| |
La frontera de Tijuana era un
dechado de solidaria humanidad, como de costumbre, la tarde del
viernes, cuando crucé de sur a norte disfrazado del típico*
turista por un día y armado sólo con una delgada botella
de mezcal Gusano Rojo y una piñata de adorno para establecer
mi identidad de ciudadano estadunidense.
En la era posterior al 11 de septiembre
de 2001, el puesto fronterizo de Tijuana está un poco más
ordenado y vigilado, pero sigue siendo el cruce más resbaladizo
del mundo, en el que cada año pasan millones de personas
como canicas de pinball del primero al tercer mundo y viceversa,
al ritmo de 35 mil por día (más los viernes).
Las filas de los que tratan de llegar
a la alta California salían serpenteando por la puerta trasera,
acercándose inevitablemente al temido puesto de control de
la Migra. Ahora hay más máquinas de rayos equis y
las personas intercambian murmullos de fastidio en español
mientras aguardan en la cola* : el paso tenía mucho de ocasión
festiva antes de que la seguridad de la patria se volviera el tema
dominante. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me acerqué
a la ventanilla de la Border Patrol.
-Ciudadano estadunidense -presumí
como en los viejos tiempos, sin mostrar una sola evidencia que avalara
mi dicho. -Le creo -bostezó el agente y con un ademán
me dejó entrar en Bushualandia.
Mi aparición en la frontera mexicano-estadunidense
obedecía a la necesidad de evadirme de una posible persecución
judicial fundamentada en la Ley Patriótica. Acababa de regresar
de Bagdad, donde estuve tres semanas como escudo humano, lo cual
es un crimen de guerra según el secretario de la Defensa,
Donald Rumsfeld, criminal de guerra él mismo. Mi ruta de
retorno me trajo por Ammán, Estambul, Londres y la ciudad
de México, rodeo que me causó un ataque terminal de
mareo de jet y me dejó en la chilla. En mis viejos rumbos
de la ciudad de México, donde estoy en casa, pude encontrar
unos minutos para tomar café con leche* con los compañeros*
en la barra del Café La Blanca, todos los cuales habían
seguido nuestras aventuras de escudos humanos en Irak mediante mis
envíos a La Jornada. Lalo Miranda, mi compadre* y peluquero,
me arregló la desaliñada barba. Lalo tenía
claro el asunto: Saddam, que nos acababa de correr de Irak, era
como el PRI, el partido que Washington mantuvo en el poder durante
siete décadas en México para salvaguardar los intereses
estadunidenses en su vecino del sur.
La fecha límite para mis viajes
transcontinentales era el mitin contra la guerra del sábado
por la tarde en el centro cívico de San Francisco. Desde
que cinco organizadores de la acción de escudos humanos,
incluido este pobre pecador, fuimos conducidos fuera de Irak, el
7 de marzo, había puesto la mira en el premio de vincular
a las hermanas y hermanos de la Bagdad de la Bahía (como
la llamaba el vetusto Herb Caen) con el pueblo de Irak y los voluntarios
internacionales que habíamos dejado allá. Y ahí
estaba yo, dirigiendo unas palabras a un mar de compatriotas cuyo
número algunos estimaban en 50 mil, y las palabras salían
rugiendo de mi garganta como si mi cuerpo no fuera más que
un mensajero. "¡Les traigo el saludo y la solidaridad
de los trabajadores y de 30 escudos humanos emplazados en la refinería
de Daura, en Bagdad! ¡El saludo y la solidaridad de la docena
de escudos humanos emplazados en el almacén de alimentos
de Tajie y de otros 20 en la planta de energía del sur de
Bagdad! ¡El saludo de otra veintena en la planta Aldurah y
de 10 más en el camino a la planta tratadora de agua, para
no mencionar a los 16 en las instalaciones de la planta tratadora
de agua 17 de Abril, todos ellos sitios civiles certificados por
la ONU que fueron bombardeados por Bush el viejo! ¡Un centenar
de escudos en Bagdad esperan las bombas de su hijo! ¡Tendrá
las manos manchadas de sangre!"
La oscura fachada del edificio federal
de San Francisco, una cuadra más allá, se alzaba sobre
el atestado centro cívico como un monolito maligno. Hace
39 años me arrastraron encadenado a ese lugar y me llevaron
al sur para purgar una condena de dos años en prisión
por rehusar presentarme al reclutamiento militar; fui el primero
de la zona de la bahía en ser enviado a la cárcel
por decir "ni madres, no voy" al genocidio que se avecinaba
en Vietnam. Llegué a la penitenciaría federal de la
isla Terminal en San Pedro, California, el 3 de agosto de 1964.
El día 4, el entonces presidente Lyndon B. Johnson contaría
al pueblo estadunidense la mentira de que dos patrullas marinas
de Vietnam del Norte habían atacado a un buque de guerra
estadunidense en el golfo de Tonkin, lo que fue el pretexto para
bombardear en tierra firme y para meterle por el culo al Congreso
la resolución del golfo de Tonkin, la cual confirió
a Johnson y a su sucesor, Richard Nixon, el derecho divino de incinerar
a 3 millones de vietnamitas. En el espíritu de esa misma
endeblez patológica, el Congreso invistió hace mucho
tiempo a George W. Bush de los mismos instrumentos para el genocidio
del pueblo iraquí.
Cuando iba yo a la cárcel en
aquel verano de hace tanto tiempo, no había nadie en las
calles que dijera no a la guerra. Esta vez, millones se han manifestado
desde antes que empezaran a caer las bombas.
En la marcha a través del parque
Fillmore, el pasado sábado luminoso, estaba yo al pie de
la colina de la calle Oak, ruta que cada primavera y verano tomaban
los viejos Mobes y Moratoriums que alguna vez buscaron detener la
matanza en Vietnam, y observé cómo nuestro número
crecía allá arriba, evidencia visceral de lo fuertes
que nos estamos volviendo, como si fuéramos un gran hombro.
En todo el planeta, ese hombro ha estado
ganando vigor y músculo durante meses. Lo que aquí
consideramos la embestida antibélica más significativa
desde la década de 1960 se está viendo empequeñecida
por el crecimiento exponencial de los números en Europa,
más de 3 millones sólo en las calles de España
el pasado 15 de febrero. Dos por ciento del pueblo español
apoya la guerra yanqui, y sin embargo el jefe de gobierno, el faldero
franquista José María Aznar, se ha revelado como el
acólito más ardiente de la aniquilación iraquí
perpetrada por Bush.
Exhibiendo asombrosa arrogancia y poniendo
oídos sordos al estentóreo clamor de la población
mundial, Bush, Aznar y Tony Blair se reunieron el domingo anterior
en un atolón del Atlántico oriental para escapar de
las multitudes pacifistas en las calles y formular su agresión.
El ultimátum de Bush fue del más asombroso estilo
cowboy. Habló de su carta oculta, vieja expresión
texana, como si estuviera jugando pókar cerrado en la cantina
del pueblo y ordenara a Saddam y sus hijos estar fuera de Dodge
City antes del anochecer, como si el exterminio del pueblo iraquí
fuera una chingada nueva versión de High Noon. Por qué
los Bushines consideran la fanfarronería del viejo oeste
como estrategia de comunicación para dañar el control
de la tormenta de mierda de odio mundial que está a punto
de abatirse sobre el buque insignia estadunidense es una patética
indicación de la esquina imposible a la que el presidente
y sus secuaces han empujado a esta nación.
Escuché el ultimátum de
Bush durante una vigilia realizada ante el consulado israelí
para recordar la vida de Rachel Corrie, la activista de 23 años
del colegio Evergreen que fue asesinada por los bulldozers del ejército
de Tel Aviv cuando trataba de detener la demolición de una
casa en el campamento de Rafah, en Gaza. El bulldozer que pasó
dos veces deliberadamente sobre Rachel fue pagado con dinero de
los contribuyentes estadunidenses. Mientras el presidente fraudulentamente
electo de Estados Unidos golpeteaba al mundo con su desmadre de
pistolero, unos cuantos cientos de almas descorazonadas trataban
infructuosamente de mantener encendidas sus velas en creciente oscuridad.
La imagen del rostro de Rachel Corrie permaneció colgada
de la barda de la estación BART de la calle 24 durante dos
días después de eso, azotada por el fuerte viento
de primavera y acompañada por dos ramos de flores amarillentas.
Rachel era la mejor de ellos, los jóvenes, viejos y no tan
viejos que han ido a poner su cuerpo entre los invasores bárbaros
y la gente a la que pertenece esa tierra: activistas de paz los
llaman en Palestina, escudos humanos en Bagdad. He aquí algunos
de sus nombres. No está clara la suerte que hayan corrido.
Faith Fippinger se enteró de los escudos humanos en un centro
de copiado del norte de India cuando realizaba un viaje espiritual
que la había llevado al Tibet. En Bagdad pasaba de contrabando
suministros médicos a los hospitales cristianos durante el
día; por la noche duerme bajo las bombas de Bush en la refinería
de Daura. Eric Levy, de 75 años, y Karl Dallas, cantante
folclórico de 72 años, se instalaron bajo los estantes
en Daura y en la planta de energía Aldurah, respectivamente.
No es sorprendente que sean los abuelos los que tengan la comprensión
más aguda de lo que es la mortandad.
Está también Angel O,
noruego delgado y rudo, boxeador fallido, que creció en plantas
de energía de toda Escandinavia y ha vivido durante semanas
en la unidad de distribución eléctrica Bagdad Sur,
que en 1991 fue bombardeada con reporte de nueve bajas. Ahora la
vida de Angel pende de un hilo en tanto Bush, obsesionado con los
productos petroleros y con ganar la aprobación de su padre,
hace caer 3 mil misiles sobre el corazón de Bagdad. El movimiento
cambiará radicalmente en los días oscuros que se aproximan.
Algunos se derrumbarán, desmoralizados porque no hemos logrado
que Bush detenga su pirotecnia demoniaca, pero el compromiso de
otros se profundizará y remontará el vuelo. Ahora
debemos llenar las calles del planeta y echar abajo a los presidentes
que no escuchan la voz de su pueblo. Debemos adoptar una acción
de masas creativa y enfática, que resulte tan costosa a los
que han emprendido esta guerra que se vean precisados a calcular
una pronta tregua. En el desierto los remolinos formarán
tormentas de arena y el calor freirá los sesos a los invasores,
los campos petroleros arderán, las toxinas se elevarán
y la resistencia en las ciudades se expandirá de manzana
en manzana. Pronto estarán retornando a casa las bolsas con
cadáveres. Entretanto, los ciudadanos estadunidenses no escucharán
mucho sobre la destrucción que sus impuestos han traído
sobre el pueblo iraquí. Los noticias hablarán sólo
de "nuestros muchachos", un ejército invasor con
500 reporteros "incrustados" entre las tropas para divulgar
la Gran Mentira y ondear una bandera que estará manchada
para siempre con sangre de inocentes. Con Bagdad prácticamente
privada de reporteros en tierra, la palabra de la inevitable y heroica
resistencia del pueblo iraquí jamás será escrita,
al menos no por los vivos. Jamás sabré qué
ocurrió con mis compañeros* en la refinería.
No podemos permitir que las bombas de
Bushua nos abrumen y desmoralicen. Debemos mantener encendidas esas
luces en la colina del parque Dolores por muy fuerte que sople el
viento (aunque la próxima vez sería apropiado no cantar
tanto America, the beautiful). Tenemos que seguir construyendo las
marchas y llenando las calles de émulos del padre Louie,
el hermano dominico que la otra noche, en la reunión de emergencia
de San Bonifacio, se la pasó brincando y gritando: "¡Estoy
en llamas! ¡Estoy en llamas!"
En la mañana después de
que las bombas asesinas de Bush comenzaron a llover sobre Bagdad
(20 de marzo), miles de manifestantes tomamos las calles de San
Francisco, decididos a paralizar esta ciudad resplandeciente. Todo
el día atravesamos nuestros cuerpos en los cruceros del centro
y frente a las rampas de salida de las vías rápidas
para detener el tráfico e impedir el comercio. Cientos de
nosotros descendimos hacia la Bechtel Corporation, que posee contratos
por miles de millones de dólares para reconstruir Irak una
vez que los bombarderos de Bush lo hayan destruido. El padre Louie
fue uno de los arrestados en la puerta de entrada cuando decía
misa en latín. Mi grupo de afinidad instantánea tomó
las puertas traseras, con los brazos enlazados, para evitar que
Bechtel hiciera sus negocios de siempre. A eso de las 10 de la mañana
la gerencia, frustrada por el bloqueo, dio por terminado un día
de trabajo de un millón de dólares por minuto.
Le digo al padre Louie que yo también
estoy en llamas. Ardo de vergüenza ante lo que ha hecho el
país cuyo nombre está en mi pasaporte. Estoy en llamas
de rabia y dolor por mis compañeros que están bajo
las bombas de Bush en Bagdad. Y de orgullo también, por la
buena labor que hemos hecho. Hasta ahora.
|
|