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  CAMPAÑAS-CONTRA LA GUERRA-IRAK  
   
 
Ilya Topper, brigadista, al final ha vuelto a Bagdad.
Esta es una crónica suya.

La posguerra
Diciembre 2003

 
 
 
 

Bagdad es una ciudad desolada que se acurruca en la orilla del Tigris. En diciembre hace frio en Bagdad y la lluvia ciega los pocos cristales que quedan en las ventanas. Los charcos se han hecho dueños de las calles y a veces hay que mirar bien para saber si son de agua o si son de petroleo, ese petroleo que gotea de los generadores que se alinean en todas las aceras e intentan mantener viva la red electrica de la ciudad, el calor, la luz.

Sobre todo la luz. Bagdad en diciembre es una ciudad oscura, muy oscura, donde casi nadie se atreve a salir a la calle a partir del atardecer. Bagdad ardio bajo las bombas hace siete meses, pero desde que se apagaron las llamaradas, nadie ha quitado las cenizas, nadie ha vuelto a pintar las paredes ennegrecidas, nadie ha plantado nuevos arboles en el lugar de las palmeras a las que las bombas le arrancaron las frondosas cabezas.

Bagdad es una ciudad en posguerra y vive a un ritmo fugaz, ansioso, fragil, desesperado. Las calles se asfixian bajo los millares de coches que traen semana tras semana desde Kuwait y Alemania, pero no dan abasto para comunicar a los seis millones de personas que se aglomeran a ambas orillas del Tigris: nadie sabe de sus amigos porque los telefonos han dejado de existir desde hace siete meses. Como tambien dejaron de existir la electricidad diaria, los medicamentos, el agua limpia, los camiones de la basura. Los habitantes de Bagdad sobreviven entre los esqueletos de lo que fue ciudad, su jardin, su hogar y su carcel. En primavera el cielo empezo' a escupir fuego para romper los barrotes, pero resulta que tras los muros fragmentados de la prision solo se adivina un horizonte de fango, basura y petroleo encharcado. Las mercancias afluyen a esta ciudad como el agua de la lluvia afluye al Tigris, pero nadie sabe que hacer con los electrodomesticos nuevos en una casa sin luz, nadie sabe para que regalar una muñeca a una niña que perdio los brazos bajo los bombardeos, nadie sabe que hacer con la comida que sobra en todos los mercados si no puede trabajar el dia de mañana y quizas ni siquiera llegar a casa sin que le asalten en la esquina.

Quienes antes tenian todo menos la libertad, ahora ya no tienen nada, excepto la libertad. Una libertad pagada en sangre, en cadaveres de niños, en miembros arrancados, en heridas que no quieren cicatrizar. Una libertad vigilada por vehiculos blindados con largos cañones, por hombres, casi adolescentes, en uniformes color de arena que hablan un idioma extraño y disparan cuando se asustan. Hombres, casi adolescentes, con gruesos fusiles que noche tras noche rompen la puerta de alguna casa con dinamita para llevarse presos a todos los varones y encerrarlos para meses en una prision que no se llama Guantanamo porque no esta en el Caribe. Asi que a los habitantes de Bagdad les timaron con cruel indiferencia, porque tras tanta sangre pagada ahora ya no tienen nada, y ni siquiera la libertad.

Cuando los habitantes de Bagdad pasan frente a los tanques y a los hombres en uniforme color de arena, no les reprochan que hace siete meses desembarcaran para dar por finalizada la tirania. No los odian por lo que hicieron entonces sino por todo lo que desde entonces no llegaron a hacer: devolver la vida a la ciudad en escombros. Cae la noche sobre Bagdad y se adivina que va a ser una noche muy larga, quizas la mas larga.

Ilya Topper