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Un sol de color amarillo sulfuroso arroja
sus rayos sobre la refinería Daura, aquí en el oeste
de Bagdad. La calidad del aire no es demasiado buena. Las chimeneas
y los quemaderos de residuos tóxicos envían al aire
bolas de fuego que pueden verse desde el centro de la ciudad y que
irritan los ojos y llenan de polvo los pulmones. La noche anterior,
tres ciudadanos estadunidenses y una brigada virtual de voluntarios
procedentes de Sudáfrica, Gran Bretaña, Eslovenia,
Cataluña,
Francia, Italia, Alemania y Japón
durmieron aquí, bajo el fragor y el silbido de las chimeneas,
esperando que George W. Bush haga caer sus bombas sobre este objetivo
primordial, que fue severamente dañado en el holocausto de
1991 y privó al país de una fuente vital de energía
durante un año. El domingo 2 de marzo los 100 o más
escudos humanos actualmente en Bagdad enviamos un fax a la Casa
Blanca para informar a Bush que estamos
emplazados en la refinería de
Daura y en otros cuatro sitios de infraestructura civil, todos ellos
definidos como instalaciones dirigidas al ser humano por el Programa
de Desarrollo de Naciones Unidas, y para recordarle que al bombardear
estas importantes instalaciones estará poniendo en peligro
la vida de sus propios ciudadanos, así como de los de otras
34 naciones que han venido a Irak a
interponer sus cuerpos entre la máquina
de guerra estadunidense y el pueblo de esta infortunada nación.
También buscamos dejar en claro que el bombardeo aéreo
de sitios civiles constituye una violación a la Convención
de Ginebra y sujetaría al comandante en jefe de Estados Unidos
a la persecución internacional por crímenes de guerra.
No tenemos
esperanzas de que Bush tome en cuenta
nuestras vidas cuando las lenguas de fuego de su demencial conflagración
surquen el horizonte, pero al menos tratamos de hacer patente que
el crimen cometido con nosotros no quedará impune. La refinería
de Daura es un pequeño vecindario en sí misma. Familias
cristianas y musulmanas viven a ambos lados de la casa de huéspedes
en la que estamos instalados, y en ocasiones nos invitan a tomar
el té. Uno
que otro balón de futbol extraviado
salta al patio, seguido por niños risueños que entran
a recobrarlo. Una cabra lanuda vive al otro lado de la calle, poblada
en su mayoría por ingenieros de la refinería. A unos
cientos de metros hay una estancia infantil con una escuela primaria
al lado. Cada mañana acompaño a clases a los niños,
recién bañados y sonrientes, y practican su inglés
conmigo. Si Bush les toca un pelo con sus bombas, mi sed de venganza
será eterna. El otro día Faith, una de las voluntarias
estadunidenses, visitó la escuela, y los alumnos, cuidadosamente
adiestrados, entonaban el cántico
acostumbrado de "¡Down down
America!" (¡Abajo Estados Unidos!) cuando la
maestra los hizo callar e insistió
en que no todos los estadunidenses son como Bush. Supongo que es
una especie de victoria táctica en el intento de librar el
nombre de los ciudadanos estadunidenses de la carga
de los pecados del presidente que no
eligieron. Escribo este artículo mientras seis comisarios
pululan por la casa de huéspedes. No es exageración
decir que estos hombres corpulentos, de bigotazos al estilo Hussein
y chamarras de piel, tratan de controlarnos.
Pero como le dijeron el otro día
a mi amigo André, un entusiasta voluntario procedente de
Jo'berg, "son ustedes muy difíciles de controlar".
En una reunión masiva de todos los voluntarios, realizada
el sábado pasado en el salón de baile del pomadoso
hotel Palestina, el jefe de los
comisarios, el doctor Al-Hasimi, del
Comité de Paz y Solidaridad, ordenó
a todos los escudos potenciales desplegarse
de inmediato en los 60 sitios elegidos por el gobierno o salir del
país a la mañana siguiente. Los escudos humanos que
han acampado voluntariamente en plantas de tratamiento de agua,
generadoras de energía y almacenes de alimentos, además
de en esta refinería, se molestaron ante semejante manipulación
y
una vez más exigieron autorización
de poner en línea a sus aprendices de
cadáveres en hospitales, escuelas
y sitios arqueológicos, cosa a la que el gobierno iraquí,
en un supremo traspié político, se ha negado una y
otra vez. La rebelión condujo al éxodo de la noche
a la mañana de 30 escudos que volaron a Ammán, Jordania,
en protesta ante tal coerción. Sin embargo, casi un centenar
de voluntarios permanecieron en Bagdad y aprovecharon el momento
para dirigirse a lugares donde ya habían establecido presencia.
Los hombres del gobierno no iban a darse por satisfechos. Obligaron
a docenas de voluntarios a subir a autobuses y los llevaron a las
instalaciones, con lo cual temporalmente los privaron de la iniciativa.
Los recién llegados se vieron rodeados por sujetos de aspecto
peligroso que más parecían voluntarios de la Legión
Extranjera francesa o prófugos
de la Isla del Diablo que escudos humanos.
En mi segunda noche en la refinería de Daura me tocó
de compañero de litera un individuo que me tuvo despierto
hasta pasada medianoche predicando sobre los atributos humanitarios
de los terroristas vascos que se ocultan bajo las siglas ETA. Pero
ya al anochecer del día siguiente se había establecido
una comunidad en forma y los viejos y nuevos voluntarios se reunían
amistosamente alrededor de la fuente de la casa. A lo largo de esta
extraña ordalía hemos buscado neutralizar a Ken Nichols
O'Keefe, el ex marine veterano de la Tormenta del Desierto que emitió
la convocatoria inicial a este errático esfuerzo de proteger
al pueblo iraquí de las bombas de Bush. A estas alturas O'Keefe
sigue en Bagdad, pero no en ningún emplazamiento, sino alardeando
ante los medios
de esta acción como si fuera
su propiedad personal y amenazando con retirarse en cualquier momento,
lo cual acabaría con la poca credibilidad que le queda. Uno
tras otro, jóvenes reporterillos para quienes la guerra inminente
es
poco más que una forma abyecta
de progresar en su carrera vienen a describirnos los peores escenarios:
nos tomarán en rehenes, como ocurrió
en 1991; para Saddam valemos más
muertos que vivos; seremos arrastrados por los disturbios civiles
que vendrán después de la guerra y acabaremos
colgados de los postes de luz, o el
peor de todos: seremos rescatados por las tropas yanquis y ganaremos
un viaje gratis a la bahía de Guantánamo. George W.
Bush encabezará un desfile triunfal por las calles
de Bagdad como Libertador de Irak. Ad
nauseam. Dado nuestro incierto estatus, atrapados como estamos entre
gobiernos, somos susceptibles a ataques de pánico. Pero de
pronto, milagrosamente, aparecen camaradas procedentes de la ciudad
de México y nos encontramos coreando "El pueblo unido
jamás será vencido" ( ) en la Plaza de los Mártires,
y la luz al final del túnel no es la de un tren carguero
que arremete a toda velocidad hacia nosotros en la claustrofóbica
oscuridad.
Quizá me engaño, pero
a veces me parece que la guerra no es inevitable. El parlamento
turco ha resistido hasta ahora las martillantes presiones de Powell,
Rumsfeld y Cheney para emplazar 40 mil soldados estadunidenses en
el territorio de ese país a fin de invadir a Irak desde el
norte, y los principales líderes kurdos han dicho no al plan
con el que Bush pretendía explotar su férrea oposición
al régimen de Hussein. Y lo más importante de todo:
Bagdad no parece estar preparándose para el día del
juicio. Todas las mañanas de lunes y jueves
jóvenes parejas contraen matrimonio
al atronador compás de cláxones, trompetas y tambores.
Compañías inmobiliarias abren zanjas para tender nuevas
tuberías de drenaje, ancianos lavan automóviles en
las calles, el
dueño de la dulcería de
la esquina acaba de presentar un nuevo surtido de golosinas. Grace
se ha vuelto mi compañera en esta tortuosa aventura. El fin
de semana pasado consideramos la idea de iniciar una cuarentena
en cama al estilo John y Yoko para hacer el amor y no la guerra,
pero luego llegó el edicto del doctor Al Hasini sobre los
emplazamientos y ella decidió que sería de más
valor combatir la guerra de Bush allá en su hogar de la
campiña inglesa. En nuestra cena
de despedida el conjunto del bar tocó Imagine y viejos éxitos
de Elvis, y el único signo de que la guerra es el siguiente
punto en esta agenda de gran guiñol fue el enorme montón
de
dinares casi sin valor que cubrió
la mitad de la mesa a cambio de tan suntuoso adiós. No hay
duda de que nos hemos colocado en un rincón de terror con
nuestra
decisión de llevar a sus últimas
consecuencias nuestra misión de escudos
humanos. Al anochecer del domingo pasado
nos fuimos a la ribera norte del Tigris, pusimos a flotar en las
aguas lodosas unas barquitas de palma iluminadas con velas y cerrando
los ojos deseamos una solución pacífica a este espantoso
juego terminal. Luego leí un poema a un puñado
de trabajadores del Teatro Nacional
Iraquí, que nos habían invitado a este ritual de callada
desesperanza, en el que declaré que "nunca rendiré
mi palpitante corazón a ese hijo de la chingada que se llama
Bush", pero que si finalmente acaba destruyéndome con
sus bombas "devolveré las flores al desierto y en las
venas abiertas de la gente". Inchilah. John Ross pide a usted,
lector, que trate de salvar su vida informando al presidente de
Estados Unidos que está emplazado en la refinería
de petróleo de Daura, en Bagdad, exigiendo que la Casa Blanca
cancele planes de bombardear esta instalación y, de hecho,
todas las demás en esta antigua tierra de Irak. Inchilah.
* Periodista estadunidense que acompaña a un grupo de escudos
humanos. En español, el original.
Traducción: Jorge Anaya
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