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En la noche de ayer, en su segundo día de
ataque, los americanos apenas hicieron perturbar la tranquila vida
de los escudos humanos en la Daura Power Station Plant. A las 21:00
mientras preparábamos una frugal cena a base de spaguettis,
empezamos a oír el zumbido de la muerte y el desastre. En
el firmamento podíamos ver el destello de las baterías
antiaéreas de la defensa iraquí intentando palpar,
a palo de ciego, al invisible enemigo y en la comunión de
la mesa intuíamos una cruel e injusta guerra.
Un llanto ahogado me invadió el corazón
pensando en los valerosos soldados que he tenido la suerte de conocer
y que sufrían en su carne la agresión americana; la
mayor avergüenza para la humanidad bien entrado el siglo XXI.
Nos visitó no se qué ministro durante
la cena y quedó impresionado por nuestra conducta en el ámbito
de la guerra. Quizás no esperaba que andáramos en
la mesa con lo de: pásame la sal por favor, en ese preciso
momento. Es lícito recordar que la conducta de nuestros anfitriones
es del todo admirable, y no tan solo la de ellos sino la de la población
civil que teniendo en cuenta la situación en la que se encuentran,
aún tienen la dignidad de no cobrarnos los taxis o invitarnos
a comer en su propia casa, como lo hizo hoy un médico conocido.
En fin, no cesaré en mi vida de recordar a
los míos y a quien quiera escuchar, la belleza de la cultura
árabe, su delicada educación y hospitalidad con el
extranjero y denunciaré con rigor todas las maquiavélicas
mentiras que nos hayan querido hacer creer a cerca de ellos.
Toda la noche en apacible tranquilidad apenas perturbada
por el llantito de algún perro triste. Podríamos creer
por un momento, en la tinieblas del despertar, que fue todo un sueño
y que la guerra al fin la paramos. Pero un delicioso té caliente
nos devuelve a la realidad y nos invade una muchedumbre de periodistas
con sus chalecos de coronel Tapioca y muchas preguntitas acerca
de nuestra labor.
En la ciudad la actividad ha quedado menguada por la invasión,
se han cerrado todas las tiendas y tan solo algunos puestecitos
de venta de tabaco permanecen en las aceras. Toda la actividad bélica
que podamos ver se centra en la vigilancia de los soldados iraquíes
con sus fusiles de siempre, sus trincheras de sacos de arena en
las esquinas mas peligrosas y algún que otro pick-up con
una metralleta apuntalada en su caja apuntando a un cielo incierto.
Todo y con eso su amabilidad con nosotros es la de siempre (árabe).
Seguimos apostando por quedarnos en nuestro lugar. Queda en el aire
la pregunta de siempre: Será de utilidad nuestra labor(interrogante).
Mi determinación no se centra en la búsqueda de un
objetivo cuantificable, no deseo y Dios lo sabe salvar ninguna vida
o hacerme popular entre las estrellas fugaces de la miseria televisiva.
Tan solo actúo con la convicción de un deber. Esta
acción es la que me satisface y sus repercusiones en el futuro
son imposibles de determinar. De todos modos, en algo debe mantener
la llamita de la esperanza, ese granito individual y colectivo que
forma el grueso de las protestas en el mundo entero y el bochorno
que supone hablar de libertad cuando en realidad no existe.
Salud
Javier Balcells
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