarnos de un país
al que habíamos venido a proteger con nuestras vidas de la
trasnacional estadunidense Masacre Inc. Nos regalaron unos cómodos
guantes de piel de ternera, nos dieron un apretón de manos
en la frontera y nos invitaron a volver una vez que el terrible
predicamento que se avecina llegue a su fin y el pueblo iraquí
pueda al fin vivir en paz. Reflexioné en otros deportados,
en los trabajadores mexicanos a los que en mi país se encadena
y arrastra a su frontera por el pecado de desempeñar tareas
tan bajas en la escala laboral que nadie más está
dispuesto a hacerlas.
Irónicamente, en la noche nos
cruzamos con un vehículo en el que ocho compas (**) mexicanos,
entre ellos una monja del hospital de San Carlos, ubicado en la
zona zapatista del sureste de Chiapas, iban en camino a Bagdad para
relevarnos como escudos humanos (**).El anuncio luminoso en la frontera
iraquí traía el acostumbrado retrato del tío
Saddam y la poco usual inscripción: "¿No es agradable
venir a la frontera de un país donde nadie ha impedido tu
misión?" Los dioses de la ironía trabajaban horas
extras en la fría luz del amanecer en el desierto.La tormenta
de arena matutina soplaba con furia cuando enfilábamos hacia
Ammán, eludiendo el tren interminable de herrumbrosos carros
tanques que en desafío a las sanciones de la ONU transportan
combustible al reino de Jordania, que carece de petróleo.
La cegadora arenisca caía en forma tan copiosa que por momentos
nuestro chofer manejaba sin ver.
Semejante clima, como he tenido ocasión
de hacer notar en estos erráticos envíos, saboteará
la guerra de Bush del suelo hacia arriba. Un despacho de la agencia
Ap que aparece en la Gaceta saudí del domingo señala
que las tormentas de arena en los alrededores del campamento Nueva
Jersey, en la frontera kuwaití, ya han causado que soldados
yanquis se extraviaran en el desierto mientras trataban de encontrar
a tientas el camino desde las tiendas donde les sirven la comida
hasta sus dormitorios. Reclutar adolescentes en las calles de los
guetos y en los ranchos para enviarlos a combatir en condiciones
tan inhóspitas es tan parecido a un homicidio premeditado
como lo fue mandarlos a las junglas de Vietnam hace tres décadas
o a otros lugares que se pierden en el túnel de la historia.
Irak no será pan comido, como
proclama el alto mando del Pentágono. Estoy convencido de
que los nuevos escudos humanos que nos remplazan en sitios como
mi refinería de petróleo (ni en mis sueños
más guajiros había imaginado que llegaría a
sentir nostalgia de una refinería) no se han congregado ahí
para poner sus cuerpos entre las bombas de Bush y la infraestructura
iraquí. Muchos son combatientes activos de mirada firme,
que han ido a Irak a cobrar cabezas de los odiados invasores. Pese
a la blitzkrieg de 3 mil bombas de la que Bush nunca se cansa de
alardear, habrá muchos combates en las calles en el futuro
inmediato. "Pelearemos cuadra por cuadra, como hicieron nuestros
abuelos con los colonialistas británicos", advierte
el señor Al-Karash, gerente general de la refinería
de Daura, quien sobrevivió a un infierno de 42 días
en 1991 para volver a poner en marcha esa instalación vital.
En el hotel Al Saraya de Ammán
-una bolsa de pulgas en forma de queso que cuenta con servicio de
Internet las 24 horas-, aspirantes a escudos se reúnen con
otros que han salido de Bagdad. Muchos llevan semanas de esfuerzos
por entrar a Irak, pero no han logrado obtener la visa. Otros han
salido de Bagdad exasperados por la manipulación gubernamental
o impulsados por su miedo de morir bajo el bombardeo gringo (**)
a medida que la guerra vaya saliéndose de control. Escudos
gallinas, los llamó recientemente el New York Daily News.
La mayoría están en la etapa terminal, decididos a
aferrarse hasta el amargo fin. Un buen número de los que
vivían en Europa en asentamientos irregulares o en las calles,
o que han depositado en almacenes sus escasas pertenencias, no tienen
un hogar adonde volver. Mirarán desenvolverse la guerra desde
Ammán mientras sus provisiones se reducen a cero.El ambiente
en el Saraya tiene ese aire de lo que pudo haber sido y no fue.
Ahora un Ken O'Keefe enloquecido ha llegado para encabezar esta
tribu perdida.
Es hora, supongo, de hacer un balance
de lo que ocurrió con los escudos humanos. En un sentido
muy real, cumplimos nuestra misión. Al igual que esos autobuses
de dos pisos que hace ya mucho tiempo retornaron a Londres, la acción
no fue sino un vehículo para incitar al movimiento de masas
contra el genocidio que planea Bush y para motivar el compromiso
de nuestros propios combatientes. Tuvimos éxito en hacer
del bombardeo de blancos civiles un tema prioritario, pusimos cientos
de personas en esos blancos y elevamos la apuesta al retar a George
W. Bush a desaparecernos con sus bombas. Bajo esta pequeña
luz, tal vez logramos que la Casa Blanca sea más precavida
al dirigirse hacia la población civil a la que intenta endilgarle
la mentira de que la está liberando. Incluso abrimos con
nuestras espontáneas manifestaciones callejeras una minúscula
ranura de espacio democrático que podría ser recordada
por la sociedad civil cuando llegue el momento. Pero la guerra llamará
pronto a la puerta del mundo, quizás esta misma noche, y
bajo tales circunstancias la ventana de la oportunidad está
cerrándose con rapidez.Es hora de ir a casa, de volver a
nuestros países y comunidades, a nuestros seres queridos
y compañeros (**), y de unirnos de nuevo al enorme movimiento
de millones y millones que se han manifestado mes tras mes contra
la perspectiva de esta guerra maligna. Por lo menos eso es lo que
yo pretendo hacer en las próximas semanas y no puedo hablar
más que por mí mismo. Pero antes de partir quiero
dar las gracias una vez más al pueblo iraquí por abrirnos
los brazos, por darnos hospedaje y sustento y por expresarnos su
amor una y otra vez. "Los amamos", nos decían cuando
caminábamos por las calles de sus ciudades, "los amamos."
Llevo cuatro décadas de viajero y jamás me había
pasado eso en ningún lugar.
No hay duda de que he dejado un gran
pedazo de mi corazón en Bagdad, bajo el rugido y el silbido
de las chimeneas de la refinería de Daura. Ojalá esa
instalación sobreviva, combatiendo a Bush y a sus bombas
en los días terribles que vienen. Inchilah.
John Ross estará de vuelta en
las calles de Estados Unidos la próxima semana para enfrentar
los planes genocidas de George W. Bush contra el pueblo iraquí.
Invita al lector a hacer lo mismo.
* Periodista estadunidense ** En español
en el original Traducción: Jorge Anaya
|
|